El duelo, la vendetta y la guerra
Si el deseo de comer hombre nos es profundamente
extraño, no sucede lo mismo con el deseo de matar. No todos lo experimentamos,
pero ¿quién se atrevería a pensar que no se mantiene entre la gente tan real,
si no tan exigente, como el hambre sexual? La frecuencia, a través de la
historia, de las matanzas inútiles nos hace sensible el hecho de que en todo
hombre existe un matador posible. El deseo de matar se sitúa en relación con la
prohibición de dar muerte del mismo modo que el deseo de una actividad sexual
cualquiera se sitúa respecto del complejo de prohibiciones que
El acto de dar muerte es admisible en el duelo, en
la vendetta y en la guerra.
Dar la muerte es un acto criminal en el asesinato.
El asesinato corresponde a la ignorancia o a la negligencia de lo prohibido. El
duelo, la vendetta y la guerra violan una prohibición que es conocida,
pero es una violación conforme a una regla. El duelo refinado moderno —donde al
final lo prohibido vence a la transgresión— tiene poco que ver con la humanidad
primitiva, que sólo consideró la prohibición desde un punto de vista religioso.
Primitivamente, el duelo no debió de tener el aspecto individualizado que ha
tenido a partir de
La vendetta, como el duelo, tiene sus reglas.
Es, a fin de cuentas, una guerra en la cual los campos no están determinados
por el hecho de habitar un territorio, sino por la pertenencia a un clan. La vendetta
no está menos sometida que el duelo o que la guerra a unas reglas
meticulosas.
La caza y la expiación de la muerte dada a un animal
En el duelo y en la vendetta —y en la guerra,
de la que hablaremos más adelante— la muerte de la que se trata es la del
hombre. Pero la ley que prohíbe matar es previa a esa oposición, en la que el
hombre se distinguió de los animales de gran tamaño. En efecto, esta distinción
es tardía. Al comienzo, el hombre se consideró semejante al animal; y éste es
aún el punto de vista de los «pueblos cazadores», de costumbres arcaicas. En
estas condiciones, la caza arcaica o primitiva era, al igual que el duelo, la vendetta
o la guerra, una forma de transgresión.
No obstante, hay una profunda diferencia: al
parecer, en la época de los hombres más antiguos, los más cercanos a la
animalidad, éstos no mataban a sus semejantes.1
Pero en esa misma época, en cambio, debía de ser
habitual la caza de los demás animales. Podríamos decirnos que la caza es el
resultado de un trabajo, y que sólo fue posible tras la fabricación de
herramientas y de armas de piedra. Ahora bien, aunque la prohibición
generalizada fuera consecuencia del trabajo, eso no pudo producirse tan
rápidamente como para que no debamos suponer un largo tiempo durante el cual la
caza se desarrolló sin que la prohibición de matar al animal dejase su impronta
en la conciencia humana. Sea como fuere, no podemos pensar en un reino de la
prohibición sino tras una transgresión resuelta, a la que hubiera seguido un
retorno a
Los prehistoriadores suelen dar a las pinturas de
las cuevas el sentido de una operación mágica. Los animales representados,
objetos anhelados por los cazadores, habrían sido plasmados ahí con la
esperanza de que la imagen del deseo lo realizase efectivamente. Pero no estoy
muy seguro de ello. La atmósfera secreta, religiosa, de las cuevas ¿no podría
corresponder al carácter religioso de transgresión que llegó a tener
ciertamente la caza? Al juego de la transgresión le habría respondido el juego
de la figuración. Sería difícil dar una
prueba de ello. Pero si los prehistoriadores se situaran en la perspectiva que
supone la alternativa entre lo prohibido y la transgresión, si se dieran cuenta
claramente del carácter sagrado de los animales en la muerte que les es dada,
cierta pobreza que, en la hipótesis de la figuración mágica, quizá les deja
incomodados, sería sustituida, así lo creo, por un modo de ver más conforme a
la importancia de la religión en la génesis del hombre. Las imágenes de las
cuevas habrían tenido como fin figurar el momento en que, al aparecer el animal,
el acto necesario de darle muerte, al mismo tiempo que era condenable, revelaba
la ambigüedad religiosa de la vida: de la vida que el hombre angustiado rechaza
y que, no obstante, lleva a cabo en la superación maravillosa de su rechazo.
Esta hipótesis descansa en el hecho de que la expiación consecutiva al acto de
matar un animal es una regla entre los pueblos cuya vida es sin duda semejante
a la de los pintores rupestres. Y tiene además esta hipótesis el mérito de
proponer una interpretación coherente de la pintura del pozo de Lascaux, donde
un bisonte moribundo está frente al hombre que acaso lo ha herido, y al cual el
pintor dio el aspecto de un muerto. El tema de esta famosa pintura, que suscitó
explicaciones contradictorias, numerosas y frágiles, sería el de la
expiación que sigue al acto de dar la muerte.2
Cuando menos, esta manera de ver no deja de tener el mérito de sustituir la interpretación mágica (utilitaria), evidentemente pobre, de las imágenes de las cuevas, por una interpretación religiosa más de acuerdo con el carácter de juego supremo que caracteriza generalmente la obra del arte y al cual responde la apariencia de esas pinturas prodigiosas que nos han llegado desde las épocas más antiguas.







































