
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y CÉSAR AIRA 2
por Juan Carlos Gómez
"Como dice la vieja
fórmula, feliz Navidad y próspero Año Nuevo, como si la felicidad y la
prosperidad fueran cosas distintas. Siempre te tengo en el corazón, mi
querido Goma. Besos y abrazos. César Aira"
Yo me aprovecho de la
paciencia que tiene conmigo el Pato Criollo de la misma manera que él
se aprovecha de la paciencia que tiene su mujer Liliana con las novelas
que escribe.
Existen dos hombres de letras argentinos que cosechan
en unos las más calurosas adhesiones y en otros el más encendido
rechazo, a saber: el Pterodáctilo y el Pato Criollo, ambos
gombrowiczidas ilustrísimos. Es uno de los casos más señalados de la
bipolaridad literaria argentina que tiene raíces oscuras y obedece a
los mandatos de los más bajos instintos.
La primera vez que vi a
Gombrowicz me pareció un personaje inglés por el aspecto y por la pipa.
Poco tiempo después se me empezó a parecer a Jacques Tati, y cuando lo
conocí un poco más todavía puso en mis manos a "Ferdydurke". Gombrowicz
fue el primer hombre de letras al que conocí personalmente; de este
encuentro y de la lectura de "Ferdydurke" saqué la conclusión de que
era un hombre seductor e inesperado y de que no existía ninguna
diferencia entre el escritor y sus escritos. Cuando conocí a otros
escritores me di cuenta de que este canon no era aplicable en forma
uniforme, funcionaba más o menos bien con el Pterodáctilo, pero no
funcionaba con el Pato Criollo, para poner dos ejemplos que se refieren
a estilos y concepciones literarias tan diferentes que ocupan los dos
extremos en el rango de la creación artística.
El
Hombre Unimesional comenta entre los miembros del gremio de los hombres
de letras que no conoce a ningún escritor que lea tanto como el Pato
Criollo, y ésta es precisamente una diferencia muy marcada que yo tengo
con él. Después de haber leído "El arte del espectáculo" le dije al
Pato Criollo que el Asno tenía las facultades mentales alteradas, pero
no es así, lo que pasa es que estando yo en mi estado natural –que es
el de no leer– cuando me cae un libro en las manos, lo rechazo y lo
primero que se me ocurre es hablar mal del autor, no del texto al que
no leí o al que apenas leí, como hacía Gombrowicz con Borges.
Advertido
de esta inclinación malsana que tengo decidí consultar al Niño Ruso
sobre cuál era la altura literaria que había alcanzado el Pato Criollo
pues me proponía leer alguno de sus libros..
"Me parece bien que
hayas acudido a Aira (...) Hay conexiones con Gombrowicz en su
excentricidad, en su libertad, en muchas cosas. No son iguales, claro,
nadie lo es (...)"
"Yo lamento la ausencia de los conocimientos
filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a
sus novelas, como ‘Cumpleaños’. Aira es el más importante y radical de
los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de
los setenta años, leerlo me da una gran sensación de libertad"
Como
las precauciones que uno puede tomar antes de poner un libro entre las
manos nunca están demás le escribí una carta al Pato Criollo pues me
proponía leer uno de sus libros, una lectura que seguramente me iba a
entusiasmar a estar de los comentarios que me estaba haciendo el Niño
Ruso.
"Y, sí, siendo amigos, o en vías de serlo, lo que da lo
mismo, creo que ha llegado un momento muy duro para mí. Como te hice
leer diecinueve de las cartas que le escribí a Gombrowicz el mero
transcurso del tiempo me obliga a leer alguno de tus libros, así lo
mandan las leyes de la simetría, contrariando mi inveterada costumbre
de resistirme, como gato panza arriba, a la lectura de libros, no así a
la lectura de cartas. (...) Llegados a este punto, y como es muy
probable que a vos te interese saber, por lo menos en parte, qué es lo
que pienso de tus escritos, creo que deberías recomendarme la lectura
de un libro tuyo. Para prevenirnos, tanto vos como yo, de malos
entendidos que podrían resultar fatales para el futuro de nuestra
relación, más teniendo en cuenta que vos escribís novelas con mucha
frecuencia, es imprescindible que se entienda muy bien que te estoy
pidiendo la recomendación para la lectura de tan solo uno de tus
libros, no vaya a ser cosa que se te ocurra jugarme una mala pasada,
una pitolina, como quien diría. Pitol me mandó recientemente desde
México tres libros suyos dedicados"
Una
tarde en el Tortoni el Pato Criollo me contaba que la mujer de un
escritor argentino conocidísimo se le había entregado al Dandy para
darle celos, no podía soportar que su marido anduviera persiguiendo a
las nínfulas como buitre a camión de tripas. Yo no sé si esta historia
será cierta, nunca se sabe hasta dónde pueden llegar los hombres de
letras, tanto es así que también me contó que la mujer del Dandy se
acostaba con una señora de la familia más íntima del Dandy aunque en
este caso no sabía por qué.
