
El sujeto inquietante y la historicidad como
red en la novela testimonial carne de perro de Germán Marín
Perpetrado por Violeta Fernández
Puede que a primera vista el nombre del
artículo deslumbre o resulte pretencioso a gusto de sonar intelectual y elevar
mi ego como redactora, algo de eso hay, pero hablando en serio, el asunto a
tratar es más sencillo de lo que parece
a priori, ya que el encabezado no hace más que recoger los dos elementos protagónicos
que a mi perecer, marcan la tonada caótica, letal y delirante que Marín
orquesta en esta novela corta llamada Carne de Perro que hurga de forma
obsesiva en las páginas más oscuras y abismales de los años setenta en Chile.
Por un lado tenemos al sujeto irracional que
actúa como un huracán de violencia indescifrable, me refiero a todos los
miembros del VOP, pero en especial a Heriberto Salazar Bello uno de los tres asesinos
de Pérez Zujovic y que terminó como una bomba humana inmolado en el cuartel de
investigaciones de Santiago. Bajo esas condiciones que desafían las barreras de
la ficción y la realidad, Salazar Bello y los otros miembros de
Creo que esto es importante de consignar sobre
todo por la referencia que en el 95 el propia Marín hace sobre esta obra debido
a su re-publicación. En ese breve párrafo el autor recalca no haber modificado
la versión original del 83 más que en una coma y aprovecha de citar a Foucault
y Deleuze. Este último, promotor del esquizo-análisis junto a Guattari y el
primero un estudioso de las implicancias del poder y la represión.
Por ello en el trabajo de interpretar el texto
y no dejar fuera los epígrafes, comentarios de Marín y las dedicatorias, pues
estamos ante una novela testimonial basada en hechos verídicos, es importante
fijar la atención en lo que anticipa el creador del Palacio de
De modo que las vidas de Salazar Bello y los
otros militantes del VOP, dotadas de un halo de mítico fracaso y misterio resultan
ser sombrías e inquietantes fichas en el gran telón que Marín teje usando el
hilo histórico, y es ese mismo hilo de su manufactura el que me interesa
reseñar, puesto que estamos ante una novela que privilegia el tiempo por encima
del espacio, por ello la temporalidad se eleva como aquel segundo factor a
tratar. Su irrefrenable poder es tema de la obra, objeto de discusión, recurso
estilístico e incluso protagonista, en la medida que estamos ante hechos reales
que han sido novelados.
Bajo el escrutinio literario se presenta el tiempo
pretérito de un país, continente y mundo si pensamos en
Surge la temporalidad autónoma de la narrativa
pero respetando la función que Cronos ejerce sobre todas las cosas, ambientes y
personas no sólo de aquellas que están dentro de la obra sino también de las
que se encuentran fuera junto al autor y su eventual público, que como parte de
ese ejercicio incansable de eternizar y congelar un segundo con la palabra crea
un mundo dialogante de fragmentos y memorias para ver si en la relectura y
revisión conjunta de lo plasmado en el papel y lo vivido o conocido por otros
medios, se encuentra alguna respuesta,
nuevas interrogantes o siquiera un segundo de profundo abismamiento ante
el encuentro de las irracionalidades y contradicciones que provoca una
violencia que se apaga tan fuerte como inesperada estalla.
En fin como no pretendo desarrollar un orden
tajante y taxativo o el formato exclusivo que exigen las revistas, primero
hablaré del recurso más evidente, la historia como red que atrapa todo en esta
crónica negra que tiene como núcleo el asesinato del demócrata cristiano
Edmundo Pérez Zujovic mientras salía de su hogar con su hija rumbo al centro de
estudios de la joven.
La maraña que Marín teje desde la mente de uno
de los asesinos del ex vicepresidente Zujovic, Ronald Rivera Calderón
(personaje verídico) nos arrincona a todos como testigos pero también como
productos de los hechos de sangre. Cuarenta años después, es cosa de navegar
por la web, ver las noticias o simplemente vivir en Chile y buscar o pensar en los
nombres de los personajes del narrador y ver las impresiones disímiles que hay
en torno a cada uno y lo que representan en esta sociedad, el mártir revolucionario
o terrorista, el ministro víctima de la insensatez o represivo tirano amparado
por la ley, los partidos y coaliciones, los que los suceden y sobreviven
disputando el poder, todos son lugares comunes que alimentan los matices de un
debate que va creciendo y se tiñe de odio, resentimiento, fanatismo y por allí también
con algo de tolerancia y entendimiento y discursos políticamente correctos en
busca de la tan preciada reconciliación. El color del tamiz es enorme e
inidentificable, se presenta con todas las gamas que se puedan imaginar en este
país que aún vive celebrando ambiguamente sus guerras civiles, derrotas o
levantando por votaciones masivas y televisadas a personajes grandiosos de su
historia mientras a otros los tapa en provecho de la opinión pública o para no
levantar nuevas crisis y resquemores aún cuando, los discursos y recursos
políticos de antaño se mantienen en ejecución.
