
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y ABELARDO CASTILLO
por Juan Carlos Gómez
Algunos de los
hombres de letras de este club de gombrowiczidas han sido o son
maestros o alumnos de los talleres de literatura. En cierta ocasión lo
invitaron a Gombrowicz a dar una charla en Berlín en unos de estos
talleres, que en Alemania llevan un nombre más rimbombante,
Literarische Colloquium.
Los jóvenes escritores estudiaban allí la
técnica de la composición, la expresión artística, los métodos de
descripción y algunas cosas más.
Gombrowicz empezó la disertación
diciéndoles que si querían ser escritores debían huir de allí
rápidamente por las puertas y las ventanas, y que no se dejaran seducir
por Butor con las maravillas del nouveau roman français o con cualquier
otra teoría. Los estudiantes recibieron esos consejos con gran
satisfacción y alegría.
Estaban metidos hasta las cejas en disciplinas que hasta ese momento habían estado reservadas a la
libertad humana, pero Gombrowicz sentía en su risa liberadora que eran sus aliados.
Sea
lo que fueren los talleres de literatura hay que decir que uno de
nuestros maestros más destacados en esta profesión tan difundida es el
connotado Boxeador Amateur, uno de los escritores argentinos a los que
di en llamar los nueve magníficos. Cuando le pedí que presentara mi
“Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia
se excusó con el argumento nada desdeñable de que no presentaba libros
para que sus alumnos del taller no se pusieran celosos.
“Afortunadamente la literatura argentina es mediocre lo que los obliga a leer libros extranjeros”
Gombrowicz
destaca de esta manera que las culturas nacionales deben desarrollarse
con los valores más celebrados y universales de la humanidad, y lo
decía en una época en la que el Pterodáctilo y el Asiriobabilónico
Metafísico planeaban sobre la cultura argentina. El mundo y las
personas del tiempo de Gombrowicz ya no son los mismos, se agregó un
pedazo de historia y cambiaron los nombres. ¿Podría Gombrowicz decir lo
mismo sobre la literatura argentina de hoy cuando planean sobre ella el
Boxeador Amateur y el Pato Criollo, por tomar sólo un par de homólogos
proporcionales de los de hace medio siglo?
Estas
cavilaciones preliminares me llevan al punto central, es decir, a un
descubrimiento desagradable que hice en el año de la celebración del
centenario de Gombrowicz.
El Boxeador Amateur que pasa por ser
un hombre de letras sincero y responsable debe sentir un verdadero
placer faltando a sus compromisos, si es que llegara a ser cierto lo
que nos decía Gombrowicz: –¿Por qué será, niños, que una goza tanto
cuando se hace pasar por algo que no es?
Sobre la defección de los
escritores argentinos al homenaje que se le rindió a Gombrowicz en la
Feria del libro se tejieron varias historias que iban del pánico
académico hasta la mismísima descortesía. Pero yo quiero hablar de un
solo escritor, del único que aceptó la invitación , del Boxeador
Amateur, pues me hace acordar a lo que le pasó al maestro Erich Kleiber
con los músicos del Teatro Colón cuando preparaba “Las Bodas de
Fígaro”, la ópera de Mozart.
El
director austríaco estaba preocupado porque le cambiaban los músicos en
cada ensayo que hacía hasta que en la víspera de la primera función les
dijo: –He notado que los músicos de este último ensayo son
completamente distintos a los que tuve en el primero, al único que
reconozco es al segundo fagot; –Ah, perdón, maestro, pero mañana no voy
a poder venir al estreno.
Cuando “Curso de filosofía en seis horas y
cuarto” llegó a Buenos Aires, el Boxeador Amateur, uno de los hombres
de letras gombrowiczidas más ilustres, publicó una nota de un tono
decididamente ditirámbico y heroico, por lo menos en lo que respecta a
su primer y último párrafo.
“En seis horas, diseminadas
entre el 27 de abril y el 29 de mayo de 1969, Witold Gombrowicz llevó a
cabo, sin saberlo, una de las obras más prodigiosas y disparatadas de
su vida intelectual (...)”
“Sócrates, después de la cicuta,
conversando con sus discípulos sin rebajarse a aceptar el consuelo de
la inmortalidad del alma, no me parece más probo, más sereno, más
estoico, que el hombre que improvisó estas lecciones, para dos
personas, unos días antes de la muerte”
En presencia de los extremos
de un panegírico tan promisorio pensé que este hombre de letras era la
persona más indicada para hablar de Gombrowicz en la Feria del libro en
el año de su centenario.
