Hans-Georg Gadamer
La actualidad de lo bello
El arte como juego, símbolo y fiesta
(Fragmento)
I
Se trata, en especial, del concepto de juego. Lo primero que hemos de tener
claro es que el juego es una función elemental de la vida humana, hasta el
punto de que no se puede pensar en absoluto la cultura humana sin un componente
lúdico. Pensadores como Huizinga, Guardini y otros han destacado hace mucho que
la práctica del culto religioso entraña un elemento lúdico. Merece la pena
tener presente el hecho elemental del juego humano en sus estructuras para que
el elemento lúdico del arte no se haga patente sólo de un modo negativo, como
libertad de estar sujeto a un fin, sino como un impulso libre. ¿Cuándo hablamos
de juego, y qué implica ello? En primer término, sin duda, un movimiento de
vaivén que se repite continuamente. Piénsese, sencillamente, en ciertas
expresiones como, por ejemplo «juego de luces» o el «juego de las olas», donde
se presenta un constante ir y venir, un vaivén de acá para allá, es decir, un
movimiento que no está vinculado a fin alguno. Es claro que lo que caracteriza
al vaivén de acá para allá es que ni uno ni otro extremo son la meta final del
mo- [67] vimiento en la cual vaya
éste a detenerse. También es claro que de este movimiento forma parte un
espacio de juego. Esto nos dará que pensar, especialmente en la cuestión del
arte. La libertad de movimientos de que se habla aquí implica, además, que este
movimiento ha de tener la forma de un automovimiento. El automovimiento es el
carácter fundamental de lo viviente en general. Esto ya lo describió
Aristóteles, formulando con ello el pensamiento de todos los griegos. Lo que
está vivo lleva en sí mismo el impulso de movimiento, es automovimiento. El
juego aparece entonces como el automovimiento que no tiende a un final o una
meta, sino al movimiento en cuanto movimiento, que indica, por así decirlo, un
fenómeno de exceso, de la autorrepresentación del ser viviente. Esto es lo que,
de hecho, vemos en la naturaleza: el juego de los mosquitos, por ejemplo, o
todos los espectáculos de juegos que se observan en todo el mundo animal,
particularmente entre los cachorros. Todo esto procede, evidentemente, del
carácter básico de exceso que pugna por alcanzar su representación en el mundo
de los seres vivos. Ahora bien, lo particular del juego humano estriba en que
el juego también puede incluir en sí mismo a la razón, el carácter distintivo más
propio del ser humano consistente en poder darse fines y aspirar a ellos
conscientemente, y puede burlar lo característico de la razón conforme a fines.
Pues la humanidad del juego humano reside en que, en ese juego de movimientos,
ordena y discipli- [68] na, por
decirlo así, sus propios movimientos de juego como si tuviesen fines; por
ejemplo, cuando un niño va contando cuántas veces bota el balón en el suelo
antes de escapársele.
Eso que se pone reglas a sí mismo en la
forma de un hacer que no está sujeto a fines es la razón. El niño se apena si
el balón se le escapa al décimo bote, y se alegra inmensamente si llega hasta
treinta. Esta racionalidad libre de fines que es propia del juego humano es un
rasgo característico del fenómeno que aún nos seguirá ayudando. Pues es claro
que aquí, en particular en el fenómeno de la repetición como tal, nos estamos
refiriendo a la identidad, la mismidad. El fin que aquí resulta es,
ciertamente, una conducta libre de fines, pero esa conducta misma es referida
como tal. Es a ella a la que el juego se refiere. Con trabajo, ambición y con
la pasión más seria, algo es referido de este modo. Es éste un primer paso en
el camino hacia la comunicación humana; si algo se representa aquí, aunque sólo
sea el movimiento mismo del juego, también puede decirse del espectador que «se
refiere» al juego, igual que yo, al jugar, aparezco ante mí mismo como
espectador. La función de representación del juego no es un capricho
cualquiera, sino que, al final, el movimiento del juego está determinado de
esta y aquella manera. El juego es, en definitiva, autorrepresentación del
movimiento de juego.
Y podemos añadir, inmediatamente: una
determinación semejante del movimiento de juego [69] significa, a la vez, que al jugar exige siempre un «jugar-con».
