EL TOROGÓZ GORDO *1
Había una vez un torogóz muy gordo. Se había inflamado de tanto comer las sobras que en los platos desechables dejaban los estudiantes en la cafetería universitaria, y, con suma dificultad, se la pasaba brincando de mesa en mesa para engullir extraños bocadillos que le saciaran el hambre.
Un día, el torogóz se sintió muy triste, pues a duras penas conseguía volar hacia su nido o hacia los jardines en los que prefería estarse. Sus alas esmeralda no podían con todo el sobrepeso que había ganado en semanas.
-No, no es posible –pensó el torogóz-. Debo de hacer algo o nunca jamás podré remontar el vuelo. Tengo que buscar un mejor lugar en dónde alimentarme.
Así lo hizo. El torogóz voló con grandes esfuerzos hasta la estatua de la diosa Atenea, en la que fue a posarse sobre el hombro izquierdo. Ahí, mientras descansaba de su fatigoso viaje, pensaba que había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida; justo al lado de la diosa de la sabiduría. Pero pronto se percató de los murmullos que le lanzaban los estudiantes:
-Ve, ese torogóz maje cree que es el tecolote de la Minerva.
-No –pensó el torogóz – Yo no puedo compararme con un tecolote. Si sigo aquí sentado la gente va creer que soy un pájaro que no soy: mi gracia son mis plumas. Además aquí hay muy pocos sitios dónde comer. Me voy.
El torogóz emprendió nuevamente su trabajoso vuelo, no sin antes despedirse de la diosa de la sabiduría, a quien estampó un recuerdo desde las profundidades de sus entrañas en el hombro dónde se había posado.
Primero descansó en un almendro, luego descansó en una palmera, después se posó a la sombra de un árbol de mangos y por fin se estableció en una viga de una casa donde se reunían los miembros de una organización de estudiantes, los cuales acogieron al torogóz de muy buena manera, colocándole agua en un recipiente y algunos trozos de fruta.
-Creo que me quedaré por fin en esta casa –se dijo el torogóz-. Estos jóvenes aún se acuerdan de los animales de su tierra. Además sus pláticas se oyen muy interesantes.
De este modo el torogóz permaneció por dos semanas en el local de la organización estudiantil, y durante ese tiempo comió fruta fresca y agua purificada; escuchando atentamente las conversaciones acerca de un señor al que llamaban Marx, y otro al que llamaban por un nombre más extraño de pronunciar aún. Pasaron los quince días y el ave volvió a sentirse incómoda en aquel lugar, pese a la buena comida y a los diálogos.
-No sé por qué pero ya no me gusta esta casa –pensó el torogóz – Creo que no he bajado solamente de peso, sino también de conciencia. Estos nombres tan raros de pronunciar no van conmigo. Me voy.
Si bien era cierto que el pájaro había bajado algunos gramos de su grasa, no consiguió volar con completa libertad. Se dio cuenta que aún llevaba consigo mucha de la porquería que había comido de todas partes, en especial de las sobras de los platos desechables. Por fin llegó a una Ceiba, y permaneció ahí en silencio durante veinte días con sus noches, no sin esforzarse por no dejarse ver de los transeúntes de la facultad que se morían de risa al ver su perfecta redondez. En ese tiempo el torogóz aprendió finalmente lo que era ser un torogóz, y al final de sus veinte días y veinte noches de reflexión profunda se dijo:
-Ahora sí que he bajado mucho de peso, y he aprendido mucho sobre lo que es ser torogóz. La lluvia me ha dado de beber, la brisa ha refrescado mi mente y las risas de los estudiantes me han templado las alas del carácter. Hoy debo volar.
Y el torogóz, que antes había sido muy gordo, voló por encima de toda la capital, hacia regiones de bosques y árboles donde pudo encontrar aves semejantes a él, con las cuales compartió lo que era ser torogóz. Les enseñó a cómo surcar los cielos, a cómo mezclarse entre las nubes, y por supuesto cómo escoger la comida que sí nutría tanto el organismo como la esencia de torogóz.
Una tarde, uno de los pájaros más jóvenes, mientras aprendía a volar por sobre el smog de la ciudad, preguntó al que antes había sido muy gordo:
-Decíme amigo, y al final, ¿qué es ser torogóz?
Y el otro respondió:
-Es saber comer aquello que te dejará volar por sobre el cielo azul que tenés enfrente.
Ignacio Cardenal
03-12-08 / 4: 30 p.m.
_________________________________________________
*1 El torogóz es el ave nacional de El Salvador, escogida por caracterizar las cualidades hospitalarias y hogareñas del pueblo salvadoreño, debido a que esta ave convive como en una familia.







































Preciosa la foto!!! Te ha ...
Preciosa la foto!!! Te ha quedado realmente bonita :)