
GOMBROWICZIDAS
LAS CRÍTICAS, LAS CARAS Y EL IDIOTA
Por Juan Carlos Gómez
Existen dos asuntos contra los cuales Gombrowicz se previno muy tempranamente: la crítica literaria y las caras de los polacos.
Sobre
esta última cuestión quizás se previno tempranamente advertido por las
reflexiones de un conocido suyo que solía sumirse en profundas
meditaciones. Luego, al volver en sí, decía: –Lameculos, cerdos,
cerdas, comemierdas, todos son la misma porquería; –¿En qué piensas?;
–En los polacos.
Gombrowicz llegó muy temprano a la conclusión de
que los dos grandes enemigos de la literatura son los escritores y la
crítica literaria.
La literatura sólo puede sobrevivir si se le
escurre entre las manos a los escritores, cuando desempeñan funciones
de críticos, y a los críticos.
Gombrowicz saca a la superficie
este pensamiento cuando se pronuncia sobre la sinceridad y la probidad
pues la sinceridad en la literatura, según su juicio, no conduce a
nada, el camino por el cual se llega a la franqueza es el artificio, y
le sirve de muy poco la probidad a un escritor si es que vive en el
medio de la niebla.
El
ataque a la actividad de la crítica literaria ocupa buena parte de las
páginas de su "Diario". La naturaleza de la facilidad con la que el
periodismo literario le ajusta las cuentas a la literatura lo induce a
oponerle resistencia. La obra de un escritor no puede ser inocente
respecto de la crítica, pues corre el riesgo de ser destruida por el
juicio de un idiota. El autor debe procurarse una ventaja de partida
contra los críticos, pues un estilo que no sabe defenderse a sí mismo
de un comentario humano no cumple con su cometido más importante.
Esos
juicios son decisivos para el escritor, incluso cuando procedan de un
cretino; la actitud orgullosa de ponerse por encima de ellos es una
ficción absurda que produce consecuencias prácticas y de importancia
vital. El crítico es por lo general un literato de segunda clase con
una relación frágil, casi siempre de carácter social, con el mundo del
espíritu. ¿Cómo un hombre así, inferior, puede valorar el trabajo de
otro superior? Los efectos que causan estos parásitos son catastróficos.
Las
aventuras que corre Gombrowicz con las caras y con sus partes, de igual
modo que con la crítica literaria, son múltiples y muy entretenidas. Su
amigo, Tonio Sobanski, uno de los hombres más característicos de la
Varsovia de preguerra y de las transformaciones que se producían en
Polonia, no confiaba demasiado en las caras de los polacos.
Sobanski
era un conde terrateniente, un bohemio que detestaba el campo, que
había roto con las tradiciones y que había asimilado todos los
fermentos intelectuales y artísticos. Gombrowicz estaba deslumbrado con
ese aristócrata extraordinariamente inteligente, un europeo de una gran
cultura y de modales perfectos.
No era snob ni un pedante amanerado,
era un hombre de elite, pero su terreno de acción se limitaba a la
clase superior. Más que nadie sabía que el encanto de una nación, su
capacidad de fascinar y seducir, eran armas más poderosas que los
cañones, y que el mundo trataba de un modo totalmente diferente a un
pueblo que lo impresionara por su estilo y por su encanto.
"Veía
en el país un material de primera categoría, creía que los polacos,
llenos de temperamento, fantasía, sensibles al arte, hubieran podido
seducir al mundo si no fuera por una terrible combinación de
esclerosis, de provincialismo, de falsa vergüenza, de pathos y de una
virilidad militar forzada, una mezcolanza que les confería una rigidez
atroz: –¡Qué horror!, dijo inesperadamente una tarde mientras
caminábamos; –¿Qué cosa?; –¡Las caras!"
La cuestión de las caras llegó a tener mucha importancia para Gombrowicz, al punto que hizo todo lo posible por
desacreditarlas e intentó reemplazarlas con el culo.
La
cara y sus habitantes: los ojos, la boca, la nariz y la orejas; el culo
y sus proximidades: las manos, los dedos, los muslos y las espaldas se
convirtieron en los representantes plenipotenciarios de la forma y de
la inmadurez.
En "Ferdydurke" desmonta la mistificación de los
ideales recurriendo a un duelo de muecas entre estudiantes que termina
en una violación que se hacen por las orejas, y desmorona a la
modernidad en un amasijo de cuerpos en el que un profesor trata de
mantener su dignidad utilizando los orificios de su nariz mientras los
juventones, la colegiala y el colegial se dan bofetadas, se agarran de
los mentones y de las rodillas, se muerden las costillas y enloquecen
en un montón hormigueante.
En otras ocasiones se refiere a las
caras como un soporte de partes. Una tarde se estaba dirigiendo al café
Rex pero, de repente, desde el café París, le hacen señas unas señoras
conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo
bizcochos que mojan en la crema.
Pero
era una mistificación, la verdad es que estaban sentadas a un tablero
cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y
la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio
practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices
despuntaban. Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y
se marcha alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran
ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la
razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Las
caras también tienen para mí un significado profundo y misterioso,
especialmente en ciertas oportunidades. En efecto, a menudo se me ponen
muy de relieve en las despedidas cuando algún gombrowiczida me marca el
territorio.
"Hay un señor Juan Carlos Gómez que, desde hace
meses, invade mi bandeja del Gmail con una serie de artículos sobre el
genial escritor polaco Witold Gombrowicz, autor, como ustedes bien
saben, de Ferdydurke, El trasatlántico y otras novelas que en su
momento leí con fruición. Pues bien, este señor, me refiero a Gómez,
nunca pudo hacer que yo leyera completo aunque sea uno de estos textos,
de tal manera –desadvertido yo– que no me di cuenta hasta hoy que Gómez
acompaña cada uno de sus inopinados envíos de fotos de Gombrowicz y
otros escritores. Copio abajo, entonces, uno de sus textos, y pego
algunas fotos muy interesantes y poco conocidas. Servidos"
Este gombrowiczida, recientemente ingresado al club, será conocido en adelante como el Idiota por su exceso de cretinismo.
El
Idiota es un crítico literario que escribió este texto tan promisorio
cuando cayó en sus manos una historia verdadera a la que di en llamar
"Witold Gombrowicz y Henryk Sienkiewicz.
Si bien es cierto que este
personaje tiene un exceso de cretinismo por las cosas que escribe, me
llamó más la atención aún el rostro tropical de ese protoser más
pequeño, más oscuro y más perverso que los rostros de las regiones
frías.
La
cara que aparece en la foto que forma parte de este gombrowiczidas
seguramente no tiene nada que envidiarle a las caras de las que le
hablaba Sobanski a Gombrowicz refiriéndose a los polacos.






































