
CARTAS
1868
9 de noviembre, en Leipzig, a Erwin Rhode:
[...] Me presentan a Richard y le digo algunas palabras de veneración; se interesa por saber
con mucha exactitud cómo he conocido su musica, dice cosas terribles contra
todas las reperesentaciones de sus obras, excepción hecha de aquellas famosas
de Munich, se mofa de los directores que dicn con blandura a la orquesta:
“Señores, ahora se hace apasionato”, “ queridos, ahora un poquitín más
apasinonadamente”. Wagner se divierte en imitar el dialecto de Leipzig.
Ahora te
contaré con brevedad lo que nos trajo consigo aquella velada: goces de un
genero tan específicamente excitantes que todavía hoy no he alcanzado a
recobrarme... Antes y después de la comida, Wagner ejecutó todas las partes
importantes de los Maestros Cantores, imitando todas las voces y haciendo todo
con gran naturalidad. Es un hombre extraordinariamente vivaz y fogoso, que
habla muy rápidamente, es muy ingenioso y en compañía tan intima se torna
sumamente alegre. Tuve después con él un largo coloquio sobre Schopenhauer:
comprenderás que placer fue para mí oírle hablar de él con un calor
absolutamente indescriptible: qué le debía, por qué era el único filósofo que
había comprendido la esencia de la música; se interesó después sobre la actitud
de los profesores en relación con él, y se rió mucho del congreso de filosofía
de Praga, y habló de los “siervos filosóficos”. Leyó luego un episodio muy
divertido de su vida de estudiante en Leipzig, en el que todavía hoy no puedo
pensar sin reírme; entre otras cosas, escribe con extraordinaria soltura e
ingenio. Al fin, cuando estábamos por retirarnos, me estrechó con calor la mano
y me invitó muy amigablemente a visitarle para hacer música y filosofía....
1870
fines de enero-15 de febrero, en Basilea, a Erwin
Rhode:
No puedes imaginarte como te hecho de menos... Aquí
no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es
para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno
de mis colegas... Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí
la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se
aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del
helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la
casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por
desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos
agigantados al abismo de la pedantería... ¡Que no daría yo por vivir juntos los
dos!... He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha
provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha
servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen.
Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma
más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí... Ciencia,
arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que
algún día engendre monstruos.
1871
21 de junio, en Basilea, a von Gersdorff:
Convendremos, en qué sentido precisamente ese
fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de
1872
30 de enero, a Ritschl:
Estimado señor consejero privado: espero que no se
molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber
escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo
de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de
una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio.
Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo:
yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro,
prometedor para el conocimiento que tenemos de
1873
18 de abril, a Richar Wagner:
Respetado maestro: continuamente me asalta el
recuerdo de los días de Bayreuth, y las numerosas ensañanzas y experiencias
vividas en tan corto espacio de tiempo me abruman cada vez más. Comprendo
perfectamente que no se mostrará muy satisfecho con mi estancia, pero esto ya
no tiene remedio. Reconozco que yo me doy cuenta de las cosas demasiado tarde;
ahora recordando el pasado, surgen sensaciones y pensamientos nuevos que deseo
grabar a fuego en mi memoria. Sé muy bien, queridisimo maestro, que una visita
como la mía no debe de resultarle muy agradable que digamos, e incluso sería
insoportable en algunos momentos. Con frecuencia me decía a mí mismo que era
libre e independiente, al menos en apariencia, pero en vano. En fin, le ruego
me considere uno de sus discípulos que espera con la pluma en la mano y el cuaderno ante sí... He de reconocerlo: cada
día que pasa aumenta mi melancolia al darma perfecta cuenta de cuánto me
agradaría ayudarle de alguna manera, poder serle útil en algo, pero soy
completamente incapaz de ello, y si nisiquiera puedo aportar mi granito de
arena para que usted se distraiga y alegre.
