
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y JERZY ANDRZEJEWSKI
Por Juan Carlos Gómez
Gombrowicz desconcertaba tanto a los polacos como a los argentinos, el deseo permanente de descolocar a los demás lo fue convirtiendo poco a poco en un actor. El café Zemianska de Varsovia fue su lugar preferido de para realizar estas maniobras. "Bien, Stefan, díganos qué impresión le causa el señor Jerzy Andrzejewski; –Jerzy es muy inteligente, tiene un gran simpatía y es sincero; –No, por favor, ahórrenos las virtudes y concéntrese en los defectos, suelen ser mucho más interesantes" Andrzejewski, en lugar de contestar con una broma, se ensombreció y se puso rígido, entre él y Gombrowicz se estableció una distancia glacial, el sentido del humor no era desde luego su fuerte, aunque hay que reconocer que Gombrowicz era un provocador profesional. La capacidad histriónica que Gombrowicz mostró en Tandil lo ayudó a cautivar a los jóvenes de los que se hizo amigo. "Desconcertaba mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud cercana a la inmovilidad. Era un perfecto corto de cine mudo y nosotros llorábamos de la risa (...)" "Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le preguntó: –¿Y usted, qué es?–, y se fue" La falta de seriedad que Gombrowicz mostró con Andrzejewski tuvo sin embargo un final feliz pues fue justamente gracias a Jerzy Andrzejewski que el Niño Ruso se convirtió en el traductor de buena parte de la obra de Gombrowicz . "Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur de Francia (...)" "La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como todo en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario argentino..." Andrzejewski había sido anatematizado antes de la guerra como un escritor que nunca lograría ser dramático porque nunca dejaba de ser dramático. El verdadero horror de la vida se revela no a quien lo busca sino más bien a quien se defiende de él y lo experimenta contra su voluntad. A juicio de Gombrowicz Andrzejewski necesitaba de una ideología para escribir, era un moralista de principios. "Ese hombre tenía realmente necesidad de Dios, ya que no estaba hecho para vivir en un mundo desordenado. Pero la falta de espontaneidad tomó venganza en él, haciendo que su arte fuera demasiado rígido, algo artificial, restándole originalidad" Gombrowicz alcanzó en "Pornografía" una de sus creaciones artísticas más logradas con el tema de la guerra, y Jerzy Andrzejewski la alcanzó con el mismo tema en "Cenizas y diamantes" Gombrowicz estaba rompiéndose la cabeza con una novela a la que primero llamó Acteón y después "Pornografía". Nos decía que a veces le gustaría mandarlo todo al diablo, que para escribir había que tener una paciencia de santo y él no la tenía, que no estaba hecho para escribir. Cuando ya llevaba a cuestas una buena parte de las páginas del libro hace unas reflexiones en los diarios. "Esta novela (es difícil llamar a mis obras novelas) se me da mal. Su lenguaje, demasiado rígido, me paraliza. Me temo que todo lo que llevo escrito hasta ahora –ya va por las cien páginas– sea una terrible porquería. No soy capaz de apreciarlo, porque cuando se trabaja duramente largo tiempo en un texto, se pierde el sentido crítico, pero tengo miedo..., algo me pone sobre aviso... ¿Tendré que tirarlo todo a la papelera, todo el trabajo de meses, y empezar de nuevo? ¡Dios mío! ¿Y si he perdido el talento y ya nunca más nada..., al menos nada a la altura de mis obras anteriores? (...)" "Me he inventado un tema fascinante, excitante, una realidad cargada de terribles revelaciones, y la obra está ya en estado de ebullición, estimulada por numerosas ideas, visiones e intuiciones. Pero hay que escribirlo. Me falla el lenguaje. Me he metido en un lenguaje de un género demasiado tranquilo, demasiado poco enloquecido" El Príncipe Bastardo le había sugerido a Gombrowicz que cubriera con el lenguaje, por lo menos un poco más, la legibilidad de "Pornografía", y le dice que podía recurrir a dos técnicas diferentes: el sistema de la grilla que se aplica sobre un texto legible para hacer surgir un código, o el sistema del pintor que primero hace un cuadro realista y después cubre su legibilidad. Sobre la verosimilitud de la descripción de la ocupación alemana que Gombrowicz hace en "Pornografía" le confirma que sí, que así era Polonia en aquella época, como él la imaginaba, pero que esa realidad no tenía importancia, lo que sí tenía importancia era la forma en que él la veía. Pero la materia prima del lenguaje es la palabra, las palabras tienen una importancia fundamental para Gombrowicz, tanto en el arte como en la vida. "Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona (...) Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros" Gombrowicz estaba en condiciones de llevarnos de paseo por el lenguaje y por la palabra. "De modo que el escritor debe cuidar no solamente el lenguaje, sino encontrar en primer lugar una actitud apropiada ante el leguaje.. Una actitud apropiada quiere decir que, si es posible, no sea vinculante (…)" "Quien deja que le echen en cara sus propias palabras es un estilista de poca monta, como lo es quien, al igual que algunas mujeres, se fabrica la fama de no pecador, puesto que entonces el mínimo pecadillo se convierte en un escándalo (...)" El estilista contemporáneo debe tener un concepto del lenguaje como algo infinito y en continuo movimiento, algo que no se deja dominar. Tratará a la palabra con desconfianza, como algo que se le escapa.. Esta relajación de la unión del escritor con la palabra supone una mayor desenvoltura en el uso de las palabras (...) Con las palabras hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la gente y no al arte. Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto" A Gombrowicz le echaban en cara que por no haber estado presente apenas tenía una débil noción de cómo había sido la transición en Polonia del capitalismo al comunismo. A Jerzy Andrzejewski, en cambio, lo conocemos sobre todo por Cenizas y diamantes, un estremecedor fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la inmediata llegada del comunismo al poder. La novela tiene lugar durante los últimos tres días antes de la capitulación alemana. La Polonia nacionalista y la socialista pugnan por ocupar el poder del nuevo Estado. La grandeza de Cenizas y diamantes reside, sobre todo, en la autenticidad histórica que destila: la desorientación de los protagonistas, la desmoralización unida a la esperanza, el pasado que se intenta borrar a toda costa, la lucha cotidiana por sobrevivir, las camarillas de jóvenes que se juntan para defender unos ideales, los oportunistas de todo pelaje, la ausencia de cordura. Incluso el bien y el mal, el idealismo y el cinismo, se reparten en partes casi iguales entre los distintos bandos. Como trasfondo aparecen las cenizas en las calles de Varsovia hechas de las ruinas de la guerra mundial, y los diamantes y el lujo del Hotel Monopol, donde la decadente aristocracia polaca vive sus últimos días entre matones y facciones políticas.






































