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LA HORMIGA ARGENTINA

Enviado por Corresponsal cinosargo el 09/12/2008 a las 16:05
Corresponsal cinosargo

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LA HORMIGA ARGENTINA
 
 Italo Calvino

 
 Cuando vinimos a instalarnos no sabíamos nada de las hormigas. Nos parecía que estaríamos bien, el cielo y el verde eran alegres, tal vez demasiado alegres para las preocupaciones que teníamos mi mujer y yo; ¿cómo podíamos imaginar la historia de las hormigas? Pensándolo bien, el tío Augusto quizá nos había dicho algo en alguna ocasión: «Allá, tendríais que ver, las hormigas... no como aquí, las hormigas...», pero era una divagación dentro de otro tema, una cosa dicha sin darle importancia, tal vez a propósito de las hormigas que habíamos visto mientras hablábamos, qué digo: ¿hormigas?, habríamos visto una hormiga perdida, una de esas hormigas nuestras, gordas (ahora me parecen gordas las hormigas de mi tierra), y de todos modos lo insinuado por el tío Augusto no modificaba en nada la descripción que nos estaba haciendo de esta región, donde la vida, por alguna circunstancia que él no sabía explicar bien, era más fácil, y la ganancia, si no segura, por lo menos probable, a juzgar por tantos, no por él, el tío Augusto, que se habían instalado allí.
 Por qué se había sentido bien, aquí, nuestro tío, empezamos a intuirlo desde la primera noche, al ver la claridad del aire después de la cena y comprender el placer de dar vueltas por aquellas calles para salir al campo, de sentarse en el pretil de un puente como vimos que hacían algunos, y todavía más cuando encontramos una fonda donde él solía ir, con un huerto atrás, y unos tipos viejos y de estatura escasa, como él, pero fanfarrones y vocingleros, que decían que habían sido amigos suyos, gentes sin oficio, como él, creo, jornaleros por horas, aunque uno dijo, tal vez por jactarse, que era relojero; y oímos que recordaban al tío Augusto por un sobrenombre, repetido por todos y seguido de carcajadas generales, y observamos la risa forzada de una mujer tampoco demasiado joven y un poco gorda, que estaba en el mostrador, con una blusa blanca calada. Y yo y mi mujer comprendimos cuánto debía contar todo eso para el tío Augusto, tener un sobrenombre, noches claras en que se bromeaba paseando por los puentes, y ver aquella blusa calada que aparecía viniendo de la cocina, salía al huerto, y al día siguiente unas horas descargando sacos para la fábrica de pastas y cómo allá, en nuestra tierra, él siempre añoraba esto.
 Todo lo que yo también hubiera podido apreciar, de haber sido joven y sin preocupaciones, o bien de estar instalado con toda la familia. Pero en nuestra situación, con el niño apenas curado, buscando trabajo, casi no podíamos darnos cuenta de esas cosas que le habían bastado al tío Augusto para declararse contento, y tal vez comprenderlo era ya una tristeza porque entre gentes alegres parecíamos todavía más infelices. Ciertos problemas a lo mejor insignificantes nos preocupaban como si aumentaran de pronto nuestras angustias (y no sabíamos nada de las hormigas en ese momento) y la señora Mauro con todas las recomendaciones que nos hacía al mostrarnos la casa aumentaba nuestra impresión de que nos internábamos en un mar borrascoso. Recuerdo su largo discurso sobre el contador del gas, y con qué atención lo escuchábamos:
 —Sí, señora Mauro... Tendremos cuidado, señora Mauro... Esperemos que no, señora Mauro... —tanto que ni siquiera hicimos caso cuando (pero ahora lo recordamos claramente) empezó a deslizar los ojos por la pared como si leyera y pasó la punta de los dedos y después los sacudió como si hubiese tocado agua, o arena, o polvo. Pero no pronunció la palabra «hormigas»» estamos seguros; tal vez porque era natural que allí hubiese hormigas, así como había paredes, un techo, pero a mi mujer y a mí nos quedó la impresión de que había querido ocultarlo hasta al final, y que todas sus frases y recomendaciones eran para tratar de dar importancia a otras cosas que taparan aquélla.
 Cuando la señora Mauro se marchó, entré los colchones y mi mujer no conseguía transportar la mesita de noche, y me llamaba, y después quiso empezar en seguida a limpiar la cocina económica y se arrodilló en el suelo, pero yo le dije:
 —A esta hora, ¿qué vas a hacer? Mañana veremos, ahora arreglémonos de cualquier manera para pasar la noche. —El niño lloriqueaba muerto de sueño, y antes que nada había que prepararle la cesta y acostarlo.
 En mi tierra, para los niños, usamos una canasta alargada, y la habíamos traído; la vaciamos de la ropa blanca con que la habíamos llenado y encontramos un buen sitio para apoyarla, una consola, en un lugar que no era ni húmedo ni demasiado alto, por si se caía. Nuestro hijo se durmió en seguida y los dos miramos la casa (una habitación dividida en dos por un tabique; cuatro paredes y un techo) que se iba llenando de nuestra presencia.
 —Sí, sí, de blanco, le daremos una mano de blanco —contesté a mi mujer mirando el cielo raso mientras la empujaba por un codo hacia afuera. Ella quería mirar bien otra vez el cuchitril del retrete, a la izquierda, pero yo tenía ganas de dar con ella una vuelta por el terreno; porque nuestra casa estaba en un terreno, dos grandes canteros o almacigos baldíos con un sendero en el medio, cubierto de un armazón de hierro, ahora desnudo, tal vez por haberse secado alguna planta trepadora, una calabaza o una vid.
 La señora Mauro tenía intención de darme ese terreno para que cultiváramos nuestro huerto, sin pedir ningún alquiler pues hacía tiempo que estaba abandonado; pero hoy no nos había hablado del tema y nosotros no dijimos nada porque ya teníamos demasiado en qué pensar. Andando así por el terreno, la primera noche queríamos convencernos de que habíamos llegado a tomar confianza y también, en cierto sentido, posesión del lugar; por lunera vez era posible la idea de una continuidad en nuestra vida, de noches que se sucedían cada vez menos angustiosas, en las que recorreríamos los almacigos. Estas cosas, naturalmente, no se las dije a mi mujer; pero estaba ansioso por ver si ella también las sentía, y en realidad me pareció que los pocos pasos que dimos tuvieron en ella el efecto que yo esperaba; ahora razonaba en voz baja, con largas pausas, y caminábamos del brazo sin que ella rechazara ese gesto propio de tiempos no tan pobres.
 Así llegamos al límite del terreno, y al otro lado del seto vimos al señor Reginaudo dando vueltas alrededor de su casa muy atareado con un pulverizador. Yo había conocido al señor Reginaudo unos meses atrás, cuando fui a ponerme de acuerdo con la señora Mauro sobre la casa. Nos acercamos para saludarlo y para que conociera a mi mujer.
 —Buenas noches, señor Reginaudo —le dije—, ¿se acuerda de mí?
 —Ah, sí que lo reconozco —dijo—. ¡Buenas noches! ¿Así que es vecino nuestro? —Era un señor bajo y gafudo, con pijama y sombrero de paja.
 —Eh, sí, somos vecinos, y entre vecinos...
 Mi mujer empezó a decir frases sonrientes e inconclusas, como suele hacerse por cortesía; hacía tiempo que no la oía hablar así; no es que me gustara, pero me ponía más contento que oírla quejarse.
 —¡Claudia —llamó nuestro vecino—, ven, son los nuevos inquilinos de la casa de los Laureri! —Nunca había oído llamar con ese nombre nuestra nueva casa (el nombre, lo supe después, de un antiguo propietario) y me sentí un poco como si me consideraran un extraño. Salió de la casa la señora Reginaudo, una mujerona, secándose las manos en el mandil; eran gentes sencillas y con nosotros fueron bastante cordiales.
 —-¿Y qué anda haciendo con ese vaporizador, señor Reginaudo? —le pregunté.
 —Eh... las hormigas... estas hormigas... —dijo, y se rió, como no dándole importancia.
 —Hormigas, ¿eh? —repitió mi mujer con ese tono neutro y cortés que empleaba con los extraños para fingir que prestaba atención a sus palabras; un tono que conmigo no empleó nunca, que yo recuerde, ni siquiera cuando apenas nos conocíamos.
 Nos despedimos de los vecinos con mucha ceremonia. Pero esto era también algo que no conseguíamos disfrutar de verdad: tener vecinos, y además, gente afable y cordial, y poder conversar así con amabilidad.
 En casa decidimos acostarnos en seguida.
 —¿Oyes? —dijo mi mujer; presté atención, se escuchaba todavía chirriar el vaporizador del señor Reginaudo. Mi mujer fue al fregadero a buscar un vaso de agua.
 —Tráeme también uno a mí —le dije mientras me quitaba la camisa.
 —¡Ah! —gritó—, ¡ven! —Había visto las hormigas en el grifo y la fila que bajaba por la pared.