1879
11 de septiembre, a Peter Gast:
[...] Estoy al final de mis treinta años: la “mitad
de la vida”, decían en esa edad en tiempos del milenio y medio; Dante tenía por
entonces la visión de la que habla en las primeras palabras de su poema. Ahora
bien llegado a esa “mitad de la vida”, estoy tan “acorralado por la muerte” que
me podría llevar en cualquier momento: la índole de mi sufrimiento me inclina a
pensar en una muerte súbita, convulsiva (aunque preferiría una muerte lenta y
lúcida que me permita hablar con los amigos, debe ser más dolorosa). En este
sentido ahora me siento como el último de los patriarcas: pero también porque
he realizado la obra de mi vida. Lo sé, derramé una gran gota de aceita que no
podrá ser olvidada. En el fondo, ya hice la prueba de mi
consideración a la vida: muchos la harán todavía. Hasta esta mismo instante mi
ánimo no ha flaqueado bajo los sufrimientos persistentes, me parece que los
siento de manera más serena y condescendiente que durante toda mi vida
anterior: ¿a quién tendría que atribuir esta acción que me ha fortificado y
mejorado? No a mis contemporáneos porque, salvo algunos pocos, todos se
mostraron escandalizados y no temieron hacérmelo sentir. Querido amigo, eche
una ojeada a este último manuscrito sólo para ver si hay rastros de sufrimiento
y de opresión: no creo que los encuentre y mi suposición es ya un signo de que
esas consideraciones necesariamente entrañan fuerzas, y no impotencia y
cansancio, que es lo que buscarán quienes me atacan.
No iré a verlo, a pesar de la insistencia de Overbeck
y de mi hermana: es un estado en el que me parece más apropiado estar cerca de
mi madre, del país natal y de los recuerdos de infancia. Pero no lo tome como
una decisión definitiva e irrevocable. Es necesario que un enfermo pueda hacer
y modificar sus planes de acuerdo con el tamaño variable de su esperanza. Acabo
de terminar mi programa estival: tres semanas a media altura (en los prados),
tres meses en Engadine, el tercero en las aguas de Saint-Moritz, cuyo mejor
efecto se debe sentir en el transcurso del invierno. Me sentó bien la ejecución
del programa: ¡no fue fácil! La renuncia a todas las cosas -falto de amigos y
de cualquier contacto, sin poder leer libros; todo arte estaba lejos de mí; un
cuartito con una cama, alimentación de asceta (que por otra parte es lo que
necesitaba; nada de empacho durante todo el verano!) -esta renuncia sería
absoluta si no continuara ligado a mis pensamientos (¿qué debía hacer por otra parte?),
ciertamente lo más nocivo para mi cabeza -aún no sé como podría haberlo
evitado. Es bastante -para este invierno el programa será relajarme, descansar
de mis pensamientos -lo que no ha sucedido en años.
5 de octubre de
[...] No se imagina cómo he practicado hasta el final
el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque
“detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue
el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo
hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar
hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos
apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue
concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la
transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de
encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales,
porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo
en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el
encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que
arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la
que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que
no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de
tan agobiada que está mi cabeza.
1880
14 de enero, a Malwyda von Meysenburg:
Aunque para mí escribir esté entre los frutos
rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía
recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi
incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según
ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para
confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo
comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época:
si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la
purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de
religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo
el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo
haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de
tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les
di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de
sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser
pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha
podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la
concibo.
Enero, al doctor O. Eisser:
[...] Para atreverme a escribir una carta, debo
esperar cuatro semanas, como término medio, a que llegue la hora soportable
-¡después de lo cual todavía me queda expiarlo!...
Mi existencia es una carga espantosa: la
hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan
instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado
de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de
conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier
desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así
y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una
semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos
(el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la
muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y
leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal.
En las próximas semanas bajaré hacia el sur para
comenzar mi existencia de paseante.
El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas.
Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo
nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A
continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en
limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su
propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y
deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.)
[...] Ya me ha pasado muchas veces perder durante
mucho tiempo el conocimiento. Durante la primavera del año pasado, en Bâle, me
habían desahuciado. Desde mi última consulta mi vida disminuyó sensiblemente.
