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Regreso a San Marcos

Enviado por Oliver Beltrán el 07/12/2008 a las 13:56
Oliver Beltrán

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Domingo, 29 de abril de 2001

Regreso a San Marcos

MARIO VARGAS LLOSA



Tenía diecisiete años cuando entré a San Marcos a seguir las carreras de Letras y Derecho, la primera por vocación y la segunda por resignadas razones alimenticias. Mi ingreso a esta Universidad fue una manifestación de rebeldía. Mi familia hubiera preferido que estudiara en la Católica, donde iban los jóvenes de 'buena familia', donde se trenzaban relaciones provechosas para el futuro, y donde los estudiantes estudiaban, en vez de hacer huelgas y política.

Corría 1953 y, en esa época, hacer política era una actividad subversiva en el Perú. La dictadura de Odría (1948-1956) la había prohibido, además de poner fuera de la ley a todos los partidos, con excepción del suyo. Una Ley de Seguridad Interior sancionaba a los infractores con penas severísimas. La censura tenía embozados a radios y diarios, que rivalizaban en la exaltación áulica del régimen. Con muchos opositores presos y exiliados, y algunos asesinados, la dictadura creía haber impuesto a la sociedad peruana ese letargo cívico que es el ideal y el sustento del autoritarismo.

San Marcos era una de las excepciones a este estado de sonambulismo político. El año anterior, 1952, los estudiantes se habían enfrentado a Odría con una huelga que fue reprimida con violencia, y que, decían, causó la muerte del Rector Pedro Dulanto. A raíz de ella, hubo una nueva racha de detenciones y exilios. Los patios de Letras y Derecho pululaban de policías disfrazados de estudiantes, enviados allí como espías por Esparza Zañartu, el Vladimiro Montesinos de entonces, aunque, comparado con este desmesurado rufián, aquél, que nos parecía tan siniestro, era un niño malcriado. Pese a todas estas medidas para domesticar a San Marcos, la Universidad se resistía al avasallamiento, y, en la clandestinidad, hacía política. De este modo, salvaba la dignidad de un país buena parte del cual, por falta de convicciones democráticas, oportunismo o cobardía, aceptaba -como lo haría durante las dictaduras de Velasco y de Fujimori- que una casta de felones lo privara de su libertad.

Contrariamente a la mitología, el grueso de los sanmarquinos no se interesaba en la política, aunque en ciertas circunstancias se dejara arrastrar a mítines que decidía una pequeña minoría. Pero esta minoría tenía la sensación, probablemente exacta, de que, aunque la mayoría se abstuviera del quehacer político, contaba con su aval. En comparación con lo que ocurriría después en la historia peruana, la radicalización ideológica de los sesenta y setenta, la lucha subversiva y las acciones terroristas de los ochenta, nuestros empeños de los cincuenta fueron bastante benignos. No iban más allá de imprimir volantes, publicar un periodiquito clandestino, formar círculos de estudios marxistas y, de manera directa e indirecta -academias, centros federados, entidades culturales- ganar adeptos para la revolución. Y discutir, interminablemente, comunistas y apristas, apristas y trotskistas, comunistas y trotskistas, pues hasta discípulos de León Davidovich había en las catacumbas de San Marcos. Cuando digo discutir, hablo de enérgicos intercambios de ideas, pero, también, de consignas y exabruptos, y, a veces, ay, hasta de cabezazos y patadas.

Nosotros éramos menos que los apristas pero más que los trotskistas, aunque sin duda no muchos más, y, en todo caso, resultaba imposible saberlo, debido a un sistema compartimentado de organización, diseñado contra la infiltración policial. Este sistema que, más tarde, leyendo a Conrad, me haría soñar retroactivamente haber participado, en la adolescencia, de esas aventuras de conspiradores que pueblan sus historias, nos hacía sentir los esforzados combatientes de un ejército en las sombras, preparando, como los héroes de André Malraux, un mundo mejor.

