
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y RICARDO PIGLIA
por Juan Carlos Gómez
La curiosidad que
tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de
los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus
antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos
los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de
darle una estructura lo más simple posible al desorden. Pero ni de sus
antecedentes familiares ni de sus lecturas podemos deducir la
naturaleza de Gombrowicz.
Mis aventuras con las personas muy
apegadas a la actividad de escribir a veces no llegan al conflicto, se
mantienen en estado larval esperando circunstancias más favorables, es
el caso de mi relación con el Vate Marxista, hace exactamente cuarenta
y cinco años tuve mi primer encuentro con este gombrowiczida tan
ilustre.
"Salimos de Anchorena, tomamos un taxi y fuimos a
Galatea, la librería de Viamonte y Florida donde se presentaba Hernán,
la novela del Asno (...) Yo llegué un poco más tarde, Canal Feijóo y
Marta Lynch ya se habían ido (...) De la librería partió un contingente
de poetas, críticos y comunistas. Fuimos a tomar unas copas a la
‘Escalerita’ de Tucumán y 25 de mayo. Llevaba el mismo chaleco y la
misma corbata de nuestra peregrinación a La Plata y los asesinos
estaban otra vez ahí. Hablé una hora seguida sin parar; me interrumpió
Piglia, un vate marxista, pero sin ningún resultado. Reconozco que
tenía unas copas de más, dos whiskys en lo de los Lubomirski y otros
tres en la ‘Escalerita’ habían hecho lo suyo. Tengo impresiones
borrosas, el Asno decía: –Gómez es muy inteligente. Alguien del extremo
lejano se levantó y vino hacia mí (...)"
El
hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un
jardín podado a la francesa, o en el piso cuadragésimo de un
rascacielos. Los que escriben en los cafés tienen los límites de su
personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas. No hay
en ellos ni rastros del empeño dramático de un solitario, les falta la
angustia metafísica nacida del silencio, el método y la disciplina de
los laboratorios científicos. Cada uno de ellos acaba allí donde
comienza su vecino; muy cerca.
Algunos
se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café,
pero sus convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo,
por lo que se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés.
Un verdadero círculo vicioso. Yo he criticado con cierta dureza algunas
de las reflexiones que ha hecho el Vate Marxista sobre Gombrowicz.
Sin
embargo, no se me ocurrió pensar en qué lugar las había escrito, y me
gustaría saberlo porque, si las hubiese escrito en los cafés es como si
las hubiera escrito con una mano atada, un capiti diminutio.
Cuando
le puse el punto final a un relato que hice sobre "Transatlántico" me
acordé de que el Vate Marxista, con uno de esos golpes secos en los que
combina con proporciones armoniosas la paradoja, la logomaquia y la
ciencia, había hecho unas declaraciones llamativas: "El mejor escritor
argentino del siglo XX es Witold Gombrowicz"
Bastante
tiempo atrás de esta declaración, en el año 1965, el agregado cultural
de la embajada argentina en París, Ocampo, le decía a su par polaco,
Tadeusz Breza, que Gombrowicz había comido del pan argentino durante un
cuarto de siglo y ahora ladraba contra la Argentina.
Y dos
años antes, en el año 1963, Gombrowicz nos había dicho que después de
veintitrés años era tan polaco y tan extranjero como el primer día de
su llegada, que no había cedido, que no se había adaptado ni
desnacionalizado. Es decir, Gombrowicz era entonces un escritor
argentino que ladraba contra la Argentina, que no se había adaptado y
que seguía siendo tan polaco y extranjero como cuando llegó a la
Argentina.
No pude hacer pie firme en un
terreno tan escabroso como éste así que decidí recurrir a otras
declaraciones del Vate Marxista en las que el aspecto racional tuviera
relevancia y un poco más de peso que las fantasías del lenguaje y las
paradojas. En un congreso de escritores que se realizó en Santa Fe hace
exactamente veintidós años, afirmó que "Transatlántico" era una de las
mejores novelas escritas en el país, una afirmación más restringida y
específica que la anterior y que, a la primera mirada, no parecía
paradojal.
Sin embargo, después de leer esa ponencia a la que
llamó "Gombrowicz y la novela argentina" me quedó la extraña sensación
de que los comentarios del Vate Marxista no tomaban contacto con
Gombrowicz sino con las traducciones, los estilos, la lengua y unas
logomaquias que remata diciendo que la novela argentina sería algo así
como una novela polaca traducida a un español futuro. Cuando yo leo
cosas por el estilo, me mareo, no se puede saber nada de
"Transatlántico" ni de Gombrowicz en medio de tantas paradojas, frases
ingeniosas y sutilezas, es un género que yo detesto.
En
un pasaje memorable de "Trasatlántico" que el Vate Marxista comenta con
fruición, Gombrowicz se burla de los libros y de los hombres de letras
en la cabeza de un personaje que al Vate Marxista le recuerda a Mallea,
al Filósofo Payador le recuerda a Borges, y a otros más les recuerda a
Mujica Láinez.