Incluso el espectador que observa al niño y la pelota no puede hacer otra cosa
que seguir mirando. Si verdaderamente «le acompaña», eso no es otra cosa que la
participatio, la participación
interior en ese movimiento que se repite. Esto resulta mucho más evidente en
formas de juego más desarrolladas: basta con mirar alguna vez, por ejemplo, al
público de un partido de tenis por televisión. Es una pura contorsión de
cuellos. Nadie puede evitar ese «jugar-con». Me parece, por lo tanto, otro
momento importante el hecho de que el juego sea un hacer comunicativo también
en el sentido de que no conoce propiamente la distancia entre el que juega y el
que mira el juego. El espectador es, claramente, algo más que un mero
observador que contempla lo que ocurre ante él; en tanto que participa en el juego, es parte de él.
Naturalmente, con estas formas de juego no estamos aún en el juego del arte.
Pero espero haber demostrado que es apenas un paso lo que va desde la danza
cultual a la celebración del culto entendida como representación. Y que apenas
hay un paso de ahí a la liberación de la representación, al teatro, por
ejemplo, que surgió a partir de este contexto cultual como su representación. O
a las artes plásticas, cuya función expresiva y ornamental creció, en suma, a
partir de un contexto de vida religiosa. Una cosa se transforma en la otra. Que
ello es así lo confirma un elemento común en lo que hemos explicitado como
juego, a [70] saber, que algo es referido como algo, aunque no sea nada
conceptual, útil o intencional, sino la pura prescripción de la autonomía del
movimiento.
Esto me parece extraordinariamente
significativo para la discusión actual sobre el arte moderno. Se trata, al fin
y al cabo, de la cuestión de la obra. Uno de los impulsos fundamentales del
arte moderno es el deseo de anular la distancia que media entre audiencia,
consumidores o público y la obra. No cabe duda de que todos los artistas
importantes de los últimos cincuenta años han dirigido su empeño precisamente a
anular esta distancia. Piénsese, por ejemplo, en la teoría del teatro épico de
Bertolt Brecht, quien, al destruir deliberadamente el realismo escénico, las
expectativas sobre psicología del personaje, en suma, la identidad de lo que se
espera en el teatro, impugnaba explícitamente el abandono en el sueño dramático
por ser un débil sucedáneo de la conciencia de solidaridad social y humana.
Pero este impulso por transformar el distanciamiento del espectador en su
implicación como co-jugador puede encontrarse en todas las formas del arte
experimental moderno.
Ahora bien, ¿quiere esto decir que la
obra ya no existe? De hecho, así lo creen muchos artistas –al igual que los
teóricos del arte que les siguen–, como si de lo que se tratase fuera de
renunciar a la unidad de la obra. Mas, si recordamos nuestras observaciones
sobre el juego humano, encontrábamos incluso allí una primera [71] experiencia de racionalidad, a
saber, la obediencia a las reglas que el juego mismo se plantea, la identidad
de lo que se pretende repetir. Así que allí estaba ya en juego algo así como la
identidad hermenéutica, y ésta permanece absolutamente intangible para el juego
del arte. Es un error creer que la unidad de la obra significa su clausura
frente al que se dirige a ella y al que ella alcanza. La identidad hermenéutica
de la obra tiene un fundamento mucho más profundo. Incluso lo más efímero e
irrepetible, cuando aparece o se lo valora en cuanto experiencia estética, es
referido en su mismidad. Tomemos el caso de una improvisación al órgano. Como
tal improvisación, que sólo tiene lugar una vez, no podrá volverse a oír nunca.
El mismo organista apenas sabe, después de haberlo hecho, cómo ha tocado, y no
lo ha registrado nadie. Sin embargo, todos dicen: «Ha sido una interpretación
genial», o, en otro caso, «Hoy ha estado algo flojo». ¿Qué queremos decir con
eso? Está claro que nos estamos refiriendo a la improvisación. Para nosotros,
algo «está» ahí; es como una obra, no un simple ejercicio del organista con los
dedos. De lo contrario, no se harían juicios sobre la calidad de la
improvisación o sobre sus deficiencias. Y así, es la identidad hermenéutica la
que funda la unidad de la obra. En tanto que ser que comprende, tengo que
identificar. Pues ahí había algo que he juzgado, que «he comprendido». Yo
identifico algo como lo que ha sido o como [72]
lo que es, y sólo esa identidad constituye el sentido de la obra.
