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EL DOBLE JUEGO

Enviado por Corresponsal cinosargo el 12/12/2008 a las 16:05
Corresponsal cinosargo

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II  la prueba

 

 EL DOBLE JUEGO


fragmento de

ULISES Y PENÉLOPE

 

INGE MERKEL

 

 

La vida transcurría con normalidad.

Ahora Ulises tenía mujer e hijo, ambos en buen estado, exactamente como lo había imaginado cuando ideó la cama de olivo y la labró luego con sus propias manos. También el hogar funcionaba a la perfección. De eso se cuidaban Penélope y Euriclea, el ama. Laertes supervisaba los campos y los prados, las majadas y los viñedos. También en la plaza del mercado y en los negocios en el puerto, el padre seguía mostrando vigor y energía. Era, indiscutiblemente, el primero entre los pequeños príncipes de las islas cefalónicas. Estaba aún muy lejos de necesitar una ayuda especial en sus múltiples actividades, y aún mucho menos precisaba que el hijo pasara a ocupar su puesto por derecho propio. No obstante, Ulises ayudaba a su padre en todo. Pero eso no le bastaba. Le faltaba el verdadero reto para su ambición y su dinamismo, le faltaba la sensación de responsabilidad. Sus fuerzas y sus talentos no se aprovechaban debidamente. El impulso, reprimido, de sobresalir entre los demás, le hacía sufrir. La expansión amorosa, entre el tomillo y sobre el lecho de olivo, había quedado convertida —como suele ocurrir con toda naturalidad— en un oleaje uniforme; soberanamente agradable y placentero aún, pero que no dejaba de ser una costumbre segura.

También en este sentido Penélope era una magnífica compañera, y con su carácter vital y alegre se mostraba muy aficionada a la tarea de amar. Pero ocurría ahora una y otra vez que, en medio del alegre embate o incluso poco antes del júbilo final, empezara a berrear el pequeño. Entonces, Penélope, que estaba siempre atenta a lo que ocurría en la cuna, perdía la concentración, se levantaba, cogía en brazos a su corazoncito y lo calmaba con canturreo apaciguador. Se olvidaba entonces del esposo, y no le quedaba a éste más remedio que aplacarse poco a poco. Además, la cama olía a babas de leche y a pañales empapados en orines. Pero en medio de la hiniesta y del tomillo, Penélope permanecía sentada, muy erguida, y se dejaba ordeñar con expresión de completa felicidad por su hijo, cada día más robusto.

No es que estas circunstancias enojaran a Ulises. Al contrario. No quería otra cosa. Hubiera tenido mucho que objetar contra una mujer que en la exaltación del placer no hubiera oído el gimoteo de su recién nacido o lo hubiera dejado sencillamente en manos de la nodriza, como antaño Anticlea hacía con él. A Ulises le encantaba también sentarse con Penélope y el niño, en el banco, bajo la encina. Le gustaba coger entonces a su hijito, cuyo rostro, que al principio parecía el de un anciano, mostraba ahora unos mofletes sonrosados; se alegraba al verlo patalear, chillar y hacer sus gracias cuando él —para horror de Penélope— lo echaba al aire y lo volvía a atrapar. También le mostraba el mar, los barcos y los pájaros, y le explicaba detalladamente cosas por las que, sin embargo, el pequeño mostraba menos interés que por las carantoñas, porque todavía no entendía este mundo de los mayores. Entonces lo devolvía, levemente ofendido, a la risueña Penélope.

Pero a veces se sentaba solo bajo la encina y miraba fijamente a lo lejos la línea donde se encuentran el cielo y el mar, con los ojos que adquirían el color de las aguas. Por bien que le fueran las cosas —y de esto era consciente y se lo decía una y otra vez—, su corazón se sentía inquieto. Las ganas y el afán que le exigían actuar por iniciativa propia y alargar la mano, crecían poco a poco hasta resultarle insoportables. Sentía en sí una pasión de vivir para la que Ítaca era demasiado pequeña, y sufría por el temor de perder el momento adecuado, los años propicios.

«¿Qué es lo que he visto del mundo? —se preguntaba—. ¿Qué es lo que he hecho? He construido una cama y engendrado un hijo. Son cosas que cualquier jornalero sabe hacer. ¿Dónde he demostrado mi valía? ¿Quién sabe quién soy y lo que sé hacer? ¿Acaso lo sé yo mismo?»

