
GOMBROWICZIDAS
TADEUSZ BREZA Y WITOLD GOMBROWICZ
por Juan Carlos Gómez
Los problemas que
tenía Gombrowicz con las mujeres eran múltiples y de variada
naturaleza. Los psicoanalistas tienen la vocación de contarle el culo a
las hormigas, utilizan el vicio de su actividad cavernosa para buscar
conexiones psíquicas entre los personajes de la obra de Gombrowicz y su
parentela, pero cualesquiera haya sido la complexión psíquica de su
familia y de su relación con ella resulta claro que Gombrowicz empieza
a recorrer un camino que se aparta de la esfera donde reinan las
relaciones rígidas de la causa y el efecto, de la determinación y del
psiquismo.
A Gombrowicz le empezaron a molestar las damas de la
sociedad ya desde joven, la más de las veces le resultaban
insoportables por su grandilocuencia ingenua y supercómoda.
El
programa sublime de estas mujeres era conseguir un marido que ganara
dinero o que sacara beneficios de sus dominios, mientras ellas
desempeñaban el papel de guardianas de unos ideales a los que no les
miraban los dientes porque les venían de unos padres y abuelos
venerados. La nueva generación estaba irritada con esta falsedad de su
actitud y de su tono, cada vez más evidente.
Estos
estilos agonizantes de las formas polacas que se remataban como a un
animal enfermo, fueron una verdadera ganga para Gombrowicz en los
tiempos que escribía "Ferdydurke". Pero los problemas no sólo estaban
afuera de Gombrowicz, también estaban dentro de él.
"Y yo también,
sólo al cabo de cierto tiempo, tomaba conciencia de que nada podía
salir de semejantes amores basados en una mistificación (...)"
"Efectivamente,
no salía nada. Todos ellos terminaban dolorosamente cuando la joven
descubría que yo, aunque encantado con ella, no le permitía acceder a
mí, siempre hermético, entregado a mis asuntos, nunca verdaderamente
sincero y abierto, ni por un minuto. Sin embargo, yo, por mi parte, no
podía ser diferente, ya que hubiera sido más fácil, por ejemplo,
comprender la naturaleza de un cocodrilo que la mía, formada por
influencia y factores que eran completamente desconocidos para ellas"
Gombrowicz
alentaba el deseo de venganza de su generación apoyando a sus amigos en
los conflictos con las mujeres. Uno de ellos tenía una tía a la que no
podía soportar, había condenado públicamente sus próximos esponsales
con una joven porque no era suficientemente bien.
Para sacarse
de encima esa pesadilla decidió tomarse revancha, buscó una mujer
callejera que no estaba nada mal, le dio unas lecciones de los llamados
modales de salón, y la presentó con un nombre falso en la casa de la
tía. La cortesana se comportó perfectamente, bebía el té y comisqueaba
los bocaditos de una manera irreprochable, pero resultó que tenía
varios conocidos entre los señores presentes. Todo terminó en un
escándalo y el amigo y la prostituta fueron puestos de patitas en la
calle.
El padre del
existencialismo moderno también tuvo problemas con las mujeres. El
elegante solitario melancólico danés, igual que Gombrowicz, era enemigo
del disimulo y las mentiras, quería llevar una vida auténtica en el
reino de la fe cristiana y luchar contra la mala fe de los que fingían
tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros principios del
cristianismo verdadero.
Quiso ponerse a prueba él mismo y
eligió romper su compromiso con la hermosa Regina Olsen que lo adoraba,
una conducta que utilizó desvergonzadamente en sus libros describiendo
a la mujer como el eterno enemigo del espíritu, como el diablo que
arrastra a los jóvenes a sus trampas. Pero todas estas actitudes con
las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al mundo y a sí
mismo.
La auténtica razón de su ruptura con la joven Regina Olsen
fue su impotencia sexual, contra la cual buscó ayuda médica sin
resultado. Este es un caso al que es posible aplicar el diagnóstico de
que un conflicto mental de toda la vida puede ser localizado como
proveniente de alguna inferioridad orgánica.
Algunos colegas trataban de ayudar a Gombrowicz en los problemas que tenía con las mujeres y otros en cambio se burlaban de él.
Iba
de fracaso en fracaso y las mofas corrían en el ambiente como reguero
de pólvora. Janusz Minkiewicz, un poeta satírico famoso por sus
conquistas en el mundo de la galantería, le dijo una tarde en el café:
–Ahora regreso a casa porque espero una llamada de Lala... A las cinco
he quedado con Cela, y a las once me espera una locura con Fila. ¡Hasta
la vista!
Tadeusz Breza, nacido y muerto un año después que Gombrowicz, era uno de sus buenos amigos.
"El
consejero cultural de la embajada argentina, Ocampo, dijo al consejero
de la embajada polaca que yo me comporto como un desagradecido después
de haber comido el pan argentino durante 25 años. El consejero polaco
(mi amigo Breza) le contestó que yo pagaba el pan con divisas
extranjeras"
La
mezquindad de la que habla Ocampo no era tan absoluta, se le pueden
contabilizar a Gombrowicz algunos de los regalos que hizo aquí en la
Argentina: una escultura de yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un
libro de pinturas, una sandía con su firma, un arrodillamiento
conmovedor para agradecer cinco litros de kerosene, y una cantidad
considerable de dedicatorias que estampaba en cualquier tipo de libros.