Si esto es correcto –y pienso que tiene
en sí la evidencia de lo verdadero–, entonces no puede haber absolutamente
ninguna producción artística posible que no se
refiera de igual modo a lo que produce en tanto que lo que es. Lo confirma
incluso el ejemplo límite de cualquier instrumento –pongamos por caso un
botellero– que pasa de súbito, y con el mismo efecto, a ser ofrecido como si
fuera una obra. Tiene su determinación en su efecto y en tanto que ese efecto
que se produjo una vez. Es probable que no llegue a ser una obra duradera, en
el sentido clásico de perdurabilidad; pero, en el sentido de la identidad
hermenéutica, es ciertamente una «obra».
Precisamente, el concepto de obra no
está ligado de ningún modo a los ideales clasicistas de armonía. Incluso si hay
formas totalmente diferentes para las cuales la identificación se produce por
acuerdo, tendremos que preguntarnos cómo tiene lugar propiamente ese
ser-interpelados. Pero aquí hay todavía un momento más. Si la identidad de la
obra es esto que hemos dicho, entonces sólo habrá una recepción real, una
experiencia artística real de la obra de arte, para aquel que «juega-con», es
decir, para aquel que, con su actividad, realiza un trabajo propio. ¿Cómo tiene
lugar esto propiamente? Desde luego, no por un simple retener en algo la
memoria. También en ese caso se da una identificación; [73] pero sin ese asentimiento especial por el cual la «obra»
significa algo para nosotros. ¿Por medio de qué posee una «obra» su identidad
como obra? ¿Qué es lo que hace de su identidad una identidad, podemos decir,
hermenéutica? Esta otra formulación quiere decir claramente que su identidad
consiste precisamente en que hay algo «que entender», en que pretende ser
entendida como aquello a lo que «se refiere» o como lo que «dice». Es éste un
desafío que sale de la «obra» y que espera ser correspondido. Exige una
respuesta que sólo puede dar quien haya aceptado el desafío. Y esta respuesta
tiene que ser la suya propia, la que él mismo produce activamente. El
co-jugador forma parte del juego.
Por experiencia propia, todos sabemos
que visitar un museo, por ejemplo, o escuchar un concierto, son tareas de
intensísima actividad espiritual. ¿Qué es lo que se hace? Ciertamente, hay aquí
algunas diferencias: uno es un arte interpretativo; en el otro, no se trata ya
de la reproducción, sino que se está ante el original colgado de la pared.
Después de visitar un museo, no se sale de él con el mismo sentimiento vital
con el que se entró: si se ha tenido realmente la experiencia del arte, el
mundo se habrá vuelto más leve y luminoso.
La determinación de la obra como punto
de identidad del reconocimiento, de la comprensión, entraña, además, que tal
identidad se halla enlazada con la variación y con la diferencia. Toda obra
deja al que la recibe un espacio de juego [74]
que tiene que rellenar. Puedo mostrarlo incluso con conceptos teóricos
clasicistas. Kant, por ejemplo, tiene una doctrina muy curiosa. Él sostiene la
tesis de que, en pintura, la auténtica portadora de la belleza es la forma. Por
el contrario, los colores son un mero encanto, esto es, una emocionalidad
sensible que no deja de ser subjetiva y que, por lo tanto, no tiene nada que ver
con la creación propiamente artística o estética[1].
Quien entienda de arte neoclásico
–piénsese en Thorwaldsen, por ejemplo– admitirá que en este arte de marmórea
palidez son la línea, el dibujo, la forma, los que, de hecho, ocupan el primer
plano. Sin duda, la tesis de Kant está condicionada históricamente. Nosotros no
suscribiríamos nunca que los colores son meros encantos. Pues sabemos que
también es posible construir con los colores y que la composición no se limita
necesariamente a las líneas y la silueta del dibujo. Mas lo que nos interesa
ahora no es la parcialidad de ese gusto históricamente condicionado. Nos
interesa sólo lo que Kant tiene claramente ante sus ojos. ¿Por qué destaca la
forma de esa manera? Y la respuesta es: porque al verla hay que dibujarla, hay
que construirla activamente, tal y como exige toda composición, ya sea gráfica
o musical, ya sea el teatro o la lectura. Es un continuo ser-activo-con. Y es
claro y manifiesto que, precisamente la identidad de la obra, que invita a esa
actividad, no es una identidad arbi- [75]
traria cualquiera, sino que es dirigida y forzada a insertarse dentro de un
cierto esquema para todas las realizaciones posibles.