Por mucho que se dijera que no podía estar suficientemente agradecido a los dioses por la prosperidad en que vivía, en todos los sentidos, le resultaba imposible apaciguar la mortificante inquietud que sentía en su interior. ¿Iba a seguir siendo para siempre todo como ahora? ¿Sería su destino bajar al Hades tras una vida de placentera monotonía, llorado por una mujer anciana y una serie de hijos robustos y hermosas hijas, y por los hijos de éstas y sus respectivos esposos?

Esta idea pesaba en su alma como una losa. Penélope se daba perfecta cuenta, y eso provocaba en ella malestar e inquietud, ya que no acertaba a descifrar el motivo de las tribulaciones de su esposo. Euriclea también se percataba; y lo entendía. La vieja llevaba ventaja a Penélope en su rica experiencia con los hombres.

—Quiere marcharse, señora —le dijo—. Los hombres lo necesitan si son hombres de verdad. Tienen que frotarse contra algo y hacerse daño. Ellos lo llaman prueba. ¡Ya verás! Algún día habrá llegado el momento, y entonces no se te ocurra retenerlo. Si lo retienes lo perderás del todo. Penélope escuchó sus palabras y guardó la preocupación en su alma.

 

 

Ocurrió como suele ocurrir en las islas: primero el rumor recorrió las tabernas del puerto; luego penetró en los patios de las alquerías y en las cocinas de las —casas. Finalmente llegó también hasta las salas señoriales y se convirtió en certeza: Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, había sido raptada por el príncipe troyano Paris. Como no había signos de violencia, hubo que suponer que se había dejado raptar. Ni siquiera se había llevado consigo a su pequeña hija Hermíone.

La historia ya había llegado a oídos de Ulises cuando sólo eran unos vagos y contradictorios rumores en las islas. Pero cuando escuchó hechos medianamente fidedignos, le golpeó en el estómago algo así como un sonoro redoble de tambor. El acontecimiento se abatió de pleno en la caldeada inquietud de los últimos meses.

En seguida supo lo que iba a ocurrir. Conocía a los Atridas. Los había visto con motivo del cortejo de Helena, los había observado y había estudiado su forma de ser. Estaba claro que no olvidarían sin más el asunto, sino que lo aprovecharían para ganar importancia. Sobre todo, Agamenón. Príamo, rey de Troya, era un hombre entrado en años, de carácter pacífico. Intentaría resolver amistosamente el embarazoso problema que su hijo había desencadenado, y procuraría convencer a Paris de que debía devolver a Helena; incluso pagaría una fuerte cantidad en concepto de compensación. Pero resultaba muy dudoso que Paris se dejara convencer o incluso obligar; Paris, abandonado a causa de un oráculo, criado como pastor, y ahora, de repente, príncipe. Se le había subido a la cabeza. Se había inventado una historia: que Afrodita en persona le había prometido la más hermosa mujer de la Hélade. Que el rapto de Helena se debía a la voluntad de los dioses. Nadie creyó a aquel bravucón.

Dependería de los hermanos. Príamo tenía cincuenta hijos, la mayoría adultos, formados y entrenados desde niños en el oficio de las armas, como correspondía a su posición, pero que apenas tenían experiencia. Por medio de sabios acuerdos, el rey había asegurado la paz, y el poder de Troya era indiscutible en el Próximo Oriente. Sin ocasión de demostrar sus aptitudes luchadoras de otro modo que no fuera el juego, los príncipes habían vivido hasta entonces en la paz y el lujo de la rica ciudad.

Había que suponer que al menos algunos se pondrían del lado de Paris. Si no por el hermano, sí por las ganas de participar al fin en una auténtica pelea de gran envergadura. Además, confiaban en los muros inexpugnables de la ciudadela. Entraba perfectamente dentro de lo posible que Príamo tuviera que ceder.

Por el lado griego sería Agamenón quien atizara las pasiones. Ante todo él. Él lo tomaría más en serio que el agraviado Menelao. Naturalmente, también éste quería recuperar a su esposa, aunque sólo fuera por una cuestión de honor. Resopló, rabió, se revolcó por el suelo, desgarró vestimentas y rompió tapices a mordiscos. Era lo que de él se esperaba dada su situación. Pero seguramente se habría conformado con que le devolvieran a Helena a cambio de una respetable compensación económica.