Gombrowicz
nos hace conocer esta emergencia diplomática en una carta que nos manda
desde Vence en abril de 1965. Algún tiempo después escribió en
"Testamento" que el no hablaba mal de la Argentina sino, en todo caso,
de alguna burguesía argentina y que, por otra parte, el pan argentino
le había llegado en realidad del extranjero: de los polacos, del Banco
Polaco y, finalmente, de las ediciones extranjeras.
El consejero cultural polaco que lo defendió
era Tadeusz Breza, un novelista y diplomático amigo de Gombrowicz. Era
una amistad complicada, a Breza le resultaba difícil comprender sus
manías y su falta de naturalidad, no llegaba a asimilar cómo coexistían
en Gombrowicz una cultura y una inteligencia sobresalientes con una
falta total de mundología.
Gombrowicz de vez en cuando se escapaba
de su casa y, de igual modo que el protagonista de "Cosmos", se tomaba
unas vacaciones en alguna pensión de Zakopane.
En una ocasión se
alojó en la de una canonesa amiga de su hermana Rena. Había caído en
una trampa, se encontró con amigas de su hermana y con unas cuantas
personas más pertenecientes a la buena sociedad, damas católicas de una
moralidad inquebrantable.
Cuando ya había decidido la mudanza,
apareció Tadeusz Breza, un joven alto y de semblante distinguido, de un
humor loco y de arrebatos poéticos. Mientras Gombrowicz naufragaba en
su problema con la forma polaca y en su dificultad para relacionarse
con las amigas de su hermana Rena, Breza se convertía en el eje de la
conversación.
"En
realidad no sirves para nada –explicaba Tadeusz a una de las
presentes–, no sé cómo utilizarte, en todo caso podrías servir para
levantar cargas, pero tal vez fuera mejor emplearte directamente como
carga, o sea un lastre, sí, se te podría atar al extremo de una cuerda
y subir los muebles desde la calle a los pisos superiores, aunque, yo
qué sé, eres tan rústica que mejor te dedicases a plantar... por
ejemplo, rábanos... pero quizá fuese mejor utilizarte como suelo para
plantar y plantarte rábanos en las orejas"
A Gombrowicz le
encantaba el tipo de humor de Bereza y estaba deslumbrado con él,
envidiaba la facilidad que tenía para relacionarse con las mujeres,
mientras él iba de mal en peor.
Finalmente, como los fracasos de
Gombrowicz no cesaban de repetirse, llamaron la atención de Tadeusz. Le
presentó entonces a una joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante
de la lectura y del arte con la esperanza de haber encontrado para él
la unidad ideal de cuerpo y de espíritu, de cultura y naturaleza.
Pero
el hecho de que esa joven apareciera sobre un escenario, que se dejara
contemplar, que tuviera una actitud profesional hacia su encanto y sus
gracias, hizo que no se le despertara ningún interés por ella.
Los
alojamientos de Gombrowicz en las pensiones a menudo eran peligrosos.
En cierta ocasión una damisela que había pasado unos años en Inglaterra
torturaba a la mesa con su europeísmo tocando de esta manera uno de los
complejos de Gombrowicz. En un momento no aguantó más y dijo en voz
alta que se había atracado con Inglaterra y ahora estaba repitiendo. La
inglesa lo acusó de mocoso mal educado al tiempo que un señor
terriblemente digno agregó unas palabras sobre la arrogancia de los
estudiantes insensatos. En un extremo de la mesa un juez retirado que
no participaba de esta discusión, reprendía a su hija porque había
jugado a las cartas antes de comer: –¡Hay que saber con quién se juega!
Aunque
el juez no se había dirigido a él, Gombrowicz se sentió sentado en el
banquillo de los acusados y pensó que esas palabras también le estaban
destinadas.
Tuvo vergüenza y se sintió infeliz, la suma de
todas esas idioteces, esa notable ausencia de civismo en esa maldita
pensión lo sumió en un estado de una gran impotencia. De esta forma se
producían en él saltos de la bufonería a la seriedad, de lo cómico al
sufrimiento real. Era un océano en el que naufragaba pero que llevaba
dentro de sí.
Poco a poco, sin embargo, fue encontrando su lugar
en el mundo, y como no hay mal que dure cien años, las cosas empezaron
cambiar. Ya no necesitó de Breza para alojarse en las pensiones;
escribiendo y frecuentado los cafés consiguió un prestigio
considerable. Su mesa, a la que concurría un gran número de
admiradores, era testigo de sus bromas, sus gestos, sus dichos, su
dialéctica, sus elevaciones líricas, sus razonamientos filosóficos y
psicológicos, sus declaraciones artísticas, sus ataques arrolladores y
sus provocaciones taimadas que electrizaban a sus oyentes.






































