
Santa Rosa de los Venados y Macondo: Utopía cultural
Francisco E. Porrata©
El presente trabajo es una aproximación a dos textos fundamentales de la nueva narrativa latinoamericana, Los pasos perdidos de Alejo Carpentier y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Ambas obras nos remiten a un espacio mítico y a un tiempo que está más allá del tiempo histórico: Santa Mónica de los Venados y Macondo. Dos sitios sin exactitud geográfica pero que son un poco Latinoamérica, esa América donde el pasado y el presente es mito y realidad, es historia y ficción, es creación y recreación. Tanto en Los pasos pedidos como en Cien años de soledad aparecen los grandes mitos de la tradición judeo – cristiana y varios de la cultura universal como suplemento de la historia y como símbolos de una repetición cíclica de la condición humana. América en ambas obras, como en los primeros textos fundacionales de la literatura hispanoamericana aparece mitificada y es reinventada como utopía.
La utopía puede ser definida como una estado de perfección supuesto en un ideal irrealizable o una aspiración fantástica o ilusoria del ser humano. Tomás Moro, fue, quizás, el primer humanista que trazó un esquema general del Estado perfecto y, por ende, irrealizable en la práctica. Entre sus obras es memorable la Utopía, visión de un estado ideal que da nombre a todo un nuevo género del pensamiento social, el utópico de antecedentes platónicos, y en la cual rechaza la guerra y los derechos de la aristocracia, propugnando un sistema económico equitativo.
Aunque el utopismo, como movimiento político, surgió de la obra Utopía de Tomás Moro, tiene sus antecedentes muchos siglos antes. Ya Platón, en su República, y Aristófanes, en las Las aves, idearon Estados tan felices y tan bien gobernados como el de Utopía. Posteriormente a la obra de Tomás Moro dentro del marco filosófico del pensamiento renacentista aparecieron otras obras mantenedoras del utopismo.
Utopías han sido los intentos de convertir en oro ciertos metales, de hallar la piedra filosofal, de dotar al hombre de alas, de crear una ley universal, pero de tales utopías han surgido la química moderna, la aviación, las Naciones Unidas, el viaje del hombre a la Luna y las demás conquistas espaciales. Utopías parecieron las imaginaciones de Roger Bacon en su Opus mains donde naves gobernadas por un solo hombre; carros no movidos por animales; aparatos mediante los cuales un hombre sentado y haciendo mover con una palanca ciertas alas artificiales podría volar. Los ideales “utópicos” han sido originadores de realidades.
También América fue una Utopía para el hombre renacentista. El Nuevo Mundo se convirtió en ese espacio donde los ideales inalcanzables hasta ese momento por el hombre europeo podían hacerse realidad. América era Utopía, ese lugar donde el proyecto divino y el proyecto podían realizarse armónicamente. Carlos Fuentes, acertadamente, en El espejo enterrado plantea que América “ fue inventada por Europa porque fue necesitada por la imaginación y el deseo de los europeos. Para la Europa renacentista debía haber un lugar feliz, una Edad de Oro restaurada donde el hombre viviese de acuerdo con las leyes de la naturaleza” (133). Y desde los primeros textos escritos en América encontramos ideas influenciadas por el pensamiento utópico renacentista.
Las primeras cartas de Colón a la reina Isabel de España (en las cuales el Admirante describe a las tierras encontradas como un paraíso terrenal) inician la mirada utópica y eurocéntrica que es depositaria gran parte de la literatura hispanomaéricana. Es el florentino Amérigo Vespusio, en su obra Mundus Novus, quien propaga por Europa la imagen del Nuevo Mundo afianzando la idea de América como Utopía, un lugar donde se vivía en comunidad sin rey, ni autoridad y donde el gobierno no era una necesidad. El encuentro de los dos mundos y consecuentemente las exploraciones del Nuevo Mundo propició en Europa una visión utópica de América que fue recogiéndose en diferentes textos literarios europeos, como en La tempestad de Shakespeare y en los de Montaigne en Francia, quien sobre los pueblos del Nuevo Mundo escribre: “viven bajo la dulce libertad de las primeras e incorruptas leyes de la naturaleza” (Fuentes134). Pedro Mártir de Anglería, el primer crónista de Colón y Pero Vaz de Caminha, el primer cronista del Brazil, también recogen estas ideas utópicas en sus crónicas.
