GOMBROWICZIDAS
"Soy amigo de la Argentina natural, sencilla,
cotidiana, popular. Estoy en guerra con la Argentina superior, ya
elaborada, ¡mal elaborada! (...)"
"!Oh, belleza! ¡Crecerás donde te siembren! ¡Y
serás como te siembren! No creáis en las bellezas de Santiago. No son
verdad. ¡Me las he inventado! (...)"
"Usted es alérgico a nosotros, por eso no nos
quiere (....) Usted busca en este país lo legítimo, porque usted nos
quiere (...) ¿Querer a un país? ¿Yo?"
Gombrowicz se establece en Santiago del Estero
en el año 1958. Huyendo del frío de Tandil y del de Buenos Aires se
toma unas vacaciones de cuatro meses y medio en esa ciudad subtropical.
En esa ciudad no encontró el término medio que había encontrado en
Tandil ni el anonimato de Buenos Aires, se movía a menudo entre la
provocación y el erotismo. Gombrowicz buscaba una actualización de su
inmadurez y de su talante jocoso e infantil que no pocas veces le
producía contratiempos. Las últimas paradas argentinas que hizo en este
viaje a la inmadurez fueron Tandil y Santiago del Estero. El intento
por separar literariamente en los diarios su inmadurez tandilense de su
erotización santiagueña no funcionó y todo quedó confundido en una
especie de erotización inmadura. Recién llegado a Santiago del Estero Gombrowicz le comenta a Francisco Santucho, redactor El señor español había reducido a los indios al
papel de esclavos y siervos, pero poco a poco el indio se fue
desempeñando funciones de criado de lo que resultó una combinación
especial. El indio tenía que defenderse de la dominación del señor y
recurrió a la burla, mofándose del señor acabó cultivando en sí mismo
una perfecta capacidad para ridiculizar todo lo que quería destacarse y
dominar. De esta manera rechazó las jerarquías y
reivindicó la igualdad, el indio veía en el éxito y en las muestras de
talento el deseo de dominar: –Y aquí tiene usted el resultado, ahora
nada aquí quiere destacarse ni brillar. Otro asunto que puso al indio a
la defensiva fue el engaño, los conquistadores empezaron a confundirlo
con piedras brillantes y siguieron tomándole el pelo. No hay nada a lo que un indio tema más que a que
lo engañen, y éste era el tipo de miedo que Gombrowicz registraba en
algunos de sus lectores.
"Pero ¿de qué le sirve al indio saber si yo
hablo ‘sincera’ o ‘insinceramente’? ¿Qué tiene que ver esto con la
certeza de los pensamientos que pronuncio?"
Gombrowicz estaba convencido de que se puede
proclamar insinceramente una gran verdad y soltar sinceramente la mayor
tontería. Los pensamientos se deben analizar en tanto que pensamientos,
y no en tanto a cuál sea la actitud del hombre que los pronuncia. Hay
que observar también que el engaño es una herramienta a la que el
escritor debe recurrir a menudo para no convertirse en una presa fácil
del lector.
"Basta ya de ese sueño tranquilo en el seno de la confianza mutua. ¡Que despierte el espíritu! ¡Despierta! ¡Y salud, indios!"
"Estaba sentado en un banco, en un parque, y a
mi lado tenía un muchacho aindiado, posiblemente de la Escuela
Industrial, con un compañero mayor que él: –Si fueras de putas –le
decía el muchacho al compañero–, tendrías que soltar al menos
cincuenta. ¡O sea que a mí me debes lo mismo! (...)"
"¿Cómo entender eso? Ya me he percatado que en
Santiago todo puede interpretarse de dos maneras diferentes: como
extrema inocencia o como extrema depravación, por lo que no me
extrañaría que estas palabras fueran inocentes, una simple broma en una
conversación entre colegiales. Pero no puede excluirse algo más
perverso. Como tampoco puede excluirse la archiperversión que
consistiría en que, teniendo el significado que yo les atribuía,
fueran, a pesar de todo ello, inocentes..., en cuyo caso el escándalo
mayor constituiría la más perfecta inocencia (....)"