 Encendimos la luz, una lamparita sola para las dos habitaciones, y las hormigas formaban una fila apretada que cruzaba la pared y llegaba al marco de la puerta y quién sabe de dónde venían. Nos quedaron las manos cubiertas y las teníamos abiertas delante de los ojos tratando de ver bien cómo eran esas hormigas, y girando continuamente las muñecas para que no bajaran por los brazos. Eran hormigas minúsculas e impalpables que se movían sin pausa como impulsadas por la misma picazón sutil que provocaban. Sólo entonces me vino a la memoria el nombre: las «hormigas argentinas», mejor aún: «la hormiga argentina», la llamaban así, seguramente ya había oído decir que éste era un lugar donde había «la hormiga argentina», y sólo ahora sabía cuál era la sensación que iba unida a esa expresión: ese cosquilleo molesto que se difundía en todas direcciones y que ni siquiera cerrando la mano en un puño o frotando una mano con otra se conseguía detener del todo, porque siempre quedaba alguna hormiga desbandada que corría por el brazo o por la ropa. Al aplastarlas, las hormigas se convertían en puntitos negros que caían como arena, y en los dedos quedaba aquel olorcito de hormiga, ácido y punzante.
 —Es la hormiga argentina, sabes... —le dije a mi mujer—, viene de América... —Había adoptado a pesar mío el tono de cuando quería enseñarle algo y me arrepentí en seguida porque sabía que ella no soportaba ese tono en mí y reaccionaba bruscamente, tal vez porque creía que lo adoptaba cuando no estaba demasiado seguro de mí mismo.
 En cambio me dio casi la impresión de que no me había oído: presa de la furia de destruir o dispersar la fila de hormigas en la pared, pasaba la mano de canto y lo único que conseguía es que se le subieran y se desparramaran otras alrededor, y entonces ponía la mano bajo el grifo, y trataba de salpicarlas con el chorro, pero las hormigas seguían andando sobre la superficie húmeda y ni siquiera mojándose las manos conseguía despegárselas.
 —¡Ahora tenemos las hormigas en casa! —repetía—. ¡Así que ya estaban y no las habíamos visto! —como si de haberlas visto antes las cosas hubieran cambiado mucho.
 Le dije:
 —¡Vamos, vamos, por dos miserables hormigas! ¡Ahora vayamos a dormir y mañana veremos! —Y me pareció bien añadir—: ¡Vamos, vamos, por dos hormigas argentinas! —porque llamándolas por el nombre preciso que se les daba en el lugar, quería dar la impresión de que eran algo ya sucedido y en cierto sentido natural.
 Pero el aire de distensión de mi mujer mientras recorríamos el terreno había desaparecido: ahora desconfiaba de todo y tenía la cara tensa como de costumbre. Y el irnos a dormir por primera vez en la casa nueva no fue como yo lo había esperado: para consolarnos no teníamos el alivio de empezar otra vida sino la rutina de seguir adelante con nuevos inconvenientes. «Todo por dos miserables hormigas», era lo que yo pensaba; es decir, lo que pensaba que pensaba, pero tal vez también para mí era completamente diferente.
 La fatiga era más fuerte que la agitación y dormimos. Pero en plena noche el niño empezó a llorar, y los dos, sin salir de la cama (esperando siempre que en cierto momento se calmara y volviera a dormirse, cosa que en realidad no sucedía nunca), nos preguntábamos: «¿Qué tendrá? ¿Qué tendrá?». Desde que se había curado no lloraba por la noche.
 —¡Tiene hormigas! —gritó mi mujer que se había levantado para mecerlo.
 Salté yo también de la cama, volcamos la cesta, lo desnudamos y para poder quitarle las hormigas, medio ciegos de sueño como estábamos, había que ponerlo debajo de la lamparita, en plena corriente de aire que venía de la puerta, y mi mujer decía:
 —Ahora se resfría —y darle vueltas, con aquella piel que enrojecía apenas se la rozaba, daba pena. Una hilera de hormigas avanzaba por la consola. Miramos las sabanitas hasta que no quedó ni una y decíamos: «¿Dónde lo ponemos ahora a dormir?». En nuestra cama, donde estábamos tan apretados, lo aplastaríamos. Miré bien la cómoda, las hormigas no habían llegado; la separé de la pared, abrí un cajón y lo preparé para que el niño pudiera dormir. Cuando lo acostamos ya estaba dormido. No teníamos más que tumbarnos en la cama y reanudaríamos el sueño en seguida, pero mi mujer quiso mirar las provisiones.
 —¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Dios mío! ¡Está lleno! ¡Negro de hormigas! ¡Auxilio!
 ¿Qué se podía hacer? La tomé de los hombros:
 —Ven, lo pensaremos mañana, ahora no se ve nada, mañana lo arreglamos todo, ponemos todo en orden, ven a dormir.
 —¿Y las provisiones? ¡Se echarán a perder!
 —¡Al diablo con ellas! ¿Qué quieres hacer ahora? Mañana destruimos el hormiguero, cálmate.
 Pero en la cama no conseguíamos tranquilizarnos, con la idea de aquellos bichos en todas partes, en los comestibles, en la vajilla, tal vez estaban subiendo otra vez desde el pavimento por las patas de la cómoda para llegar hasta el niño...
 Nos dormimos cuando cantaban los gallos; y no pasó mucho rato antes de que empezáramos a movernos y a rascarnos porque teníamos la impresión de que había hormigas en la cama; tal vez habían subido, tal vez nos habían quedado encima después de la gran operación de la noche. Y así ni siquiera las primeras horas de la mañana fueron reparadoras, y nos levantamos temprano apremiados por la idea de las cosas que teníamos que hacer y también por la mortificación de tener que empezar en seguida a luchar con aquel angustioso, imperceptible enemigo que se había adueñado de nuestra casa.
 Lo primero para mi mujer fue ocuparse del niño: ver si aquellos bichos lo habían mordido (por suerte no parecía), vestirlo, darle de comer, todo esto moviéndose en la casa invadida de hormigas. Yo sabía el esfuerzo que debía hacer para no lanzar un grito cada vez que veía, en las tazas que habían quedado en el fregadero, por ejemplo, las hormigas alrededor del borde, y en el babero del niño, y en la fruta. Pero no pudo por menos que gritar, al destapar la leche:
 —¡Está negra! —Había un velo de hormigas ahogadas o nadando.
 —Es sólo la superficie —dije—, se quita con una cucharita. —Pero nos pareció que el sabor había quedado y no la bebimos.
 Yo seguía las filas de hormigas por las paredes para ver de dónde venían. Mi mujer se peinaba y se vestía con pequeños estallidos de cólera que reprimía en seguida.
 —¡No podemos poner los muebles en su sitio mientras no hayamos terminado con las hormigas! —decía.
 —Calma. Ya verás que todo se arregla. Ahora voy a ver al señor Reginaudo que tiene esos polvos y le pido un poco. Lo ponemos en la boca del hormiguero, ya he visto dónde está, y en seguida acabamos con ellas. Pero esperemos hasta un poco más tarde porque a esta hora en casa de la familia Reginaudo podríamos molestar.
 Mi mujer se calmó un poco, pero yo no: que había visto la boca del hormiguero se lo había dicho para consolarla, pero cuanto más miraba más descubría las muchas direcciones en que las hormigas iban y venían, y cómo nuestra casa, en apariencia lisa y homogénea como un dado, era en cambio porosa y estaba toda surcada de fisuras y grietas.
 Para darme ánimo me detuve en el umbral a mirar las plantas que con el sol que en ese momento las bañaba y el rastrojo que infestaba el terreno me pareció alegre, porque daba ganas de ponerse a trabajar: limpiar todo de verdad, zapar y comenzar a sembrar y a transplantar.
 —Ven —dije a mi hijo—, que aquí te vas a enmohecer —lo tomé en brazos y salí al «jardín», más aún, por el placer de iniciar la costumbre de llamar así aquel trozo de tierra, dije a mi mujer—: Salgo un momento con el niño al jardín —y me corregí—: A nuestro jardín —que era más posesivo y familiar.
 El niño estaba contento al sol, y yo le decía:
 —Este es un algarrobo, éste es un árbol de caquis —y lo levantaba hasta las ramas—: Ahora papá te enseña a treparte.
 Se echó a llorar.
 —¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? —pero vi las hormigas; el árbol gomoso estaba enteramente cubierto.
 Aparté al niño en seguida.
 —Uh, cuántas hormiguitas... —le decía, pero estaba preocupado.
 Seguí las filas de hormigas por el tronco, me di cuenta de que aquel bullir silencioso y casi invisible seguía en el suelo, en todas direcciones, entre los hierbajos. Pensé: ¿cómo haremos para sacar las hormigas de casa? Sobre aquel pedazo de tierra —que ayer me había parecido tan pequeño, pero que ahora, viéndolo en relación con las hormigas, lo encontraba grandísimo— se extendía un velo ininterrumpido de insectos que brotaban de miles de hormigueros subterráneos y se alimentaban de la naturaleza pegajosa, dulzona del suelo y de la vegetación baja; y donde quiera que mirase —aunque a primera vista no viese nada y eso ya fuera un alivio—, aguzando la mirada veía acercarse una hormiga y descubría que formaba parte de un largo cortejo y que se encontraba con otras, llevando a menudo briznas o minúsculos fragmentos de materia pero siempre más grandes que ellas, y en ciertos lugares donde —pensé— se había agrumado el jugo de alguna planta o el resto de algún animal, había una corona de hormigas aglomeradas, casi pegadas como la costra de una pequeña herida.
 Volví junto a mi mujer con el niño al cuello, casi corriendo sintiendo las hormigas que me subían por mis pies. Y ella:
 —Ya has hecho llorar al niño ¿qué le pasa?
 —Nada, nada —contesté en seguida—, vio dos hormigas en un árbol, y está todavía bajo la impresión de anoche y le parece que siente la picazón.
 —¡Oh, qué cruz, era lo único que faltaba! —exclamó mi mujer. Iba siguiendo una fila de hormigas en la pared y trataba de matarlas aplastándolas una por una con los dedos.