Pero la materialización del proyecto utópico renacentista de crear un Estado perfecto en América donde pudieran coexistir armónicamente el proyecto divino y el humano pronto comenzó a proyectarse como irrealizable. Los europeos se encontraron con un mundo nuevo para ellos y los pueblos nativos de América se encontraron con hombres salidos de los pueblos de la España medieval, hombres blancos que venían con cruces y espadas creando la duda en los nativos de América si los que llegaban eran dioses o humanos, piadosos o despiadados. Los conquistadores traían consigo el polvo y la energía del Reconquista española. Estos hombres salidos de aldeas y poblados de Castilla, Extramadura y Andalucía trajeron a América la Iglesia y el ejército y una militancia que se debatía entre las tradiciones democráticas de las ciudades medievales o el autoritarismo del poder que se consolidaría al unificarse la monarquía. La conquista de América no pudo evadir el dilema de España. América surgió en la tensión entre las aspiraciones utópicas y las realidades de la conquista.
El proyecto realización del proyecto utópico empezó a tener su contrapartida. Muchos conquistadores representaban el espíritu antiutópico de Europa negando que los primeros pobladores de América tuvieran alma e incluso considerarlos seres humanos. El espíritu antiutópico europeo con relación a América, tuvo como principal pensador en España al humanista y traductor de Aristóteles, Juan Ginés de Sepúlveda quien llegó a afirmar que los aborígenes no tenían humanidad y apoyó el derecho de los españoles a conquistarlos:
¿ Qué cosa pudo suceder á estos bárbaros más conveniente ni más saludable que el
quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han
de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos,
en hombres civilizados en cuanto pueden serlo; de torpes y libidinosos, en pobres
y honrados; de impíos y siervos de los demonios, en cristianos y adoradores del
verdadero Dios? (Fuentes134)
Si América fue en un principio el terreno propicio para la materialización de los ideales del pensamiento utópico pronto se convirtió en tierra hostil aunque voces como las del fraile dominico Antonio de Montesinos y la de otro fraile dominico Bartolomé de las Casas acusaron a los conquistadores de sus crímenes y defendieron a los indios como seres humanos. Bartolomé de las Casas llegó a elogiar la religiosidad de los indios aunque fueran paganos. Las Casas condenó enérgicamente los derechos de conquista, sobre todo la institución de la encomienda. Irónicamente de Europa viajaron los que vinieron a destruir el proyecto utópico y también viajaron los que venían en su búsqueda.
El conflicto entre utopía y realidad ya presente en los primeros textos escritos en América llega a nuestros días y es recogido por la nueva narrativa hispanoamericana. Los diarios de viajes del “descubrimiento” y la conquista de América se convirtieron en la ficción del origen del Nuevo Mundo y la nueva narrativa hispanoamericana ha explorado las estrategias de la escritura colonial. La novela de Alejo Carpentier Los pasos perdidos resulta un diario de viaje que nos conduce a través de la selva venezolana narrado desde un perspectiva eurocéntrica de un intelectual de formación europea que vive en Nueva York.
El protagonista narrador de la novela de Carpentier se convierte en el focalizador de la historia y nos narra su encuentro con una cultura y un entorno que le son ajenos. El personaje se convierte en una especie de nuevo conquistador en busca de la utopía cultural en medio del mundo primitivo de la selva americana. La narración del viaje en Los pasos perdidos resulta una re-escritura consciente o no de la crónica de la conquista. El testimonio visual del nuevo cronista es el que da autoridad a su versión de los hechos, asigna nombres a lo desconocido, con el propósito de hacerlo comprensible, mitifica el entorno que no comprende y construye una lectura del Génesis en el entorno de la selva americana.
América siendo, en la novela de Carpentier, mito y utopía. En su viaje hacia Santa Mónica de los Venados, o la utopía, el narrador nos ofrece su visión de América Latina como ese espacio donde coexisten diferentes ciclos históricos y diversos niveles de desarrollo de la sociedad. América es el escenario por excelencia de lo real maravilloso. Los pasos perdidos es una metáfora de una viaje de conquista de un espacio mítico, un viaje al origen perdido por el hombre que vive en el mundo apocalíptico de la modernidad.