"Ese muchacho quinceañero era evidentemente de
buena familia, de sus ojos emanaba salud, cordialidad y alegría, no
decía aquello voluptuosamente, sino con toda la convicción de una
persona que defiende un derecho legítimo. Y además reía..., con esa
risa de aquí, nunca excesiva pero envolvente" Gombrowicz ya advertido de la dulzura equívoca
de los changos santiagueños dio una conferencia en la Universidad en la
que habló como hablan los más célebres, simulando que se sentía como si
estuviera en su propia casa, que aquello era para él pan comido, cuando
en realidad cualquier cuestionario indiscreto que le hubieran hecho lo
hubiera dejado desarmado.
"¡Pero estoy tan acostumbrado a la
mistificación! Y además sé perfectamente que hasta los más ilustres no
desdeñan tal mistificación. Hacía, pues, mi papel como podía, que por
otro lado no me salía del todo mal (...)" "De repente vi, un poco al fondo, detrás de la
primera fila, una mano que descansaba sobre una rodilla...Otra mano, al
lado, perteneciente a otra persona, se apoyaba o, mejor, se agarraba
con los dedos al respaldo de la silla..., y de pronto fue como si esas
dos manos me tomaran, hasta el punto que me asusté, me quedé sin
respiración..., y otra vez sentí en mí la llamada de la carne"
Las manos que irrumpen como un llamado del
cuerpo lo llevan a Gombrowicz a una persecución anhelante y arrebatada
de un de un muchacho moreno, desconocido para él, por las calles de la
ciudad de Santiago
"Fue uno de esos momentos de mi vida en que
comprendí con toda claridad que la moral es salvaje..., salvaje... De
pronto... cuando llegué a su altura, me saludó sonriente: –¿Qué tal?
¡Lo conocía, era uno de lustrabotas de la plaza (...) para eso no
estaba preparado! (...); –¿Adónde vas?" Se cruzaron y de toda esa pasión no le quedó sino la normalidad.
El parlamento argentino había promulgado una ley que
concedía a las universidades católicas y de otras confesiones los
mismos derechos que tenían las universidades estatales cuando
Gombrowicz estaba en Santiago del Estero.
Se produjo una protesta enfurecida de la
mayoría de los estudiantes universitarios a la que se unieron los
alumnos de las escuelas secundarias. "Una buena mañana vi en la plaza mayor de Santiago
una multitud de adolescentes bajo la mirada paternal de la policía; uno
de aquellos jóvenes pronunciaba un fogoso discurso exigiendo la
dimisión del gobierno y la supresión de la enseñanza religiosa en las
escuelas. Habló con tanta vehemencia, que cuando terminó le pregunté a
solas cuál era el motivo de su odio hacia la iglesia y el clero: –Las
chicas– contestó lacónicamente dándome un codazo"
El pecado original anatematizado por la iglesia católica era el verdadero motivo de la revuelta estudiantil, p En la maraña indígeno erotizada que Gombrowicz
había armado en Santiago del Estero se fueron perfilando poco a poco
dos personajes míticos: Leopoldo Allub Manzur y Mario Roberto Santucho
a los que Gombrowicz apodó el Beduino y el Indiecito respectivamente. El Beduino era un personaje desconcertante, de un
aspecto intimidatorio por la fiereza de su rostro, sin embargo, era el
más tierno de todos nosotros. Para defenderse de su timidez recurría a
burlas inocentes en forma permanente de modo que alrededor del Beduino
flotaba un aire de irrealidad manifiesto.
Una tarde Gombrowicz conversaba con el Beduino
en un banco de la plaza principal de Santiago. Este pichón santiagueño
de sociólogo le preguntaba de vez en cuando si tenía tanto sentido del
humor como parecía a primera vista. Mientras tanto le contaba que cada
uno de los hermanos Santucho tenía una tendencia política diferente,
gracias a lo cual la familia no le temía a las revoluciones tan
frecuentes en aquella época, cualquiera fuese la revolución que
triunfara algún hermano ganaría: el comunista, el nacionalista, el
liberal, el cura o el peronista.. El Beduino trataba de asegurarse, más
que de ninguna otra cosa, de que Gombrowicz tuviera sentido del humor.
