
VERÍDICA CRÓNICA DE JUANA LA LOCA Y DE FELIPE EL HERMOSO
Doña Juana, hija de los Reyes Católicos, había heredado de su abuela materna doña Isabel de Portugal el arrebato fantasioso y la ensoñación lunática, y de su otra abuela, doña Juana Enríquez, cuyo nombre de pila llevaba, la terquedad de mula. De ambas vertientes de la sangre vino a resultar una doncella tan empecinada en sus imaginaciones que no había forma de quebrantárselas.
Cuando cumplió los quince
años sus padres decidieron casarla, porque el primogénito, el infante don Juan,
era muy distraído de salud y en cuanto se descuidara podía cometer el traspié
de morirse, de modo que había que apercibir a doña Juana para futura reina.
Pero una reina siempre en la luna de los sueños de qué le serviría a Castilla,
de qué a Aragón y a los trescientos señoríos sufragáneos sin contar las Indias
Occidentales a punto de ser descubiertas por el genovés. Se confió en que el
matrimonio y la maternidad la harían bajar a tierra. Y si aún así persistía en
sus fantasiosidades iba a necesitar un marido que lidiase él solo con el león
de la guerra, con el lobo del gobierno y con el zorro de la política.
Correos secretos fueron
despachados a todos los reinos de la civilización portando mensajes que
mezclaban el ofrecimiento de la mano de doña Juana, la garantía de que el
infante don Juan no tenía para mucho y un inventario fabuloso de las Indias
Occidentales. Los candidatos proliferaron. Los protocolos, las etiquetas y
costumbres de entonces querían que cada candidato enviase, junto con la
petición de mano, su retrato pintado del natural, que los Reyes Católicos,
asistidos por inquisidores de Segovia, por sabios de Salamanca y por
nigromantes de Toledo, examinaron uno por uno en una cámara del castillo de
Valladolid, a escondidas de doña Juana para que la ilusa no se dejase engañar
por alguna pintura de embeleco y después quién la desengañaría.
Varios postulantes fueron
rechazados sin miramientos: un vástago del rey Tudor porque aunque lo habían pintado con bigotes
se notaba que era un niño de no más de siete años; el nieto del duque de
Borgoña porque su figura adolecía de penurias de masculinidad, dato confirmado
por el embajador aragonés ante la corte de Capeto; cierto príncipe de Calabria
y de las Islas Eolias, un joven muy guapo y muy simpático, porque junto con el
cuadro llegó un aviso de que se trataba de un impostor napolitano; un duque de
Iliria y otro de Transilvania porque eran dos viejos ya retirados del servicio
del amor, el zarevich de Rusia porque en aquel bárbaro país todavía no
prosperaba el arte pictórico y lo que se vio en el retrato espantó a todos, y
el conde palatino de Magdeburgo porque cuando se lo escrutó a medianoche y a la
luz de una antorcha, que es como un retrato revela el alma del retratado, se
advirtió que ese teutón no creía en la virginidad de María.
Finalmente llegó en un
gran marco dorado y labrado la efigie de Felipe, hijo del emperador Maximiliano
de Austria y rey él mismo de los Países Bajos. La claridad del día lo descubrió
muy apuesto y de virilidad testaruda. Indagado a medianoche al resplandor de la
antorcha, le averiguaron prendas de espíritu que lo sindicaban como un marido
ideal para doña Juana: abundaba en valor, en prudencia y en frialdad de ánimo,
ignoraba la lujuria y la glotonería, era modesto, sensato y poco amigo de
acicalarse, y rehusaba todo género de devaneos mentales. El único defecto que
confesó fue cierto gusto por la zafadurías de vocabulario y quizá un poco de
brutalidad escueta para el amor, pero no eran vicios graves. En compensación,
rebosaba de fe cristiana. Los Reyes Católicos ahí mismo dieron por concluido el
desfile de candidaturas.
A la mañana siguiente el
retrato, velado con un terciopelo carmesí, fue conducido por dos pajes hasta la
presencia de doña Juana. Lo precedía una tropa de camareras de palacio y lo
seguía un cortejo de músicos vihuelistas. Detrás venían los nigromantes, luego
los sabios y después los inquisidores. Cerraban la marcha los reyes entre dos
maceros. Cuando quitaron el paño y la estampa de Felipe apareció en sus trazos
graciosos y en sus tintes encendidos, doña Juana miró e incontinenti se
desvaneció, prendada de golpe y para siempre de la hermosa figuración. Una hora
le perduró el desmayo, que ella ocupó en soñarse unos amores fogosos con aquel
mancebo. Al recobrar el sentido ya estaba tan extraviada en sus quimeras que
nunca más saldría. Un mes más tarde se celebraron las bodas.