 Yo continuaba viendo los millones de hormigas que nos rodeaban en aquel terreno que ahora parecía interminable, y arremetí contra ella:
 —¿Qué haces? ¿Estás loca? ¡Esto no sirve de nada!
 Mi mujer estalló con rabia:
 —¡Pero el tío Augusto! ¡El tío Augusto que no nos dijo nada! ¡Y nosotros como dos estúpidos! ¡Hacerle caso a ese mentiroso!
 Pero, ¿qué hubiera podido decir el tío Augusto? La palabra «hormigas» para nosotros, en aquel momento, no podía expresar la angustia que sentíamos frente a esta situación. Si nos hubiera hablado de hormigas como tal vez —no puedo excluirlo— lo había hecho alguna vez, hubiésemos pensado que nos encontraríamos con un enemigo concreto, medible, con un cuerpo, un peso. En realidad, si ahora trataba de recordar las hormigas de los lugares de donde veníamos, las veía como bichos respetables, criaturas de esas que se pueden tocar, apartar, como los gatos, los conejos. Aquí nos enfrentábamos con un enemigo como la niebla o la arena, contra el cual no hay fuerza que valga.
 Nuestro vecino, el señor Reginaudo, estaba en la cocina trasvasando un líquido con un embudo. Yo lo había llamado desde afuera y después me acerqué a la puerta ventana de la cocina jadeando.
 —¡Ah, nuestro vecino! —exclamó Reginaudo—, ¡pase, señor, pase! ¡Disculpe, yo siempre con estos mejunjes! ¡Claudia, una silla para nuestro vecino!
 Sin perder tiempo:
 —He venido, disculpe la molestia, pero vi que tenía usted de esos polvos, sabe, nosotros toda la noche, las hormigas...
 —Ja, ja, ja! ¡Las hormigas! —dijo entre carcajadas la señora Reginaudo al entrar, y el marido, con un pequeño retraso, me pareció, pero con una impetuosidad más ruidosa, le hizo eco:
 —¡Ja, ja, ja! ¡Ellos también, las hormigas! ¡Ah, ah, ah!
 A pesar mío intenté una modesta sonrisa, como obligado por la comicidad de mi situación, pero sin poder hacer nada, cosa que justamente correspondía a la verdad, tanto que había ido a verlo para pedirle ayuda.
 —¡A quién se lo dice, las hormigas, estimado vecino! —exclamaba alzando las manos el señor Reginaudo.
 —¡A quién se lo dice, señor, a quién se lo dice! —repetía como un eco su mujer llevándose las manos juntas al pecho, pero siempre, como el marido, riendo.
 —Bueno... me pareció... ¿no tendrían ustedes un remedio? —pregunté, y el temblor de mi voz podía quizá tomarse por ganas de reír y no por la desesperación que iba invadiéndome.
 —¡Un remedio, ja, ja, ja! —reían a más no poder los Reginaudo—. ¿Si tenemos un remedio? ¡Veinte, cien remedios tenemos! ¡Y cada uno, ja, ja, ja, mejor que el otro!
 Me habían llevado a otra habitación, donde había sobre los muebles decenas de cajas de cartón y de latas con etiquetas chillonas.
 —¿Quiere el Profosfán? ¿Quiere el Mirminec? ¿O el Tiobroflit? ¿El Arsopán en polvo o mezclado? —Y se pasaban de mano en mano pulverizadores de émbolo, brochas, fuelles, levantaban nubes de polvos amarillentos y de gotitas minúsculas, y una mescolanza de olores de farmacia y de cooperativa agraria, siempre riendo a carcajadas.
 —¿Y hay algo que realmente sirva? —pregunté.
 Dejaron de reír.
 —No, nada —contestaron.
 El señor Reginaudo me palmeó el hombro, la señora abrió las persianas y entró el sol. Después me hicieron visitar la casa.
 El señor Reginaudo llevaba unos pantalones de pijama de rayas rosadas atado a la pequeña barriga obesa, una camiseta y el sombrero de paja en la cabeza calva. Ella usaba una bata desteñida que descubría de vez en cuando los tirantes de la combinación; el pelo que encuadraba la ancha cara roja era rubio, como estopa y mal rizado. Los dos eran ruidosos y expansivos; cada rincón de la casa tenía una historia, y me la contaban robándose las frases el uno al otro y haciendo gestos, lanzando exclamaciones, como si cada episodio fuera una comedia irresistible. En cierto sitio habían aplicado Arfanax al dos por mil y las hormigas se habían alejado durante dos días, pero al tercero volvieron, y entonces él había concentrado la solución al diez por mil, pero las hormigas en vez de pasar por allí daban la vuelta por la cornisa; en otro sitio habían aislado una esquina con polvos de Crisotán, pero el viento los barría y se necesitaban tres kilos por día; en un peldaño habían probado el Petrocid que al parecer las mataba de inmediato y en cambio sólo las dormía; en un rincón habían aplicado el Formikill y las hormigas seguían pasando, pero por la mañana habían encontrado un ratón envenenado, en un punto donde él había aplicado el Zimofosf, líquido que constituía una barrera segura, su mujer había echado encima el Italmac en polvo que servía de antídoto y había anulado el efecto.
 Nuestros vecinos usaban la casa y el jardín como un campo de batalla, y su pasión era trazar líneas más allá de las cuales las hormigas no debían pasar, y descubrir las nuevas vueltas que daban, y probar nuevas mescolanzas y nuevos polvos, cada uno vinculado en el recuerdo con episodios que ya habían sucedido, con combinaciones cómicas, de modo que les bastaba pronunciar un nombre: «¡Arsepit!» «¡Mirxidol!» para echarse a reír, lanzando guiños y frases alusivas. Parecería que hubieran renunciado a matar las hormigas —si alguna vez lo habían intentado—, dado que las tentativas eran inútiles: sólo trataban de cerrarles algunos pasos, de desviarlas, asustarlas o vigilarlas: lo que hacían era preparar cada día un nuevo laberinto, dibujado con sustancias diferentes, un juego en el que las hormigas eran un elemento necesario.
 —Con estos bichos no hay nada que hacer, no hay nada que hacer —decían—, a menos de imitar al capitán...
 »Eh, sí, nosotros gastamos mucho —decían— en estos insecticidas... El del capitán, claro, es un sistema más económico...
 »Naturalmente, no podemos decir que hayamos vencido a la hormiga argentina —dijeron—, pero ¿usted cree que el capitán está en la buena vía? Tengo mis dudas...
 —Discúlpeme, pero ¿quién es el capitán? —pregunté.
 —El capitán Brauni, ¿no lo conoce? ¡Ah, usted apenas ha llegado ayer! Es nuestro vecino de la derecha, allí, en esa casita blanca... Es un inventor... —y se echaron a reír—, ha inventado un sistema para exterminar la hormiga argentina... Qué digo, muchos sistemas. Y los perfecciona continuamente. Vaya a verlo.
 Rollizos y socarrones, en aquellos pocos metros cuadrados del pequeño jardín todo embadurnado de estrías y chorreaduras de líquidos oscuros, empolvado de harinas verdosas, atestado de pulverizadores, azufradores, recipientes de cemento donde se desleían preparados color índigo, y en los desordenados arriates algún rosal cubierto de insecticida desde la punta de las hojas hasta la raíz, los esposos Reginaudo alzaban los ojos al cielo límpido, satisfechos y divertidos. Hablando con ellos, como quiera que fuese, me había reanimado un poco: en el fondo, no es que las hormigas fueran algo divertido, como ellos daban a entender, pero tampoco eran una cosa tan grave como para desanimarse.
 «¡Ah, las hormigas!», pensaba yo ahora. «¿Pero qué hormigas? ¿Y qué mal nos hacen unas cuantas hormigas?»
 Iría a decirle a mi mujer, tomándole un poco el pelo: «Qué les habrás visto a esas hormigas...».
 Preparaba mentalmente un discurso en este tono mientras cruzaba nuestro trozo de tierra con los brazos cargados de las cajas y latas que me habían dado los vecinos para que probara elegidas, conforme a mis deseos, entre las que no contenían sustancias nocivas para el niño, que se metía todo en la boca. Pero cuando vi, fuera de la casa, con el niño al cuello, a mi mujer, los ojos vidriosos y las mejillas hundidas, y comprendí la batalla que había librado y su descubrimiento de la cantidad infinita de hormigas que nos rodeaban, y que se daba por vencida, se me pasaron las ganas de sonreír y de bromear.
 —Al fin has vuelto... —me dijo, y su dulzura me impresionó aún más dolorosamente que el tono colérico que me esperaba—. Yo ya no sabía... si vieras... no sabía cómo...
 —Está bien, ahora probemos con esto —le dije—, y con esto, y también con esto... —y disponía mis latas en una repisa que había delante de la casa, y empecé a explicarle en seguida cómo se usaban, muy deprisa, casi como si tuviera miedo de ver encenderse en sus ojos demasiadas esperanzas porque no quería ni ilusionarla ni desilusionarla. Ahora tenía otra idea en la cabeza: quería ir a ver en seguida a ese capitán Brauni.
 —No te preocupes; vuelvo en seguida.
 —¿Te vas otra vez? ¿Adonde vas?
 —A ver a otro vecino. Tiene un sistema. Voy a ver.
