
GOMBROWICZIDAS
Para analizar unas
cartas recientes del Esquizoide y del Benevolente utilicé el algoritmo
del mínimo común múltiplo, un algoritmo que arrojó como resultado el
tema de la inmadurez.
El Esquizoide recorta el tema de la inmadurez
en medio de observaciones secas y amargas que me hace sobre el guión de
"Gombrowicz o la seducción", sobre el "Diario" de Gombrowicz y sobre la
Vaca Sagrada.
"(...) Cabe señalar que nunca me importó un bledo
acercarme a Vaca Sagrada alguna, jamás me preocupó apoyarme en figuras
estelares para dar brillo a mi propia estrella, tengo muchos defectos
pero no soy cholulo ni mitómano, más bien le huyo a esas desgracias
proyectivas. De modo, mi viejo, que estás equivocado. Lo de la
inferioridad, la juventud y todo el resto, daría mucho que hablar y no
tengo ni el espacio ni las ganas de hacerlo (...)"
El
Benevolente también recorta el tema de la inmadurez pero en medio de
observaciones amables que me hace sobre el mundo fatuo de la literatura
en el que yo entro con mi pala dialéctica para sacar del medio mucha
basura, pala en la que Gombrowicz no aparece como un Sumo Pontífice
sino como un factor desencadenante, como el ojo de la tormenta.
"(...)
No digo que no aparezcan también cuestiones que van más allá de un
espontáneo movimiento higienizador ni tampoco que no sean interesantes;
la última que leo, el trasegado tema de la inmadurez y la madurez:
habrá que respetar la idea de Gombrowicz al respecto pero me parece que
es una idea de observador, no de sufridor; en otras palabras, moraliza
cuando el tema da también para cierto faustismo. En otras palabras, no
es sólo que ‘los jóvenes’ deseen dejar de serlo o que los adultos los
miren con reprimida envidia o voluntad reeducadora sino también, dicho
con toda prudencia, que en todo ser humano hay un sentimiento de
pérdida (...) y un complejo fáustico, saber que no hay caso y, sin
embargo... ¿Lo habría asumido Witold Gombrowicz? (...)"
Para
llenar el vacío que deja el Esquizoide negándose a hablar del tema de
la inmadurez y para no darle la razón a la concepción fáustica del
Benevolente vamos a decir algunas palabras sobre las ideas que tenía
Gombrowicz sobre la inmadurez y sobre la forma.
Todo lo que
concierne a la naturaleza del hombre, salvo los misterios trinos, suele
dividirse en dos: el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo, el bien y
el mal... Gombrowicz, siguiendo él también la línea binaria del
pensamiento, eligió la inmadurez y la forma. En su visión del mundo
irreverente y libertaria la cultura y las ideas juegan un papel
paradójico pues lo ponen al hombre en el camino de la inmadurez en vez
de hacerlo crecer. No son las ideas las que mueven a las personas sino
las funciones, un pensamiento fundamental del estructuralismo que
apareció bastante después de que Gombrowicz empezara a darle vueltas a
esta nueva manera de ver las cosas.
Echa
mano a varios recursos para malograr el desempeño social y psicológico
de sus personajes cuyas acciones desembocan generalmente en
comportamientos quebrados y fracasados. No se propone construir una
moral nueva, le da una buena paliza a la que ya tenemos para que se
aligere y se ponga a andar, para entretenerse con él mismo y para que
nosotros nos entretengamos con él. Las ideas de la forma y de la
inmadurez emprenden la marcha por dos caminos distintos, el de la
conciencia y el del pensamiento, y es este tránsito doble de los dos
universos opuestos el que convierte su línea binaria de pensamiento en
una actitud fundamental.
A Gombrowicz se le ocurrió que la única
arma de la que disponía para convertirse en un fenómeno de pleno
derecho en la cultura consistía en no ocultar su inmadurez, al
contrario, tenía que confesarla.
Con esta confesión podía
tomar distancia de su inmadurez y de la cultura. Si Gombrowicz hubiera
entrado en la cultura como un campesino polaco libertario absoluto los
expertos lo habrían ubicado inmediatamente en el casillero de los
autores destacados del primitivismo en estado puro y el problema
quedaba resuelto, pero no fue así, Gombrowicz entró a la cultura de
otra manera y lo más que se atrevieron los especialistas franceses fue
a clasificarlo entre los anarcoexistencialistas.
Gombrowicz
desmontó buena parte de las posiciones de la cultura de las formas en
sus diarios y buena parte de las posiciones de la cultura literaria en
su creación artística echando mano a su conciencia y a su inmadurez.
Empecemos por decir, entonces, que no tenía una visión del mundo
predeterminada cuando empezaba a escribir.
