
Háblame de Laura y la tragedia de lo cotidiano
por Sol. E. Díaz. (artículo completo en La Santísima Trinidad de las cuatro esquinas)
En esta pieza dramática de Wolff, escrita y estrenada a mediados de los 80, el chileno de origen alemán, retoma sus fetiches usuales, esos que tanto amamos los seguidores de su teatro. Háblame de Laura como el grueso de la impronta Wolffiana tiene un interés de catarsis social y moral, revelador de la violencia implosiva, discriminante y claustrofilica del chileno.
Asfixia y demencia conviven en los rasgos más usuales del común transitar, el decorado, la vestimenta, el orden del hogar y la disposición de los objetos.
Wolff comunica desde las primeras líneas poniendo en la mente y ojos del lector-espectador detalles simples pero que uno no debe ignorar a fin de comprender en su totalidad la tragedia, el debate y crisis de los dos seres, patéticas existencias, que pone en escena el texto.
Una jaula vacía, una pecera y un televisor constantemente trasmitiendo no están sólo para aumentar el realismo y verosimilitud del cuarto, son recursos que dialogan con el público enriqueciendo la historia. El lenguaje de acotaciones se torna crucial, no sólo para el montaje sino para quien sea que tenga el texto en sus manos. Alberto y Cata, los dos protagonistas, madre e hijo respectivamente son como esos peces que no por casualidad aparecen tanto al iniciar la obra como al caer el telón. Estas indefensas criaturas encerradas, viven fuera de su medio, fuera de cualquier medio y opacados por la artificialidad del mundo, la banalidad de cuatro paredes ruinosas llenas de sustancias inertes que sólo revelan con mayor gravedad el paso del tiempo y como han sido los propietarios, humanos promedio, sepultados en vida.
Es mucho lo que se puede entender del universo creativo de Egon Wolff tan sólo estudiando su arquitectura del espacio, no por nada hoy se dedica a la pintura.
Otro recurso crucial del ambiente y que vale la pena detallar es la luz muerta del televisor que refleja la sombra de los pececillos en la muralla tras el último diálogo, esta presencia, ruido y luz artificial que contribuye a la modorra de los personajes, acompaña toda la obra. Cada diálogo y monólogo de Alberto y Cata se apoyan en él como si estuviesen ante un tercer personaje o interlocutor. Así mientras nos vamos haciendo cómplices de Cata y Momo, como cariñosamente llama la primera a Alberto, descubrimos el poder del aparato en su relación, es un sedante opiáceo, capaz de acallar la furia, odio y miedo ante el silencio, esa parquedad que terrible en su escrutinio deja espacio para penetrar a los secretos, a lo profundo del alma humana, lo más temido pues en la resolución de su dolor íntimo, está el fin de su rutina, de su tragedia asumida con demencia como un motor, como una tarea a lo Sísifo. Lo único que tiene sentido hasta el fin de los días.
Esta circularidad de las crisis en que esta atrapado el hombre, se puede ver en otras obras de Wolff aunque desde otros ángulos, por ejemplo en la famosa pesadilla de Meyer que deja entrever el miedo experimentado por el empresario como representante de la clase burguesa y su pavor reverencial ante una avalancha invasora de menesterosos en una mecánica de principio subyacente en el fin y así sucesivamente hasta el infinito. También esta Kindergarten con la clownesca relación de los hermanos Sánchez-Uriarte, quizá es con esta última que Háblame de Laura se comunica íntimamente en esa simbiosis del amor. Cata y Alberto demuestran un parasitismo en lo económico al depender la madre de su hijo y en lo emocional, ambos, en sus juegos absurdos, en las tomaduras de pelo que insufribles se hacen el uno al otro para dar sabor a esa vida que en los tres actos de la obra, empieza y termina igual. Él llegando abatido de la lucha diaria que emprende cada mañana en su trabajo como vendedor de calzado, y una vez en el hogar derruido, compartiendo interrumpidamente por las rabietas y la intromisión de la t.v quejas, anécdotas inútiles pero por sobre todo una rutina, la madre que lo acusa de poco ambicioso, él que delira en fantasías autodestructivas y morbosas contra sus compañeros de trabajo y jefe, este último apellidado Lozada, es representante de la clase adinerada, y Alberto anhela humillarlo intelectual y moralmente lo acusa de tirano, sodomita, falso benefactor.
En esta dinámica se despliegan los puntos más altos de la obra a mi parecer...
Escrito por: Sol E. Díaz






