No así Agamenón. Había llegado su hora. Ulises lo recordaba perfectamente, lo había visto exhibiéndose entre los otros, haciendo resonar su vozarrón cuando soltaba alguna nimiedad. Entonces él y Penélope se miraban y sonreían. Aquella vez interpretaba el papel de príncipe de los pueblos. Ahora tenía ocasión de convertir este juego en realidad. ¡Jefe de los ejércitos de toda la Hélade! Ulises lo veía con total claridad, como si hubiera conseguido penetrar en su hueca cabeza. ¡Agamenón, el retoño de los Tantálidas! Con toda la pompa de su ostentoso al, e de león se veía ya llegando con las velas hinchadas a la costa de Ilión, él en persona, enfundado en una reluciente coraza de oro, en la proa del buque insignia. Apretados y estremecidos de pavor, los troyanos se agolparían en las murallas de la ciudad.

¡Agamenón! Un odre vacío, lleno de ambición y con esa impresionante majestad que, precisamente y por extraño que parezca, es capaz de proporcionar una absoluta oquedad. Nunca tuvo cerebro nadie de su estirpe. Agamenón no dejaría pasar la ocasión de ser, por una vez, muy grande y el primero. Tenía el liderazgo prácticamente asegurado. En primer lugar, era el hermano del ofendido, y en segundo lugar, disponía de medios para comprar el mayor número de personas para formar su séquito y para armar el mayor número de barcos. De todas formas, gran parte de los príncipes estaban obligados a participar en esta expedición militar. Lo estaban a causa del juramento de ayuda mutua que prestaron ante el sacrificio de un caballo con motivo del cortejo de Helena. Por consejo suyo, de Ulises. Así que pronto resonarían en el continente y en las islas los címbalos y las trompetas, y a todo lo que oliera a varón, aquel sonido le daría un buen susto y le pondría la piel de gallina. Y, por si fuera poco, no se trataba de la habitual expedición de pillaje ni de una guerra para proteger los intereses de la patria, no se trataba de ganar bienes ni ventajas ni de mantener la seguridad, sino de algo carente de cualquier sentido y razón: una guerra por una hermosa y frívola mujer. No era una adúltera corriente, sino la «mujer más hermosa de toda la Hélade». Era ésta una frase que surtía efecto. Atizaba el ardor de los hombres y los exaltaba para tomar parte en una formidable pelea de suma importancia, en una alegre carnicería. Desde luego, todos estos hombres daban gracias a los dioses por tener en casa una mujer corriente, no tan dotada de divina hermosura y de graciosa inconsciencia y que, en el mejor de los casos, soñaba tras el telar con la infamia de una mirada de Paris, cuando fuera ascendía Sirio y el vientre de la tierra exhalaba vaharadas de calor; una mujer que, sin duda, era inmune a semejantes miradas por las costumbres, por conocer sus obligaciones y por su sólida manera de ser. Así podía unirse uno, con el corazón tranquilo, a la gran expedición postinera.

Pero Ulises previó algo más: «Las ganas y la osadía inicial se les pasarán pronto. La lucha será dura, terrible. Miles de ellos morderán el polvo. Los muros de Troya tienen fama de ser inexpugnables, y la ciudad recibe de media Asia refuerzos en hombres y bienes. Los griegos, en cambio, vivirán en campo abierto, sin reservas. Su abastecimiento dependerá de pillajes por los alrededores, y así no se ganarán amigos. Esta guerra no dependerá sólo de la fuerza, el valor y las ganas de luchar. Se precisarán sobre todo buen consejo, una planificación exacta y una astucia repleta de imaginación.»

Todo aquel jaleo por una mujer «raptada», aunque se tratara de Helena, se le antojó ridículo a Ulises. Pero, dentro, en su fuero interno, se agitaba algo. Y esa agitación era imposible silenciarla, por mucho que se lanzara a un trabajo fatigoso para no pensar. De noche, le quitaba el sueño. Una y otra vez encontraba un pretexto frente a sí mismo para merodear por el puerto e interrogar juiciosamente y con preguntas concretas a los marineros que arribaban. No quería depender de las fabulaciones fantásticas ni de rumores de cocina. Y así se enteró también de que los Atridas, acompañados por Palamedes, el astuto hijo de Nauplio, ya se encontraban realizando un viaje de leva, de ciudad en ciudad, de isla en isla. Ulises podía echar cuentas para saber cuándo llegarían a Ítaca. «Si no me voy con ellos me arrepentiré. Será algo que me corroerá mientras viva y se lo haré pagar a alguien. Seguramente a Penélope, pues si renuncio será por ella. No seré ni un buen esposo ni un buen padre si ahora me convenzo a mí mismo y me quedo, como me impone la razón. También para los míos será mejor que pase una temporada en una guerra lejana en vez de prohibírmelo a mí mismo. Me convertiré en un amargado. Pero, al menos, tengo que explicarles que no se trata de mi propia voluntad. Eso se lo debo a ellos. Pese a que Penélope se dé cuenta de todo, cosa que es muy probable con lo lista que es. Tendrá que tener a mano una historia que contarle al pequeño cuando empiece a preguntar por qué su padre no está en casa. Tiene que ser una historia que demuestre que yo me negaba a ir a esta guerra.»

