
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y ADAM MICKIEWICZ
"(…) la Historia
ha enseñado a los polacos lo que quiere decir no ser. Privados de
Estado, vivieron durante más de un siglo en el corredor de la muerte.
‘Polonia todavía no ha perecido’ es el primer y patético verso de su
himno nacional y, hace unos cincuenta años, Gombrowicz, en una carta a
Czeslaw Milosz, escribía una frase que no se le habría ocurrido a
ningún español: ‘Si dentro de cien años nuestra lengua todavía
existe’…(...)"
No pasaron cien, pero pasaron cincuenta años y la
lengua polaca todavía existe, una lengua que a mi modo de ver tiene
demasiadas consonantes. Esta demasía me hizo cometer un error
lamentable en un gombrowiczidas al que di en llamar "Gombrowicz, Milosz
y Witkiewicz", pues en vez de poner Witkiewicz puse Mitkiewicz.
Espero fervientemente que mi error no haya provocado ninguna confusión en los miembros del club de gombrowiczidas pues
en un caso estamos hablando de un macabro metafísico y en otro de un poeta profeta que es el tema de esta historia verdadera.
Adam
Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski son los tres poetas
profetas de Polonia, y a partir de estos guías espirituales de la
nación Gombrowicz empieza a recorrer un largo camino que culmina cuando
pronuncia su conferencia "Contra los Poetas", una de las piezas
literarias más analizadas por los hombres de letras hispanohablantes.
El espíritu romántico polaco cuyo campeón era Mickiewicz le dio bastantes dolores de cabeza a Gombrowicz.
La
grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es
una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor. La postura
romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el
aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién
aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera.
Mickiewicz,
no deja lugar a duda, es la postura romántica del aguante y el
sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo
somete y lo hace víctima de un mundo que los supera. Los polacos que
escribieron después de la guerra fueron culpables, según lo veía
Gombrowicz, de no haber sabido educar a la nación en una conducta más
natural y menos fantástica, pero los que habían escrito antes de la
guerra también fueron culpables.
En
la relación de los polacos con el mundo de antes de la guerra había
algo malo y alterado, si por su situación geográfica y por su historia
Polonia se veía condenada a estar eternamente desgarrada, entonces
había que cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad.
Los
artistas y los intelectuales polacos de antes de la guerra fueron
entonces también responsables de no ajustar las cuentas con ese pedazo
de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por
su situación especial en el mundo, de modo que la leyenda polaca del
romanticismo y del idealismo, de la que Mickiewicz era el campeón, se
extinguiera.
El
existencialismo, esto está claro, rechaza la actitud racional y fría y
se pone a favor de la exaltación de la pasión y hasta cierto punto del
romanticismo.
Hasta que el existencialismo apareció en el mundo
de manera más o menos definida, el pensamiento era un instrumento que
funcionaba hacia fuera con el propósito de dominar el mundo de las
cosas en el que nos movemos, pero desde el advenimiento de la nueva
manera de ver las cosas, el pensamiento se convirtió en un acto gracias
al actual el hombre se crea a sí mismo.
Los razonamientos abstractos
y objetivos son precedidos por una libre elección, primero elegimos el
mundo y después buscamos argumentos para justificar la elección. Esta
posición de la conciencia pone, de manera evidente, a la abstracción y
a la ciencia en la vereda de enfrente, y lo hace en nombre de una
verdad interior, de una verdad subjetiva.
Una
vez que Gombrowicz termina de poner en claro este aspecto del
existencialismo, se pregunta si en Polonia se puede manifestar con la
misma fuerza que en Europa Occidental la rebelión contra la ciencia.
Antes
de la guerra el país era romántico y le tenía desconfianza a la
ciencia. Mickiewicz les seguía enseñando a los polacos que el
sentimiento y la fe hablaban con más fuerza que la lupa y el ojo del
sabio.
La segunda guerra mundial le da una terrible paliza a ese
espíritu romántico, al país le empieza a resultar indispensable un
mayor grado de sensatez, es decir, de realismo, es entonces que le
sirven en el plato de la ciencia y de la política una teoría
presuntuosa que se jacta de ser un pensamiento racional, le sirven el
marxismo científico.
En el medio de un mundo de hombres paralizados
a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo
polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las
intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe
"Ferdydurke" con un propósito restringido, pero la obra se la va de las
manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la "Oda a
la juventud" de Adam Mickiewicz.
