
GOMBROWICZIDAS
Por Juan Carlos Gómez
No es tan fácil encontrar entre los rostros de los gombrowiczidas alguno que represente el espíritu festivo de estos días, un rostro en el que aparezca especialmente una bondad feliz.
"Los medios literarios de todas las latitudes geográficas están integrados por seres ambiciosos, susceptibles, absortos en su propia grandeza, dispuestos a ofenderse por la cosa más mínima"
Si el juicio de Gombrowicz se hubiera ajustado totalmente a la verdad yo no podría haber encontrado ese rostro benevolente pues la cara es a menudo el reflejo del alma. Sin embargo, a pesar de todas las prevenciones que tenía Gombrowicz contra la mezquindad de los hombres de letras, buscando con algún detenimiento encontré dos rostros que se ajustan cumplidamente a mi deseo, a saber: el del Benevolente y el del Gran Ortiba, dos gombrowiczidas con formaciones diferentes.
La inclusión de Gombrowicz en "Historia crítica de la literatura argentina" que llevó adelante el Benevolente venciendo la resistencia que le opuso una buena parte de la intelectualidad local es una de las señales más conspicuas que aparecen sobre la existencia de un Gombrowicz argentino.
A pesar de su rostro bondadoso y feliz el Benevolente es un tanto anfibológico pues en menos de lo que canta un gallo me escribió algunas palabras que se muerden la cola.
"(...) pero tengo un problema: el material de los gombrowiczidas es tan abundante que no tengo tiempo de leerlo pues cada día llega una nueva entrega (...) Lo siento, pero mis límites son esos; sólo me quedaba advertírselo para que usted no creyera que me estoy dedicando a Witold Gombrowicz y no le comento la originalidad de su pensamiento y su prosa (...)"
"(...) Además, y no es poco en mi caso, he leído algunos de los grombrowiczidas, muy divertido. Me prometo cuidar mis elogios, se me pueden volver en contra y no debe haber nada peor que eso suceda a fin de año (...)"
Hay hombres que piensan observando el mundo, y otros que piensan después de leer un libro. Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es cierta.
En dos momentos distintos y no muy lejanos entre sí, uno de los escritores más importantes de Polonia, Jan Lechon, escribía sobre Gombrowicz cosas contradictorias
Que era loco, sórdido y hediondo, y poco tiempo después, que su obra era excelente y que le producía mucho placer. ¿Por qué cambió de opinión? Gombrowicz descubre que cambió de opinión porque nunca la tuvo. ¿Y por qué nunca la tuvo? Porque no lo había leído, o porque lo había leído así nomás, echándole un vistazo, que es lo mismo que había hecho Gombrowicz con los poemas de Jan Lechon. De este modo concluye que ésta es la razón por la que existe una mayor orientación en las lecturas que hacen los estudiantes obligados a leer, que en muchos literatos profesionales que hablan con maestría de textos que no conocen.
Dediqué horas enteras a estudiar el tipo de las relaciones que me vinculaban con los editores, comparé a las editoriales con cajas negras y analicé el comportamiento de los editores y de esos auxiliares que tienen llamados lectores a los que motejé de pulgones.
Asocié los extremos de su conducta al comportamiento de los asesinos seriales y de los rufianes melancólicos y determiné que su naturaleza sólo alcanza un desarrollo que no va más allá del nivel de los protoseres.
Dividí en cinco grupos las técnicas que utilizan los editores para contrariar a los autores y por fin, estos personajes vinculados a la actividad de escribir desde hace tantos siglos, terminaron por hacerme perder la paciencia y el humor.
El muro impenetrable que levantaron a mis escritos no me desalentó pues estaba protegido por el club de gombrowiczidas, y seguí escribiendo como si tal cosa con la esperanza de que algún día podría vivir del trabajo acumulado como le había ocurrido a Gombrowicz.
Los dos casos tienen, sin embargo, aspectos materiales bien distintos, pues el trabajo que tengo acumulado es de cuatro años solamente y no de treinta años como lo tenía acumulado Gombrowicz, y yo, por una gran fortuna para mí, no vivo de lo que escribo.
Mientras corrían los días, las semanas, los meses y los años fui incorporando miembros al club de gombrowiczidas valiéndome de una variedad de recursos, especialmente del conocimiento personal, más recientemente también de las páginas de internet.
Y de repente una mano poderosa derribó el muro. El Gran Ortiba, uno de los príncipes del club de gombrowiczidas, empieza a publicar todo mi trabajo acumulado no editado en la Argentina, pero decide ir más allá y termina publicando también lo ya editado. La revista El Ortiba se ha convertido para mí en un hogar y el Gran Ortiba en un afectuoso benefactor.
Yo estoy un poco aturdido por estos acontecimientos recientes y me han asomado inesperadamente unos sentimiento religiosos sólo comparables con los que se tienen en la primera comunión y en las proximidades de las fiestas que necesitan de rostros parecidos a los que se ven en las fotos que forman parte de este gombrowiczidas.
Una sensación parecida a la que puede producir un trastorno del cosmos se apodera de mí cuando algún editor publica lo que escribo. Este fenómeno cultural increíble se ha producido en todo lo que me concierne cuando escribo sobre Gombrowicz y el Gran Ortiba, comandante en jefe de la revista "El Ortiba", empezó a publicar desde el mes de marzo todo lo que llevo escrito, todo lo que estoy escribiendo y, si Dios lo permite, todo lo que escribiré en el futuro.
Yo pasé una sola Navidad con Gombrowicz, en Piriápolis, en la casa de los Swieczewski en el año 1961. En el momento del brindis a mí se me ocurrió decir "prosit", una ocurrencia bastante extraña en una reunión de polacos. La cuestión es que Gombrowicz exclamó al instante y en voz alta: –Dijo "closet". Como era un asunto que no se podía aclarar me puse colorado como un tomate, y sentí que Gombrowicz me estaba descolocando.
"Aullidos de sirenas, pitidos, fuegos artificiales, descorchar de botellas y el vasto murmullo de una gran ciudad en gran agitación. En este instante hace su entrada el año nuevo, 1955. Camino por la calle Corrientes, solo y desesperado. Delante de mí no veo nada... ninguna esperanza"
Finalmente, el trabajo de oficina en el Banco Polaco lo había aplastado, no podía escribir nada aparte de los diarios. Se sentía un forastero en todo el universo. Sin embargo, pasados unos días después de las fiestas le cambia el humor y escribe en una página del diario cómo en un café de la calle Callao había puesto una inscripción en la puerta de un baño.
"A señoras y a señores, para nuestro beneficio, no lo hagan en la tapa, háganlo en el orificio"
En seguida le advierte al lector que había dudado antes de confesar esta manía, pero le había resultado tan fascinante que se lamentaba de haber perdido tanto tiempo sin conocer un placer tan barato y desprovisto de riesgo.
"Hay en esto algo..., algo extraño y embriagador... debido probablemente a la terrible evidencia de la inscripción unida al absoluto ocultamiento del autor, al que es imposible descubrir. Y también al hecho de que se trata de algo absolutamente inferior al nivel de mi creación"





