Escribiendo, poco a
poco, esa visión del mundo se la iba formando dándose la cabeza contra
la pared pues en el acto mismo de la creación debía utilizar
materiales, digámoslo así, que le venían dados, siendo el leguaje el
más importante. Y éste no es un problema menor ya que nadie podría,
pongamos por caso, construir un edificio transparente si sólo
dispusiera de ladrillos opacos. Los estilos y las formas están hechos y
sólo nos resulta posible expresarnos a través de ellos, esto es así
para Gombrowicz y para cualquier otro hombre que utilice la palabra
como un medio artístico de expresión.
La
visión del mundo es pues un producto social que le viene dado al hombre
desde el pasado a caballo de la historia, y tiene éxito en la medida
que no la pongamos en tela de juicio.
Esto ocurre así cuando
no somos conscientes de cómo esa visión del mundo afecta nuestra forma
de hacer las cosas y de percibir la realidad. La visión del mundo es
entonces un marco de referencia interhumano y, de la misma manera que
nos pasa con la forma, no es nuestra. Son las representaciones de
ideas, valores, ideologías y creencias que le fueron impuestas durante
siglos a la humanidad y que, a juicio de Gombrowicz, nos deforman.
Él
se ocupó de destruir su visión del mundo, una visión del mundo que, por
otra parte, no era suya, y no de crear una visión del mundo nueva, pues
ningún hombre individualmente, por más genial que sea, puede emprender
una empresa semejante, a excepción de los profetas..
Más que
la consecuencia de una visión del mundo, sea ésta a priori o a
posteriori, su obra es el resultado del esfuerzo consciente que realiza
para organizar el caos inicial de una narración que le rebota como una
pelota contra las paredes del leguaje y que constantemente es absorbida
por estilos y obsesiones que le viene dados por la herencia, por la
tradición y por la cultura.
Gombrowicz nunca pudo ajustar las
cuentas con su inmadurez, un poco porque no quiso y otro poco porque no
pudo. El aspecto cómico de esa inmadurez era su infantilismo y la forma
dramática su confrontación con la madurez. Todas las naturalezas
intermedias están tironeadas por los extremos, la crisálida por el
gusano y la mariposa, la adolescencia por la inmadurez y la madurez.
Según
este modo de ver las cosas hay que decir que Gombrowicz fue un
adolescente desde la niñez hasta la muerte. Si hay algo nuevo después
de Gombrowicz es la irrupción consciente que realiza con su inmadurez
en el mundo de la cultura. Los pasajes de su inmadurez a su madurez son
obscuros e incompletos, es evidente que no tuvo esa transformación
interna estándar que nos va volviendo maduros: del erotismo a la
sexualidad, del estudio a la profesión, de la profesión al trabajo, del
trabajo al dinero, de la sexualidad a la pareja, de la pareja a los
hijos, y, en general, de una cosa a la otra, en este camino nos vamos
transformando y nos volvemos maduros. Sin embargo, siempre nos queda
como en un sueño actual el recuerdo de la juventud, el deseo de volver
a ser jóvenes, es el sueño del doctor Fausto, es el sueño fáustico.
Pero, este sueño no era el sueño de Gombrowicz, es un sueño que él no
podía tener.
El
personaje más poderoso de Fausto es Mefistófeles, es el único que está
por encima de Fausto, y Fausto es un hombre que pasa dos veces por la
juventud: la que le resulta de su crecimiento natural y la de su pacto
con el diablo. El sueño de Fausto es volver a ser joven, puede ver a su
juventud desde afuera, por eso su sueño es una añoranza. En cambio, es
difícil saber cuál es el personaje más poderoso de esa obra titulada
Witold Gombrowicz. Por encima de él no está ni siquiera Dios porque no
cree en él, y no tiene sentido decir que Gombrowicz está por encima de
Gombrowicz.
Digamos que Gombrowicz atraviesa toda su vida, desde
la niñez hasta la vejez, con una inteligencia y una conciencia
agudísimas, y esa inteligencia y esa conciencia tan perfiladas fueron
formando un personaje que se puso por encima de todo lo demás, es el
personaje más poderoso de esa obra llamada Witold Gombrowicz.
Gombrowicz
no es un hombre que haya pasado por su juventud, se quedó en ella, se
quedó en su inmadurez a pesar de su degradación biológica. La
inteligencia y la conciencia profundas son su madurez encarnadas en un
ser inmaduro que no logra ponerse a su altura, nunca se volvió maduro,
se volvió viejo, un viejo inmaduro.
Fausto le vende el alma al
diablo para volverse joven; Gombrowicz le vende el alma a esa
conciencia agudísima para volverse maduro. Fausto es un hombre que pasa
dos veces por la juventud y por eso puede añorarla; Gombrowicz no logra
salir de su juventud, hace el simulacro de que se convierte en maduro
en su obra pero es sólo una ilusión que utiliza para ponerse fuera de
su inmadurez. Todo esto resulta ser una quimera, él no puede añorar su
juventud pues permanece dentro de ella.