 Y corrí hacia la alambrada cubierta de una enredadera espesa que limitaba a la derecha nuestro terreno. El sol estaba oculto por una nube. Me asomé por encima de la alambrada y vi la casita blanca rodeada de un jardín pequeño, ordenado, con caminitos de pedregullo gris que circundaban unos canteros redondos con un borde bajo de hierro forjado pintado de verde como en los jardines públicos, y en medio de cada cantero, un arbolito negro de mandarina o de limón.
 Todo estaba silencioso, sombreado e inmóvil. Iba ya a alejarme indeciso cuando vi asomarse desde un seto bien podado una cabeza, cubierta por un sombrero de playa de tela blanca, deformado, con el ala gacha terminada en un borde ondulado, sobre un par de gafas con montura de acero, una nariz cartilaginosa y más abajo una sonrisa cortante, relampagueante de dientes falsos, también de acero. Era un hombre flaco y seco, con jersey, los pantalones sujetos en los tobillos por anillas de las que se llevan para ir en bicicleta, y calzado con sandalias. Se acercó a observar el tronco de uno de los mandarinos, silencioso y circunspecto, sin abandonar su sonrisa tensa. Asomado por encima de la enredadera, dije:
 —Buenos días, capitán. —El hombre alzó la cabeza de repente; ya no sonreía, su mirada era fría—. Disculpe, usted es el capitán Brauni, ¿verdad? —le pregunté.
 El hombre asintió:
 —Yo soy el nuevo vecino, sabe, alquilo la casa de los Laureri... Venía a molestarlo un momento porque he oído hablar del sistema...
 El capitán levantó un dedo, me hizo señas de que me acercara; saltando por un lugar donde la alambrada había cedido, pasé al otro lado. El capitán seguía con el dedo en alto y con la otra mano señalaba el punto que estaba observando. Vi que del árbol sobresalía un corto alambre perpendicular al tronco. El alambre sostenía en la punta un pedazo —así me pareció— de espina de pescado y en la mitad se doblaba en ángulo agudo hacia abajo. Por el tronco y por el alambre iban y venían las hormigas. Debajo del vértice del alambre colgaba un pote como los de extracto de carne.
 —Las hormigas —explicó el capitán—, atraídas por el olor de pescado, recorren el pedazo de alambre; como usted ve avanzan y retroceden sin dificultad y no hay riesgo de que tropiecen. Pero hay un pasaje en V que es peligroso; cuando una hormiga que va y otra que vuelve se encuentran en el vértice de la V, se detienen, y entonces el olor del petróleo contenido en este pote las marea, tratan de seguir su camino pero chocan, caen y mueren en el petróleo. Tic, tic.
 Este «tic, tic» había acompañado la caída de dos hormigas.
 —Tic, tic, tic, tic —seguía diciendo el capitán, con aquella inmóvil sonrisa de acero, y cada «tic» acompañaba la caída de una hormiga en el pote, donde sobre dos dedos de petróleo flotaba un velo negro de cuerpos de insectos informes y agrumados—. Un promedio de cuarenta hormigas muertas por minuto —dijo el capitán Brauni—, dos mil cuatrocientas por hora. Naturalmente el petróleo tiene que estar limpio, si no las muertas lo cubren y las que caen después pueden salvarse.
 Yo era incapaz de despegar los ojos de aquel débil, discontinuo pero constante goteo: muchas hormigas superaban el punto peligroso y volvían arrastrando con las mandíbulas fragmentos de espina pero siempre había alguna que se detenía en aquel lugar, chocaba con las antenas y caía. El capitán Brauni, la mirada fija detrás de los lentes, no perdía el más mínimo movimiento de los insectos, y a cada caída se sacudía con un leve e incontenible estremecimiento, y las comisuras tensas de su boca casi sin labios palpitaban. Muchas veces no podía dejar de meter las manos, ya para corregir el ángulo del alambre, ya para sacudir el petróleo del pote, para juntar las hormigas muertas alrededor de las paredes del recipiente, o para dar al mecanismo una pequeña sacudida que acelerase la caída de las víctimas. Pero este último gesto debía parecerle casi una infracción de las normas, porque en seguida retiraba la mano y me miraba como si tuviera que justificarse.
 —Este es un modelo más perfeccionado —dijo llevándome a otro árbol del que sobresalía un alambre provisto, en el vértice de la V, de una cerda con un nudo; las hormigas creían salvarse en la cerda, pero el olor del petróleo y la imprevista exigüidad del soporte las confundían, al punto de que, al no tener escapatoria posible, se caían en el pote.
 El expediente de la cerda o de la crin de caballo se aplicaba a muchas otras trampas que el capitán me mostraba: el alambre grueso terminaba en una delgada crin y las hormigas, desorientadas por el cambio, perdían el equilibrio; y hasta había armado una trampa a cuyo cebo se llegaba por un pasaje falso, constituido por una crin dividida en dos que bajo el peso de la hormiga se abría por el medio y la dejaba caer en el petróleo. En aquel jardín silencioso y ordenado, en cada árbol, en cada tubería, en cada balaustre estaban instalados con precisión metódica los soportes de alambre, con su escudilla de petróleo debajo; y los rosales bien podados, las espalderas de las enredaderas parecían sólo un cuidadoso camuflaje en aquel desfile de suplicios.
 —¡Aglaura! —gritó el capitán, acercándose a la puerta de servicio, y me dijo—: Ahora le mostraré la caza de los últimos días.
 Por la puerta salió una mujer seca y pálida, alta y flaca, de ojos asustados y malévolos, con un pañuelo en la cabeza anudado sobre la frente.
 —Muéstrale los sacos a nuestro vecino —dijo Brauni, e intruí que debía de ser no una criada, sino la mujer del capitán, y la saludé con un gesto de la cabeza y un murmullo, pero ella no me contestó. Entró y volvió a salir arrastrando por el suelo un saco pesado, con los brazos puro tendón que demostraban una fuerza superior a la que le atribuí a primera vista. Por la puerta entreabierta se veía dentro de la casa un montón de sacos semejantes a aquél; la mujer, siempre sin decir nada, había desaparecido.
 El capitán ahuecó la boca del saco dentro del cual parecía haber tierra o abono químico, pero metió el brazo y sacó un puñado como de borra de café y la dejó caer en la otra mano; eran hormigas muertas, una arena suave, de un negro rojizo, formado de hormigas muertas todas encogidas, reducidas a granitos en los que no se distinguían ya ni la cabeza ni las patas. Despedían ese olor ácido, punzante. En la casa había quintales, una pirámide de sacos como aquél, llenos.
 —Es formidable... —dije—, así acabará con todas.
 —No —dijo tranquilamente el capitán—, matar hormigas obreras no sirve de nada. Hay por todas partes hormigueros con reinas que engendran millones de hormigas.
 —¿Y entonces?
 Me puse en cuclillas junto al saco; él se había sentado un peldaño más abajo, y para hablarme alzaba la cara; la informe ala del sombrero blanco le cubría toda la frente y parte de las gafas redondas.
 —A las reinas hay que matarlas de hambre. Si se reduce al mínimo el número de las obreras que aprovisionan el hormiguero, las reinas se quedarán sin alimento. Y le digo que un día veremos salir a las reinas del hormiguero en pleno verano y arrastrarse por sus propias patas en busca de comida... Entonces será el fin para todas...
 Cerró con furia la boca del saco y se levantó. Yo también me puse de pie.
 —En cambio hay quien cree que soluciona algo ahuyentándolas —y lanzó una ojeada hacia la casa de los Reginaudo descubriendo los dientes de acero en una risa sarcástica— ...y hay quien prefiere engordarlas... Es otro sistema, ¿no?
 Yo no había entendido la segunda alusión.
 —¿Quién? —pregunté—. ¿Por qué las quieren engordar?
 —¿No ha ido a verle el hombre de la hormiga?
 ¿De qué hombre hablaba?
 —No sé —dije—, no creo...
 —Irá a verle, puede estar tranquilo. Por lo general pasa los jueves, si no ha venido esta mañana vendrá por la tarde. ¡A dar un reconstituyente a las hormigas, ja, ja!
 Sonreía para complacerlo, pero no tenía ganas de seguir nuevas pistas. Justamente porque había ido a verle a propósito, dije:
 —Claro que un sistema mejor que el suyo es imposible... ¿le parece que podría probarlo en mi casa?...
 —Tiene que decirme qué modelo prefiere —dijo Brauni y me llevó por el jardín para mostrarme otros inventos que yo no conocía todavía. No conseguía acostumbrarme a la idea de que para realizar una operación tan sencilla como aplastar una hormiga, hubiera que desplegar tanto arte y constancia pero comprendía que lo importante era hacerlo con método, sin interrupción, y eso me desalentaba porque me parecía que nadie podría igualar el terrible encarnizamiento de nuestro vecino.
 —Quizás a nosotros nos vendría mejor alguno de los modelos más sencillos —dije, y Brauni resopló por la nariz, no sé si en señal de aprobación o de lástima por la modestia de mis ambiciones.
 —Lo pensaré un poco —dijo—, le haré algunos esbozos.
 No me quedaba más que darle las gracias y despedirme. Volví a saltar el seto; me parecía increíble no oír el crujido del pedregullo bajo los pies; mi casa, aun infestada como estaba, la sentía por primera vez mía de verdad, un lugar al que uno vuelve diciendo: por fin.
 En casa el niño había comido insecticidas y mi mujer estaba desesperada.
 —¡No tengas miedo, no son venenosos! —le dije en seguida.