Noviembre, Genova, a Franz Overbeck:
[...] En el presente toda mi capacidad de inventiva y
todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las
exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han
revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y
quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula
diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo
de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy
sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que
volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros,
y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura
se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si
para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más
agradables y más deseables...
1881
Mediados de julio, Sils-Maria, a su madre:
[...] Considerando la enorme actividad que debe
realizar mi sistema nervioso, me asombra su sutileza y su resistencia
maravillosa: largos y pesados sufrimientos, una profesión inapropiada, ni
siquiera una terapéutica equivocada han podido dañarlo en lo esencial; por el
contrario, el año pasado se afirmó y gracias a él pude producir uno de los
libros más valientes, más elevados y más reflexivos que alguna vez hayan podido
nacer de un cerebro y de un corazón humano. Incluso si hubiera puesto fin a mis
días en Recoraro, hubiese muerto uno de los hombres más inflexibles y mas
circunspectos, y no un desesperado. Mis cefalalgias son muy difíciles de
diagnosticar, y en cuanto a los materiales científicos necesarios para eso, sé
que no importa de qué médico se trate. Sí, mi orgullo científico se ofende
cuando usted me propone nuevas curas y parece creer que yo “me abandono a la
enfermedad”. ¡Téngame confianza también en cuanto a esto! Hace sólo un año que
prosigo el tratamiento y si antes cometí faltas fue por haber cedido y
experimentado lo que otros me aconsejaban con apresuramiento. Así pasó con mis
estadías en Naumburg, en Narienbad, etcétera. Por otra parte, todo médico
comprensivo me dejó entrever que una cura se daría al cabo de muchos
años, y que ante todo me hace falta desembarazarme de las repercusiones graves
que resultaron de los falsos métodos con los que me trataron durante tan largo
período... En adelante seré mi propio medico y quiero que se diga, además, que
habré sido uno de los buenos -y no sólo para mí mismo. En cualquier caso, me
preparo todavía para muchos períodos dolorosos; no se impacienten, ¡se los
suplico de todo corazón! Eso es lo que me impacienta más que mis propios
sufrimientos, porque me prueba qué poca fe en mí mismo tienen mis parientes más
próximos.
Quien
observara secretamente el cuidado que pongo en mi cura, en condiciones
favorables a mi gran empeño, no dejaría de felicitarme
30 de julio, a Franz Ovebeck
Estoy asombrado, realmente maravillado. -Tengo un
predecesor ¡y que uno! Casi no conocía nada de Spinoza: el que yo lo buscara
precisamente ahora fue un “acto del instinto”. No sólo que su tendencia general
es igual a la mía -de convertir el conocimiento en el mas poderoso de los impulsos-
me identifico con cinco puntos principales de su doctrina: éste, el más
inaudito y más solitario de los pensadores es el más cercano a mí precisamente
en esas
cosas: niega el libre albedrío, las finalidades, el orden cósmico/ético, lo no
egoísta, lo malo [...] mi soledad es ahora al menos una soledad a dúo.
14 de agosto, en Sils-Maria, a Peter Gast:
[...]
El sol de agosto está sobre nosotros, el año corre,
un silencio más grande, una paz más grande recomienzan sobre las montañas y en
los bosques. En mi horizonte se levantan pensamientos que nunca había visto,
¡no los dejaré traslucir y me mantendré en el seno de una calma impasible! ¡Ah,
mi amigo, a veces me atraviesa la sensación de que después de todo vivo un vida
tan peligrosa porque soy de esa clase de maquinas que pueden
EXPLOTAR! La intensidad de lo que siento me da escalofríos y risa -ya
me pasó muchas veces no poder dejar la habitación, bajo el pretexto risible de
que mis ojos estaban inflamados, ¿de qué? El día anterior a cada una de esas
oportunidades, durante mis vagabundeos, lloraba demasiado, no lágrimas
sentimentales, sino de alegría: y en medio del llanto, cantaba y profería cosas
absurdas, colmado de una nueva visión que tuve antes que todos
los hombres.
