
La creación literaria
Por CARLOS ENRIQUE CABRERA
¿CÓMO se llega a la gestación de una obra de creación literaria perdurable y valiosa? Verdaderamente son muchos los elementos que en ello intervienen. La necesidad del autor de expresarse, de dar forma a sensaciones, emociones, percepciones, ideas y pensamientos; la necesidad imperiosa, fatal e inevitable, de exorcizar los propios temores, miedos y fantasmas. Algún autor español, cuyo nombre ahora no recuerdo, dijo que No creía en escritores que fueran al psiquiatra o al psicólogo. Porque ciertamente la creación literaria es una fórmula eficaz contra la desesperación, la desesperanza y la locura: así cuenta el novelista chileno José Donoso cómo escribió El obsceno pájaro de la noche en un momento en el que se hallaba al borde de la locura, y cómo la gestación de la vasta y riquísima obra lo rescató de ese abismo sin retorno. De igual modo la creación literaria actúa como elemento compensatorio: la mayoría de autores señalan que escriben porque están incompletos, porque les falta algo, porque no están del todo satisfechos con su realidad o con la Realidad a secas, porque en definitiva no son seres felices. Hay entonces la necesidad imperiosa de oponer a esa Realidad odiosa y agresiva de ahí fuera otra hecha de palabras.
Luego vienen los otros elementos que intervienen en la creación literaria auténtica. Uno de vital importancia es la soledad. El acto de creación es un acto solitario, de absoluta y total concentración, de inmersión en el ser y en la propia humanidad. La soledad para la reflexión y el análisis y la introspección, para la dedicación y la entrega: tantas horas a lo largo de días y meses (en el caso de una novela) encerrados en un cuarto, solos con las cuartillas o ante la pantalla del computador. De ello da cuenta elocuentemente el escritor norteamericano Paul Auster cuando habla de “lo que justifica que me pase la vida encerrado en una pequeña habitación poniendo palabras sobre el papel”, y es bien conocido cómo el narrador italiano Cesare Pavese (lavorare stanca, decía éste en su dialecto piamontés) se amarraba cada mañana a la silla ante su mesa de trabajo para contrarrestar toda tentación y concentrarse a fondo en la creación de su obra. Obra que se logra sólo así, con constancia, tenacidad, entrega, perseverancia: cuántas veces hay que rehacer una misma oración, un mismo párrafo, una misma página. Cuantas veces hay que variar este diálogo, suprimir y tachar, romper páginas enteras; modificar, entrar y sacar personajes y variar situaciones. Es muy grande la fe y el amor por el trabajo que se hace para poder acometerlo. Y es muy alta asimismo la autoestima que hay que tener para acometer el ímprobo trabajo de la escritura. García Márquez nos advierte: Para escribir hay que sentirse del todo Cervantes; si no no sería posible escribir una sola línea. Porque siempre nos va a asaltar (hoy sabemos ya que es el cerebro izquierdo el que nos acosa con su crítica feroz) esa voz que nos echa hacia abajo, nos rebaja el tono vital, nos señala de forma persistente qué mal lo haces, los muchos yerros que cometemos, las muchas faltas en que de forma continua incurrimos.
El debate y la lucha son pues consustanciales a la tarea de la escritura de creación. Es por ello que tantos autores hablan de sufrimiento, de dolor, de tortura infinita y sin límites: porque jamás están satisfechos con el trabajo realizado, con lo logrado, o lo están sólo a medias y tras un largo, tortuoso e incierto recorrido del todo agotador. El conocidísimo caso del novelista francés Gustave Flaubert así lo atestigua. Y son numerosos los escritores que yendo más allá decidieron en el último momento destruir la obra que para nada valoraban (Franz Kafka es un caso paradigmático en este sentido) o que terminaron, ante su insatisfacción extrema, por tomar el camino del suicidio: un dramático ejemplo es el del escritor norteamericano John Kennedy Toole, que se suicidó a los treinta y dos años. Su caso es más doloroso aún cuando sabemos que su novela, La conjura de los necios, ganó el Premio Pulitzer en 1981 y es hoy reconocida como una auténtica obra maestra…
Son también elementos valiosísimos en la gestación de una obra de creación literaria auténtica los conocimientos del autor, su percepción de la forma y su sensibilidad artística. Un gran autor, aquél que de verdad logra una obra que exprese al conjunto de la humana especie y perdure en el tiempo, sabe de muchas cosas. En primer lugar, posee una vasta cultura general (muchas veces enciclopédica); conoce el corazón humano y conoce los problemas de su época y de su tiempo; tiene además un gran conocimiento de la literatura universal (de la del pasado y de la del presente) y de los recursos, técnicas y complejidades estructurales del género que emprende: drama, cuento, novela. Cervantes conocía a fondo los géneros existentes en su época, sólo de este modo pudo incorporarlos a su creación y fundirlos en su propio crisol, generando así uno diferente y del todo novedoso: la novela moderna.
Del igual forma el gran creador está en posesión de un gran conocimiento y dominio del idioma (del materno y de otros foráneos, lo que expande y aguza la sensibilidad y el sentido del propio) y de los recursos lingüísticos. Octavio Paz decía en este sentido: “¡Ay del poeta que no sepa gramática!”
Pero el gran creador es sobre todas las cosas, como señala lúcida y certeramente el escritor mexicano Sergio Pitol –y con él concluyo–, un hombre de inspiración y de instinto: “un escritor sabe que el instinto y la inspiración son sus mayores armas, las fuerzas secretas de la razón. Sabe también que esas fuerzas obtienen en determinado momento una amplia autonomía que les permite transformar en literatura lo que apenas antes era esbozo, proyecto inacabado, o mera redacción.”
DATOS DEL AUTOR
Carlos Enrique Cabrera es escritor, profesor universitario y promotor cultural. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid y desde 1994 se desempeña como profesor a tiempo completo del Área de Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). En 2001 fundó la revista cultural de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección lleva ya publicados 26 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría el libro: Reflexiones de bolsillo (2002) y el conjunto de microcuentos de pronta aparición: Conjuros.
Mantiene en La Comunidad del diario madrileño El País el blog Conjuros y en Blogger el blog promocional de la revista Caudal.






