Cuando lo visitamos en su casa de la calle
Hipólito Irigoyen, una casa acogedora y espléndida, el Pequeño K recién
llegado de Polonia se llevó una buena impresión de su mujer pero una no
tan buena del Boxeador Amateur.
El malestar empezó frente a un tablero de ajedrez
muy bonito que se exhibía en la sala de entrada, pues mientras el dueño
de casa coqueteaba con sus conocimientos de la apertura española y sus
variantes, no tomaba en cuenta los comentarios que le hacía el Pequeño
K sobre que yo había sido amigo de Miguel Najdorf y alguna partida le
había ganado.
A medida que pasaba el tiempo el Pequeño K fue cayendo
en la cuenta de que el Boxeador Amateur se interesaba mucho más en su
propia grandeza que en la de Gombrowicz y que delegaba en la Vasca el
conocimiento del que, en verdad, era el motivo de nuestra visita. Yo
estaba preocupado en cambio porque, fuera de quien fuere ese
conocimiento, me empezó a parecer que estaba colgado de alfileres.
Los
recuerdos más frescos que tenía el Boxeador Amateur sobre Gombrowicz se
referían a “La virginidad” y a sobre cómo al final del relato los dos
protagonistas empezaban a roer un hueso.
Para colaborar con el buen desempeño del Boxeador Amateur
en la mesa redonda de la Feria del libro, se me ocurrió proponerle la
lectura de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” de modo que
convinimos en que se lo traería para nuestro próximo encuentro.
El
Pequeño K quedó disgustado y esta vez no quiso acompañarme, yo le
reproché esta decisión sin presentir ni por un momento lo que iba a
pasar al día siguiente.
Cuando llegué a su casa de Hipólito
Irigoyen, la Vasca me dice que está en el medio de una entrevista
filmada y que no puede atenderme, y cuando le pregunto por el Boxeador
Amateur, me dice que estaba con una afonía imposible. Me retiré muy
disgustado y le manifesté que eran un par de maleducados. Con la
sensación de que la participación del Boxeador Amateur se había
malogrado regresé a mi casa.
Sin embargo, ese mismo día, la Vasca habló con mi mujer para que intercediera en el conflicto y
se ofreció a pasar por mi casa para retirar “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, proposición que yo no acepté.
La
Vasca, de igual manera, prometió que para el día de la mesa redonda
tanto ella como el Boxeador Amateur estarían allí muy emperifollados,
pero el día de la mesa redonda, el matrimonio faltó a la cita.
Algunas
veces recuerdo con alegría las jornadas del centenario de Gombrowicz,
sin embargo hay un recuerdo entre todos que me quedó atravesado en la
garganta.
Cuando en la mesa redonda de la Feria del libro una
persona del público le preguntó a los expositores por qué no estaba
allí Abelardo Castillo tal como estaba anunciado en el programa, la ira
me tomó palabra.
“Como en tantas otras cuestiones de la historia de
la humanidad existen dos versiones, las autoridades de la Feria del
Libro nos dicen que Abelardo Castillo tiene una crisis renal y nosotros
los expositores pensamos en cambio que tiene ensueños con la gloria,
una razón no menos atendible que los riñones. La conferencia que
Castillo pronunció ayer en la inauguración del acontecimiento más
importante del mundo de la cultura fue apoteótica. Aplaudido por un
público emocionado que se había puesto de pie durante largos minutos lo
alzaron y lo llevaron en andas como a un guerrero romano. Los laureles
que coronaron la cabeza de Castillo estaban muy altos, había alcanzado
una gloria que no debía ponerse en juego con la vida de todos los días,
y la ponencia que tenía que compartir con nosotros en la mesa redonda
sobre Gombrowicz no se veía desde allá arriba”
El
Boxeador Amateur dio sus primeros pasos en la literatura cambiando
golpes sobre el ring en el gimnasio que el padre tenía en su casa de
San Pedro. Los rastro de esos golpes que recibió de joven quedaron
marcados en su nariz, como bien puede apreciarse en la foto de este
gombrowiczidas, y no son pocos los que piensan que también dejaron una
huella profunda en su manera de escribir.






