A fin de cuentas -si no pusiera tanta fuerza en mí
mismo, si necesitara esperar la aprobación, el ánimo, el cosuelo de afuera,
¡dónde estaría! ¡Quién sería! Realmente hubo instantes y períodos enteros de mi
vida (por ejemplo el año 1878) en que hubiese sentido un asentimiento, un
apretón de manos en señal de aprobación como el mayor de los consuelos y
precisamente entonces, habiendo podido hacerme un bien, aquellos me
dejaron en manos de quien yo creía que podía confiar. En adelante, yo no espero
nada y sólo experimento con tristeza cierto estupor cuando pienso en las cartas
que ahora recibo -todo es ahí tan insignificante, nadie sintió nada por mí,
nadie tiene la menor idea acerca de mí-; lo que se me dice es respetable y
condescendiente, pero distante, distante, distante. Incluso nuestro querido Jacob
Burckhardt me escribe cartitas opacas y pusilánimes.
1882
Poco antes de mediados de septiembre, en Leipzig, a
Franz Overbeck:
[...]
Desgraciadamente mi hermana se ha convertido en una
amiga mortal de L[ou]; su indignación moral ha durado todo el tiempo. Ahora
pretende saber lo que significa mi filosofía. Ha escrito a mi madre que había
visto mi filosofía entrar en la vida de Tautemburg y que está asustada, yo
amo el mal, pero ella ama el bien. Si fuera católica entraría en un convento
“para expiar el daño que se producirá”. Resumiendo, tengo a “la virtud” de
Naumburg en contra: se ha producido una verdadera ruptura entre nosotros; y mi
madre fué tan lejos al pronunciar cierta palabra que hice mi maleta y a la
mañana siguiente, temprano, marché a Leipzig. Mi hermana (que no quería venir a
Naumburg en tanto yo estuviera allí y que aún está en Tautenburg) hizo un
comentario irónico sobre las cosas: “así empezó la caída de Zaratustra”. De
hecho es el inicio del comienzo. Esta carta es para ti y para tu querida
esposa, no me tomen por un misántropo. De todo corazón. Tu F. N.
Mediados de diciembre, a Lou von Salomé (borrador):
En lo que concierne al amigo R[ée], me paso lo mismo
siempre [desde Génova], no puedo asistir al lento hundimiento de una naturaleza
extraordinaria sin ponerme furioso ¡Esta falta de objetivos! ¡Y por ello mismo
este poco deseo por los medios, por el trabajo, esta carencia de aplicación e
incluso de exactitud cient[ífica] ¡Ese incesante despilfarro! ¡Si al menos
fuera un derroche por el placer de derrochar! Pero tiene todo el aspecto de la
mala conciencia. Veo por todas partes los defectos de la educación, un hombre
debe ser educado para ser soldado, en cualquier sentido. Y la mujer debe ser
educada para ser la mujer del soldado, en cualquier sentido.
20 de diciembre, a Lou y a Rée (borrador):
No se inquieten demasiado por los arrebatos de mis
delirios de grandeza o de mi vanidad herida: y si por casualidad yo mismo
alguna vez hubiera de quitarme la vida por dichos afectos, tampoco entonces
habría demasiado por lo que llorar. ¡Que les importa a ustedes, quiero decir a
usted y a Lou, mis fantasías! Consideren muy mucho entre ustedes que al fin y
al cabo soy ya un medio-inquilino de un manicomio, enfermo de la cabeza, a
quien la soledad ha desconcertado completamente. Por esto he llegado a la
comprensible razón de mi situación, después de haber tomado por desesperación
una increíble dosis de opio: en vez de haber perdido la razón parece que
finalmente me viene. Por lo demás he estado enfermo durante semanas: y si les
digo que durante 20 días el tiempo aquí ha sido como en Orta, mi estado les
parecerá más comprensible. Pido a Lou que me perdone todo -prometo- sólo
intentar hacer lo mismo: quizá tenga la ocasión de perdonarle también algo a ella.