No obstante, preparar una historia semejante no era fácil. No era fácil ni para Ulises, dotado de una imaginación volcánica. No debería ser demasiado buena; si no, se la creerían los Atridas e incluso el astuto Palamedes, y él se quedaría con dos palmos de narices, y se tendría que quedar realmente. Pero tampoco debería ser demasiado mala; si no, sería una ofensa para Penélope.

Imaginar esa historia le costó sudores, pero también le divirtió. Pudo gozar del placer que le causaban las tornasoladas fantasmagorías. Permanecía ahora sentado a menudo bajo la encina, a solas, cavilando o hablando consigo mismo. A veces rompía a reír de repente. Ideó un ingenioso doble juego. Uno para los espectadores y, por diversión, otro para sí mismo.

Cuando le anunciaron desde el puerto la llegada de los reclutadores —desde hacía algún tiempo había destacado allí expresamente a uno de sus hombres, para ser informado lo más rápidamente posible— se puso manos a la obra. Unció a un arado un asno y un buey y se fue al campo, donde sembró sal en los surcos. Cuando llegó el grupo no interrumpió su trabajo. Cuando lo llamaron, fingió no conocer a nadie. Se hizo el loco.

¿Quién, salvo un loco, unce juntos a un buey y a un asno cuando el jornalero más tonto sabe que estos animales jamás se acoplan como pareja de tiro? ¿Quién, salvo un loco, esparce sal sobre su tierra, cuando hasta los niños saben que así la tierra se vuelve yerma? ¡Sólo lo puede hacer alguien a quien los dioses han trastornado el juicio!

Los huéspedes llegaron al campo acompañados por Penélope, con el pequeño en brazos, y por Euriclea. También se acercó un grupito de campesinos para ver qué pasaba. Lo que vieron provocó grandes críticas y algunas consternadas maldiciones. Para ellos estaba claro que Ulises se había vuelto loco. Los Atridas se le quedaron mirando con expresión estúpida. Empezaron a comprender, desgraciadamente, que no iban a poder contar con este hombre. En las miradas precisas de Palamedes se traslucían oscuras cavilaciones. En su esfuerzo por intentar comprender, Penélope frunció sus cejas negras hasta convertirlas en una línea recta. Sentía que Ulises planeaba algo con aquel espectáculo, pero no fue capaz de comprender sus intenciones. Sólo sabía que fingía estar loco.

Ulises había contado con Palamedes, y no se había equivocado. Palamedes tenía un sentido especial para entender el significado de las cosas que se ocultan tras la vulgar realidad. «El buey —pensó para sus adentros—, representa el verano; el asno es el animal del invierno. La pareja uncida al arado, pareja que resultaba imposible para el simple entendimiento campesino, muestra la rotación del año. Una tierra sembrada con sal es un año malgastado. Ya ha sembrado de este modo nueve surcos. Por lo tanto nueve años malgastados. Así que también cuenta con una guerra larga, este zorro astuto, ¡tampoco cree en una rápida expedición militar como todos los demás! Una ruidosa y alegre escaramuza de verano. Quiere escurrir el bulto y no participar en ella, pero yo estropearé su plan. ¡Podrá engañar a los Atridas, el muy granuja, pero no a un Palamedes!» Con presencia de ánimo cogió al pequeño Telémaco de los brazos de Penélope y lo colocó cuidadosamente, y con gran prudencia, en el surco, transversal a la reja del arado. Al instante, el «loco» frenó a la pareja de animales y tiró violentamente hacia atrás.

Se quitó el gorro de la cabeza y se secó a fondo el sudor. Ante los mirones no se avergonzaba del engaño descubierto. Pero no se atrevía a mirar a la cara a Penélope, pues a ella no le pasaría inadvertida la alegría que brotaba desde lo más profundo de su ser y que bullía en su interior, mezclada inseparablemente con el miedo.

