
SEPELIO
Anoche sentí la muerte susurrar al costado de mi cama. Seguramente quería decirme algo... No sentí miedo. Y no lo sentí hasta comenzar a revisar una lista imaginaria con los posibles candidatos a merecer su inevitable abrazo. Allí, después de un rato de adormecidas divagaciones, caí en cuenta de que mi temeridad no era tal y que el sueño o presentimiento de la Vieja Parca, seguramente, era una premonición a mi persona, una invitación indelegable a revivir una de mis antiguas muertes.
Ahí sí tuve miedo... pensé, seguramente, que allí estarías tú.
Porque, más que seguro , que si de edad se trata , la finada no ha de ser otra que la vieja tía Cándida, con sus casi noventa años a cuestas, evento al que no podré excusarme de asistir por miedo a disgustar a los parientes que ya se fueron y esperan por ella... seguramente, ha de ser así.
Seguramente aquél día, será cuantioso en personas el cortejo a desfilar por el viejo
Cementerio General, hacia el Patio de las Esculturas, en la Tercera de Tilo, y más que seguro, yo iré sola – no es cosa de complicar a las generaciones posteriores – y marchando en apartado, seguramente, por temor a encontrarte entre tantos rostros vacíos de vivencias en común.
Y entonces, más que seguro, mi prima, la Pilar se acercará a mí en un gesto tan típico de los de ella: tan cristiano y redentor que me será imposible rechazarlo y, en un dos por tres nos abrazaremos llorando – o casi – como corresponde, y ello, seguramente, llamará la atención de alguien más de lo que yo quisiera y, más que seguro que, entre aquellos, estarás tú.
En ese temido momento, seguramente los árboles se quedarán pasmados ante el retroceso sin vergüenza alguna del tiempo, y el viento dejará de colarse entre sus doradas hojas por miedo a interrumpir tan delicado e inusual momento... y las tumbas, las tumbas que de por sí están quietas, se alinearán una a otra, codo con codo para mantenerse más quietas si es posible aún.
Seguramente ni tú ni yo dejaremos ver el impacto de la mutua visión. Es más, trataremos de no reconocernos de buenas a primeras para no romper con las buenas costumbres. Porque más que seguro, que todas las fortalezas adquiridas a través de los años se derrumbarán en cosa de segundos y, entonces, nos saludaremos con una voz casi cordial y un beso frío en la mejilla remordiendo la rabia acumulada en más de veinte años.
Será así, más que seguro, que tendré que descolgarme de tu rostro y centrar mi atención en tus pasos, en mis pasos, en los pasos cansados y frívolos del cortejo en general y no reptar por tu espalda mientras te adelantas para acompañar el féretro más de cerca. Para ti ha de ser difícil... lo sé, tú la querías tal vez, mucho más que yo.
Entonces, una vez reconocidos y reencontrados tú y yo, ya no será posible la paz en el Viejo Mundo de los Recuerdos Rotos porque, por un simple resquicio del veleidoso tiempo se escaparán juntos nuestros clones de antaño.
Y entonces, dime...¿qué haremos allí tú y yo completamente desnudos de ropajes y de las trancas adquiridas con el pasar de los años? Seguramente, me costará reconocerme... me veré tan fresca y vital como ya ni me recuerdo. Mi vientre, libre y sin complejos, con su suave curva al frente y no parapetado tras absurdos ropajes. Mi trasero loco saltando de alegría frente al calor de tus ojos y hasta mis senos, libres de amarras y prejuicios bailarán alborotados tu bienvenida y, más que seguro que acabaran atrapados entre tus labios y tus dientes, mordisqueados dulcemente con todo el amor contenido por tanto tiempo, y... ¿es que aquellas serán mis manos? Esas que, seguramente, recorrerán tu cuerpo con la misma fiebre de antaño, palmotearán tus nalgas y te abrirán las piernas para poder acogerte entero entre sus palmas. Siempre fue así... mi mano izquierda, su palma, la cuna perfecta para tu sexo y, más que seguro que no lo habremos olvidado y retozaremos felices recostándonos en cada tumba que se nos antoje, con los brazos abiertos para abrazar el sol y las piernas abiertas para abrasarnos por dentro, haciendo el amor de a poco, un poco en cada superficie, un tanto así y un tanto asa hasta practicar toda la agenda de posturas que solíamos coleccionar...
