
SANTOS Y BANDIDOS
DEL VALLE DE ELQUI
Prólogo
Arturo Volantines
No hay duda que en el Valle de Elqui y, especialmente, en Vicuña, la tradición es arrope, y fluye entre los labios de sus habitantes. Esa “criatura regional” y de creatura universal, Gabriela Mistral, fue posible en su magnitud, por este alimento tan propio del solar nortino.
El movimiento
radical del siglo XIX, la influencia del llano argentino, y este sol que
levanta muertos, convirtieron al Valle de Elqui —además, de ser la cuna de
Legendarios paradigmáticos como Pedro León Gallo, Pedro Pablo Muñoz, Domingo Zárate Vega —el Cristo de Elqui— y muchos otros, que vuelven a suspirar en este texto, fueron posible, porque el atractivo elquino es un constructo de tierra, tradiciones y nervios.
Este texto de Carlos Toro Ponce, “Santos y Bandidos del Valle de Elqui”, es un recorrido por algunas personas y personajes de este sector, que ya son leyendas, y patrimonio. Es un texto fresco y dialogante; contiene una proposición de lectura y de ideario, porque las palabras aquí bailantes, van enarbolando una idea de ser; aún más, van haciendo aparecer el verdadero espíritu del valle. No ese valle meramente esotérico, sino el serio y profundo, construido surco a surco por su gente.
También, es
un espejo para sus propios habitantes; ya que cuando el autor nos habla de las
gestas de los patriarcas, dice de cada uno de sus habitantes; y es, además, una
re-visión de este mundo en el mundo, al cumplirse 150 años de
Tal como lo hicieran antes un puñado de iluminados —Ricardo Latcham, Greta Mostny, Elías Marconi, Marta Elena Samatán, Domingo Zarate, etc.—, ahora, Carlos Toro Ponce, con un lenguaje coloquial, aborda desde el entorno hasta desnudar los hechos, para que quede suficiente inquietud, pero, también, sustancia. Así, el lector puede encontrarse invadido no por palabras sino por sucesos, como tomarse un té al atardecer en la interioridad del valle.
Cosas y casos increíbles aparecen en esta obra: las andanzas de la “Madre Cecilia”, o el “Cristo de Elqui”, o las aventuras del Caudillo; los bandoleros que asolaban la región y que ataban la injusticia con sus propias manos; los santos y devotos que habitaban y volaban las quebradas, y que también salpicaban de encantamiento la zona. Es mucho más el fabulario de seres feroces, patriarcas, héroes y vates del valle que no aparecen aquí, pero quedan prometidos para varios libros más. Como todo cuento, siempre una hebra nos lleva a otra.
Además, de los personajes anónimos y reales, el texto es abundante en otros, como la “Llorona” y el “Chonchón”. Aquí, hay una danza entre seres y personajes, donde no sabemos cuáles son los reales y cuáles son los muy reales.
No hay duda que los hombres somos parte, pertenecemos a la tierra. Somos tierra levantada. Tampoco hay duda que los hombres del norte, los artistas del norte, tenemos un compromiso relacional con la estética y su ethós; un propósito, como el queltehue que canta la necesidad de decir, para que este canto quede y se vuelva a cosechar. En esta obra es el espíritu del valle el que habla.






