El Grupo Cahuide era el último vestigio de un partido comunista segado por la represión y por la traición de un puñado de dirigentes que se vendieron a Odría. Yo no creo haber conocido a más de una quincena de miembros y mi militancia en sus filas no duró mucho, pero, sin embargo, aquella experiencia me marcó, me educó, me ilusionó y me defraudó de una manera tan profunda, que nunca se me ha olvidado. No la puedo rememorar sin emoción, pues muchas de las cosas que ahora creo, defiendo o aborrezco, tuvieron su semilla en aquella aventura juvenil. Éramos bastante sectarios -el dogma en esos años de ortodoxia estalinista asfixiaba-, pero actuábamos con idealismo, animados por un ardiente anhelo de poner fin al atraso, la injusticia y el despotismo en el Perú. Por eso, dedicábamos a la revolución tanto o más tiempo que a las clases. Pero, para muchos de nosotros, la revolución, antes que tomar por asalto, otra vez, muchas veces, el Palacio de Invierno, era una cuestión de ideas, de libros, de entender, a la luz de la doctrina que había prestigiado José Carlos Mariátegui, y que parecía una llave mágica para conocer las leyes de la historia, la manera más eficaz de transformar la sociedad. Como esos libros prohibidos no se estudiaban en las aulas, y había que procurárselos bajo mano, los estudiábamos en garajes, sótanos, altillos y hasta en parques públicos, en sesiones de las que salíamos roncos de tanto discutir.

Aunque los años nos han ido aventando a todos por direcciones diferentes, y a la mayoría de estos compañeros -perdón, camaradas- no los he vuelto a ver, ellos figuran entre mis irreductibles recuerdos sanmarquinos. Héctor Béjar, mi primer instructor en el círculo y su aterciopelada voz de locutor; Podestá, Martínez, Antonio Muñoz. Pero, sobre todo, Lea Barba y Félix Arias Schreiber, con quienes conformamos un trío irrompible. Nos tomaba media hora caminar desde San Marcos a casa de Lea, en Petit Thouars; una hora más hasta la de Félix, en la avenida Arequipa; y a mí, solo, una última media hora hasta la calle Porta. Eran unas caminatas efusivas, dialécticas, entrañables, de intensos intercambios y ferviente amistad, la que por cierto no impedía la pugnacidad crítica. Todavía recuerdo de mi desazón de aquella noche, en que Félix, luego de una violenta discusión sobre el realismo socialista, me lapidó de esta manera: 'Eres un subhombre'.

Nunca me he arrepentido de aquella decisión de ingresar a San Marcos, atraído por esa aureola de institución laica, inconformista y crítica que la rodeaba, y que a mí me seducía tanto como la perspectiva de seguir los cursos de algunas célebres figuras que en ella profesaban. La obligación de una universidad no puede ser sólo la de formar buenos profesionales, y menos en un país con los problemas básicos de la civilización y la modernidad sin resolver. Es igualmente imprescindible que contribuya a formar buenos ciudadanos, hombres y mujeres sensibles respecto a la sociedad en que viven, alertas a sus retos, a sus abismales disparidades, y conscientes de su responsabilidad cívica. Una universidad que evita la política es tan defectuosa como aquélla donde sólo se hace política. No era el caso de San Marcos cuando yo frecuenté sus aulas, entre 1953 y 1958. No todavía.

Además de tomar las primeras lecciones de civismo y militancia, en la nerviosa clandestinidad, con mis amigos de Cahuide, y de participar en innumerables mítines relámpago contra Odría en el Parque Universitario, La Colmena y la Plaza San Martín, que venían a romper los manguerazos de agua pútrida del aparatoso Rochabus, en mis años de sanmarquino leí y estudié mucho, y puedo asegurar que a la sombra de los portales y palmeras del patio de Letras se forjó mi vocación de escritor. Cuando entré en San Marcos, era un muchacho que amaba la literatura, lleno de incertidumbre sobre mi porvenir. Cuando salí, el adolescente confuso se había convertido en un joven convencido de que su destino era escribir y resuelto a hacer lo imposible para lograrlo.

