
Entrevista con Michel Onfray por Cecilia Bembibre
“Entre mis lectores están los locos, los histéricos, los perturbados, los nutricionistas”, enumera con ironía Michel Onfray, el filósofo francés que reivindica al hedonista como figura clave de su propuesta teórica. No son todos. “Los que leen en la soledad de su existencia y tratan de mejorar su vida” conforman un público que ha encontrado en El deseo de ser un volcán, Diario hedonista, La construcción de uno mismo o La razón del gourmet argumentos sólidos para adherir a una moral distinta. Invitado por la embajada francesa para la Feria, Onfray conversó con Página/12.
–¿Hay un malentendido con la figura del hedonista?
–Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad,
de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo
vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico
que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no
pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento.
Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la
existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el
cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como
adversarios.
–A los 28 años tuvo un infarto, y eso le sugirió su texto El vientre de los filósofos. ¿Cómo lo cambió esa experiencia?
–Cuando tuve ese infarto acudí a una nutricionista que me hizo
comprender que se podía mantener un discurso castrador respecto de los
alimentos. No había que comer con sal, ni grasas, no tomar alcohol, y
la idea de mi primer libro arribó a partir de esa experiencia, como una
invitación a considerar que el placer de la alimentación era preferible
al displacer de una mala nutrición. Nos peleamos bastante, yo estaba en
mi cama con el infarto y ella me estaba dando clases. Como conservaba
algo de retórica, se fue enojada diciendo que conmigo no se podía
discutir.
–Y nunca siguió sus consejos. ¿Cuál es su posición frente a la ciencia?
–Encuentro a la ciencia limitada e incapaz de incorporar todo lo que no
es inmediatamente cuantificable, aunque la respeto. La ciencia no puede
incorporar el placer; piensa que es deseable medicar a alguien para que
el colesterol baje, sin pensar que eso puede ser terrible para la salud
de una persona, porque está obligada a considerarse a sí mismo un
enfermo. La ciencia debería poder integrar una dimensión psicológica de
la medicina: sabemos que a veces el tratamiento con placebos lleva a
curaciones.
–Uno de los fenómenos que usted señala es la disociación que existe
entre el cuerpo y los sentidos. ¿Cuándo ubica el inicio de este proceso?
–Es algo que no puede situarse con mucha precisión, probablemente esta
situación en la prehistoria no existía, pero con el proceso de
hominización se desarrolla una moral y con ella una cultura de odio del
cuerpo. Sólo hubo morales alternativas que celebraron el cuerpo, en
tanto las morales oficiales, las morales del poder, consideran que hay
que negarlo.
–Pero hay sentidos privilegiados, ¿cómo se llega a esta jerarquización?
–No es la sociedad la que privilegia: ciertos sentidos se ven
privilegiados según una lógica de la supervivencia. Cuando el hombre
caminaba en cuatro patas, estaba más en posición de oír y olfatear que
de ver, al convertirse en bípedo existe la posibilidad de un mayor
desarrollo del cerebro. La jerarquía de los sentidos se modifica y es
la vista la que ocupa un primer lugar. Esto va cambiando con los siglos
y con el desarrollo de la urbanización masiva. En la vida rural la
gente tenía otra relación con la naturaleza; en la sociedad urbana
actual se huele y se oye menos. Las sociedades consideran que hay
bellas artes o sentidos nobles, relacionadas con la vista y el oído y
otras menos nobles, relacionadas con el olfato o el gusto. Difícilmente
se da la posibilidad de oler o gustar a otro fuera de la intimidad. Mi
propuesta consiste en que los cinco sentidos deben ser considerados de
manera igualitaria, y que debe ser otorgado a la gastronomía el mismo
status que a la pintura o la música.
–Se está produciendo un documental sobre sus ideas, y usted se presenta
en medios masivos. ¿Hay una apertura de la filosofía en ese sentido?
–Para el documental estoy escribiendo el guión. Es una colección que se
ocupó de Deleuze, Sartre y Baudrillard, y reduce todo el trabajo a
ciertas claves que permitan comprender la obra entera. Creo que el cine
es un acercamiento posible a la filosofía, como la radio, la TV o el
video. Son medios para llegar a gente que a lo mejor no se atreve a
leer un libro. Hay quienes están a favor y en contra. Los que están a
favor son los que son invitados, y los otros, los que nunca reciben
invitación. Curiosamente, cuando se los llama para opinar en un
programa cambian de posición.






