 Venenosos no, pero tampoco era bueno comerlos: nuestro hijo gritaba de dolor. Hubo que hacerlo vomitar, vomitó en la cocina que se llenó de nuevo de hormigas, y mi mujer acababa de limpiarla. Limpiamos el suelo, calmamos al niño, lo pusimos a dormir en la cesta que aislamos bien rodeándola de franjas de polvo insecticida, y cubriéndola con un mosquitero sujeto alrededor para que al despertarse no se levantara a comer otras porquerías.
 Mi mujer había hecho la compra, pero no había conseguido salvar el cesto de las hormigas, y entonces hubo que lavar primero cada cosa, incluso las sardinas en aceite, el queso y sacar una por una las hormigas pegadas. Yo la ayudé, corté la leña, puse en funcionamiento la cocina económica, el tiro de la chimenea, y ella limpiaba la verdura. Pero no había manera de estar quietos en un iugar; a cada instante ella o yo saltábamos y «¡Ay, que me pica!» teníamos que rascarnos y quitarnos las hormigas o meter los brazos y las piernas debajo del grifo. No sabíamos dónde poner la mesa: dentro de la casa atraeríamos otras hormigas, afuera nos cubrirían en seguida. Comimos de pie, moviéndonos, y todo sabía a hormiga, en parte por las que habían quedado en los alimentos, en parte porque teníamos las manos impregnadas de aquel olor.
 Después de comer di una vuelta por el terreno fumando un cigarrillo. De la casa de los Riginaudo llegaba un tintineo de cubiertos: me asomé y los vi todavía sentados a la mesa, debajo de una sombrilla, lustrosos y tranquilos, con servilletas a cuadros anudadas al cuello, saboreando un budín de crema y vasitos de un vinillo claro. Les deseé buen provecho y me convidaron. Pero yo veía alrededor de la mesa los sacos y los bidones de insecticidas, y todo cubierto de velos de polvos amarillos o blancuzcos y de estrías bituminosas, y me llegaban a las narices sólo aquellos olores de sustancias químicas. Dije que les agradecía pero que no me sentía con apetito, y era cierto. La radio de los Reginaudo sonaba, baja, y ellos canturreaban en falsete fingiendo un brindis.
 Desde la escalerilla a la que me había subido para saludarlos veía también una parte del jardín de Brauni; el capitán habría terminado ya de comer: salía de la casa con el platillo y la taza de café, bebiendo a sorbos, y echaba ojeadas en torno, seguramente para ver si sus numerosos tormentos funcionaban y si la agonía de las hormigas continuaba con la habitual regularidad. Colgada entre dos árboles vi una hamaca blanca y comprendí que la ocupaba la huesuda y desagradable señora Aglaura, pero sólo le veía una muñeca y la mano que agitaba un abanico de varillas. Las cuerdas de la hamaca colgaban de un sistema de extrañas anillas, que sin duda constituían en cierto modo una defensa contra las hormigas o tal vez la hamaca no era sino una nueva trampa para hormigas y la mujer del capitán servía de cebo.
 No quise hablar con los Reginaudo de mi visita a la casa de los Brauni, porque ya sabía que la comentarían con la suficiencia irónica que era habitual en las comparaciones recíprocas de nuestros vecinos. Me giré a mirar el jardín de la señora Mauro más arriba, y su casa allá en lo alto, coronada por el gallo giratorio de una veleta.
 —Quién sabe si la señora Mauro no tendrá también hormigas... —dije.
 Se ve que la alegría de los señores Reginaudo era durante las comidas más moderada, hecha de risitas muy suaves, porque se limitaron a decir:
 —Je, je, je... las tendrá ella también... Je, je, je... las tendrá ella también... Claro que las tendrá...
 Mi mujer me llamó a casa porque quería poner el colchón sobre la mesa y echarse a dormir un poco. Con el jergón en el suelo no se podía impedir que las hormigas subieran, en cambio bastaba aislar las cuatro patas de la mesa y al menos durante un tiempo las hormigas no llegarían. Mi mujer se tendió a descansar, yo salí con la idea de buscar a algunas personas que tal vez supieran informarme de algún trabajo, pero en realidad tenía ganas de moverme y de pensar en otra cosa.
 Pero en la calle, los lugares me parecían diferentes de ayer: en cada huerto, en cada casa adivinaba las filas de hormigas que subían por las paredes, cubrían los árboles frutales, movían las antenas hacia cualquier cosa azucarada o grasa; y mis ojos ahora prevenidos descubrían en seguida los trastos que las gentes sacaban delante de las casas para sacudirlos porque las hormigas los habían invadido, y el pulverizador con insecticida en la mano de una vieja, y el pía tito de veneno y, aguzando la vista, la fila que avanzaba imperturbable a lo largo de la cornisa.
 Y sin embargo éste seguía siendo el lugar ideal del tío Augusto: ¿qué podían importarle a él las hormigas? Descargaba sacos para este patrón o para aquél, comía en las mesas de las rondas, por las noches recorría los lugares donde había alegría y acordeones, dormía donde fuera, en cualquier sitio fresco y blando.
 Mientras andaba, trataba de imaginarme que yo era el tío Augusto, de moverme como él, en una tarde así, por esas calles. Claro, ser como el tío Augusto quería decir ante todo serlo físicamente: es decir bajo y retacón, con brazos como de mono que se abrían en gestos siempre desproporcionados y se quedaban en el aire, piernas cortas que tropezaban al volverse a mirar a una mujer y una vocecita que, cuando se excitaba, repetía furiosamente las palabrotas del dialecto local, desentonando con su acento de otra región. En él cuerpo y alma eran todo uno; y hubiera querido verme, con mi pesadez y mis preocupaciones imitando los gestos y las salidas del tío Augusto. Pero siempre podía imaginarme que era él: exclamar para mis adentros: «¡Jo, a pata suelta voy a dormir en ese pajar! ¡Jo, me voy a hinchar de morcilla y tintorro en la fonda!»; cuando veía pasar un gato, imaginar que le hacía una falsa caricia y le gritaba después: «¡Auuh!» para espantarlo; y a las camareras: «¡Je, je!, ¿necesita ayuda, señorita?». Pero no era un juego divertido: cuanto más veía lo fácil que era para el tío Augusto vivir allí, mejor comprendía que él era diferente y que nunca hubiera soportado mis preocupaciones: una casa por instalar, un trabajo permanente que había que encontrar, un niño medio enfermo y una mujer que no se ríe nunca, y la cama y la cocina llena de hormigas.
 Entré en la fonda donde ya habíamos estado y pregunté a la mujer de la blusa blanca si no habían venido los hombres con los que había hablado el día anterior. Estaba oscuro y fresco, tal vez allí no hubiera hormigas; me senté a esperar a los otros, como me aconsejó la mujer, y le pregunté, fingiendo desenvoltura:
 —¿No tienen hormigas, aquí?
 La mujer pasaba un trapo por el mostrador:
 —Aquí la gente va y viene, nadie las ha notado.
 —¿Pero y usted, que vive siempre aquí?
 Se encogió de hombros:
 —¿Una gorda como yo va a tener miedo de las hormigas?
 A mí ese aire de esconder las hormigas como si fueran una vergüenza me irritaba cada vez más, e insistí:
 —¿Pero no ponen veneno?
 —El mejor veneno para la hormiga —dijo uno sentado a otra mesa que, recordé, era uno de los amigos del tío Augusto con quien había hablado la primera noche— es éste —y alzó el vaso y lo bebió de un trago.
 Llegaron también los otros y quisieron que bebiese con ellos ya que no habían podido darme indicaciones sobre algún trabajo. Se habló otra vez del tío Augusto y uno preguntó:
 —¿Y qué hace allá ese gran vagabundo? —Empleó la palabra lingera que además de vagabundo quiere decir malandrín, y todos demostraron que aprobaban mucho la definición y que justamente lo apreciaban mucho por lingera. A mí me molestaba un poco esta fama atribuida a un hombre que en el fondo era respetuoso y modesto, aun en su manera desordenada de vivir. Pero quizás eso formaba parte de la actitud de jactancia, de exageración propia de esa gente, y confusamente se me ocurrió que se relacionaba con las hormigas, que fingir que los rodeaba un mundo movido, de aventuras, era una manera de aislarse de los inconvenientes menudos. En mi caso el obstáculo para adoptar esa actitud —pensaba mientras volvía a casa— era mi mujer, siempre enemiga de fantaseos. Y pensaba también cuánto había influido ella en mi vida, cómo era ya incapaz de emborracharme con palabras e ideas, porque en seguida se me presentaban su cara, su mirada, su presencia, que sin embargo me eran entrañables y necesarias.
 Mi mujer salió a mi encuentro, con un aire un poco alarmado, y dijo:
 —Oye, ha venido un aparejador.
 Yo, que aún tenía en el oído el tono de superioridad de los fanfarrones de la fonda, dije casi sin escuchar:
 —Eh, un aparejador, ahora, por un aparejador...
 Y ella:
 —Ha venido un aparejador a casa, a tomar medidas...
 Yo no entendía y entré.
 —Oh, ¿pero qué estás diciendo? ¡Si es el capitán!
 Era el capitán que desenrollando un metro amarillo tomaba hedidas para instalar sus trampas en nuestra casa. Le presenté a mi mujer y le agradecí su prontitud.