La literatura estaba en el aire de la Facultad, no sólo en las clases y en la polvorienta biblioteca. Se la vivía también a plena luz, cada mediodía, cuando acudían los poetas, los narradores, los dramaturgos, reales o en ciernes, pues el patio de Letras funcionaba como el cuartel general de la literatura peruana. Escuchando a esos adelantados, el primerizo aprendía sobre autores indispensables, libros claves y técnicas de vanguardia, tanto o más que en las clases. Allí oí yo a Carlos Zavaleta mencionar por primera vez a William Faulkner, que sería desde entonces uno de mis autores de cabecera. Y allí descubrí a Joyce, a Camus, a John Dos Passos, a Rulfo, a Vallejo, a Tirant lo Blanc. Allí oí hablar por primera vez de Julio Ramón Ribeyro, que ya vivía en Europa, y conocí a Eleodoro Vargas Vicuña, el autor de los delicados relatos de Nahuín; y al impetuoso Enrique Congrains Martín, un ventarrón con pantalones que fue, antes de narrador, inventor de un sapolio para lavar ollas, y luego, de muebles de tres patas, y que editaba y vendía sus libros, de casa en casa y de oficina en oficina, en contacto personal con sus lectores. Y allí pasamos muchas horas discutiendo sobre Sartre, Borges, Les Temps Modernes parisinos y la revista Sur de Buenos Aires, con Luis Loayza y Abelardo Oquendo, que, aunque de la Católica, venían también a las tertulias peripatéticas del patio de Letras. Allí me pusieron mis amigos el apodo de 'El sastrecillo valiente' que me llenaba de felicidad. En verdad los narradores estaban en minoría, proliferaban sobre todo los poetas: Washington Delgado, Carlos Germán Belli, Pablo Guevara, Alejandro Romualdo, y algunos que eran ya críticos y profesores, como Alberto Escobar. El teatro no estaba tan bien representado, aunque algunas mañanas hacía sus rápidas apariciones por el patio de Letras, con una galante rosa roja en la mano para homenajear a una estudiante de la que estaba prendado, el afilado perfil de Sebastián Salazar Bondy, hombre de teatro, de poesía, de relatos, crítico, divulgador y promotor de cultura, que sería, años después, íntimo amigo.

Enseñar en San Marcos era entonces prestigioso desde el punto de vista social y hasta mundano y sus facultades contaban con las figuras más destacadas de cada disciplina y profesión. Abogados, médicos, economistas, farmacéuticos, dentistas, químicos, físicos, psicólogos, y, por supuesto, los humanistas de todas las especialidades, tenían, como suprema distinción de su carrera, enseñar en San Marcos. Y por eso, aunque los sueldos fueran escuálidos y las condiciones de trabajo sacrificadas, la Universidad podía jactarse de ofrecer a los estudiantes que supieran aprovecharla, la más enjundiosa preparación intelectual.

La mejor universidad del Perú, académicamente hablando, era entonces la más popular. Pues, en sus facultades abiertas a todos los sectores sociales, convivían muchachas y muchachos a los que las diferencias de fortuna y condición difícilmente hubieran permitido acercarse y conocerse fuera del recinto universitario. Luego, la explosión demográfica estudiantil, las crisis económicas y políticas y la multiplicación de centros de enseñanza superior, han ido desapareciendo esa composición multiclasista y multisectorial que todavía tenía San Marcos cuando yo fui sanmarquino. Hoy, el paisaje universitario se ha descentralizado de manera notable, lo que es magnífico. Pero no lo es que este paisaje reproduzca, al milímetro, los grandes abismos de ingreso y de cultura que separan a los peruanos. Y que en algunos de esos centros, precisamente los de más alto nivel técnico y profesional, los estudiantes vivan a veces en una campana neumática, sin enterarse de los grandes conflictos y traumas del Perú, ni codearse con quienes más los padecen.

