
GOMBROWICZIDAS
EL SÉPTIMO SELLO
Por Juan Carlos Gómez
En la última novela del Pato Criollo, obedeciendo las órdenes de Frasca, el representante del mal en la tierra, aparece un salmón de grandes proporciones sobre el cielo de Rosario, mientras otros fenómenos también perturban el orden del cosmos: aparecen juguetes que se transforman en personas, personas que se desprenden de una pantalla, las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por el desierto... un gran desorden hace peligrar a la humanidad.
Una sensación parecida a la que puede producir este trastorno del cosmos se apodera de mí cuando algún editor publica lo que escribo. Este fenómeno cultural increíble se ha producido sin embargo dos veces en este año, a saber: en marzo, el Gran Ortiba, comandante en jefe de la revista "El Ortiba" empezó a publicar todo lo que llevo escrito sobre Gombrowicz, todo lo que estoy escribiendo y, si Dios lo permite, todo lo que escribiré.
Y en octubre, el Perro Uno, comandante en jefe de la revista "Cinosargo", empezó a publicar todos los Gombrowiczidas que le van cayendo entre las manos al que, lamentablemente, tuve que tirarle de las orejas porque tiene la costumbre de publicarlos sin nombrar al autor que, como todo el mundo sabe, vengo a ser yo.
Cinosargo es el nombre del gimnasio dónde un discípulo de Socrates impartía sus enseñanzas siendo Dógenes su alumno más destacado. Los discípulos estaban orgullosos de que los llamaran cínicos, es decir, perros pues era un apelativo que señalaba cumplidamente su desprecio por las convenciones sociales.
Gombrowicz adoraba a los perros, y la adoración que le tenía a su perro Psina más su costumbre de jugar al ajedrez se me asociaron de una manera extraña con "El séptimo sello", la película de Bergman.
Ingmar Bergman fue un gombrowiczida insigne, su puesta en escena de "Ivona" y la escena del "El séptimo sello" en la que el caballero que vuelve de las Cruzadas reta a la Muerte a un juego de ajedrez para demorarla en unos trabajos macabros que debía realizar con sus vecinos enfermos de peste, son inolvidables.
Gombrowicz, entusiasmado por la belleza de los otoños de Vence, cantaba arias de opereta –en es momento estaba escribiendo "Opereta"– con su perro Psina que sacaba su lengua grandota, se reía y cantaba con él.
"Ha terminado el año, un año más cerca de la muerte, aunque hablar de la muerte demuestra mala educación"
Si bien es cierto que Gombrowicz tenía con la muerte una relación más bien mundana juega con ella en serio unas partidas de ajedrez, como el protagonista de "El séptimo sello"
"Mientras estábamos merendando en la terraza apareció el tío Szymon; –¿Cómo?, si Szymon hace cinco años que yace bajo tierra; –Exacto, vino del cementerio con el mismo traje con que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se sentó, tomó un té, charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; –¿Cómo? ¿Y vosotros qué hicisteis?; –Nada, qué puede hacerse, querido, ante semejante insolencia"
A Gombrowicz le parece que los hombres cometen una canallada promulgando leyes que le impiden morir a quienes han elegido la muerte, obligándolos a vivir nada más que por mezquindad, para evitar los inconvenientes que trae la muerte. El chantaje contenido en la obstaculización de la muerte atenta contra la más valiosa de las libertades humanas.
Estamos condenados a vivir, pero si la vida nos pisotea y nos denigra con la crueldad de una bestia salvaje, disponemos de un instrumento maravilloso para zafar: podemos privarnos de nuestra vida.
Aunque no elegimos venir al mundo, debiéramos tener al menos el derecho de marcharnos, siendo éste el fundamento de la libertad y de la dignidad personal, porque vivir dignamente quiere decir vivir voluntariamente. Este derecho fundamental del hombre, que debiera figurara en la constitución y en las leyes, ha sufrido una confiscación paulatina e imperceptible. La organización social dispone las cosas de tal manera que morir resulta difícil, a pesar de los recursos de la técnica actual que podrían proporcionarnos una muerte muy dulce.
La afirmación ciega de la vida del otro pone al descubierto la insensibilidad del que nos impide morir, que tiene mucho que ver con el hecho de que el dolor y la agonía todavía no lo alcanzaron, una estúpida frivolidad con la que se impide morir al que sufre. La organización social debería restringir el campo de acción del dolor dándole lugar a la eutanasia.