 —Quería echar un vistazo a las posibilidades del ambiente —dijo—-. Hay que hacerlo todo con criterios matemáticos —y midió inclusive la cesta donde dormía el niño, y lo despertó Al pequeño le asustó el metro amarillo tendido encima de su cuerpo, y se echó a llorar. Mi mujer quiso dormirlo de nuevo. El llanto del niño ponía nervioso al capitán, aunque yo tratase de distraerlo. Por suerte su mujer lo llamó y salió. La señora Aglaura asomada por encima del seto, le hacía gestos con los brazos flacos y blancos, y gritaba:
 —¡Ven! ¡Sí, ven! ¡Hay alguien! ¡Sí, el hombre de la hormiga!
 Con una mirada y una sonrisa de labios apretados llena de intención, se disculpó por tener que volver en seguida a su casa.
 —Ya vendrá aquí también —dijo, señalando el punto donde debía de estar el misterioso «hombre de la hormiga»—, ya verá... —y se fue.
 Yo no quería encontrarme frente a frente con el hombre de la hormiga sin saber bien quién era y qué venía a hacer. Fui hasta la escalerilla que daba al terreno de los Reginaudo; el vecino regresaba justo en ese momento; llevaba un traje blanco y el sombrero de paja y venía cargado de bolsitas y cajas. Le pregunté:
 —Escúcheme: ¿el hombre de la hormiga ya pasó por la casa de ustedes?
 —No sé —dijo Reginaudo—, vengo del pueblo, pero creo que sí porque veo melaza por todas partes. ¡Claudia!
 La mujer se asomó y dijo:
 —¡Sí, sí, pasará también por la casa de los Laureri, pero no crea que le servirá de algo!
 Como si yo esperara algo. Pregunté:
 —Pero a ese hombre, ¿quién lo manda?
 —¿Y quién quiere que lo mande? —dijo Reginaudo—. Es el hombre enviado por el Ente por la Lucha contra la Hormiga Argentina, el empleado que viene a poner melaza en todos los jardines de las casas. Esos platitos, ¿los ve?
 Y la mujer:
 —Melaza envenenada... —y soltó una risita como si se las supiera todas.
 —¿Y las mata?
 Mis preguntas eran un juego agotador; ya lo sabía: cada tanto parecía que todo estuviera a punto de resolverse y después volcan a empezar las complicaciones.
 El señor Reginaudo meneó la cabeza como si yo hubiera dicho algo inconveniente.
 —Pero no... Veneno en dosis mínimas, naturalmente... Melaza azucarada, las hormigas se vuelven locas por la melaza. Las obreras vuelven al hormiguero, alimentan con esas pequeñísimas dosis de veneno a las reinas que tarde o temprano morirán envenenadas.
 No quise preguntar si, tarde o temprano, se morían de veras. Comprendí que el señor Reginaudo informaba sobre ese procedimiento con el tono de quien, personalmente, sostiene una teoría distinta, pero siente el deber de referir objetivamente y con respeto la opinión oficial de la autoridad. Su esposa, en cambio, con la intolerancia propia de las mujeres, no tenía empacho en manifestar su aversión por el sistema de la melaza, y subrayaba el discurso del marido con risitas malignas, con réplicas irónicas, actitud que a él en cierto modo debía de parecerle fuera de lugar o demasiado atrevido, porque trataba de hacerla callar y en todo caso de atenuar esa impresión de derrotismo, sin contradecirla del todo —tal vez porque en privado él también se expresaba así, y peor todavía—, sino tratando de darle pequeños ejemplos de ecuanimidad, como:
 —Bueno, ahora estás exagerando, Claudia... Es cierto que muy eficaz no es, pero puede servir... Y además lo hacen gratuitamente... Hay que esperar unos años antes de juzgar...
 —¿Unos años? Hará veinte que ponen esa cosa, y cada año hay más hormigas.
 El señor Reginaudo, en vez de desmentirla, prefirió desviar la conversación hacia otros méritos del Ente, y me explicó el sistema de los cajones de estiércol que los hombres de la hormiga dejaban en los jardines para que las reinas pusieran los huevos y después pasaban a retirarlos y los quemaban. Comprendí que el tono del señor Reginaudo era el que convenía para explicar la cosa inclusive a mi mujer, suspicaz y pesimista por naturaleza, y una vez en casa le repetí las palabras del vecino, guardándome de elogiar el sistema por milagroso o en todo caso rápido, pero absteniéndome también de los irónicos comentarios de la señora Claudia. Elide es una de esas mujeres que, por ejemplo en el tren, creen que los horarios, la distribución de los vagones, los requerimientos de los revisores, son todas cosas insensatas y mal hechas, sin ninguna justificación posible, pero que las aceptan con fatigado rencor; de modo que consideró absurda e irrisoria esta historia de la melaza —yo no pude contradecirla—, pero se dispuso a recibir la visita del hombre de la hormiga —que se llamaba, según supe, señor Baudino—, sin incomodarlo con protestas o inútiles peticiones de ayuda.
 El hombre entró en nuestro terreno sin pedir permiso y ya lo teníamos delante mientras hablábamos de él, lo que provocó una situación embarazosa. Era un hombrecito de unos cincuenta años, vestido con un traje negro raído y desteñido, una cara un poco de borrachín, el pelo todavía oscuro peinado con una raya infantil. Los párpados entrecerrados, la sonrisa levemente untuosa, una pigmentación rojiza alrededor de los ojos y en las aletas de la nariz preanunciaban la entonación estridente de la voz, como de cura, con una fuerte cadencia dialectal. Un movimiento nervioso le hacía latir las arrugas en las comisuras de la boca y de la nariz.
 Si describo al señor Baudino con tantos detalles, es para tratar de definir la extraña impresión que nos causó, en realidad, nada extraña, porque nos pareció que entre mil personas habríamos adivinado que el hombre de la hormiga era justamente él. Tenía manos gruesas y velludas: con una sostenía una especie de cafetera y con la otra una pila de platitos de terracota. Nos dijo que aplicaría la melaza y su voz traicionaba una indolente indiferencia burocrática: el modo mismo, blando y arrastrado, de pronunciar la palabra «melaza» bastaba para indicarnos con cuánta empedernida desconfianza y con cuánto desprecio por nuestras angustias cumplía este hombre su deber. Frente a él me di cuenta de que mi mujer era la que daba ejemplo de calma mostrándole los puntos por donde pasaban más hormigas. En realidad, sólo con verlo moverse tan vacilante para repetir los pocos gestos necesarios y llenar uno por uno los platitos vertiendo la melaza de la cafetera y posarlos sin volcarlos, yo perdía la paciencia. Observándolo comprendí por qué me había hecho a primera vista aquella impresión: se parecía a una hormiga. No sé decir por qué, pero era seguro que se parecía: tal vez fuese el color negro opaco de su silueta, tal vez las proporciones de su cuerpo pequeño y mal hecho, o el temblor de las comisuras de la boca que correspondía a la vibración continua de las antenas y las patitas de los insectos. Había sin embargo una característica de las hormigas que decididamente no tenía, y era la diligente prontitud que las mantiene siempre en movimiento; el señor Baudino se movía con lentitud y torpeza, y ahora con un pincelito impregnado de melaza nos embadurnaba la casa sin ton ni son.
 Mientras yo seguía con creciente fastidio los movimientos del hombre, advertí que mi mujer no estaba conmigo; la busqué con la mirada y la vi en un ángulo del terreno donde el cerco de la casa de los Reginaudo se juntaba con el de los Brauni; asomadas a los respectivos cercos, la señora Claudia y la señora Aglaura conspiraban, y mi mujer, en medio, las escuchaba. Me acerqué a ellas, pues el señor Baudino se ocupaba en ese momento del recoveco que había detrás de la casa, donde podía embadurnar lo que quisiera sin necesidad de vigilancia, y escuché el sermón de a señora Brauni que se acompañaba con secos gestos angulosos:
 —¡Ese, a lo que viene es a dar el reconstituyente a las hormigas! ¡Qué va a ser veneno, es un reconstituyente! —Y la señora Reginaudo, apoyándola, en tono un poco melifluo:
 —El día en que no hubiera más hormigas, ¿adonde irían los funcionarios del Ente? Entonces ¿qué quiere que hagan, estimada señora?
 —¡Las engordan, eso es lo que hacen! —concluyó con ira la señora Aglaura.
 Mi mujer —ya que los discursos de las dos vecinas le estaban dirigidos— escuchaba silenciosa, pero la manera en que dilataba las aletas de la nariz y apretaba los labios me indicaba que la rabia, el sufrimiento por el engaño que debía soportar la estaban devorando. Y también yo, debo decirlo, me inclinaba a creer que no eran puras habladurías de mujeres.
 —¿Y los cajones de estiércol para los huevos? —continuaba la señora Reginaudo—. Se los llevan, pero ¿usted cree que los queman? ¡Vamos!
 Se oyó:
 —¡Claudia! ¡Claudia! —la voz del marido, a quien seguramente las exageraciones de su mujer lo tenían sobre ascuas. La señora Reginaudo nos dejó con un «Disculpen» en el que vibraba una nota de desprecio por el conformismo del marido, y del lado opuesto me pareció oír, como un eco, una especie de risotada sardónica, y vi por los senderos bien cubiertos de pedregullo al capitán Brauni que iba corrigiendo la inclinación de las trampas. A sus pies uno de los platitos de terracota que el señor Baudino acababa de llenar estaba volcado y roto, seguramente de un puntapié, vayase a saber si distraído o deliberado.