"A
medida que iba creciendo me volvía cada vez más peligroso. Mis
composiciones de polaco eran las mejores y eso me salvaba, en otras
materias era ignorante y holgazán. Un día, nuestro profesor Cieplinski
nos mandó escribir una redacción sobre Slowacki, uno de los tres poetas
profetas. Harto ya de tanto incienso dedicado al poeta profeta, decidí
para variar, fastidiarlo un poco (...) El profesor Cieplinski me puso
un cero y me amenazó con enviar el trabajo al ministerio. Yo le
pregunté por qué obligaba a los alumnos a ser hipócritas (...) En
"Ferdydurke" encontraréis una descripción de las clases de polaco y de
latín, así como del cuerpo de profesores, esas escenas delirantes
nacían entonces en mi cerebro, en el séptimo grado, mientras naufragaba
en las conferencias dulcemente conmovedoras del profesor Cieplinski
–por lo demás una buena persona– sobre nuestros poetas profetas o
cuando contemplaba con horror la figura maltrecha y grotesca de nuestro
profesor de latín"
En
un pasaje de "Ferdydurke" Gombrowicz se burla de la poesía y del
romanticismo polacos sacando a la superficie el verdadero espíritu de
unos versos que le escriben a la Colegiala.
"Los horizontes estallan
como botellas/ La mancha verde crece hacia el cielo/ Me traslado de
nuevo a la sombra de los pinos/ desde allí/ Tomo el último trago
insaciable/ De mi primavera cotidiana"
En la traducción de Pepe el poema pasaba de la versión romántica a la versión erótica.
"Los muslos, los muslos, los muslos/ Los muslos, los muslos, los muslos, los muslos/ El muslo/ Los muslos, los
muslos, los muslos"
"Transatlántico",
en cambio, es una ajuste de cuentas que hace Gombrowicz entre el
individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra
creado por las condiciones de su existencia histórica y por su
situación especial en el mundo.
El propósito de Gombrowicz es
reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente
al abrumador predominio de la masa. No hay obra, sin embargo, más cerca
del derrumbe que "Transatlántico". La literatura tiene paredes en las
que rebota como si fuera una pelota, contra el lenguaje y contra el
objeto. La guerra era el objeto de "Transatlántico" y tenía que hacerlo
desaparecer, Gombrowicz sabía que sólo podía aproximarse a la guerra a
través del mundo entero y de la naturaleza humana en sus aspectos más
fundamentales y no de la literatura.
"Esta obra nació en mí como un
‘Pan Tadeuz’ al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el
exilio hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía
nacional, supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la
nostalgia. En ‘Transatlántico’ quería oponerme a Mickiewicz"
Esta
presión contra la patria va creciendo hasta que Gombrowicz pronuncia la
blasfemia increíble del comienzo de "Transatlántico". Pasados diez años
de escritas estas páginas sacrílegas en las que maldice a Polonia, pone
en el diario que en ese barco, en "Transatlántico", había regresado a
su patria y se había convertido en un ciudadano. La patria, como a
Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación de su espíritu polaco. Y
la patria lo llama nuevamente cuando se va de la Argentina y lo
sorprende diciendo que no se había desnacionalizado, que seguía siendo
tan polaco como el primer día.
"Esta obra nació en mí como un ‘Pan
Tadeuz’ al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio
hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía nacional,
supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia.
En "Transatlántico" quería oponerme a Mickiewicz"
El
romanticismo, el idealismo, la guerra y la leyenda polacos le asomaban
la nariz debajo de cada página de "Transatlántico", así que se propuso
cortarles la cabeza con la risa. Reír resulta agradable porque nos
satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del
conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento
abstracto. Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de
comprender todas las variantes que presenta la realidad, es placentero
ver perder a la razón de vez en cuando, un dominio severo, perpetuo y
molesto.
La risa es un súbito descubrimiento del fracaso de una
instancia autoritaria que nos sojuzga. La facultad racional considerada
por encima de la facultad sensible queda en entredicho cuando la
intuición nos muestra una falla de la razón. La risa es el resultado
del poder que tenemos de liberarnos de lo que nos oprime despojándolo
de su autoridad, evidenciando sus formas ridículas y echándolo por
tierra.
"A casi nadie le gustan los versos y el mundo de la poesía en verso es un mundo ficticio y falseado"
Esta
es la tesis de la conferencia que dio Gombrowicz en la librería Fray
Mocho el 28 de agosto de 1947. Nos contaba que fue una reunión
tumultuosa, los poetas presentes se empezaron a alterar, reaccionaron
con insultos y un viejo poeta le revoleó su bastón. Las palabras que
pronunció resultaron tan elocuentes que Nowinski se decidió y lo empleó
en el Banco Polaco a fines de ese año en el que hacía su segundo debut
su obra más querida: "Ferdydurke". Gombrowicz dice en "Contra los
poetas" algo que ya le había manifestado a su profesor de polaco en el
liceo y que ya había escrito en "Ferdydurke", que los versos no le
gustaban en absoluto y que lo aburrían, una afirmación que va contra la
poesía en verso y no contra la poesía que aparece mezclada con otros
elementos más prosaicos, como en los dramas de Shakespeare, en la prosa
de Dostoyevski y en una corriente puesta de sol.