1883
21 de abril, a Peter Gast:
Considere Usted que yo provengo de circulos donde
toda mi evolución se considera recriminable y se la recrimina; fue sólo una
consecuencia de que mi madre, el año pasado, me llamara “afrenta para la
familia” y “una vergüenza para la tumba de mi padre”. Mi hermana... me ha
declarado su franca enemistad hasta que emprenda el camino de vuelta y me
esfuerce “en llegar a ser una persona buena y auténtica”. Ambas me consideran
un “egoista, frío y duro de corazón”; también Lou antes de conocerme más cerca
tenía de mí la opinión de que era un carácter vulgar del todo y bajo, “siempre
dispusto a aprovecharme de los otros para mis fines”; Cosima ha hablado de mí
como de un espía que se introduce en la intimidad de otros y que, cuando la
tiene, hace de ella lo que quiere; Wagner es rico en malas ocurrencias; pero
¿qué dice Usted del hecho de que intercambiara cartas (incluso con mis medicos)
para manifestar su convicción de que mi cambio de modo de pensar se debía a vicios
perversos, suguiriendo la pederastia? Finalmente: sólo ahora, tras la
publicación del Zaratustra, llegará lo peor, dado que con mi “libro santo” he
desafiado a todas las religiones.
3 de septiembre, a Peter Gast:
Esta Engandina es el lugar de nacimiento de mi “Zaratustra”.
Acabo de encontrar el primer bosquejo de los pensamientos con los que se juega
en él: abajo está escrito: “Comienzos de agosto de 1881 en Sils-Maria, a
1884
2 de abril, a Franz Overbeck:
La maldita manía antisemita estropea todas mis
cuentas sobre independencia pecuniaria, discípulos, nuevas amistades,
prestigio; ella nos enemisto a R. Wagner y a mí, ella es la causa de la ruptura
radical
entre mi hermana y yo, etc., etc.,... He sabido aquí cuánto se me
reprocha en Viena un editor como el que tengo.
1887
12 de mayo, a Malwida von Meysenbug:
20 de mayo, a Peter Gast:
Paralelamente una carta sobre asuntos de dinero
concernientes a Paraguay: estoy lo suficientemente cuerdo como para tener el
mayor cuidado de no mezclarme en modo alguno en esa empresa antisemita.
1888
30 de octubre, en Turín, a Peter Gast:
Me acabo de mirar al espejo; nunca había visto
semejante aspecto. Un buen humor ejemplar, bien alimentado y diez años más
joven de lo permitido.. En mi trattoria consigo sin duda los
mejores bocados que hay: siempre se me indica lo que en ese momento está
especialmente logrado... Aquí el sol sale un día tras otro con la misma
implacable plenitud y claridad; la espléndida esbeltez del árbol en candente
amarillo, el cielo y el gran río de un tierno azul, el aire de la mayor pureza:
un Claude Lorrain como había soñado verlo... En todos los aspectos encuentro
esto digno de vivirse... Mi habitación, emplazamiento de primera en el centro,
sol desde tempranas horas hasta la tarde, vistas al pallazzo Carignano, a la piazza
Carlo Alberto y, más allá a las verdes montañas: 25 francos al mes con
servicio, incluida la limpieza de botas. En la trattoria pago por cada
comida 1 franco con 15 y añado, cosa que sin duda se toma como excepción otros
10 céntimos. A cambio obtengo una porción muy grande de minestra, bien sea seca,
o bien en bouillon...
30 de diciembre, a Peter Gast (borrador):
Entonces escribí a las cortes europeas, en una
arrogancia heroico-aristofánica, una proclama para aniquilar a la casa
Hohenzollern, esta raza de criminales e idiotas escarlata desde hace más de
cien años; para ello dispuse del trono de Francia, incluida Alsacia, declarando
emperador a Víctor Buonaparte, el hermano de nuestra Laetitia, y nombrando
embajador de mi corte a mi distinguido
Ms. Bourdeau [...]
1889
3 de enero, a Meta von Salis:
El mundo está radiante, pues Dios está sobre
3 de enero, a Cósima Wagner:
Se me cuenta que un cierto bufón divino de estos días ha terminado los
Ditirambos a Dionisos.