En los años cincuenta, San Marcos era aún, en formato reducido, una réplica bastante aproximada de la sociedad peruana y este hecho resultaba, de por sí, pedagógico. Los problemas del Perú repercutían en sus aulas, reverberaban en sus patios, contaminaban sus laboratorios y seminarios, a través de la procedencia versátil de los estudiantes, e impregnaban íntimamente los estudios, las relaciones personales y la marcha de la institución. Fuera cual fuera la especialidad elegida, los sanmarquinos recibían, en sus años universitarios, un curso acelerado sobre la problemática peruana.

Si mencionara a los profesores de San Marcos a los que debo algo, la lista sería larga. Pero quiero hacer un recuerdo especial de Raúl Porras Barrenechea, con el que, además de ser alumno, tuve el privilegio de trabajar, en su casita de la calle Colina invadida de libros y quijotes, de lunes a viernes, todas las tardes, cerca de cinco años. En España, en Francia, en muchos lugares me ha tocado escuchar a sabios expositores, a eminentes maestros. Por ejemplo, a Marcel Bataillon, reconstruyendo, en el Colegio de Francia, los días finales del Incario como si hubiera estado allí, ante un auditorio extasiado con la elegancia de su exposición; o a Dámaso Alonso, en la Complutense de Madrid que, no cuando explicaba filología, sino cuando desmenuzaba un poema de Quevedo, de San Juan de la Cruz o de Góngora, se tornaba un delicado relojero de la lengua, un verdadero rabdomante en pos de aquella humedad íntima del ser donde, según él, nace la poesía. Pero ni ellos, ni ningún otro, fulguran en mi memoria como mi maestro sanmarquino de manos pequeñas, ojos azules y barriguita prominente, que, cuando subía a su pupitre, armado con su panoplia de fichas atiborradas de letras microscópicas, como patitas de araña, y comenzaba a hablar, se convertía en un gigante. A su llamado acudían, prestos, luminosos, diáfanos, los grandes y menudos hechos del pasado peruano. Porras no era un orador, si orador quiere decir regurgitar banalidades y lugares comunes con voz arrulladora y ademanes de domador de circo. Era un sutil expositor, cuyo dominio del idioma daba a su exposición una fluidez de río sereno y poderoso, una gran precisión y sutileza enriquecida por la gracia. Lo que él decía estaba dicho con desenvoltura, ironía, color; pero, además, se apoyaba en una investigación rigurosa y personal de cada tema, de modo que, escuchándolo, sus alumnos teníamos, junto al deslumbramiento por la riqueza de la aventura histórica, la certeza de que aquello no era repetición, enseñanza ya sabida, sino historia gestándose ante nuestros ojos y oídos, en el salón de clases.

El Perú, 'un país antiguo', como decía José María Arguedas, alcanzó algunas veces en su historia milenaria, la grandeza y la fuerza, aunque nunca, por desdicha, la justicia y la libertad, inseparables de esa flora todavía exótica en su suelo: la cultura democrática. San Marcos es uno de los emblemas de los periodos de auge en la historia nacional. Es la primera universidad que la corona española fundó en América, hace cuatrocientos cincuenta años, con la intención de que fuera un foco espiritual que irradiara sobre todo el continente, un centro neurálgico de recepción, creación y transmisión de la cultura, un semillero de ideas y valores, una formadora de eminencias. Eso ha sido San Marcos en los mejores momentos, cada vez que resucitaba de esas crisis que parecían a punto de extinguirla. Y eso deberá volver a ser en el futuro, cuando, y si, como en un cuento de Borges, el Perú se encuentra por fin, alguna vez, con su escurridizo destino.

 

© Mario Vargas Llosa, 2001 © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas, reservados a Diario El País, SL, 2001.

 

 

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