De manera que sujetos y objetos en este libro y su creador así como receptores directos, los que no pueden escapar a los estragos de esta novela, los chilenos, están atravesados por el devenir como un germen corrosivo. Cada elemento expuesto no puede escapar como dijo Joyce en Retrato del artista adolescente, “a la pesadilla que constituye la historia”, no hay azar en que Marín incluya ese fragmento como otro de los epígrafes. Momentos clave y fechas el 71, el 73, el 69 y todos las circunstancias que se desatarían en esos fatídicos y decisivos años se asoman como una presencia infranqueable, una mirada fantasmal o un terror en potencia, el Estadio Nacional por ejemplo aún no revela su nexo con el terror, al convertirse en centro de detención, pero su paso subrepticio por las páginas comunica eventos que el tiempo cosechará, son una invitación a historias paralelas y abiertas para el lector tan llamativas como los explícitos asesinatos, masacres, protestas y golpes de estado que si se nombran o detallan. Los asaltos a bancos a retenes y armerías no son la excepción así como las armas, recuentos periodísticos que dan cuenta de los atracos y la historia que puede tener una Karl Gustav o Luger, ¿a quién mató?, ¿de quién fue? y ¿cómo murió el anterior dueño?, ¿era un carabinero o un comerciante?, lo mismo ocurre con los autos sustraídos para el atraco, para la emboscada, y los partidos políticos que se suceden, las figuras nacionales, Pinochet, Allende, Clotario Blest y los revolucionarios convertidos por los medios de prensa como el Mercurio en satánicas figuras de izquierda, y por las otras facciones, principalmente en panfletos o proclamas, erigidos como verdaderos patriotas que dieron un cierre o respuesta a irracionales medidas como la de Puerto Montt en Pampa Irigoin, una de las causas que motivó el asesinato del que fuese ministro del interior de Eduardo Frei Montalva.
Las otras causas sólo se infieren son parte de la cruzada extrema del VOP o la mano negra de los Panameños que entrenan a los guerrilleros nacionales como amigos, cuando en la mente de algunos, el viejo Heriberto Salazar Bello por ejemplo más que ver universitarios comprometidos con la lucha de clases reconoce agentes encubiertos de los servicios de inteligencia norteamericanos llamados a encender la mecha que acabaría con el gobierno de Allende y su revolución con sabor a chicha y empanada.
Todos los detalles entonces son
para Marín caminos rizomáticos a muchas otras tramas, y tan complejo hilado no
se le va de las manos al autor, el adrede deja esas puntadas sueltas, pues cada
una de ellas es un recorrido alternativo como cada ser en la historia, como
cada objeto en cada lugar de este universo, todo comunica, todo tiene su
momento y papel. Por eso se puede
afirmar que Marín en sus páginas procede con la misma actitud ociosa y febril que
en la página cuarenta el narrador heterodiegético denuncia con respecto a la
prensa nacional al referirse al destino de la otra voz del texto, el protagonista Ronald Rivera Calderón y la
suerte que correrá en el recuerdo su cruzada kamikaze.
Transcribo textual “no le importaba que su muerte fuera un salto al vacío que mañana no
recordaría nadie. Ni siquiera el cronista mas ocioso de lo años setenta”
Marín es ese cronista empeñado en recorrer a tranco largo la vida y espacios temporales que vieron deambular a estos seres con una vocación increíble por el fracaso, por utopías que ni ellos mismos entienden en su plenitud pues a ratos se saben criminales y luego figuras mesiánicas llamadas a la revolución, luego insensatos títeres de sus ex camaradas, o quizá trasnochados fanáticos de una lucha que parece haberlos dejado atrás por ser demasiado extremistas. El VOP integrado por los hermanos Rivera Calderón y Heriberto Salazar Bello se dibuja como una facción fundamentalista que defiende a ultranza la revolución armada y la violencia como motivo del cambio. Desconfiados del curso de los eventos y la pasividad de quienes de pronto se aburguesan o lucran con el gobierno de Allende, los hermanos y el viejo Salazar unido a estos más que por ideología por sostener una vía para mantenerse activo y en el delirio de la sangre, guiado por sus propios métodos y convicciones que recuerdan a esos jóvenes nihilistas de Dostoievski, se mantienen en pie de guerra y dan un vuelco a la canción de Jara “Preguntas por Puerto Montt” cerrando el capítulo Zujovic al mezclar la sangre de este con el olor a plomo, aceite quemado y perfume francés, para iniciar un vertiginoso descenso en picada sin paracaídas.
En el arrastran a sus parejas,
sus hijos en gestación, a sus camaradas, a sus familias, y al resto del país. Estos tres sujetos
inquietantes, contradictorios, afanados, se nos revelan gracias a la pluma de
Marín y su trabajo de reconstrucción de un crimen que acaba en un callejón sin
salida, tal como lo anticiparan los propios revolucionarios, en el retrato de un domingo frío de la capital, día
común y corriente, asumido en su rutina por la mayoría, pero decisivo para
estos y los militares que rodean al comando de
Marín despliega en este título vertiginoso una
serie de recursos narrativos, estilos de narración, fluir de la conciencia,
flashbacks, pausas, voces cruzadas, diversos géneros, digresiones y metatextos,
para crear una atmosfera de suma tensión y asfixia que alcanza su punto más alto
en la resolución que toma el único sobreviviente de los tres atacantes de
Zujovic, la violencia llega al absurdo y convicción total en el acto de Salazar
Bello que para vengar a sus compañeros tras realizar su rutina de cinéfilo
incansable se lanza al Cuartel de Investigaciones de General Mackenna convertido en una bomba
humana mientras acribilla a algunos oficiales con dos metralletas para terminar
la seguidilla de muerte y sin razón con una autoinmolación que deja solo una
dentadura colgada de un árbol y un botón de su larga y característica chaqueta
que también tiene una historia digna de ser contada. Aunque siempre habrá una
oportunidad para ello.
En conclusión, Marín consigue poner en
conjunción los medios menos panfletarios y más literarios para contar una
historia que en boca de otros puede lucir gastada, pero que él autor de Las
cien águilas con originalidad
compone para revisitar el álgido momento de una nación vinculando su pasión de
coleccionista de recuerdos y su genio poético.
Autora: Violeta Fernández.
Original de:






