Cuando estuvo más o menos seguro de que lo tenía, con mucho disimulo,
encendió un petardo y lo puso debajo del banco, el petardo estalló:
–Perdón, Gombrowicz, ¿se asustó?; –No utilice, jovencito, esas armas
infernales contra mí. Me contaba el Beduino que se puso blanco como un
papel y durante un largo rato Gombrowicz no pudo pronunciar palabra.
El talante ligero de este gombrowiczida santiagueño le daba oportunidad a Gombrowicz para armar numeritos teatrales.
"Beduino y yo en la parada del autobús,
esperamos el 208 cerca de mi casa de Venezuela: –¡Oye, viejo! Para no
aburrirnos, ¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos!
Habla conmigo como si yo fuera director de orquesta y tú músico,
pregúntame por Toscanini...
Beduino se muestra encantado. Subimos. Se sitúa
a una distancia conveniente y comienza, en voz alta: –En tu lugar,
reforzaría los contrabajos, prestaría atención también al fugato,
maestro... La gente aguza los oídos: –Hum, hum...; –Y cuidado con los
cobres en ese pasaje del Fa al Re... ¿Cuándo tienes ese concierto? Yo
toco el catorce... A propósito, ¿cuándo me mostrarás esa carta de
Toscanini?; –Me dejas asombrado, chico... No conozco a Toscanini, no
soy director de orquesta y francamente no entiendo por qué has de
presumir delante de la gente haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso
de engalanarte con plumas ajenas? ¡Es muy feo!
Todos miraban severamente a Beduino que, colorado como un tomate, me dirige una mirada asesina"
"Santiago es una vaca que rumia diariamente su
vuelo, es una pesadilla en la que uno corre una carrera vertiginosa
pero sin moverse de un lugar (...) Roby llegó a Buenos Aires (...) es
un soldado nato, sirve para el fusil, las trincheras, el caballo. Me
interesaba saber si en los dos años que habíamos dejado de vernos había
cambiado algo en aquel estudiante (...) me parecía imposible que a su
edad, pudiera evitar una mutación aunque fuese parcial (...) El tonto
no ha asimilado nada desde que lo dejé en Santiago hace dos años"
En el año 1960 Roby Santucho vino a Buenos
Aires y nos fue a visitar al Rex. A la una de la mañana nos fuimos a
otro bar a tomar cerveza y a discutir en un círculo más privado. Esa
noche Roby lo había trasladado a Gombrowicz al pasado, al hitlerismo,
al sentimiento de impotencia que lo había asaltado en la víspera de la
quiebra de Europa, y al asombro que le producía el cómo la calidad
inferior puede ser hasta tal punto fuerte y agresiva.
Por esa particularidad fructuosa que tiene la
literatura podemos mezclar estos recuerdos del ascenso irresistible de
la barbarie alemana del año 1938, con ese Roby santiagueño de 1960, y
con unas aventuras extrañas que corrió Gombrowicz durante su estada en
Berlín en 1963.
La cabeza y la mano, en la imaginación de
Gombrowicz, son las partes del cuerpo que ponían en contacto a ese
joven argentino, que el tiempo convirtió en el jefe del ejército
revolucionario del pueblo, con el terror del nazismo.
"En Berlín me llevaron a una prisión y me
mostraron una habitación corriente, luminosa, con unas anillas de
hierro en el techo que habían servido para colgar de ellas a quienes
luchaban contra Hitler, o quizás no para colgar, sino para asfixiar"
Por las calles de una ciudad profundamente moral
tenía también que ver perros y hombres monstruosos junto a una voluntad
admirable de ser normales.
El año nuevo de 1964 Gombrowicz lo pasó con un
grupo de jóvenes alemanes en la casa de un pintor. Y es aquí donde
empieza a darle vuelta a las manos, ve a esos jóvenes nórdicos
encadenados a sus propias manos, unas manos por otra parte
perfectamente civilizadas.
