HOJAS DE RUTA
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
La niebla faltó a la cita y no pudo concertarse con la ruta de la flora que se abría, sin intervalos, a ojos exploradores. La mesura de las sombras imponía una consolación para las curvas en su audacia y en su desnivel.
El día había venido mostrando sus pocos dientes de sol. El desconcierto ganó un rango traslúcido que empujó hacia las orillas a la entomología coleccionable. La razón de la savia ganaba un soplo más que misterioso para la voz de los árboles acostumbrados a nublarse.
La ruta penetró a la selva y la hizo sentir orgullosa de ella. Después todo fue un concierto de disposiciones y acomodamientos y los seres encubiertos pusieron animación en las fechas de los herbolarios.
Una hoja permaneció aquietada por la palpitación de una luz que designaba el límite del asfalto. Así transcurrió el suceso y se le observó agrandado cuando la audacia de un murciélago giró en torno a una fotografía ya anticipada.
2
Una anónima brisa se desentiende de la edad de los longevos árboles y se desquita de los retazos vegetales que la ruta ha dispuesto a modo de hitos.
Sin lugar a dudas, sobrevendrá un resto de origen de sol con sol. (Se intuye la cuantía de la semana que es anfitriona por la condición arbitraria de su naturaleza).
De una vez, un animal aullante atravesó, metro a metro, el historial sombrío de los fragmentos. El lugar quedó marcado por raíces que construían un ascenso hacia inexorables cielos vegetales.
3
Una hoja de evidente aristocracia pulsa desde su locación las humedades de los musgos tintineantes. No existen sepulturas que sean capaces de aprisionar a los escarabajos rescindidos.
La partida de la niebla, envuelta entre las sombras, cimienta la maestría de la ruta y alarga la danza rasurante de los bejucos que alejan las catástrofes.
A milésimas del memorial unas piedras recuerdan la gravedad del dolor infligido a la montaña. Los espíritus que vivaquean a lo largo de la ruta subrayan la evidencia de la tragedia con los tobillos aherrojados por un tirano con cara de bagre.
Los nombres de los presos ya han desaparecido del archivo pétreo y la inefable ruina del olvido ha terminado por soterrar la funesta imagen del alma sollozante de la ruta.
4
Atender a la necesidad de la hoja que no fallece con la displicencia del día es la negación de la mezquindad. Hay que hacer profesión de fe y acompañar a la hoja en la movilidad hacia otros planos y otras suplencias.
El brillo de la hoja resulta sintomático. Un recodo de texturas altamente insinuante puede ser notificado y emparentado a los bordes que señalan el comienzo de las horas sonoras de aves y retoños de plantas parásitas.
Nada intimida a la hoja que pronto se siente fija y nada preterida. Su verdadera materia escapa a la simple observación y los intervalos de su estadía se compactan con la presurización del aire dentro de su verde cabina.
Una poca densa atmósfera se abandona para aparecer posteriormente enlazada a las nervaduras de la hoja. Tal proceder localiza en la ruta un abandonado ámbito de lampos e intermitencias del fluir de la selva nublada.
5
Antes de mirar la hoja vimos a un hombre alto y corpulento, de pelo cano, sentado tranquilamente sobre el guardafango de su viejo vehículo. Una voz aguda se impuso y supimos que era Henri Pittier. Había recibido nuestra carta y aunque se mantenía en la sombra su sueño pesaba como un cambio de época y de siglo. Sus plantas usuales le colgaban de la cabellera y se le notaba a él un cansancio de vigilancia y seguimiento del fuego.
El automóvil de Henri Pittier partió y tras de sí dejó los años fecundos que la muerte no puede remplazar. La hoja entendió la profecía y se conjugó en un brillo y urgió a un saber aún mayor y los gestos de la niebla se elevaron hasta dar con la verdad en el centro de su ardor y el silencio se tornó en diamante negro y laminado para que la perplejidad de la ruta mudara en un horizonte entrecruzado por la perspectiva acelerada de los habitantes más conspicuos de la flora que no conoce la manifestación de la inocencia.
Parque Nacional “Henri Pittier”; Aragua; Venezuela. Noviembre de 2008.






