El
leguaje de los poetas es para Gombrowicz el menos interesante de todos
y la manera en que los poetas hablan de sí mismos y de su poesía es
ridícula y del peor estilo.
Como prueba de la falsedad de los
embelesos que algunas veces despierta el arte cuenta cómo después de
asegurarse el falso aplauso de un grupo de expertos presentes y
anunciar que iba a interpretar música moderna empezó a aporrear las
teclas del piano sin la menor idea de lo que estaba haciendo y, sin
embargo, tuvo éxito. Decide utilizar el método experimental
inspirándose en Bacon para sacar a la superficie las supercherías de
los vates y de los que se encantan con sus creaciones. Combina frases y
fragmentos de frases de un poeta construyendo de esa manera un poema
absurdo que lee a un grupo de fieles y despierta en ellos el
arrobamiento general. Los interroga también sobre algún detalle de
poemas verdaderos y constata que no los habían leído enteros.
De
estos experimentos saca la consecuencia de que el deleite que produce
la precisión matemática de la palabra poética no es verdadero. La misa
poética se desenvuelve entonces en un vacío total.
Se dedica a
continuación a analizar los materiales con los que se construye la
poesía versificada y descubre lo que da en llamar un exceso que cansa.
Un exceso de palabras poéticas, un exceso de metáforas, un exceso de
sublimación, un exceso de condensación y un exceso en la depuración de
todo elemento antipoético, de todo lo cual resultan unos versos que se
parecen a un producto químico. A lo largo de los siglos los poetas se
multiplicaron y su postura se volvió cada vez más rígida, dejaron de
cantar para las multitudes y empezaron a cantar para ellos mismos con
una vanidad constante de continuo perfeccionamiento de lo que surgió
una pirámide cuya cumbre alcanza los cielos.
Lo
que debió ser una elevación momentánea de la prosa se convirtió en una
profesión y hoy en día se es poeta de la misma manera que se es
ingeniero o médico.
Los poetas se han vuelto unos esclavos que no
pueden expresarse a sí mismos porque tienen que expresar el verso y
este estilo definido que se forma por eliminación es en el fondo un
empobrecimiento. No debemos permitir que una postura reduzca nuestras
posibilidades convirtiéndose en una mordaza, debemos de vez en cuando
interrumpir nuestra laboriosa creación de la belleza para comprobar si
lo que creamos nos expresa. Ningún poeta es exclusivamente poeta y en
cada uno de ellos vive un no poeta que no canta y a quien no le gusta
el canto puesto que el hombre es más vasto que el poeta. El estilo
surgido entre los adeptos a una misma religión muere en contacto con la
multitud de los infieles, es incapaz de defenderse y de luchar, es
incapaz de vivir una vida verdadera pues el arte debe formarse en
contacto con el enemigo.
La
impotencia ante la realidad caracteriza de manera contundente el estilo
y la postura de los poetas, pero el hombre que huye de la realidad no
encuentra apoyo en nada y se convierte en un juguete de los elementos.
La metáfora privada de cualquier freno se desencadenó hasta tal punto
que hoy en los versos no hay más que metáforas. Esta postura religiosa
también ha hecho estragos en la prosa, la eminencia y la grandeza de
obras como "Ulises" se realiza en el vacío, son libros que nos resultan
lejanos, inaccesibles y fríos puesto que fueron escritos con el
pensamiento puesto en el arte y no en el lector. Es una prosa nacida
del mismo espíritu que ilumina a los poetas y, por su esencia, es una
prosa poética.
"Yo voy a decir un poema. Si en cinco minutos nadie
propone otro tendrán que reconocer que soy el más grande poeta de
Buenos Aires (...)"
"Chip Chip me decía la chiva... Córdova
Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz
se declaró rey de los poetas. El marido de Wally Zenner, radical de
Forja, tembló de indignación y estuvo a punto de proceder"
"Contra
los poetas" es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la
irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su poesía
convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a ventilar todo el
problema de escribir versos. A parte de la alteración que se produjo en
el público presente y del bastonazo que le quiso pegar el viejo poeta,
se desató una batalla tremebunda en la prensa. Gombrowicz no podía
esperar que los signos de interrogación que le había puesto a la poesía
fueran a ser enriquecidos por los periodistas. Su razonamiento
antipoético merecía un análisis bien hecho, no se lo podía despachar en
cinco minutos con cuatro garabatos, su idea era nueva y estaba basada
en un sentimiento auténtico.






































