
Abetos, belenes, y espubillones 1. (Cuento Prenavideño).
por María Amparo Gimeno Pastor
Amparo pasaba y bastante de las Navidades. Decía que eran las
Saturnales romanas, cristianizadas, y que el consumismo, las había
devuelto a sus orígenes paganos, a las que la crisis, casi ni había
afectado. Germán, en cambío, por edad y circunstancias, sí que las
celebraba. Le gustaba y mucho adoran su casa con el tradicional y
mediterraneo, belen de arcilla coloreada. Además, ponía el abeto, con
sus bolas de cristal, rojo, y el consabido espumillón. Eran las
segundas navidades, que la pareja pasaba, y Amparo, decidió tomarselo
con calma.
--Me parece que vamos ha adornar hoy la casa, ¿que te parece, Marian, nena?.--indagó, el ex militar, con suavidad.
--Ni bien, ni mal, ya conoces mi opinión, con respecto a las navidades, Germán, colega.--dijo desabridamente la joven.
--Una
vez, una mujer muy sabia, me dijo, que en fondo lo que celebramos es la
vida, que ya es lo bastante jodida, como para amargarnosla aún más.
Venga, vamos, Marian, colega.---instó, el caballero a su mujer,
oprimiendo con suavidad, su rodilla izquierda.
--Muchas gracias, por recodarme mis idioteces, colega.--dijo agríamente Amparo.
--Venga,
va, cuanto más te lamentes de todo, más te va ha costar
reanimarte.--dijo Germán, acariciando la rodilla de su mujer.--Poco, o
nada puedes hacer ya por Francisco Javier, él ya ha descansado, y tú
también.--animó el hombre. Germán, se refería al ex-marido de Amparo,
muerto por una sobredosís de cocaína.
--Tienes, razón, Germán, sí la tienes, venga, va, vamos ha adornar la casa, sí.--aceptó la joven.
Germán
se levantó y ayudó a su mujer ha hacerlo. El ex-militar, abrazó, y besó
cariñosamente a su mujer, y luego le hizo, una carantoña. Ambos se
dirigieron al trastero, donde guardaban los adornos navideños. Cada
adorna, Germán los guardaba, en una caja distinta, rotuladas con
grandes letras. Así, la pareja, no tuvo más coger las cajas, para
adornar la casa. Bueno, más bien Germán, fue el que cargó con las
cajas, dejando libre a su mujer, quien protestó, de lo lindo:
--¡Mira
tú, que bien, con los brazos vacios que voy, Requena, y tú, con todas
las cajas...!. ¡Sí, hombre, sí, que no eres ningún niño, Requena, y yo
aún estoy salerosa!.--farfulló la joven, algo más animada.
--No
soy ningún niño, tienes razón, Mª Amparo, pero aún puedo con éstas
cajas, y con lo que se me ponga por delante. Te veo más animada,
nena.--indicó el caballero a su mujer.
--Es qué tienes razón, nada puedo hacer ya por Paco.--dijo suspirando Amparo.
Germán
depositó en el centro del salón las cajas, y apartó una silla de la
mesa, para Amparo, quien se sentó intrigada, luego se sentó él, en otra.
--Mira,
Mª Amparo, Francisco Javier, tomó la cobarde decisión del suicidio,
porqué era eso, un cobarde. Tú decidiste casarte conmigo, libremente,
cuando Paco, hacía ya tiempo que no entraba en tu vida. Si no supo o no
quiso aceptar las cosas, su nueva sexualidad, y tu condición
de escritora de exito, y mi esposa, no fue culpa tuya, fue única y
exclusivamente de Francisco Javier, ¿entendido, chiqui...?.--razonó con
dulzura el caballero a su esposa, cogiendola de las manos.
Amparo,
se frotó la naríz, en un gesto muy suyo que indicaba, que estaba
llorando por dentro. Luego, alzó la cabeza, tenía los ojos brillantes y
enrojecidos, por su silencios llanto interno.
--¡Joder, Germán,
qué tienes más razón que un santo, pero qué quieres que haga.! Fue mi
marido durante año y medio, y hubiera sido el padre de mi hija, si no
hubiera abortado antes... Joder, Requena, que si no sintiera su muerte,
te hubieras casado con un monstruo.--dijo la joven, muy acertadamente
por su parte.
--Eres un angel, que se cayó del cielo, nena, y no un monstruo. Por eso
me casé contigo. ¿Qué, vamos a adornar la casa, Marian?.--invitó el
ex-militar.






