 No sé qué clase de ataque preparaba mi mujer contra el hombre de la hormiga mientras regresábamos a casa, pero es probable que yo no hubiera hecho nada para contenerla, mas bien, llegado el caso, la habría apoyado. Un vistazo alrededor y dentro de la casa nos bastó para comprobar que el señor Baudino había desaparecido; ya al llegar creímos oír chirriar y cerrarse el portoncito. Habría salido justo en ese momento, sin saludar, dejando a su zaga aquellas huellas de melaza pegajosa y rojiza que despedían un desagradable olorcito dulzón, completamente distinto al de las hormigas pero que, no sabría decir cómo, tenía ver con él.
 Como nuestro hijo dormía, pensamos que era el momento apropiado para subir a la casa de la señora Mauro. Teníamos que verla para pedirle las llaves de un cuartucho y también en cierto modo para hacerle una visita de cortesía. Pero nuestros verdaderos motivos para apresurar la visita eran la intención de transmitirle nuestra protesta por habernos alquilado una casa invadida por las hormigas sin habernos prevenido y, sobre todo, la curiosidad de ver cómo se defendía nuestra patrona de aquel flagelo.
 La casa de la señora Mauro tenía un jardín más bien grande, en pendiente, con altas palmeras de amarillentas hojas en abanico. Un vial sinuoso conducía a un edificio rodeado de galerías vidriadas y tragaluces, y en lo alto del tejado un gallo oxidado giraba dificultosamente sobre su eje rechinando, en retraso con respecto a las hojas de las palmeras que se quejaban y murmuraban cada vez que se levantaba viento.
 Mi mujer y yo subíamos por el vial y desde la balaustrada veíamos abajo la casita donde vivíamos, que todavía nos era tan poco familiar, y la maleza del terreno sin cultivar, y el jardincito de los Reginaudo que parecía el patio de un depósito, y el de los Brauni con su compostura como de cementerio, y en ese momento podíamos olvidar que eran lugares negros de hormigas, podíamos verlos como hubieran sido sin aquel tormento que no era posible evitar ni siquiera un instante, a esa distancia podían parecer un paraíso, pero cuanto más los mirábamos desde arriba, mayor era la compasión que sentíamos por nuestra vida allí abajo, como si viviendo en aquel mezquino, ínfimo horizonte, no pudiéramos sino seguir luchando contra problemas ínfimos y mezquinos.
 La señora Mauro era vieja, flaca y alta; nos recibió en una habitación en sombras, sentada en una silla de alto respaldo, junto a una mesita que se abría y contenía lo necesario para coser y escribir. Llevaba un vestido negro, con sólo un cuello blanco de hombre; tenía la cara flaca ligeramente empolvada y un peinado severo. Nos tendió en seguida la llave que el día antes nos había prometido, pero no nos preguntó si nos sentíamos a gusto en la casa, y esto —nos pareció— era señal de que esperaba nuestras quejas.
 —Pero las hormigas que hay abajo, señora... —dijo mi mujer con un tono que esta vez hubiera preferido menos humilde y resignado. Aunque fuese dura y a menudo agresiva, a veces se dejaba dominar por la timidez y en esos momentos me contagiaba su malestar.
 Para apoyarla y reforzando el tono resentido, dije:
 —Usted nos ha alquilado una casa, señora, que, si hubiéramos sabido de antemano toda esta historia de las hormigas, se lo digo francamente... —y ahí corté, pensando que había sido bastante claro.
 La señora ni siquiera alzó la mirada.
 —La casa estuvo deshabitada durante mucho tiempo —dijo—. Es lógico que haya alguna hormiga argentina, las hay en todas partes... allí donde no se limpia bien. Usted —me dijo— me ha tenido colgada cuatro meses antes de darme respuesta. Si hubiera venido en seguida, ahora no habría hormigas.
 Nosotros mirábamos la habitación casi a oscuras, con los cortinajes corridos y las persianas entornadas, las altas paredes revestidas de tapices antiguos, los oscuros muebles tallados, sobre los cuales, jarras y teteras de plata lanzaban breves centelleos, y nos parecía que aquella oscuridad, aquella pesada decoración, servían para esconder la presencia de ríos de hormigas que seguramente recorrían la vieja casa desde los cimientos hasta el tejado.
 —¿Por qué usted, aquí —dijo mi mujer en tono insinuante, casi irónico—, no tiene hormigas?
 La señora Mauro apretó los labios:
 —No —dijo, tajante. Y después, como comprendiendo que no podíamos creerle, explicó—: Aquí lo tenemos todo como un espejo. Apenas entra una hormiga del jardín y la vemos, tomamos las medidas del caso.
 —¿Cuáles? —preguntamos en seguida a un tiempo mi mujer y yo, y ahora lo único que sentíamos era esperanza y curiosidad.
 —Así —dijo la señora, encogiéndose de hombros—, las barremos fuera con la escoba.
 En ese momento notamos en su expresión de estudiada impasibilidad, algo como la tensión de un dolor físico que, allí sentada, desplazaba vivamente su peso hacia un lado, arqueando la cintura. Si no fuera por el contraste con las afirmaciones que salían de su boca, hubiera jurado que una hormiga argentina, metida debajo de su ropa, la había picado; una o varias, que se paseaban por su cuerpo y la picaban, porque aunque se esforzara por no moverse de la silla, se veía claramente que no conseguía estar quieta y compuesta como antes, sino muy tensa, mientras se le dibujaba en la cara el gesto de un sufrimiento cada vez más agudo.
 —Pero nosotros tenemos ese terreno negro de hormigas —dije rápidamente— y por limpia que mantengamos la casa, entrarán siempre a miles...
 —Es lógico —dijo la señora, y su mano delgada apretaba el brazo del sillón—, es lógico, el terreno está sin cultivar, y en los lugares sin cultivo se crían millones de hormigas. Mi proyecto era limpiar el terreno hace cuatro meses. Usted me hizo esperar y ahora sufre las consecuencias, y no sólo usted, sino todos, porque las hormigas se propagan...
 —¿Se propagan también aquí, en su casa? —preguntó mi mujer casi sonriendo.
 —¡Aquí no! —exclamó pálida la señora Mauro, y siempre con la diestra aferrada al brazo del sillón, con un pequeño movimiento rotatorio del hombro se frotaba el codo contra el costado.
 A mí se me ocurría que la oscuridad, la decoración, la amplitud de las habitaciones y el carácter orgulloso eran las defensas que tenía aquella mujer contra las hormigas, las razones por las cuales era frente a ellas más fuerte que nosotros, pero que todo lo que veíamos alrededor, empezando por ella misma allí sentada, estaba roído por hormigas aún más implacables que las nuestras, casi una especie de termitas africanas que destruían todas las cosas dejando su envoltura, y que de aquella casa sólo quedaba la tapicería desteñida, el paño casi pulverizado de los cortinajes, todo a punto de hacerse pedazos delante de nuestros ojos.
 —Justamente, nosotros veníamos a preguntarle si podía darnos algún consejo para librarnos de esta plaga... —dijo mi mujer, que había recobrado una actitud totalmente desenvuelta.
 —Mantener la casa limpia y trabajar la tierra. No hay otro remedio. El trabajo: sólo el trabajo —y se puso de pie, y la decisión de despedirnos se añadió a una sacudida instintiva de su cuerpo, que ya no podía estar quieto. Se recompuso, y por su cara pálida pasó como una sombra de alivio.
 Bajábamos por el jardín y mi mujer dijo:
 —Esperemos que no se haya despertado.
 Yo también estaba pensando en el niño. Lo oímos llorar aun antes de llegar a casa. Corrimos, lo alzamos en brazos, tratamos de calmarlo, pero seguía llorando fuerte, chillando. Le había entrado una hormiga en un oído: tardamos un poco antes de darnos cuenta, porque lloraba desesperadamente y no nos daba a entender qué le pasaba. Mi mujer lo dijo en seguida:
 —¡Tienen que haber sido las hormigas! —pero yo no entendía por qué seguía llorando así, cuando no le encontrábamos ninguna hormiga ni señas de picaduras o de irritación, y lo habíamos desnudado y mirado bien por todas partes.
 Sin embargo, encontré algunas en la cesta; y pensar que creía haberla aislado bien, pero no habíamos reparado en las pinceladas de melaza del hombre-hormiga: el caso es que una de las torpes rayas trazadas por el señor Baudino parecía hecha m propósito para atraer a aquellos bichos y hacerlos subir hasta la cuna del niño.
 El llanto del niño y los gritos de mi mujer atrajeron a las vecinas: la señora Reginaudo, que nos fue realmente útil y bastante amable, la señora Brauni que, hay que reconocerlo, hizo también todo lo que pudo por ayudarnos, y otras pobres mujeres que hasta entonces no habíamos visto. Todas se afanaban en dar consejos: verterle aceite en la oreja, mantenerle la boca abierta, sonarle la nariz y no sé cuántas cosas más. Gritaban y terminaban por ser más un estorbo que una ayuda, aunque al principio nos hubieran dado ánimo, y su manera de agitarse alrededor del niño servía sobre todo para acentuar el rencor general contra el hombre de la hormiga. Mi mujer había gritado a los cuatro vientos que él, Baudino, era el culpable; y las vecinas estaban de acuerdo en que aquel hombre merecía que le cantaran las cuarenta de una vez por todas, y que era él quien hacía todo lo posible para que la hormiga se desarrollara bien, a fin de no perder su empleo, y que era muy capaz de haberlo hecho a propósito, porque ya se sabe que estaba siempre del lado de la hormiga, y no del de los cristianos. Exageraciones, claro está, pero en aquella agitación, con el niño llorando, me uní a ellas yo también y, si hubiera tenido en ese mismo momento entre mis manos al señor Baudino, no sé qué le hubiera hecho.