Felipe no era ni la mitad
de hermoso de como lo declaraba el óleo, y tenía el alma usurpada por la
crueldad y el orgullo. Añadía costumbres disolutas y una indiferencia religiosa
fronteriza de la apostasía. Sus súbditos lo apodaban Felipe el Diablo, mote que
jamás pronunciaron en voz alta ni baja por temor de que los mandara callar la
horca. Si hoy estas tardías páginas traen a la luz un secreto guardado en el
corazón de aquella gente es porque la literatura sabe lo que
Las disidencias entre
Felipe el Diablo y el Felipe del retrato piden una explicación. Autor de la
engañifa o más bien su servil ejecutor fue Jan van Horne, de Heinault, que
cuando joven había aprendido en Italia, en el taller florentino de micer Paolo
Ludovisi, el arte de la pintura fraudulenta, habilidad que a su regreso a
Flandes le valió fama y dinero, porque en sus retratos los viejos se
rejuvenecían, los feos y deformes se hermoseaban y los tontos parecían
inteligentes; los canallas, santos, y los perversos, ángeles.
Pero cuando Felipe le
contrató los pinceles para el cuadro que enviaría a España y le previno que de
su talento dependían dos cosas, el matrimonio del retratado y la cabeza del
retratista, Jan van Horne se espantó. Es que ni el venerable micer Paolo, que
una vez había hecho el retrato de un feroz ajusticiado y lo había vendido con
el título de “Adonis muerto por el jabalí”, habría sido capaz de sobreponerse
al aire crapuloso que difundía Felipe. Para salir del paso recurrió a una
estratagema. Durante todo el tiempo que le llevó la fabricación del engaño
miraba con un ojo aquella cara de perversidad irrebatible y le corregía las
medidas y las proporciones, mientras con el otro ojo miraba la cara de un
soldado que montaba guardia a la puerta del aposento, y fue gracias a ese
estrabismo que el retrato de Felipe saldría airoso, en Valladolid, de la prueba
de la antorcha.
Los Reyes Católicos no
demoraron en advertir la estafa, pero ya era tarde para cualquier enmienda.
Encima se les murió el primogénito. Enemistad y discordia hubo entre suegros y
yerno, y se dice que los disgustos urgieron el acabamiento de la reina, quien
aún finada tenía una expresión de contrariedad, y le aconsejaron al rey renegar
de la viudez y casarse con Germana de Foix en procura de un heredero que le disputase
al flamenco el doble trono, pero la edad le estropeó esos planes.
En cambio doña Juana nunca
se dio cuenta de la superchería. El día en que conoció a Felipe lo vio tal como
lo había visto en la tela patrañosa de Jan van Horne, y así bello y de alma
cristalina siguió viéndolo por todo el resto de su vida, siempre joven, con la
misma sonrisa seráfica y la misma barba rubia cuidada, tan hermoso de carnes y
tan angélico de alma que el amor que sentía por él, lejos de amenguarse, crecía
como la mar océano y le poblaba las orejas de unos pulsos de fiebre. La más
tímida insinuación de que su marido divergía ligeramente de la pintura la
atribuía ella a la envidia y a los celos y le provocaba accesos de cólera con
lágrimas y temblores como de tercianas. Ni sus padres consiguieron deslunarla,
menos aún los cortesanos. Y entre tanto Felipe la tenía todo el tiempo hinchada
con un embarazo tras otro mientras él se dilapidaba en juergas adúlteras.
Cuando, muertos sus
progenitores, doña Juana subió al trono, lo primero que hizo fue mandar que a
su marido lo llamasen Felipe el Hermoso, bajo pena de cortarle la lengua y la
mano derecha a quien desobedeciese. Consagrada a los embarazos, puso todas las
llaves y ganzúas del gobierno en manos de su consorte, quien consumó unas
diabluras tan vehementes que en pocos años la prosperidad del reino quedó
aniquilada. Las Indias Occidentales se salvaron gracias a que estaban ubicadas
al otro lado de los abismos ptolomeicos.
En vano diputaciones de
nobles y de obispos visitaban a doña Juana en el castillo de Valladolid, donde
Felipe la mantenía reclusa con el pretexto de que el sol es malo para la
maternidad, y le pedían de rodillas que intercediera ante el rey para que
cesase en los pillajes, las matanzas, los sacrilegios y violación de doncellas.
Doña Juana, entre parto y parto, les contestaba que esas eran calumnias.
Mostrándoles el retrato fraguado por Jan van Horne, del cual no se separaba ni
en el lecho, gritaba con ímpetu demente que un rey con aquel rostro de arcángel
no podía ser el diablo que ellos decían porque eran todos unos traidores.
Saqueado por los desórdenes, murió Felipe a los veintiocho años de edad. Testigos dignos de crédito aseguran que aparentaba el doble. Todavía cincuenta años más tarde lo sobrevivió la reina, aunque no hubo forma de que contrajese la viudez. Al menor intento de que vistiera de luto refutaba que su marido no había muerto, y señalaba con el índice el retrato. Un día la encontraron difunta en el lecho frío, abrazada al óleo donde Felipe el Diablo era Felipe el Hermoso.
DULCINEA DEL TOBOSO
Vivía en El Toboso una
moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Francisca Nogales.
Como hubiese leído novelas de caballería, porque era muy alfabeta, acabó
perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su
presencia las gentes se arrodillasen y le besaran la mano, se creía joven y
hermosa pero tenía treinta años y pozos de viruelas en la cara. Se inventó un
galán a quien dio el nombre de don Quijote de







































FALSIFICACIONES
El nombre de la banda salio de este magnifico libro. Saludos desde Argentina.