
LOS SALVADORES
Por Nelson Gómez León.
Cuando estaba por desatarse
el fin del ocaso, que comenzaría con miles de mutilados y millones
de muertos, producto de la dominación de la raza superior; cuando estaban
por morir centenares de niños en Europa, los pueblos oprimidos en conjuro
de rezos clamaron por la libertad en diferentes idiomas, los menos,
clamaron por una muerte rápida; más ni los unos ni los otros imaginaron,
siquiera, la brutalidad y la destrucción que costarían al viejo continente
el quiebre del yugo ario; tiñendo, desde sus inicios, la victoria con
sangre de un tranquilo poblado del norte de Francia. En la asoleada
península de Cotentin, que se adentra en las turbulentas aguas del
Canal de la Mancha está ubicada la caleta de pescadores Saint
Paul; a su costado derecho aún se conserva un gran promontorio que
sobrepasa los cien metros de altitud, en el cual está situado el castillo
del antiquísimo señor feudal y, desde que fuera construido vigila
y atemoriza a los lugareños; rodeada de bosques naturales y en aislamiento
vive la caleta con un benigno clima suave, y las fragantes brisas
se transforman en música al tocar levemente las afiladas copas de los
árboles.
Más tórrido que otras
veces había llegado el verano a esa pequeña caleta olvidada por los
franceses; corría el memorable año l944 y se vislumbraba el sexto
día del mes de junio; como era habitual, el movimiento humano comenzaba
con la salida del sol, y algunos madrugadores ya habían salido al mar;
la noche anterior, todos sin excepción, oyeron presurosas maniobras
de vehículos en el castillo de la colina, en medio de la espesa
bruma, pero no hubo quién se atreviera a indagar sobre ellas; para
los resignados pescadores era habitual que las fuerzas de ocupación
realizaran este tipo de desplazamientos, todo dentro del juego de ver
oír y callar. Cuando el sol se reflejaba en los adoquines de
Saint Paul, en una de las seis pobres callejas, específicamente en
la Rue Rouse, se pudo ver tirado junto a desperdicios, quizás perdida
u olvidada...la gorra de un coronel alemán, que mostraba. intactas
sus vistosas insignias y la reluciente visera.
Marcel Bazan, el alcalde
de mar, fue el mejor pescador que se conoció en la región, hombre
enjuto y fuerte, de valentía probada en el mar y en la caleta; ahora,
por un desgraciado accidente no podía salir a la captura de peces y
se dedicaba a fabricar y reparar redes; era el patriarca natural del
sector que aportaba con su sabiduría y experiencia a las labores
cotidianas de los pescadores; nadie logró verlo sin su pipa de roble,
llegando a pensar, algunos, que ahí radicaba su fuerza, otros decían
que era un apéndice que trajo con él al nacer. Marcel fue el
primero del poblado en ver la gorra militar que, impertérrita,
desafiaba las brisas matinales de la ribera dominada; de reojo escudriñó
el objeto, pensó en varias causas y, al no llegar a una razón lógica,
entró nuevamente en su casa y lo comentó con su esposa Louise en voz
baja; ambos preocupados se instalaron en la ventana del dormitorio matrimonial
para ver desde allí lo que podía ocurrir a continuación. Lo mismo
le pasó a dos niños mientras iban a buscar agua, entre saltos
y jugarretas se percataron del objeto abandonado, no dudando un instante
de qué se trataba, regresaron presurosos a casa para
informar a los suyos; así, la familia se apostó en la puerta
de calle a espera los próximos acontecimientos. En la medida que los
pobladores aparecieron en las calles, se fueron congregando en
torno a la novedad aparecida en la Rue Rouse y, expectantes comentaban
al respecto mil posibles historias.
No se podría decir que
la ocupación alemana había sido benevolente, ya que gracias
al invasor muchas aves y animales de corral desaparecieron por las noches;
cantidad de sembradíos resultaron esquilmados de día y con prepotencia;
en varias fiestas de la caleta irrumpieron soldados germanos armados,
se sobrepasaron y crearon desordenes; las sistemáticas patrullas, y
los continuos saqueos a los botes en la playa convirtieron al villorrio
en una caldera en ebullición permanente; el aire de solidaridad
que se respiraba en la idílica caleta, después de la llegada
de los alemanes, terminó convirtiéndose en brumas
de enemistad, odio y resentimiento al extranjero, y entre
ellos mismos.
