
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y FRANÇOIS BONDY
por Juan Carlos Gómez
El primer escollo
que Gombrowicz tuvo que vencer para ser escritor fue el de su familia.
Desde que empezó a cultivar la literatura, siempre tuvo que destruir a
alguien para salvarse a sí mismo. En "Ferdydurke" atacó a los críticos
para salirse de ese sistema donde los escritores se mal entienden y se
devoran unos a otros, para independizarse. Sus ataques a los poetas y a
los pintores también estaban dictados por la necesidad de apartarse.
Con
esta mezcla de naturalezas, la de su familia y la de la literatura, se
moría de vergüenza cuando pensaba que llegaría a ser un artista como
ellos, que se convertiría en un ciudadano de esa ridícula república de
almas ingenuas, en un engranaje de esa terrible maquinaria, en un
miembro de ese clan. Por nada del mundo quería pertenecer al gremio.
La
desconfianza por el desempeño de una actividad que poco a poco fue
absorbiendo la mayor parte de su tiempo lo puso en camino de
preguntarse cuál era el quid de una obra, si la obra podía responder a
las preguntas de qué se está hablando y en qué consiste la cosa.
El
quid de las obras de algunos autores es su vida personal, pero no
siempre es así, Gombrowicz creía que aunque su vida se hubiera
desarrollado de otra manera sus libros no hubieran cambiado demasiado.
Su
mudanza de Polonia a la Argentina lo puso en medio de gente que le
hablaba en una lengua extraña para él, en medio de la soledad y de la
frescura del anonimato que, con el hielo de la indiferencia, le
permitía conservar su orgullo.
Al empezar a escribir los
diarios tuvo que abandonar parcialmente su lenguaje artístico, fue
entonces cuando le pareció que se le había caído la armadura que lo
protegía de los lectores. Pero después, poco a poco, se fue dando
cuenta que podía comentarse a sí mismo, se convirtió en su propio juez
y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos.
Con los
diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde penetraba otras
existencias, una zona que a menudo le resultaba hostil. Amordazado en
Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca,
acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta
bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo
corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas.La
superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en la
emigración se podría medir por el hecho de que el mismo "Diario", más
fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía
penetrar en sus cerebros.
Ni Polonia ni la Argentina le abrían
las puertas de un mundo que él quería conquistar. Emprendió entonces su
conquista lanzando un desafío similar al del personaje de Balzac: "Si
voy allí, es en efecto para conquistar (...) en París tendré que ser
enemigo de París". Sin embargo, a pesar de que en la Argentina no le
llevaban el apunte, fue conocido en París de la mano de la versión
española de "Ferdydurke", una traducción que se hizo en el café Rex y
que se volvió legendaria en el mundo entero: –Joyce dispuso de una sola
persona para traducir su Ulises, yo dispuse de veinte para traducir mi
"Ferdydurke".
Cuando
Gombrowicz traduce "Ferdydurke" al español, los miembros del comité de
traducción se empiezan a entusiasmar, y de este entusiasmo Gombrowicz
deduce algo que anota en sus diarios mucho tiempo después.
"Era,
pues, un libro universal. Era uno de esos pocos libros, poquísimos
libros polacos capaces de conmover realmente a los lectores extranjeros
de la mejor categoría. ¿Y en París? Me di cuenta de que la carrera
mundial de "Ferdydurke" no era algo que perteneciera sólo al dominio de
los sueños, eso ya lo sabía de antes, pero se me había olvidado"
François Bondy, redactor de la revista "Preuves",
escribió en 1956 un artículo entusiasta sobre "Ferdydurke", Maurice
Nadeau se entusiasmó con el entusiasmo de Bondy y propuso la
publicación de "Ferdydurke" en la colección "Les Lettres Nouvelles" de
la editorial "Julliard", y "Julliard" lo publicó. Antes del artículo de
Bondy, "Julliard", al igual que todos los grandes editores franceses,
se había negado a publicar el libro.
Fue entonces el francés
Bondy quien le abrió las puertas de la cárcel a Gombrowicz en el
mismísimo París. En el año 1953 Bondy había publicado, también en la
revista "Preuves", la primera nota sobre "Ferdydurke" aparecida en
Europa Occidental después de la guerra cuyo texto vale la pena conocer.
"Es
por su exilio en la Argentina y gracias a una memorable traducción al
español que se convirtió, ni más ni menos, que en la carta de
presentación de "Ferdydurke", que conocimos esta novela polaca. Un
comité de una veintena de traductores compuesto por escritores cubanos,
argentinos, brasileños, ingleses, etc. se dedicó, bajo la dirección del
autor, a hispanizar este grotesco filosófico-lírico, enorme y genial,
una prueba de la admiración que había despertado este joven escritor, y
también de las dificultades que tuvieron que sortear para traducir el
texto de su lengua de origen, un texto que es un disparo continuo de
inventiva verbal (...)"
"Gracias
a esta traducción, la lengua española se enriqueció, para su sorpresa,
con un gran número de neologismos de los que, por lo menos una veintena
de sinónimos, se refieren al "trasero" (Por ejemplo, culeito).
‘Ferdydurke’ aparece en Polonia en 1937 cuando su autor, el gran
trovador de la inmadurez, ya había cumplido los treinta años. El libro
fue ampliamente discutido en las revistas literarias polacas, pero no
alcanzó a destacarse demasiado. Ignoro cómo fue recibido en América
Latina, en la que el autor acaba de escribir una nueva novela sobre
historias de la emigración polaca en la Argentina. ‘Ferdydurke’ es una
obra de un humor extraño, cómica y pueril, en la que se mezclan las
meditaciones y las leyendas. Se trata de las aventuras de un hombre
maduro, reintegrado por la fuerza a la adolescencia y a la escuela, que
se convierte en objeto de diversas empresas de infantilización y de
adultización. Publicaremos próximamente algunas páginas características
con la esperanza de que los amantes de Jarry se alegrarán de descubrir
a un Gombrowicz que, con una tradición eslava y gogoliana, payasesco,
desafiante e irónico, crea una obra que llega a ser hasta genial, en
todo caso de una sorprendente extrañeza"
Bondy
llegó a Buenos Aires en 1961 precedido por el repique de campanas en
toda la prensa. A horas de haber arribado lo llamó por teléfono a
Gombrowicz, y al día siguiente se encontraron en el City Hotel. Había
desayunado con Victoria Ocampo y el resto del día lo tenía libre.
Charla que te charla se fue haciendo de noche, entonces lo invitó a
cenar a lo de Zofia Chadzynska, una polaca amiga de Gombrowicz. Sin
pensarlo dos veces llevó a Bondy a la casa de Zofia, estaban también
invitados los Lubomirski y un arquitecto.
"Organizamos
una pequeña cena (muy modesta, como siempre en casa de Zofia; en cambio
el francés espumea como el champán...), pero en el ambiente flotaba una
reticencia. Al marcharnos, las señoras me guiñan el ojo: –Vamos,
confiesa, ¿a quién nos has traído? ¿Quién es? ¿Un poeta? ¿Un italiano o
qué? ¿De dónde lo has sacado? (...) Bondy, seguramente, forma parte (lo
conozco poco) de esa gente cuya fuerza consiste en su ausencia: él
siempre está en un lugar más allá de lo que está haciendo, aunque sea
con un solo pie; su sabiduría es como la de un ternero que mamase de
dos madres"






