Piénsese en la literatura, por ejemplo.
Fue un mérito del gran fenomenólogo polaco Roman Ingarden haber sido el primero
en poner esto de relieve.[2]
¿Qué aspecto tiene la función evocativa de una narración? Tomemos un ejemplo
famoso: Los hermanos Karamazov. Ahí
está la escalera por la que se cae Smerdiakov. Dostoievski la describe de un
modo por el que se ve perfectamente cómo es la escalera. Sé cómo empieza, que
luego se vuelve oscura y que tuerce a la izquierda. Para mí resulta
palpablemente claro y, sin embargo, sé que nadie ve la escalera igual que yo.
Y, por su parte, todo el que se haya dejado afectar por este magistral arte
narrativo, «verá» perfectamente la escalera y estará convencido de verla tal y
como es. He aquí el espacio libre que deja, en cada caso, la palabra poética y
que todos llenamos siguiendo la evocación lingüística del narrador. En las
artes plásticas ocurre algo semejante. Se trata de un acto sintético. Tenemos
que reunir, poner juntas muchas cosas. Como suele decirse, un cuadro se «lee»,
igual que se lee un texto escrito. Se empieza a «descifrar» un cuadro de la
misma manera que un texto. La pintura cubista no fue la primera en plantear
esta tarea –si bien lo hizo, por cier- [76]
to, con una drástica radicalidad– al exigirnos que hojeásemos, por así
decirlo, sucesivamente las diversas facetas de lo mismo, los diferentes modos,
aspectos, de suerte que al final apareciese en el lienzo lo representado en una
multiplicidad de facetas, con un colorido y una plasticidad nuevas. No es sólo
en el caso de Picasso, Bracque y todos los demás cubistas de entonces que «leemos»
el cuadro. Es así siempre. Quien esté admirando, por ejemplo, un Ticiano o un
Velázquez famoso, un Habsburgo cualquiera a caballo, y sólo alcance a pensar: «¡Ah!
Ese es Carlos V», no ha visto nada del cuadro. Se trata de construirlo como
cuadro, leyéndolo, digamos, palabra por palabra, hasta que al final de esa
construcción forzosa todo converja en la imagen del cuadro, en la cual se hace
presente el significado evocado en él, el significado de un señor del mundo en
cuyo imperio nunca se ponía el sol.
Por tanto, quisiera decir, básicamente:
siempre hay un trabajo de reflexión, un trabajo espiritual, lo mismo si me
ocupo de formas tradicionales de creación artística que si recibo el desafío de
la creación moderna. El trabajo constructivo del juego de reflexión reside como
desafío en la obra en cuanto tal.
Por esta razón, me parece que es falso
contraponer un arte del pasado, con el cual se puede disfrutar, y un arte
contemporáneo, en el cual uno, en virtud de los sofisticados medios de la
creación artística, se ve obligado a participar. El concepto de juego se ha
introducido precisamen- [77] te para
mostrar que, en un juego, todos son co-jugadores. Y lo mismo debe valer para el
juego del arte, a saber, que no hay ninguna separación de principio entre la
propia confirmación de la obra de arte y el que la experimenta. He resumido el
significado de esto en el postulado explícito de que también hay que aprender a
leer las obras del arte clásico que nos son más familiares y que están más
cargadas de significado por los temas de la tradición.
Pero leer no consiste en deletrear y en
pronunciar una palabra tras otra, sino que significa, sobre todo, ejecutar
permanentemente el movimiento hermenéutico que gobierna la expectativa de
sentido del todo y que, al final, se cumple desde el individuo en la
realización de sentido del todo. Piénsese en lo que ocurre cuando alguien lee
en voz alta un texto que no haya comprendido. No hay quien entienda lo que está
leyendo.
