Desde las sombras
Mauricio Cuadros
Dentro de la oscuridad que regala la noche y la ceguera que nos produce el dolor, mientras disponíame a descansar mis párpados con el sueño, y el retardo de mi conciencia era evidente, creí haber visto un demonio. Tenía una particular fealdad, que emanaba desde lo profundo de su alma y que se expresaba hasta en su rostro: mezcla de ira infinita y de tristeza, combinada con un vaho denso a descomposición espiritual. Al mirarlo, me aterré, ya que la poca luz que había no alcanzaba a destellar la totalidad de sus facciones corporales, pero con el sólo hecho de apreciar ese ambiente que lo acompañaba -a decepción y tortura- comprendí que se trataba de un alma desolada y enrabiada. No podía ser más que un ángel malvado.
No pude decir nada, ni siquiera para gritar en son de ayuda; sólo me dedicaba a observar a la criatura, y ella a mí: los dos parados frente a frente. El horror era tal, que sentía que mis ojos en cualquier momento se saldrían de su órbita, y que mi cuello, rígido, colapsaría y dejaría caer mi cabeza. Era un poco extraño, él parecía estar muy tranquilo, ya que solamente estaba parado, igual que yo. Sin embargo, de igual manera podía percibir en el ambiente algo fétido que se filtraba por mi nariz; no era un olor, sino “algo” insoportable que sólo pude aguantar debido al shock que me causó la impresionante experiencia y que me dejó inmóvil.
Pensaba: "¿cómo puede existir una criatura tan horripilante como ésta?" "¿qué querrá de mí?" "¡¿me vendrá a buscar?!"...mientras trataba de mover mi brazo perplejo en ese entonces. Todo era inútil, ni mis dedos podían moverse; sin duda era la vez que más terror sentí, que ni siquiera mi cuerpo me respondió. Luego vino la desesperación. Pensé: " si no puedo moverme, no tendré cómo defenderme de lo que me quiera hacer este maldito espécimen. Si tan sólo pudiera mover mi brazo y alcanzar a prender la luz...". Curiosamente, más me inquietaba la inmovilidad de él que la mía; no sabía qué era lo que quería ni porqué actuaba de esa manera: tan pasivo y desconcertante a la vez. Ya mi corazón no podía latir con más fuerza, era como un bombo que resonaba dentro de mí y que se expandía por toda la habitación.
En un pequeño lapso, pude moverme e incliné mi brazo en dirección al interruptor de una vieja lámpara, pero para sorpresa mía él también se movió, como en una acción idéntica; algo así como una coreografía ensayada. Un zumbido en mis oídos se escuchaba, agudo y punzante sonido, producto de la impresión y las palpitaciones extra que mi corazón hizo. Mi transpiración era inquietante, fría y excesiva, mientras el demonio introducía su mirada extraña pero a la vez familiar, en cambio que la mía, cada vez más taciturna, expresaba el miedo aterrante de verlo ahí parado enfrente, así que me quedé quieto y dejé a un lado mi intención de iluminar la habitación. La noche se hacía cada vez más negra.
Pero de un momento a otro, pasé del miedo infinito al odio. Me cuestionaba cuál era su fin al estar parado enfrente, sin siquiera hablarme. Una ira me invadía por pensar en su horripilante existencia que contaminaba todo. Ya no le temía – fueron lapsos de segundo – más bien le llegué a aborrecer. Pero luego imaginé que esa ira escondida podría ser producto de alguna manipulación de este ente malvado, que no necesitaría mover un músculo para influir en mis actos y convertirme en uno de ellos.
Si, evidentemente, esta criatura no se movería sino hasta que yo lo haga. Podríamos estar ahí parados por toda la eternidad. Así que me armé de valor para acercarme a él y me encomendé a Dios. Dije: “Voy a moverme. Primero lo haré con extrema suavidad hasta hacerme la certeza que no me atacará”. En ese momento volvían los síntomas del miedo. Como era de esperarse, al primer paso que di el demonio hizo exactamente lo mismo. Ya lograba verlo cada vez menos, porque la luz natural de la luna comenzaba a extinguirse debido a las nubes que la cubrían, pero yo tenía la certeza que él permanecía exactamente en una línea recta frente mío, así que seguí con mi firme paso, pero lleno de incertidumbre y miedo, tal que me provocaba una gran sobreventilación. Esos momentos fueron caóticos: mientras más me acercaba, menos podía verlo; ya cuando sentía su presencia, la oscuridad imponía su negro manto que lo cubría todo, y por más que abría los ojos para poder apreciar algo de él, no podía. Llegué a sentirlo tan cerca que me dio la impresión que si daba un paso más me toparía con su rostro.
