SOLITARIO, NO AUSENTE
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
Allá se le ve, bajo la sombra de su destino. Dio sus frutos de desnudez, despojado de la corteza de los lustros que han sido fatales. Las mareas sondean en su sangre: amparan su savia hemofílica. Atento a las pulpas alejadas de sus crepúsculos, mantiene la calma hasta que del conticinio se desprenda una estrella de carbón.
El deseo de prolongar la complicidad de su secreto le aproxima a un especial averno acuático. Los peces tiran de sus ramas para proponerle un abismo. Él prefiere que aparezca un fuego y que traiga reconditeces del azufre y un memorial del nacimiento de los arenales. ¿Un olor a gres no viene y se desentiende? ¿O ratifican las escamas su penitencia de sal y temblor?
Hace tiempo que el sol no intenta la quema por traición. El solitario rechaza el fraude y disuelve las ofensas. La respuesta de su alma torna en fiebre a las ondas que carecen de naufragios.
Solo, en la no ausencia, él pregona su brillo y se hunde en la conciencia de las aguas que han salado su altivez.
2
El espacio presagia estados de climas que rielan. Los habitantes de las várices del solitario tragan los peligros con anzuelos avaros. El color de su verticalidad escinde la muerte con la naturalidad dispersa sobre los reflejos.
Un árbol solo hace su bosque en medio de las líneas acuosas que alternan las perspectivas. Si le cae de una ventisca una piedra será de mica y destellos de un tiempo pronto concebido. De las fisuras de su silueta un calcio que se ablanda salpica los remotos nombres de las mareas, sus impertérritos temblores.
Durante el comercio de las corrientes, el solitario se empina sobre su alma y le canta a las brisas que transportan a los seres de tenazas y minutos en retroceso. (No siempre es el mismo sol quien entusiasma al solitario, pero la refriega del espectro sí se amolda a su deseo de arena y coral).
La sed asiste al horizonte con su garganta de palabras amargas y la soledad que atraviesa al árbol como rutina de pesca sedimenta su espejismo.
3
…Y aún en la eternidad, el solitario no se enmohece ni le resuena ningún pálpito en la médula de antojo. La paz y la largueza de sus miras lo ubican encima del secreto péndulo del arte de marear y ser venteado.
¿Hasta los observadores distantes llegará el perfume de su unívoca putrefacción? ¿Quizás un atisbo de sus muescas más preferidas penetren por nuestras pupilas que curiosean y las atiborren de virutas o goces de marisquerías?
Se deja el solitario un presente de yacencias. Es un asunto de trashumancia verbal o suerte. En las diversas facetas de su estamento se advierte un impulso de complejidades: líneas que se avienen y se enemistan, matices de sombras eslabonadas a las costras de la memoria, insectos de una hibridación de épocas lloviznadas…
Sin embargo, la plenitud del silencio es lo que más discurre. La enseñanza de su desplazamiento acaece con la fuerza de un torneo de males menores.
La necesidad de conocer la propiedad de la madera hundida construye un camino que desemboca en la presencia de un hirsuto signo.
4
Una carta de marear le es enviada al solitario por pescadores de risas mudas y procaces. La pobreza de propósitos posee un regusto a la nubilidad de un cayo que se aleja constantemente del paraíso inestable.
Ubicuos mosquitos chupan los dedos de las palmeras y cuelgan de un recodo un nuevo paisaje que le transmita al solitario el asalto de la impermanencia. Unas arañas aclaman los orines derramados por los bañistas que pronuncian monólogos y emasculan la sed.
En el calor bulle una infección que rememora el zumbido de caracolas que atisban desde la raíz de los manglares. El solitario presiente que el mar puede volverse loco y arrastrar con su furia a los ramajes que ahuyentan los petróleos. Una obra inefable nace de los flancos de las canoas. Un probable grito de gaviota profetiza la infancia de un piélago que no ha de venir ni manifestarse.
Otra vez el comienzo y la vivacidad y un saco de espuma empuja al solitario hacia la barrera donde nunca existió el verde.
@
5
Orbitante, dentro de una edad sufriente, el árbol solo e incrédulo, rebasa las visiones de los farallones que no han utilizado los suicidas. La abundancia es generosa cual tabla de salvación o jardín flotante de los desechos de las riadas o de las nubes que han mendigado arcillas de petulancia.
¿Y si el solitario deviene en palmera execrada de sus cocos y de sus aguas que inducen a la amnesia? El delirio podría acallar las figuras de ángeles despeinados encima de sus boyas, a las sirenas que ululan desde sus libros de bruma y, acaso, a los moluscos que tañen sus piernas para profundizar en su sabor.
Se restablece, al final de un incierto periodo, el nombre del árbol solo. La prudencia aconseja no insuflarlo de hojas ni discordantes nervaduras. De eso se encargará el vasto presentimiento del ocaso que avanza, sin nudos, sin cisternas de texturas, por el entrepecho del solitario para resumir la invisibilidad de la madera en su querella contra el mar y su desgaste de emblemas.






