Y entonces, dime... ¿cómo es que no nos ves? O acaso sí, porque vas demasiado envarado y sonrojado mientras se deposita el ataúd en el atrio. Si. Seguramente, ya nos viste, y ¿cómo no hacerlo? Estamos desquiciados y como nunca presos de antojos y desvaríos. Míranos, o mejor, no, no te voltees, porque ¡fíjate!, estamos allí, sólo cuatro tumbas al fondo haciendo el amor de pie, tú agarrado a mi espalda y yo asiéndome al jarrón de mármol despojado de flores secas. Seguramente no lo habremos olvidado... nos excitaba tanto hacerlo así, y reíamos, reíamos a medias entre lo gemidos calientes de cada empellón.
Seguramente, aquél día no dejaremos de hacerlo, entonces, por dentro, rezaré fervientemente para que el sermón del cura pueda apagar los estertores de cada orgasmo. Créeme: no quisiera seguir mirándonos en un momento así pero, te juro... no nos recordaba así... y si los demás pudiesen vernos tal como nosotros lo haremos, más que seguro, pensarían que la muerta soy yo.
Un perfumé de flores húmedas se expandirá por el aire mientras depositan los ramos y coronas sobre la tumba de tía Cándida y nuestras siluetas se irán esfumando de a poco entre el murmullo denso del ambiente. Todo parecerá volver a la normalidad - si es que es normal un silencio de más de dos décadas – y ya sin excusas, más que seguro, te acercarás a mí para la el momento culmine de la despedida, y será entonces que yo sentiré toda mi vida dependiendo del giro de tus palabras, de la supuesta pregunta que puedas conformar con ellas, y más que seguro que ahí estaré padeciendo, con el vientre apretado y el corazón desorbitado hecho un manojo de alas dentro del pecho.
Seguramente, tú tratarás de conservar la calma – siempre lo hiciste - y tomarás aliento antes de abrir los labios y, con esa voz suave y agazapada que usabas para los momentos difíciles me dirás: ¿Y cómo está nuestro hi...? Y allí quedará todo, porque seguramente, ya no te acuerdas de su nombre... ¡Ignacio!, gritaré yo, ¡se llama Ignacio y es el hijo que espera hace más de veinte años por un gesto tuyo! Pero, presiento que todo será inútil, porque conociéndote, seguramente ni siquiera lograrás formular la pregunta que alienta mi eterna espera y yo, más que seguro, tampoco seré capaz de tocar el tema frente a ti, allí, en el terreno de las Almas Muertas, y tan muerta a la vez me sentiré, que tendré que colgarme de la cima de los árboles y mover con fuerza mis pies que, de tan estáticos, habrán comenzado a echar raíces como corresponde a los de una torpe muerta en vida, como yo.
Mas que seguro, a estas alturas, nuestros clones se habrán hecho añicos ante la vergüenza de tu silencio cobarde y, seguramente, sus fragmentos de cristales rotos volarán por el cielo completamente extraviados hasta hacerse polvo y nube y rayo y agua y, por fin, volver a la tierra en forma de llovizna tenue.
Puedo afirmar – y es con toda seguridad - , que nadie notará mis lágrimas en un momento como ese y libremente, aunque sintiéndome más vencida que nunca, me marcharé del recinto recriminándome una y mil veces por haber nombrado amor a una simple calentura.
Amanda Espejo.
Quilicura / 5 Agosto / 2008
Cuento seleccionado para la revista ANCLA número dos, dedicado al erotismo.
(No lo publicaron entero).
Diciembre del 2008







































el cuento
Gracias Daniel... así da gusto leerlo y, además, ver en la imagen el lugar real donde descansan los restos de mi madre y abuela. Mira! pensar que lo publicaste antes que yo... ¡me gusta así!
Gracias a todos
Amanda