La oscuridad nocturna marginaba todo intento de visibilidad, lo cual daba la sensación de estar en un agujero inmenso, internado en el vacío infinito, lleno de incertidumbre y terror. Ya no quería dar un paso más, las piernas me temblaban otra vez, era mayor mi instinto de supervivencia que sacarme la duda de qué haría este demoníaco ser al acercarme. Preferí hacerme hacia atrás y guardar la distancia que creía necesaria para estar tranquilo; una cobarde pero humana acción. Ya que no veía absolutamente nada, y guardaba una distancia respetable, por fin me decidí a hablar. “¡¿Qué es lo que quieres de mí?!” “¡¿Por qué no dices nada?!”, gritaba desesperadamente, mientras el eco de la habitación amplificaba y desfiguraba mi voz. Parecía como si ya no hubiera nadie en la habitación, que el ente de maldad se había marchado, pero ese ambiente perceptible, húmedo y tenebroso, seguía ahí, mezclándose con la oscuridad y provocándome un sentimiento de vulnerabilidad. Mas no aguanté y me tiré al suelo y largué a llorar; el ángel demoníaco con su sola presencia me vencía y no podía controlarme. Aparecía de nuevo la rabia y el deseo rebelde de saber quién era ese sujeto que me manipulaba con sólo estar parado.
Por alguna razón (no sé si fue por entrega, desesperación o inconciencia) me paré del suelo para encender la luz de una vez por todas; ya me estaba volviendo loco debido a la tensión y el miedo que me causaba la situación. Al fin y al cabo, estaba completamente seguro que el demonio no hablaría, y además ni siquiera podía verlo. Me dirigí tanteando en la pared, hasta que di con el bendito interruptor que iluminaría y extinguiría la solemne oscuridad que nos había acompañado en todo el suceso, y que se hizo más presente al final. Pero ya era hora de llenar la habitación de visibilidad. En ese instante, el tiempo transcurría extremadamente lento y todo mi cuerpo experimentaba múltiples sensaciones. Curiosamente, al encender la luz, yo cerré mis ojos y, además, estaba de espaldas al demonio, pero al fin me decidí por inclinar mi cuerpo y abrir los ojos, ya era suficiente dejarme llevar por supuestos y ver claramente lo que estaba en frente mío. Abrí por fin los ojos, y la clara luz me recibió primero: en un principio me encandiló, pero cuando todo volvió a la normalidad y mis ojos estaban más sedientos que nunca de captar todo a su alrededor, vi…
Nunca olvidaré aquella noche en la que creí haber visto un demonio, una noche única. Los rayos del Sol, que se asomaban tímidos al amanecer, divulgaban con énfasis todo el contexto que la noche no fue capaz de darme; y cuando digo TODO EL CONTEXTO, hay que tomar cada palabra con sumo detalle, ya que, aparte de esclarecer mi vista, el sol reveló que mi pagana existencia no me hacía abrir los ojos a la realidad: mi rumbo era un caos total. La habitación estaba rodeada de innumerables barrotes de acero forjado, los cuales sólo dejan que pasen las luces divinas del sol y la luna. Es obvio que si me encuentro atrapado entre paredes de concreto y barrotes de acero, no me estoy refiriendo a una convencional habitación que hay en un hogar; más bien hablo de una habitación perpetua, de esas que nuestra sociedad dispone reservadas para hombres que no merecen de libertad. Hombres como yo.
Desde las sombras, que gentilmente ofrece la cárcel, tengo que confesar que realmente vi un demonio, para mí uno de los más dolorosos, frívolos y tristes, pero a la vez uno de los más arrepentidos e impactados; el demonio más desconocido y familiar de todos…
Esa noche cuando di la vuelta al encender la lámpara, me encontré con la criatura que más temor me ha causado: me encontré con mi propia imagen. Estaba enfrente de un gran espejo. No sé quién lo habría puesto allí.






