Había entrado a la reunión un hombre vestido de
negro, una persona muy importante, un gran escritor, un maestro.
Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que
perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a
cada rato inteligentemente más inteligente. Los compatriotas de
Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro,
que si no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y lo iban a morder.
Entonces Gombrowicz le dijo a la persona más
cercana en voz bastante alta para que lo oyera el hombre de negro: –No
me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado
fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado
cerealientos.
El hombre de negro le respondió que la idea era
interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus
"Eglogas", y cuando Gombrowicz le manifestó que no le importaba un
comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que estaba
hablando, el gran escritor le contestó que la idea no era mala pero que
existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase
en sus "Cartas". Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había
dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez
caminaba con más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y
los demás de ira. Pero alguien comenzó a caminar con él, era un hombre
alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran rojos,
estaban pintados de rojo. Huyó como si lo persiguiera el diablo. El
moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al
mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca
de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio
lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la
plata.
"Transatlántico"
es, efectivamente, la obra polaca más argentina de Gombrowicz, ya tenía
encima más de la mitad del tiempo que vivió en Argentina, y no pudo ni
quiso sustraerse a su influencia.
Hay en esta novela un ambiente en
el que aparecen en una misma escena, el estilo intelectual imperante
por Buenos Aires en esa época, y un puto millonario. Es probable que el
escritor vestido de negro fuera una mezcla de Mallea con Borges, y el
puto millonario, una mezcla del mismísimo Gombrowicz con Manuel Mujica
Láinez.
Cuando hablo en los gombrowiczidas de la
performance de los escritores hispanohablantes me refiero
exclusivamente al desempeño que tienen en el asunto Gombrowicz.
La
primera sensación que uno tiene leyendo los escritos del Vate Marxista
es que nos encontramos en un campo literario en el que las ideas se
ponen al servicio de las palabras.
La primacía de la semántica y la
ilación en el decurso de los movimientos cognoscitivos de este ser
compelido a escribir, a veces contra su propia voluntad, nos coloca en
un mundo de características borgianas. Para cortar por lo sano e ir
directamente al grano tenemos que decir que en Gombrowicz las cosas
ocurren exactamente al revés, mejor expresado, las palabras se ponen al
servicio de las ideas y, en el límite, el significado de las palabras
no tiene importancia, o importa poco.
Si bien es cierto que el
discurso de los hombres de letras hispanohablantes no es tan homogéneo
que digamos respecto a Gombrowicz pues se mueve en un rango que va
desde la más declarada logorrea del Pato Criollo a la hermenéutica un
tanto sofocante del Vate Marxista, en muy pocas ocasiones estos jinetes
que sujetan con fuerza las riendas del caballo de las palabras se
montan en el caballo de las ideas de Gombrowicz. Podríamos decir que
Gombrowicz los convierte en unos seres incompletos pues sólo comprenden
la parte de Gombrowicz que está en ellos, pero esta parte de Gombrowicz
es la más pequeña.
Para
ponerlo de otra manera, no utilizamos bien el tiempo cuando salimos a
cazar jabalíes con una red o cuando nos vamos de pesca con una escopeta.
Los
escritores argentinos cuando se las tienen que ver con Gombrowicz ponen
las ideas al servicio de las palabras a diferencia de Gombrowicz que
pone las palabras al servicio de las ideas.
Pero, ¿al servicio de
qué ideas pone las palabras Gombrowicz? Gombrowicz arremete con furia
contra todas las ideas, acosa a la realidad en todas las formas
posibles y la irrealidad de las ideas lo pone fuera de sí, pero lucha
contra ella.
"Gómez,
todos te felicitamos por tu generosa campaña de difusión de la obra de
Gombrowicz. Quería pedirte que me enviaras tus mensajes a esta
dirección y no (también) a la de Princeton (porque ahí solo pasan los
emails escritos en inglés y el resto se acumula en el techo). Gracias y
saludos"
Si juntamos, por un lado, las conclusiones del Pato
Criollo –Gombrowicz es un poseur que usó su genio para volverse
sospechoso– con las dudas que tenía el Revólver a la Orden sobre la
seriedad de sus pensamientos, y las ponemos al lado de las afirmaciones
del Vate Marxista –la novela argentina sería algo así como una novela
polaca traducida a un español futuro– obtenemos las características del
mejor escritor argentino del siglo XX.
Las expresiones del Vate
Marxista, de Revólver a la Orden y del Pato Criollo que aparecen en las
fotografías son muy diferentes. La del Vate Marxista parece que nos
estuviera diciendo que él lo sabe todo, la de Revólver a la Orden
parece que nos estuviera diciendo que va a dar un golpe de furca, y la
del Pato Criollo parece que nos estuviera diciendo que lo han tirado a
la basura.






