3 de enero, a Cósima Wagner:
A la
princesa Ariadna, mi amada. Es un prejuicio que yo sea un ser humano. Pero ya
he vivido entre los hombre y conozco todo lo que los hombre pueden
experimentar, desde lo más mínimo hasta lo más alto. Yo he sido entre los
indios Buda, en Grecia Dionisos, Alejandro y Cesar son mis encarnaciones, igual
que el poeta de Shakespeare, Lord Bacon. Por último fui además Voltaire y
Napoleón, quizás también Richard Wagner... Pero esta vez vengo como el
triunfante Dionisos, que hará de
3 de enero, a Cósima Wagner:
Este breve a la humanidad debes publicarlo tú, desde
Bayreuyth, con el rótulo
4 de enero, a Jacob Burckhardt:
A mi venerable Jacob Burckhardt. Esta es la pequeña
broma por la cual me perdono el aburrimiento de haber creado un mundo. Ahora es
usted -ere tú- nuestro grande, grandísimo maestro, puesto que yo junto con
Ariadna, sólo he de ser el dorado equilibrio de todas las cosas, por todas
partes tenemos seres que están por encima de nosotros... Dionisos.
5 de enero, a Jacob Burckhardt:
Querido señor catedrático. Al fin y al cabo
preferiría ser catedrático en Basilea que Dios, pero no me he atrevido a llevar
tan lejos mi egoísmo privado para desatender por su causa la creación del
mundo. Como usted sabe, de alguna manera hay que saber hacer sacrificios, en
cualquier lugar donde uno viva. Sin embargo reservé un pequeña habitación de
estudiante, situada frente al Palazzo Carignano (en el que nací
como Vittorio
Emanuel), que además me permite oír sentado a la mesa la soberbia
música ejecutada debajo, en
No tome con demasiada gravedad el caso Prado. Soy
Prado, soy el padre de Prado, me atrevo a decir que también soy Lesseps...:
Quería dar a los parisinos, que amo, una noción nueva -la de un criminal
honesto. Soy Chambige -otro criminal honesto.
Segunda farsa: saludo a los inmortales. El señor
Daudet está entre los cuarenta.
Astu
Lo que me desagrada y resulta incomodo para mi
modestia es que, en el fondo, cada nombre de la historia soy yo; incluso con
los hijos que traje al mundo, la situación es tal que me pregunto con cierta
desconfianza si todos los que entran el “reino de Dios” no vienen también de
Dios.
Este invierno, vestido de la forma más miserable,
asistí dos veces seguidas a mi propio entierro; la primera vez como el Conde
Robilant (no, éste es mi hijo, yo soy Carlos Alberto, infiel a mi naturaleza),
pero yo mismo era Antonelli. Querido catedrático, debiera ver este edificio;
como no tengo ninguna experiencia en las cosas que he creado, le corresponde a
usted ejercer cualquier tipo de crítica, [le] estaría agradecido, sin que pueda
prometer sacar de ella algún provecho. Nosotros los artistas no podemos ser instruidos.
Hoy me he regalado el espectáculo de una opereta -genialmente morisca, en esta
ocasión también constaté con placer que tanto Moscú como Roma son realidades
grandiosas. Vea que hasta el paisaje no carece de talento. Reflexione,
tendremos bellas, bellas charlas, Turín no está tan lejos, ningún deber
profesional serio se impone por el momento, nos tomaríamos un vaso de Veltiner.
El desaliño es la vestimenta de rigor:
Con todo afecto
Nietzsche
(P.S.)
Por todas partes me paseo vestido de estudiante, aquí y allá doy palmadas en la
espalda a cualquiera y le digo: ¿siamo contenti? son dio, ho fatto questa
caricatura...
Mañana vendrá mi hijo Umberto y la deliciosa Margherita, pero los recibiré de
la misma forma, en mangas de camisa.
El resto, para la señora Cósima... Ariadna... de vez en cuando hago algo de
magia.
Hice encadenar a Caifás: el año pasado también los médicos alemanes me
crucificaron con persistencia. Suprimidos Guillermo, Bismark y todos los antisemitas.
Puede usar como quiera esta carta, con tal de que no me rebaje en la estima de
los basilienses.






