A
pesar de estas maniobras algo desdorosas de los hombres de letras se
podría decir que la actividad más importante que desempeñó Gombrowicz ,
y casi única, fue escribir. Sin embargo no fue un escritor prolífico,
le costaba trabajo pasar de una obra a otra, le costaba también
terminarlas, el final le parecía siempre arbitrario.
Gombrowicz
no se parecía en nada a Lope de Vega que escribía una obra en una sola
noche y, para no ir tan lejos ni tan atrás, tampoco se parecía al Pato
Criollo, uno de nuestros escritores más prolíficos que no llega a
escribir una obra por noche pero le anda raspando. Esta dificultad para
asomar la cabeza con sus escritos lo hacía sufrir, no tenemos que
olvidarnos que Gombrowicz era más bien un hombre de ágora que un hombre
de claustro.
"Qué extraño, que no leas. Yo prácticamente no hago otra
cosa (...) Pero estoy seguro que vas a leer esta carta. Si yo fuera una
de esas pedagogas insistentes, se me ocurriría un truco para hacerte
leer: tomaría una buena novela, por ejemplo ‘La Montaña Mágica’ de
Thomas Mann, y te la iría mandando de a una página por día en un sobre;
si encuentro una oficina de correos que abra los domingos, me llevará
tres años, si no, cuatro"
Un poco por este truco del Pato
Criollo con el que me quería obligar a leer y otro poco por el hecho de
que en cada uno de los miembros del club debe anidar algo de esa
impotencia que tenía Gombrowicz que le impedía terminar de leer los
libros, la cuestión es que se me fue ocurriendo la idea de escribir los
gombrowiczidas, una idea que también me permite entrar y salir de
Gombrowicz con alguna soltura.
A pesar de la desenvoltura con la
que escribe el Pato Criollo y la facilidad con la que consigue que le
publiquen lo que escribe, conoce perfectamente bien las contrariedades
que padecen muchos de sus colegas. En una de sus novelas narra las
desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la
conducta contradictoria de un editor. El editor recibe con entusiasmo
la primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le
promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas
no suceden así.
Los
contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos
frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el
entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor
aumentan con el transcurso del tiempo.
Pero es justamente el
transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de
joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco, de
un escritor malogrado, una historia con un marcado aire kafkiano que me
trajo a la memoria "Un artista del hambre". Kafka narra en este cuento
los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es
exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya
nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la basura, un final que
surgiere hasta cierto punto un parentesco entre este pobre faquir y los
escritores malogrados.
Hace
unos años Carlos Fuentes andaba desparramando a los cuatro vientos que
en poco tiempo César Aira recibiría el Premio Nobel de Literatura pero,
el tiempo está pasando y, a pesar de la maquinaria de precisión que ha
montado su agente literario alemán, al Pato Criollo le está ocurriendo
con los premios lo mismo que al autor malogrado le ocurría con el
editor contradictorio, y tiene miedo de correr la misma suerte del
ayunador en el cuento de Kafka, es decir, tiene miedo de que lo barran
junto a la basura.
Lo primero que atinó a hacer Gombrowicz cuando
ganó el Premio Internacional de Literatura fue preparar una lista de
sus enemigos literarios, regocijándose de antemano con la amargura
desesperante que les iba a despertar.
Ya
con el premio en la mano escribe el famoso diario del hijo ilegítimo
que proyecta visitarlo en Vence para mortificar a sus enemigos polacos
de Londres. Finalmente había obtenido un certificado de escritor de
alta categoría, firmado por la flor y nata de la crítica internacional.
Se le puso una cara extraña, los laureles le congelaban la cara y una
seriedad severa le cerraba con siete llaves los tesoros de la gloria.
"Una cara extraña que expresa sólo y únicamente esto: ¡que bailen a tu alrededor como quieran, tú ni te inmutes!"
Existen
narraciones que nos dan una idea del inexorable sentimiento de culpa y
vergüenza que la mirada de los otros puede producir en nosotros, el
camino de la interioridad pasa a través de la otra persona, la otra
persona sólo es interesante para mí en la medida en que me refleja,
vale decir en la medida en que yo soy un objeto para ella.