"Y las cabezas acompañaban esas manos como una
nube acompaña la tierra, no fue una sensación nueva, ya en alguna otra
ocasión, en la Argentina, Roby Santucho se me había identificado con
sus propias manos"
Eran unas manos nuevas e inocentes y, sin embargo, iguales a aquellas otras sangrientas del pasado.
Manos amistosas, fraternales y amorosas, como
las de aquel bosque de manos alzadas, tendidas hacia delante en su
‘heil’, en las que también había amor. Una generación que parecía no
engendrada por nadie, sin pasado y suspendida en el vacío, sólo que
seguía encadenada a sus propias manos, unas manos que ya no mataban,
sino que se ocupaban de los gráficos, de la contabilidad y de la
producción. "Al mismo tiempo miré la pared en la casa del
pintor anfitrión y vi allá, en lo alto, casi tocando el techo, un
gancho clavado en la pared, clavado en una pared lisa, solitario,
trágico como aquellas anillas de hierro de las que colgaban o
asfixiaban a los que luchaban contra Hitler" Ese año nuevo en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la historia.
Sólo aquel gancho en la pared y esas manos se le
asociaban con las paradas militares amorosamente mortales. De esos
jóvenes se habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un
bosque de manos que mostraban el camino hacia delante.
"Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban
tranquilas, desocupadas, eran privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo
encadenados a sus manos (...) En realidad no sabía a qué atenerme:
nunca había visto una juventud más humanitaria y universal, democrática
y auténticamente inocente..., más tranquila. Pero... ¡con esas manos!"
A Gombrowicz lo asaltaba la sospecha insistente
de que el contenido de las ideologías no tenía importancia, que las
ideologías sólo servían para agrupar a la gente, formar una masa y una
fuerza creadora. Pero Gombrowicz quería ser él mismo, sostenerse
sobre sus propios pies, alejarse de las palabras huecas, de la mentira
y del éxtasis para tener contacto con la realidad.
"Viví antes de la guerra y durante la guerra la
victoria de la fuerza colectiva y también su derrota y su
desintegración con el renacimiento del ‘yo’ inmortal. Poco a poco se
han ido debilitando en mí aquellos miedos, ¡cuando de pronto Roby me ha
hecho llegar nuevamente ese tufo diabólico!"
Otra vez Gombrowicz se sentía sometido a las
fuerzas ciegas de la colectividad y de la historia; la moral, la
ciencia, la razón, la lógica, todo se convierte en instrumento de una
idea diferente y superior que quiere conquistarnos y poseernos. Pero no
es una idea, es una criatura surgida de la masa y que expresa a la
multitud.
"Tomaba cerveza sentado frente a ese estudiante
tan encantadoramente joven, tan indefenso y al mismo tiempo tan
peligroso. Miraba su cabeza y su mano. ¡Su cabeza! ¡Su mano! (...)"
"Una mano dispuesta a matar en nombre de una
niñería.. La prolongación del disparate y la sandez que se estaba
incubando en su cabeza era una bayoneta ensangrentada... Una criatura
extraña: de cabeza confusa y trivial, de mano peligrosa. Se me ha
ocurrido una idea, un poco vaga y no acabada de pensar, que sin embargo
quisiera anotar aquí (...)"
"Se podría formular más o menos como sigue: su
cabeza está llena de quimeras, por lo tanto es digna de compasión; pero
su mano tiene el don de transformar las quimeras en realidad, es capaz
de crear hechos. Irrealidad, pues, del lado de la cabeza, realidad del
lado de la mano... y seriedad de uno de los extremos (...)"
"Tal vez le esté agradecido por haberme vuelto
a mis antiguas angustias. Esta seguridad en mí mismo de hombre culto,
de intelectual, de artista, que va creciendo en mí con la edad, ¡no es
nada bueno! No hay que olvidar que los que no escriben con tinta
escriben con sangre"







































