
Una calle llena de tarjetas de Navidad ,
con el brillo de las vitrinaa
y el ecos de los villancicos
en la mirada de un perro .
Es el frìo del polo norte .
El anciano rojo fàbrica los sueños
de esos niños ansiosos por tener el mundo entre sus manos .
Millones de cartas , millones de cartas ,
de esos rostros que decoran aquel àrbol fatuo
de las buenas intenciones .
En esas iglesias ,
los cirios se apagan por la indiferencia ,
de las tarjetas de crèditos ,
de los clones de ese venerable anciano vestido de rojo ,
por las tarjetas musicales .
Es el fuego de las luces de colores en el sonido de los celulares .
Es la chica de la noche ,
en el anuncio de las cajas de preservativos .
El anciano vestido de rojo ,
salta de una chimenea a otra ,
en el rostro de esa dueña de casa libidinosa ,
con el grito de guerra ,
de esas noches que no fueron .
Los cirios se apgan en el rostro de la bruja farandulera ,
en la portada de las ùltimas noticias ,
en las peleas del ciclòn de millones de un estadio ,
en las ventas de las tarjetas de Navidad ,
en las revistas de papel couhce .
El anciano vestido de rojo ,
vuelve a saltar a los bares de mala muerte ,
en el càntico del ron ,
en las caricias entre piernas ,
en el baile de una nudista ,
con los pechos abiertos como el mapa del dolor .
Los cirios vuelven a encenderse con el brillo de una botella de vino ,
en el rostro de un mendigo .
En la cena de Navidad en la villa de los arenales ,
en el juego de un partido de fulbol ,
en el rostro de Cristo ,
en el sueño de una noche de verano en Valdivia .
MARIETTA MORALES RODRÌGUEZ





