El
mismo Pato Criollo aborda el problema de la mirada en una novela cuya
acción transcurre en Coronel Pringles, el lugar de su nacimiento. En
cierto momento se produce una gran revolución en el cementerio, los
muertos salen de las tumbas y atacan al pueblo. Le abren la cabeza a
los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan
invencibles.
Sin embargo, en un momento determinado una señora
anciana mira y reconoce a uno de los muertos que se le está viniendo
encima: –Pero si éste es el colorado Pereira. Los viejos comienzan a
mirarlos e identificarlos a uno por uno y los zombis, mirados y
derrotados, vuelven a las tumbas.
Sin embargo, en el prólogo que
escribe para "Gombrowicz, este hombre me causa problemas", es donde el
Pato Criollo se da un paseo magistral hablando de la distancia y, en
consecuencia, de la mirada.
"Pero distancia es también articulación; lo que establece la
distancia es la mirada, y la distancia hace necesaria la mirada para
aprehender los objetos heterogéneos (...) El ‘tiempo real’ se
constituye en la devolución de la mirada, en lo simultáneo: la imagen
también mira, el ‘poseur’ mira (...) En la comedia teórica del
‘poseur’, la representación se pone en el trance de representarse a sí
misma, y en el vertiginoso juego de espejos aparece Goma. El ‘fiel’
Goma. La figura de Goma es la más misteriosa del mito Gombrowicz. ‘Goma
o la Inteligencia’. Así podría titularse este drama, como esas viejas
piezas tipológicas francesas (...) Extraen del pozo de la locura el
agua clara de las ideas, que salen en forma de temas. Y todos los temas
se resumen en el tema del Eros de la creación, y de la vida (...)"
"El interlocutor heterogéneo es de rigor, porque erotizar la inteligencia significa ponerla en dos
cuerpos distintos: un viejo y un joven, un extranjero y un nativo, y al final un muerto y un vivo (...)"
"El
argentino y el extranjero: el ‘poseur’ asciende un escalón más en lo
concreto de la realidad al desterrase (...) El desterrado hace una
construcción imperfecta, arma un país con los fragmentos de otro. Es un
trabajo parecido al de construir la felicidad, que se arma con
fragmentos de otras vidas, fragmentos cuyos bordes nunca coinciden
exactamente (...) El viejo y el joven: Gombrowicz lo dijo: ‘El hombre
no quiere ser Dios. El hombre quiere ser joven’. El deseo niega lo
general abstracto a favor de lo particular concreto, que es un joven
(....)"
"Al joven le falta experiencia histórica, no ha tenido
tiempo de desterrarse, sigue en el campo familiar del sobreentendido de
la inteligencia. Es un inocente que no puede sino generalizar, de ahí
que a veces parezca una versión de Dios (...)"
"El muerto y el vivo
son la última y no definitiva pareja en el diálogo, la más específica
de la literatura. La Vida-y-Obra de un escritor es una trinidad, porque
la muerte es una de sus premisas. Gombrowicz se fue de la Argentina,
envejeció y se murió. Se esfumó de la vida de Goma, y su desaparición
proyectó una larga sombra retrospectiva de sospecha sobre la
puntualidad que había regido la conversación. El ‘poseur’ se revelaba
fantasma a priori. El ‘jueguito’ entre Maestro y Discípulo no pudo
prolongarse porque había sucedido en el ‘tiempo real’ (...)"
"Por
ser real, el tiempo siguió pasando, pero el diálogo persistió, porque
había estado antes del tiempo, creándolo. Aquí ‘diálogo’ es sinónimo de
‘amistad’, esa hermana de la inteligencia. Si la filosofía nació, como
suele decirse, de la amistad, este libro de la inteligencia que ahora
escribe Goma es un libro de filósofo. Se me ocurre que, en el campo de
la fábula, la diferencia entre literatura y filosofía es que en la
primera mueren todos salvo uno, que es el que cuenta el cuento; en la
segunda sobreviven todos menos uno, que es el tema de otra especie de
cuento. Ese muerto, el fantasma en cuestión, es Gombrowicz el ‘poseur’,
que usó su genio para hacerse sospechoso. Y la sospecha es
irreversible, ella también hace real el tiempo: no se vuelve atrás a un
mundo de sentido pleno y confiable (...)"






