Cuando el pequeño grupo regresó del campo a casa, Penélope permaneció callada. Caminaba unos pasos detrás de los demás y ocultaba su rostro entre los rizos cobrizos del lloroso Telémaco, que se había asustado cuando aquel hombre extraño lo tomó tan repentinamente en brazos. Euriclea caminaba a su lado.

También ella permanecía callada, contra su costumbre. Pero en torno a su boca, reducida a una línea recta, asomaba una expresión amarga. Sólo cuando hubieron entrado en el zaguán, dijo a Penélope:

—Esos dos cabezas huecas hubieran caído perfectamente en la trampa, pero él contó con el tercer granuja. Le habría molestado que también éste se lo hubiera creído. Te lo dije, señora: ahora quiere marcharse. Pero no tiene nada que ver contigo ni con Telémaco. Te daré un consejo. ¡Déjalo ir! De lo contrario, tendrás durante toda la vida en la cama un gruñón triste y afligido. Deja que te lo diga, yo lo sé muy bien. Jamás intenté retener a los míos, y si uno empezaba a anidar, yo misma le daba la patada. No es un hombre completo el que no quiere dejar por un tiempo a la mujer y al hijo e irse de casa. Ellos son así. Lo necesitan. Necesitan de tiempo en tiempo la algarabía berreante y fachendosa de los hombres en su propia salsa. Lo necesitan, de la misma manera que nosotras necesitamos de vez en cuando un hijo en el vientre.

Penélope estalló en un sollozo breve y seco. Pero luego entregó el pequeño a una criada y supervisó, circunspecta y con la cabeza erguida, el agasajo de los ilustres huéspedes.

Cuando a altas horas de la noche subieron los dos a su dormitorio, permanecieron despiertos cada uno en su lado de la cama, con los brazos cruzados bajo la cabeza y en silencio. Al cabo de un rato Ulises ya no aguantó más y dijo en voz baja:

—Ahora estarás enfadada conmigo, ¿verdad, Penélope? A ti no te pude engañar. Lo dejé en manos de los dioses. —Al menos, no mientas. ¿Contabas con Palamedes! Después, volvieron a permanecer callados durante un rato. Pero, al fin, Ulises comenzó a hablar:

—Sí, lo admito, Penélope, contaba con la ayuda de Palamedes. Quiero marchar con ellos a Troya. No por Helena ni por el honor. Una higa me importa la «mujer más hermosa de Grecia». Es otra cosa lo que me atormenta y me hace sufrir, y me ha robado la paz desde hace tiempo: la prueba. Tengo que demostrar entre hombres mi valía, tengo que pegarme, medirme para saber lo que valgo y quién soy. No te pido que lo apruebes, ni siquiera que lo entiendas. A las mujeres no les pasa eso, o les pasa de otra manera que tampoco comprendemos los hombres. Pero aunque no llegues a entenderlo, Penélope, te lo ruego, te lo ruego por la cabeza de nuestro pequeño: créeme que no quiero alejarme de vosotros, que me produce terror la idea de tener que dejaros. Un terror como no lo he sentido en toda mi vida. Pero lo otro es más fuerte. Y luego tengo una sensación clara que es casi una certeza: un hombre sólo puede estar realmente en casa cuando ha regresado de algún lugar. ¿Me crees, Penélope?

—Intentaré creerte, Ulises. Entenderlo no puedo. Nosotras, las mujeres, estamos en casa en cualquier lugar donde se halle el esposo y el hijo. Pero ya he aprendido una cosa: que hombre y mujer son seres fundamentalmente distintos, y la razón me dice que es así y que llega un momento en que los hombres tienen que marcharse de casa. Pero no me pidas que mi corazón lo entienda. No me pidas que ahora me sienta orgullosa de ti o que me alegre contigo por haber visto cuánto les importa, que tú los acompañes. No puedo. Sólo puedo hacer una cosa: puedo no estropear tu alegría, porque te amo. No voy a quitarte tu ilusión por ese maldito viaje a la condenada Ilión, que ojalá aniquilen los dioses. No me exijas nada más.

Las últimas palabras y maldiciones salieron ya entrecortadas, pues ahora Penélope lloraba, y Ulises lloraba también, y ambos se estrecharon fuertemente y mezclaron sus lágrimas.

 

 

 

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Enviado por cinosargo.bligoo.com el 03/04/2011 a las 6:41
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EL DOBLE JUEGO.. Nifty :)

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