La inclusión de las fechas en que ocurren los eventos nos sugiere la lectura de este texto como una crónica, la novela de Carpentier relata como el Diario de Colón las experiencias ocurridas en América. La fechas aparecen a partir de su viaje en el Nuevo Mundo, omitiéndose las de su vida en la gran metrópolis o Nueva York. El protagonista narrador reconoce su pertenencia al mundo hispanoamericano durante sus años de infancia, lo que en cierto grado lo autoriza a ser intérprete de la realidad que describe. El “yo” que narra Los pasos perdidos se diferencia del que narra el Diario de Colón pues en este último se narra un entorno que al narrador le es completamente ajeno.
El narrador de Los pasos perdidos se acerca más al de los Comentarios reales pues América es para ambos tierra conocida:
Como en los Comentarios reales, América es la tierra de la infancia y de la madre,
y Europa la tierra de la adultez y del cultivo intelectual. El narrador de Los pasos
perdidos es también un “mestizo” – aunque su mestizaje es más bien intelectual –
que recurre a la letra para legitimar sus dualidades internas. Sin embargo, a medida que
el viaje transcurre se descubre la distancia real que separa al narrador de los ambientes
y culturas que describe. (Martínez-San Miguel 20)
La infancia del narrador en el Nuevo Mundo no lo convierte en un interprete fidedigno de la realidad americana pues su formación intelectual es europea, si bien lo que escribe no le es tan ajeno como al cronista de Indias.
A diferencia del cronista de Indias el de Los pasos perdidos es una especie de traductor o interprete de los dos mundos, ni siquiera Rosario puede comprender la esencia de su contorno, porque le falta el asombro ya que es su medio natural. Sólo el cronista de Carpentier reúne en sí los dos mundos, el no puede escapar de su formación cultural, sus racionamientos son productos de su formación europea. En Los pasos perdidos también se traduce el Nuevo Mundo a referentes europeos y un poco como en los primeros textos del descubrimiento se inventa a América.
La selva americana es un espacio incomprensible para el protagonista-cronista-narrador de la novela de Carpentier. El tiene que asignarle nombre a lo desconocido:
…. ciertos árboles retorcidos, de lianas hundidas en el légamo, tenían algo de
naves ancladas, en tanto que otros troncos, de un rojo dorado, se alargaban en
espejísmos de profundidad, y los de antiquísimas selvas muertas, blanquecidos, más
mármol que madera, emergían como los obelíscos cimeros de una ciudad
abismada. (Carpentier 226)
El narrador describe de manera imprecisa acudiendo al símil cuando no encuentra en nombre apropiado y asigna nombre a los personajes que lo acompañan, nombres que surgen de las crónicas que narran la conquista de América.. El viaje por el río es una analogía a un viaje de conquista:
Me divierto en un juego pueril sacado de las maravillosas historias narradas, junto al
fuego, por Montsalvaje: somos Conquistadores que vamos en busca del Reino de
Manoa. Fray Pedro es nuestro capellán al que pediremos confesión si quedamos
malheridos en la entrada. El Adelantado bien puede ser Felipe de Utre. El griego es
Micer Codro, el astrólogo. Gavilán pasa a ser Leoncico, el perro de Balboa. Y yo
me otorgo en la empresa, los cargos de trompeta de Juan de San Pedro, con mujer
tomada a bragas en el saqueo de un pueblo. (Carpentier 221)
El recorrido hacia Santa Mónica de los Venados se nos presenta como una repetición de la historia.
En Los pasos perdidos la realidad americana se mitifica y ficcionaliza. Su protagonista-narrador, un artista contemporáneo modelado sobre la reescritura existencilialista del mito de Sísifo, se mueve entre el “Apocalipsis” de la civilización moderna y el Génesis cubriendo toda la vida sobre la Tierra, cuando el protagonista deja atrás la civilización moderna el viaje en el espacio se hace a la vez un viaje en el tiempo. Poco antes de llegar Santa Mónica de los Venados, la ciudad fundada por el Adelantado, el protagonista-narrador evoca y parafrasea las palabras del libro del Génesis:
Estamos en el mundo del Génesis, al fin del Cuarto Día de la Creación.
Si retrocediéramos un poco más, llegaríamos adonde comenzara la terrible soledad
del Creador- la tristeza sideral de los tiempos sin incienso y sin alabanzas, cuando la
tierra era desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo
(Carpentier 247)
La realidad americana se vuelve mítica. América se convierte en la tierra de El Dorado, de Ulises, del Prometeo encadenado. Todo se convierte en mito ante los ojos del narrador aunque el mito más extendido a lo largo de la narración es el mito fundacional, o sea una explicación del origen codificada en los numerosos mitos de los aborígenes de América.