Pierre y Lucian, mozalbetes
de quince flacos y esmirriados años, que se vestían gracias
a la caridad y se comían lo que estaba a su alcance, fueron los iniciadores
del carnaval que a continuación, y por horas, se llevaría a cabo en
el lugar. Alzaron temerariamente la gorra con un pie, con alegría
desbordante la lanzaron por los aires y luego, se la fueron poniendo,
con alternancia, en las cabezas; Pierre, abriendo brazos y
piernas, imitó a un hombre gordo dando saltos grotescos; las bien formadas
hermanitas Marie y Lucille, de esplendorosos dieciocho y veinte
años respectivamente, también probaron suerte de colocársela
y bailar con una comicidad abismante; los presentes rieron a rabiar,
cuando vieron que por culpa de las orejas de las muchachas la
gorra no les llegaba a la boca ; la batalla por la posesión del
trofeo la iniciaron Michelle y Lulú, mujeres ya maduras que, a viva
fuerza y con palabrotas de grueso calibre, pujaron denodadamente por
la tenencia indefinida del objeto y, esta verdadera obsesión
por la gorra contagió a todos los presentes, produciéndose
tensos momentos de lucha y forcejeos hasta que Marcel Bazan salió a
la calle y les gritó: -¡Amigos míos, tengan calma... y escuchen!,
sé que todos quieren tener esa maldita pieza del uniforme de un invasor
pero ¡esta es una zona ocupada militarmente, ténganlo presente!
Nosotros somos los invadidos por los cerdos, aconsejo, a los que me
quieran oír, dejen lo más lejos que puedan esa gorra,
no sabemos el por qué está aquí ni los peligros que nos puede acarrear.
Monique, la gorda del poblado, por compulsión odiosa y rezongona, intervino diciendo: - ¿No será que usted , aprovechándose de su cargo, pretende quedarse con la gorra y presumir cuando tenga nietos?
Tiritó la pipa en los
labios de Bazan, mientras replicaba a Monique: - Señora Monique,
si usted pudiera pensara antes de insultar, sería conveniente para
todos ¿sabe, acaso, lo que significa la palabra represión ?
Por cosas menores los alemanes han fusilado a poblaciones enteras, sin
respetar edades ni sexo-. Se quedó mirando a los presentes en busca
de apoyo a sus palabras, mas nadie se pronunció al respecto, la gran
mayoría miraba al suelo o en otra dirección, como si no se les estuviera
hablando a ellos.
Ante la indiferencia
mostrada por los habitantes de la caleta, Bazan se retiró a su casa
con la remota esperanza de que pronto reaccionarían con acierto.
No fue así, desgraciadamente, las peleas continuaron hasta bien
entrada la mañana, al mediodía, todas las personas habían lucido
en sus cabezas la gorra militar, algunos además se pintaron unos ridículos
bigotitos, y otros le pegaron plumas de gallina; los más pequeños
hicieron desfiles mientras que de sus bocas salían unas desafinadas
marchas prusianas, los de más edad, guarecidos en sus casas contemplaban
el espectáculo.
A media tarde, fue tal
la cantidad de heridos y contusos que el alcalde de mar, después de
pensarlo y repensarlo, salió a la calle de nuevo, ahora sí, dispuesto
a terminar de una vez con la parodia bélica que estaba diezmando
al poblado; derribó a unos cuantos para hacerse camino hasta el centro
de los alucinados; una vez allí, extrajo de entre sus ropas una
pistola y disparó tres veces al aire mientras gritaba: -¡Dejen esa
gorra, antes de que le dispare al que la tenga en su poder!- Los conminados
se paralizaron; luego de furtivas miradas en torno suyo, bajaron la
cabeza con humildad; él que tenía la gorra en esos momentos
la soltó como si ésta le quemara la mano. Bazan se paseó con lentitud
entre los congregados con la aún humeante pistola en la
diestra, se detuvo junto a la gorra y la cogió con la otra mano, como
un desafío al que pretendiera apropiársela; los antes exaltados
comenzaron a retroceder y, cada vez lo fueron haciendo a más y
mayor aprisa, hasta terminar corriendo en busca de sus domicilios, y
una vez en ellos entraron a prisa.
No bien hubo terminado
de desaparecer el último conejillo, cuando desde la esquina del único
almacén aparecieron varios soldados que, al enfrentar a Marcel Bazan
con una pistola en la mano, alzaron sus armas y dispararon; Marcel
cayó herido de muerte junto a su pipa que seguía humeando. Seis fusiles
lo apuntaron, y una pesada bota de un golpe dio vuelta el cuerpo
del infortunado.
Los soldados anglo-americanos pertenecientes a la operación “Overlord”, cuyo comandante en jefe era el general Eisenhower, luego de tomar las posiciones estratégicas del lugar, reunieron a los pescadores de la caleta en el barracón que servía de hospital. Perdieron el tiempo tratando de explicar a los residentes que ésta era la avanzada de la tan esperada invasión libertadora de Europa. Los destacamentos alemanes de ocupación, al saber de su llegada, durante la noche habían abandonado la región. Y que ellos, habían disparado a un hombre armado con una pistola alemana y... agravando lo anterior, tenía en su mano la gorra de un oficial nazi.





