La identidad de la obra no está
garantizada por una determinación clásica o formalista cualquiera, sino que se
hace efectiva por el modo en que nos hacemos cargo de la construcción de la
obra misma como tarea. Si esto es lo importante de la experiencia artística,
podemos recordar la demostración kantiana de que no se trata aquí de referirse
a, o subsumir bajo un concepto una confirmación que se manifiesta y aparece en
su particularidad. El historiador y teórico del arte Richard Hamann formuló una
vez esta idea así: se trata de la «significatividad propia de la per- [78] cepción».[3]
Esto quiere decir que la percepción ya no se pone en relación con la vida
pragmática en la cual funciona, sino que se da y se expone en su propio
significado. Por supuesto que, para comprender en su pleno sentido esta
formulación, hay que tener claro lo que significa percepción. La percepción no
debe ser entendida como si la, digamos, «piel sensible de las cosas» fuera lo
principal desde el punto de vista estético, idea que podía parecerle natural a
Hamann en la época final del impresionismo. Percibir no es recolectar puramente
diversas impresiones sensoriales, sino que percibir significa, como ya lo dice
muy bellamente la palabra alemana, wahrnehmen,
«tomar (nehmen) algo como verdadero (wahr)». Pero esto quiere decir: lo que
se ofrece a los sentidos es visto y tomado como algo. Así, a partir de la
reflexión de que el concepto de percepción sensorial que generalmente aplicamos
como criterio estético resulta estrecho y dogmático, he elegido en mis
investigaciones una formulación, algo barroca, que expresa la profunda
dimensión de la percepción: la «no-distinción estética».[4]
Quiero decir con ello que resultaría secundario que uno hiciera abstracción de
lo que le interpela significativamente en la obra artística, y quisiera
limitarse del todo a apreciarla «de un modo puramente estético».
Es como si un crítico de teatro se
ocupase [79] exclusivamente de la
escenificación, la calidad del reparto, y cosas parecidas. Está perfectamente
bien que así lo haga; pero no es ése el modo en que se hace patente la obra misma
y el significado que haya ganado en la representación. Precisamente, es la no
distinción entre el modo particular en que una obra se interpreta y la
identidad misma que hay detrás de la obra lo que constituye la experiencia
artística. Y esto no es válido sólo por las artes interpretativas y la
mediación que entrañan. Siempre es cierto que la obra habla, en lo que es, cada
vez de un modo especial y sin embargo como ella misma, incluso en encuentros
reiterados y variados con la misma obra. Por supuesto que, en el caso de las
artes interpretativas, la identidad debe cumplirse doblemente en la variación,
por cuanto que tanto la interpretación como el original están expuestos a la
identidad y la variación. Lo que yo he descrito como la no-distinción estética constituye
claramente el sentido propio del juego conjunto de entendimiento e imaginación,
que Kant había descubierto en el «juicio de gusto». Siempre es verdad que hay
que pensar algo en lo que se ve, incluso sólo para ver algo. Pero lo que hay
aquí es un juego libre que no apunta
a ningún concepto. Este juego conjunto nos obliga a hacernos la pregunta de qué
es propiamente lo que se construye por esta vía del juego libre entre la
facultad creadora de imágenes y la facultad de entender por conceptos. ¿Qué es
esa significatividad en la que algo deviene experimentable y experi- [80] mentado como significativo para
nosotros? Es claro que toda teoría pura de la imitación y de la reproducción,
toda teoría de la copia naturalista, pasa totalmente por alto la cuestión. Con
seguridad, la esencia de una gran obra de arte no ha consistido nunca en
procurarle a la «naturaleza» una reproducción plena y fiel, un retrato. Como ya
he mostrado con el Carlos V de Velázquez,*
en la construcción de un cuadro se ha llevado a cabo, con toda certeza, un
trabajo de estilización específico. En el cuadro están los caballos de
Velázquez, que algo tienen de especial, pues siempre le hacen a uno acordarse
primero del caballito de cartón de la infancia; pero, luego, ese luminoso
horizonte, la mirada escrutadora y regia del general dueño de ese gran imperio:
vemos cómo todo ello juega conjuntamente, cómo precisamente desde ese juego
conjunto resurge la significatividad propia de la percepción; no cabe duda de
que cualquiera que preguntase, por ejemplo: ¿Le ha salido bien el caballo?, o
¿está bien reflejada la fisonomía de Carlos V?, habrá paseado su mirada sin ver
la auténtica obra de arte. Este ejemplo nos ha hecho conscientes de la
extraordinaria complejidad del problema. ¿Qué es lo que entendemos propiamente?
¿Cómo es que la obra habla, y qué es lo que nos dice? A fin de levantar una
primera defensa contra toda teoría de la imitación, haríamos bien en recordar [81] que no sólo tenemos esta
experiencia estética en presencia del arte, sino también de la naturaleza. Se
trata del problema de «lo bello en la naturaleza».