El protagonista-narrador o cronista del viaje está maravillado con la idea de llegar a una ciudad creada y gobernada por el Adelantado, “una ciudad que no figure en los mapas, que se sustraiga de los horrores de la época, que nazca así, de la voluntad de un hombre, en este mundo del Génesis. La primera ciudad. La ciudad de Henoch…..” (Carpentier 251). La ciudad de Henoch, en el Antiguo Testamento, es la ciudad fundada por Caín. Al hacer la analogía, Carpentier establece otro vínculo con los textos bíblicos y con la mítica de la tradición judeo -cristiana.
Son varios las analogías entre los mitos que el viajero, y el lector, van encontrando en el mundo primitivo de Santa Mónica de los Venados. Uno de los más evidentes es el del Diluvio Universal. El Adelantado o “Fundador” cuenta como quedó sorprendido al regresar de uno de sus viajes, su hijo Marcos (otra referencia bíblica) había aprendido de los indios:
que esos petroglifos que ahora contemplábamos, fueron trazados en días de
gigantesca creciente, cuando el río se hinchara hasta allí, por un hombre que, al ver subir
las aguas, salvó una pareja de cada especie animal en una gran canoa. Y luego llovió
durante un tiempo que pudo ser cuarenta días y cuarenta noche, al cabo del cual, para
saber si la gran inundación había cesado, despachó una rata puesta en lugar de la paloma,
y una mazorca de maíz entre las patas. (Carpentier 257)
También conocen en Santa Mónica de los Venados de la existencia de plagas, azotes, enfermedades, serpientes, insectos los cuales son analogías a mitos del Antiguo Testamento.
El viaje del protagonista-narrador a Santa Mónica de los Venados, el cual se nos presenta como un regreso a un espacio mítico y paradisiaco, resulta un fracaso. El narrador trata de olvidar el mundo “civilizado” en el que ha vivido y sus inquietudes intelectuales pero siente la necesidad de componer música y de escribir para dar testimonios de sus vivencias pero desespera ante la necesidad de los libros y la carencia de papel. Por otro lado Santa Mónica de los Venados comienza a dar signos de ser una utopía cultural y no un mundo armónico e ideal, ya en el “paraíso” aparece un intento de violación por parte del leproso Nicasio a una menor, el asesinato del leproso, la fundación de la Iglesia que regula el comportamiento humano y la escritura de la ley que prohibe y castiga.
Santa Mónica de los Venados en Los pasos perdidos es una anticipación al Macondo de Cien anos de Soledad. Tanto Santa Mónica de los Venados como Macondo son utopías y son Latinoamérica. En ambos textos hay una búsqueda del origen a través del mito y la historia. En Los pasos perdidos el cronista se traslada de Nueva York a Santa Mónica de los Venados, lo cual en el contexto de la obra es un viaje del Apocalipsis al Génesis. En Cien años de soledad el viaje es a la inversa. La novela de Gabriel García Máquez, que es un texto de una vasta simbología mítica dentro de los cuales se pueden identificar muchos de los mitos de la tradición judeo-cristiana, el primero de los mitos es el del Génesis, mito con el que se relaciona la fundación de Macondo.
Los cuatro primeros capítulos de Cien años de soledad son los que están relacionados con la fundación de Macondo y conforman su ciclo mítico. En su origen, Macondo era “tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (García Márquez 59). Macondo fue fundado en el “ vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites” ( García Márquez 68) era un “ paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original “ (García Márquez 68). La fundación de Macondo en Cien años de soledad es una analogía a la fundación de Santa Mónica de los Venados de la novela de Carpentier. Ambas fundaciones están relacionadas con el mito fundacional de la tradición judeo- cristiana en ambas se nos remite a un tiempo prehistórico, a una región que está más allá del tiempo histórico.
Macondo tuvo su fundador: José Arcadio Buendía, como Santa Mónica de los Venados tuvo al Adelantado. José Arcadio Buendía era “un patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad” (García Márquez 66). El patriarca fundó Macondo “una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces….Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto” (García Márquez 67). Mancondo y Santa Mónica de los Venados en sus inicios establecen una relación con el paraíso de los textos bíblicos, también con ese lugar ideal de la Utopía de Tomas Moro y con el Nuevo Mundo, su decubrimiento y su conquista. Santa Mónica de los Venados o Macondo son América y son Utopía.