 La hormiguita salió con el aceite tibio; el niño, medio aturdido de tanto llorar, tomó un juguete de celuloide y lo agitó y chupó, decidido a olvidarnos. Yo sentía la misma necesidad que él: quedarme solo y aflojar los nervios, pero entre las mujeres continuaba la diatriba contra Baudino, y decían a Elide que probablemente estaba allí cerca en un lugar donde tenía sus enseres, y Elide:
 —Ah, yo voy allá, claro que sí, voy a darle su merecido.
 Entonces se formó un pequeño cortejo, con Elide a la cabeza, yo naturalmente a su lado, aunque sin pronunciarme sobre la utilidad de la empresa, otras mujeres que incitaban a la mía, siguiéndola y por momentos adelantándosele para mostrarle el camino. La señora Claudia se ofreció a quedarse con el niño, y nos despidió desde la puerta; advertí después que la señora Aglaura tampoco venía con nosotros, y sin embargo se había manifestado como una de las enemigas más encarnizadas de Baudino, pero nos acompañaba un pequeño grupo de mujercitas desconocidas. Avanzábamos ahora por una especie de calle-patio, flanqueada de chabolas de madera, gallineros y huertos medio llenos de desperdicios. Algunas de aquellas mujeres, después de haber hablado tanto, al pasar por sus casas se detenían en el umbral nos indicaban con gran vehemencia dónde teníamos que ir y entraban llamando a los niños sucios que jugaban echados en el suelo, o iban a dar de comer a las gallinas. Sólo un par de mujeres nos siguieron hasta el local de Baudino, pero cuando, a los golpes de Elide, se abrió la puerta, resultó que entramos solos ella y yo, aunque sentíamos que nos seguían las miradas de las mujeres desde las ventanas o los gallineros, o que pasaban por allí delante barriendo, y era como si siguieran incitándonos, pero en voz muy baja y sin correr ningún riesgo.
 El hombre de la hormiga estaba en el centro del cuchitril, una barraca semidestruida y, en uno de los tabiques que quedaban en pie, había pegado un cartel amarillento que decía con grandes caracteres: ENTE PARA LA LUCHA CONTRA LA HORMIGA ARGENTINA, y alrededor había pilas de platitos para la melaza, y cajas de tarritos de todo tipo, el conjunto en una especie de basural lleno de envoltorios de espinazos de pescado y otros desechos, tanto que en seguida se le antojaba a uno la idea de que aquélla era la gran fuente de todas las hormigas de la zona. El señor Baudino estaba frente a nosotros, con una irritante semisonrisa interrogativa que mostraba los huecos de su dentadura.
 —¡Usted —lo agredió mi mujer, recobrándose tras un instante de vacilación—, debería avergonzarse! ¡Porque viene a casa y ensucia por todas partes y al niño la hormiga en la oreja se la hizo entrar usted, con su melaza!
 Le acercaba las manos a la cara, y el señor Baudino, sin abandonar su deteriorada sonrisa, hacía movimientos de animal salvaje para reservarse una salida, y entretanto se encogía de hombros y echaba miradas y guiños a su alrededor —destinados a mí, porque no había nadie más a la vista— como diciendo: «Es tonta», pero su voz sólo enunciaba desmentidos blandos y generales, como:
 —No..., no... Qué dice.
 —¡Porque todos dicen que es usted el que, en vez de envenenar a las hormigas, les da un reconstituyente! —gritaba mi mujer, y él se deslizó por la pequeña puerta a la calle-patio, y mi mujer lo seguía, insultándolo.
 Ahora, los encogimientos de hombros y las ojeadas del señor Baudino iban destinadas a las mujeres de las chabolas de alrededor, y me pareció que ellas hacían una especie de doble juego imperceptible, aceptando que él las tomara como testigos de que mi mujer decía tonterías, y cuando, en cambio, a quien miraban era a mi mujer, la incitaban con cabeceos enérgicos y con los movimientos de las escobas a seguir encarnizándose con el hombre de la hormiga. Yo no me metía, ¿y qué hubiera podido hacer? Desde luego, no iba a cargar yo también contra aquel hombrecito furtivo y ponerle las manos encima, ya bastante grande era la cólera de mi mujer contra él, y tampoco me parecía el caso de moderarla, porque no quería asumir la defensa de Baudino. Hasta que mi mujer, en un nuevo acceso de cólera, gritando:
 —¡Usted le ha hecho daño a mi hijo! —le aferró por el cuello y le sacudió. Yo estaba por lanzarme a separarlos, pero él no la tocó, giró sobre sí mismo con movimientos cada vez más parecidos a los de las hormigas, hasta que consiguió escapar con torpes pasos rápidos y después se recompuso y se alejó, siempre encogiéndose de hombros y murmurando frases como:
 —Pero qué cosa... Pero quién es... —y haciendo un gesto como para dar a entender: «Es tonta», siempre en dirección al público de las chabolas.
 Público del cual, en el momento en que mi mujer se había abalanzado contra Baudino, se había alzado un rumor fuerte, aunque confuso, que se había acallado apenas el hombre se había liberado y que ahora se recomponía en las frases que le espetaban, frases no tanto de protesta y amenaza, sino más bien quejosas, casi pidiendo compasión, pero gritadas como si fueran orgullosas proclamaciones:
 —A nosotros las hormigas nos comen vivos... Hormigas en la cama, hormigas en el plato, todos los días, todas las nocheees... Ya teníamos poco que comer y hemos de darles de comer a ellaaas...
 Yo había tomado del brazo a mi mujer, que seguía sacudiéndose de vez en cuando y gritando:
 —¡Pero esto no va a quedar así! ¡Sabemos quién nos hace el cuento! ¡Sabemos a quién tenemos que dar las gracias! —y otras frases amenazadoras que no tenían eco porque, a nuestro paso las ventanas y las puertas de las chabolas se cerraban y los habitantes reanudaban sus míseras vidas junto a las hormigas.
 Fue pues un triste regreso, y era previsible. Pero lo que sobre todo me disgustaba era haber visto cómo se habían comportado aquellas mujeres. Y me dieron tanto fastidio los que andaban lloriqueando por las hormigas que nunca más volvería a hacerlo, y me venían ganas de encerrarme en un orgullo doloroso como el de la señora Mauro, pero ella era rica y nosotros pobres y no encontraba la vuelta, la manera de seguir viviendo en aquel lugar, y me parecía que ninguna de las personas que conocía y que hasta poco antes me habían parecido tan superiores la hubiera encontrado o estuviera por encontrarla.
 Estábamos delante de la casa: el niño chupaba su juguete, mi mujer se había sentado en una silla, yo miraba el campo infestado, los setos, y una nube de polvo insecticida que subía del jardín del señor Reginaudo, y a la derecha la sombra silenciosa del jardín del capitán, con el continuo goteo de las víctimas. Ese era el lugar donde yo tenía que vivir. Llamé a mi mujer y al niño y dije:
 —Vamos a dar una vuelta, vamos hasta el mar.
 Caía la tarde. íbamos por viales y calles en escalera. El sol daba sobre un ángulo de la ciudad vieja, de piedra gris y porosa, con marcos pintados de cal rodeando las ventanas y los techos verdes de hierba. Tierra adentro, la ciudad se abría en abanico, se ondulaba en laderas de colinas, y de una a otra ladera el espacio estaba a esa hora lleno de aire límpido, color cobre. Nuestro hijo se volvía asombrado a mirar cada cosa y nosotros participábamos de su maravilla, y era una manera de acercarse nuevamente al suave sabor que tiene por momentos la vida y de aguerrirse para afrontar el paso de los días.
 Nos cruzábamos con mujeres viejas que llevaban en equilibrio sobre la cabeza grandes cestas posadas en un cerquillo, caminando con el torso inmóvil y erguido sobre la cintura, los ojos bajos, y desde un jardín de monjas, un grupo de jóvenes costureras corrió hasta una balaustrada para ver un sapo en un estanque; dijeron: «¡Oh, qué angustia!», y detrás de una puerta, bajo una glicina, unas niñas vestidas de blanco, hacían jugar a un ciego con una pelota playera; y un muchacho medio desnudo y con barba, el pelo hasta los hombros, con una caña en forma de horqueta arrancaba higos de tuna de una vieja planta erizada de espinas blancas y largas; y los niños de una casa rica, tristes y gafudos, hacían pompas de jabón en una ventana; y era la hora en que llaman a los viejos de vuelta al asilo y subían por aquellas escaleras uno tras otro, con bastón y sombrero de paja, hablando cada uno para sí; y entonces de los dos obreros de la telefónica el que sujetaba la escalera dijo al que estaba a contraluz, a la altura de los cables:
 —Baja, es la hora, terminaremos mañana.
 Llegamos al puerto y allí estaba el mar. Había una fila de palmeras y bancos de piedra: mi mujer y yo nos sentamos, y el niño estaba tranquilo. Mi mujer dijo:
 —Aquí no hay hormigas.
 Yo dije:
 —Y hace un fresco agradable: se está bien.
 El mar subía y bajaba contra la escollera, moviendo las barcas de pesca que llaman gozzi, y hombres de piel oscura las llenaban de redes rojas y de nasas para la pesca nocturna. El agua estaba calma, con sólo un continuo cambio de colores, azul y negro, más oscura cuanto más lejana. Yo pensaba en las distancias de agua como ésa, en los infinitos granos de fina arena del fondo, allí donde la corriente deposita blancas conchas vacías, pulidas por las olas.


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