Los
sueños de Fausto y de Gombrowicz son muy distintos aunque ambos sueñan
con la juventud, uno para añorarla y otro por temor a perderla.
Si
fuera necesario agregar algo más sobre la presencia permanente de la
inmadurez en la vida y en la obra de Gombrowicz recordemos como termina
dos de sus novelas, la primera y la última. Siendo la seriedad un
atributo de la madurez y la falta de seriedad de la inmadurez hay que
decir que las termina de una manera poco seria, insubstancial, trivial.
Ferdydurke es una obra en la que Gombrowicz se rebela contra lo
perfecto y contra la cultura entablando una lucha consciente para
dominar sus impulsos inmaduros. Pugna como la crisálida, quiere
convertirse en una mariposa para buscar una forma que lo ponga en el
camino de la madurez pues las manifestaciones de la cultura y de las
ideas, paradójicamente, lo ponen en el camino de la inmadurez. Es una
comedia dramática caracterizada por el fracaso de los ideales y del
amor, pero este fracaso culmina en una chanza: "Punto y coma el que lo
leyó se embroma"
Y
Cosmos es su obra más grande, trágica y tan negra que la muerte le
empieza a golpear la puerta. Como un cíclope medio ciego está
combatiendo con las antesalas de la realidad, una realidad que es
atacada por una forma que la fragmenta y la debilita pero que,
finalmente, sucumbe ante ella. Gombrowicz no podía consagrar por mucho
tiempo ninguna situación dramática, así que tampoco podía presentarse
ante los lectores como un hombre trágico. Tomado por sus impulsos
inferiores también termina esta novela en forma ligera: "Hoy en el
almuerzo comimos pollo relleno"
La atracción fatal que tenía para
Gombrowicz el mundo de la inmadurez tiene origen en un doble mundo que
nunca perdió ni quiso perder. La inmadurez fue el salvoconducto que le
permitía entrar en el campo del enemigo cuando iba de la clase social a
la intelligentsia, y viceversa.
Quien
conozca bien sus obras podrá descubrir también como una inmadurez
premeditada es la llave que utiliza para componer literariamente los
pasajes de situaciones contradictorias, de lo que se sigue que su
inmadurez no era tan inmadura que digamos.
"Ferdydurke es la obra de
Gombrowicz en la que aparece con más claridad su pertenencia a esos dos
mundos, mientras a la inmadurez le encarga el trabajo más difícil,
mantener la frescura del relato sin que se vuelva infantil, y actuar
como mensajera entre los dos mundos.
Jano, con sus dos caras, veía
el pasado y el porvenir, Gombrowicz en "Ferdydurke" ve en el pasado, la
extinción de su familia de su clase social, y en el porvenir, el
desarrollo de una forma que nos conducirá al paraíso o al infierno
según cuánto sea lo que se humanice.
"Ferdydurke" tuvo desde el comienzo el doble aire de la
irresponsabilidad y la provocación de una comedia y el aspecto de la profundidad y el dolor de una tragedia.
De
los fondos de una gigantesca cloaca provienen la substancia y el
alimento para el desarrollo de todos los valores y de toda la cultura.
El complejo de formas de segundo orden encadenado a nuestra inmadurez
está incorporado a nuestra vida como un viejo hábito.
La envoltura
de las formas maduras y convencionales le rinde homenaje a los valores
elevados y sublimados mientras nuestra vida esencial se desarrolla en
una esfera familiar y sucia, con ligereza y libre de sanciones. Su
energía emocional es cien veces más pujante que la de aquella otra en
la que se tejen las telas de las convenciones, una esfera detestable y
vergonzante en la que prospera una vida exuberante y lujuriosa.
Gombrowicz
pone en entredicho la posición aislada y privilegiada atribuida a los
fenómenos psíquicos destruyendo el mito de su divinización, y pone al
descubierto una genealogía zoológica escabrosa y poco reluciente que
repudia toda vanidad. Descubre una naturaleza común entre las esferas
de la cultura y de las subculturas y vislumbra en la región de la
inmadurez el modelo y el prototipo del valor en general, y en el
mecanismo de su funcionamiento la llave para la comprensión de la
maquinaria de la cultura. En el salón que da a la calle todo obedece a
lo que es conveniente, pero en la cocina de atrás de nuestro yo se
practica la economía de la peor de las conductas. Gombrowicz domina
esta maquinaria psíquica ridícula y caricaturesca al punto de llevarla
a una zona de cortocircuitos violentos y de explosiones que condensan
en forma grotesca.






