La mágica y mítica región de Macondo es un microcosmo representativo de la historia e intrahistoria latinoamericana. El mundo narrativo de García Márquez es una transposición poética de la realidad y Macondo es una de esas transposiciones. “Madondo es Aracataca, o más bien, es la versión literaria, recordada y reflejada, mitificada de ese pueblo pequeño de la costa colombiana donde naciera García Márquez” (Méndez-Faith 126). El Macondo literario toma su nombre de un lugar geográfico de una real plantación bananera de la costa del Caribe colombiano próxima a la Sierra Nevada de Santa Marta, entre Aracataca y Ciénaga. Pero el Macondo de Cien años de soledad no es una imitación del Macondo geográfico “es el calor, la lluvia, el abandono y el sopor de infinidad de pueblos tropicales. Es el drama de los trabajadores bananeros y es el drama político-social de Colombia y de toda América Latina” (Méndez-Faith 127). Macondo más que un punto geográfico, más que una región en el espacio y el tiempo es una dimensión mítica incorporada al texto.
Incluso la descripción geográfica del lugar donde se funda Macondo es mítica, pues la ciudad fue fundada en las proximidades de la zona encantada donde se encontraba volteado un enorme galeón español “rodeado de helechos y palmeras…..entre jarcias adornadas de orquídeas” (García Márquez 69). Una lectura cuidadosa de Cien años de soledad revela la intencionalidad de dar una dimensión mítica al lugar y de aproximarlo al mítico Edén.
Los Buendía huyen de Riohacha para escapar de los pecados del pasado e intentar olvidar el trágico destino de Prudencio Aguilar asesinado por José Arcadio Buendía. Huyen tratando de no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida y reciben Macondo en circunstancias similares a las que rodean la entrega del Paraíso Terrenal a Adán:
…José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se le levantaba una
ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó que ciudad era aquella, y
le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno,
pero que tuvo en el sueño una resonancia sobre natural: Macondo. Al día
siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó
derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y
allí fundaron una aldea. (García Márquez 130)
José Arcadio Buendía condujo a sus hombres a la “Tierra prometida” y con el final del éxodo (otro mito bíblico) culmina la fundación de Macondo.
Pero Macondo, al igual que santa Mónica de los Venados, como analogía de la Tierra Prometida tiene su fin. Macondo deja de ser una sociedad primitiva para convertirse en una sociedad organizada y jerarquizada. Deja de estar aislada cuando inicia el comercio. A Macondo llegan enfermedades, plagas y el insomnio. Con la llegada de un sacerdote se establece la Iglesia y la evangelización. También llegan a Macondo soldados, dictadores y la dominación extranjera. Los Buendía, como los primeros habitantes del Edén, fallaron por lo que también serán expulsados del paraíso. La estirpe de los Buendía es extinguida y borrados por “ la cólera del huracán bíblico” (García Márquez 447) y Macondo “ arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres” (García Márquez 448) términa aproximándose al mundo del Apocalipsis.
En conclusión, Los pasos perdidos resulta una anticipación de Cien años de soledad. En ambas obras América es reinventada como utopía, lo cual tiene sus antecedentes en los primeros textos escritos en América. Las dos novelas son depositarias de los elementos míticos y fantásticos existentes en los textos fundacionales de la literatura hispanoamericana. Tanto en Los pasos perdidos como en Cien años de soledad están presentes los componentes míticos de la tradición judeo cristiana y otros de la mitología precolombina y universal. Los grandes mitos universales se interrelacionan en ambas obras y adquieren una dimensión ecuménica. Ambas obras son de cierta forma una aproximación y una reescritura de la historia a través de la cual hay una búsqueda y un intento de definición de la identidad latinoamericana.
Notas al final de las páginas.
1. Véase el Colloqium Hetaplomeres de rerum sublimiun arcanis abditis de Bodín; La ciudad del sol de Campanella; la New Atlantis de Francisco Bacon; el Voyage en Icarie de Cabet ; la Oceana de Harrington; la Basiliade de Morrellye; el Looking from Nowhere de Williams Moris, así como obras más recientes como las de Julio Verne, Kells y Huxley.
2. Véase la obra de Carlos Fuentes El espejo enterrado. México: Fondo de Cultura Económica, 1992. 134. Esta recoge varias citas de estos documentos que fundamentan el sentimiento utópico de las primeras crónicas sobre el Nuevo Mundo.
Obras citadas
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