El mismo Kant, que fue quien puso
claramente de relieve la autonomía de lo estético, estaba orientado
primariamente hacia la belleza natural. Desde luego, no deja de ser significativo
que la naturaleza nos parezca bella. Es una experiencia moral del hombre rayana
en lo milagroso el que la belleza florezca en la potencia generativa de la
naturaleza, como si ésta mostrase sus bellezas para nosotros. En el caso de
Kant, esta distinción del ser humano por la cual la belleza de la naturaleza va
a su encuentro tiene un trasfondo de teología de la creación, y es la base
obvia a partir de la cual expone Kant la producción del genio, del artista,
como una elevación suma de la potencia que posee la naturaleza, la obra divina.
Pero es claro que lo que se enuncia con la belleza natural es de una peculiar
indeterminación. A diferencia de la obra de arte, en la cual siempre tratamos
de reconocer o de señalar algo como algo
–bien que, tal vez, se nos haya de obligar a ello–, en la naturaleza nos
interpela significativamente una especie de indeterminada potencia anímica de
soledad. Sólo un análisis más profundo de la experiencia estética por la que se
encuentra lo bello en la naturaleza nos enseña que se trata, en cierto sentido,
de una falsa apariencia, y que, en realidad, no podemos mirar a la naturaleza
con otros ojos que los de hom- [82] bres
educados artísticamente. Recuérdese, por ejemplo, cómo se describen los Alpes
todavía en los relatos de viajes del siglo XVIII: montañas terroríficas, cuyo
horrible aspecto y cuya espantosa ferocidad eran sentidos como una expulsión de
la belleza, de la humanidad, de la tranquilidad de la existencia. Hoy en día,
en cambio, todo el mundo está convencido de que las grandes formaciones de
nuestras cordilleras representan, no sólo la sublimidad de la naturaleza, sino
también su belleza más propia.
Lo que ha pasado está muy claro. En el
siglo XVIII, mirábamos con los ojos de una imaginación adiestrada por un orden
racionalista. Los jardines del siglo XVIII –antes de que el estilo de jardín
inglés llegase para simular una especie de naturalidad, de semejanza con la
naturaleza– estaban siempre construidos de un modo invariablemente geométrico,
como la continuación en la naturaleza de la edificación que se habitaba. Por
consiguiente, como muestra este ejemplo, miramos a la naturaleza con ojos
educados por el arte. Hegel comprendió correctamente que la belleza natural es
hasta tal punto un reflejo de la belleza artística,[5]
que aprendemos a percibir lo bello en la naturaleza guiados por el ojo y la
creación del artista. Por supuesto que aún queda la [83] pregunta de qué utilidad tiene eso para nosotros hoy, en la
situación crítica del arte moderno. Pues, guiándose por él, a la vista de un
paisaje, difícilmente llegaríamos a reconocer su belleza. De hecho, ocurre que
hoy día tendríamos que experimentar lo bello natural casi como un correctivo
para las pretensiones de un mirar educado por el arte. Por medio de lo bello en
la naturaleza volveremos a recordar que lo que reconocemos en la obra de arte
no es, ni mucho menos, aquello en lo que habla el lenguaje del arte. Es
justamente la indeterminación del remitir la que nos colma con la conciencia de
la significatividad, del significado característico de lo que tenemos ante los
ojos.[6]
¿Qué pasa con ese ser-remitido a lo indeterminado? A esta función la llamamos,
en un sentido acuñado especialmente por los clásicos alemanes, por Goethe y
Schiller, lo simbólico.
[1] Kant,
Crítica del Juicio, § 14.
[2] Ingarden,
Das Literarische Kunstwerk, Tubinga,
41972.
[3] Hamann,
Ästhetik, Leipzig, 1911.
[4] Gadamer,
Verdad y Método, pág. 162 y
sigs.
*
Evidentemente, el cuadro de que habla Gadamer no lo pintó Velázquez, sino
Ticiano. [T.]
[5] Hegel,
Vorlesungen ubre die Ästhetik, compilado
por Heinrich Gustav Hotho, Berlín, 1835, Introducción I, 1. (Trad. esp.: Lecciones de Estética, Barcelona,
Península, 1989.)
[6] Esto lo ha escrito detalladamente Theodor W. Adorno en su Ästhetische Teorie, Francfort, 1973. (Trad. esp.: Teoría Estética, Madrid, Taurus, 1971.)






