Todas las consideraciones que se oponen a esta determinación son dogmáticas y teóricas, se despliegan como la cola de un pavo real, lejos de la muerte. Lo más lejos posible. Gombrowicz tiene las ideas bastante claras respecto al dolor y al envejecimiento, pero no las tiene tan claras respecto a la muerte.
"Durante el entierro pensé que no eran vivos quienes despedían al finado, sino moribundos (...)"
"En el cementerio, a aquella luminosa hora de la tarde, las caras marcadas por una cierta expresión de grave desesperación, tenían un aspecto cadavérico, igual que el cadáver del ataúd, y cada uno de los presentes cargaba consigo mismo como un saco lleno de muerte"
Pero este saco lleno de muerte, este "memento mori", le resultaba exagerado, cuando le aparecía tenía la necesidad de controlarlo. La insistencia continua de la idea de la muerte sólo prueba que no somos capaces de asimilarla, pues si lo fuéramos, si en verdad sintiéramos su presencia, no podríamos dormir ni comer, sin embargo, ni siquiera nos impide ir al cine. No nos preocupamos verdaderamente por nuestros propios pensamientos sobre la muerte, pareciera como si esa idea se pensara a sí misma, a lo Hegel, por su cuenta.
"La muerte se vuelve para mí cada vez menos importante, tanto la humana como la animal. Cada vez me resulta más difícil comprender a aquellos para quienes la privación de la vida es el mayor de los castigos. No entiendo la venganza de quien, al matar con un inesperado disparo en la nuca, se regocija como si el otro hubiera sentido algo. Me he vuelto casi indiferente a la muerte (no hablo de la mía)"
Si bien Gombrowicz quería mucho a los perros, su amigo Wladyslaw Jankowski los quería aún más. Los galgos de Dus se habían metido en un terreno lindero y despedazado a una cerda. El vecino salió de la casa con una escopeta, mató a uno de los galgos e hirió a otro, los demás huyeron. Dus salió corriendo al porche con una linterna, los galgos se levantaron al verlo y lo rodearon, su amor sumiso era conmovedor.
Faltaban Step y un cachorro, el dolor de Dus lo dominaba todo, elevándose como el canto de Isolda, hubiera dado por Step todos sus caballos preferidos.
Su cara era la de un hombre abatido, debilitada quizás también por la pequeñez de esa desesperación suya causada solamente por un perro y para el cual no podía exigirnos nuestra total aprobación.
Sacó un revólver de un cajón, montó a caballo y el galope se lo llevó hacia la noche. Finalmente la ira lo fue abandonado al pobre Dus y sólo le quedó el dolor por el más fiel de sus perros: –¿Por qué me has hecho esto?, siempre he sido un buen vecino. Se puso a buscar el cadáver de Step y lo encontró entre unos arbustos, pero todavía vivía. Lo llevaron al establo jadeante y sacudido por convulsiones.
Dus, Jacek, Jeanne y Gombrowicz celebraron un consejo sobre si había que acortarle el suplicio a Step. Y votaron.
La señorita Jeanne, guapa, veinte años, mujer de lujo y comunista, lúcida, enérgica y valiente, moderna y atea. Al verla ante ese perro Gombrowicz se dio cuenta de que la justicia comunista, al igual que la católica, no incluye a los animales. Como su moral racional no tenía nada que decir la señorita Jeanne se transformó en mujer, se escondió en su sexo, la sexualidad irrumpió en el dolor como si pudiera remediarlo. Se inclinó sobre el perro con una ternura maternal, la muerte le pareció peor que el dolor: –No, no, ¡no lo matéis!
Jacek, católico, profundamente creyente, pero Dios tampoco tiene nada que ver aquí, para un perro no hay salvación.
Sin embargo, Dios permite que el hombre tenga piedad de ellos. Su decisión estaría dictada entonces por la compasión, por el cálculo de que la vida de un perro no tiene mayor importancia, y por la idea de que había que terminar cuanto antes con una situación que resultaba un tanto embarazosa para Dios y para el alma: –Matadlo, no saldrá de ésta.
Para Gombrowicz no existía ninguna instancia superior, tampoco ya existía el perro, delante de él sólo había un pedazo de materia sufriendo. Atrapado por este tormento en el establo exigió que le pusieran fin: –¡Matadlo, detengan la máquina del dolor! ¡No se puede hacer nada más, sólo esto! ¡Esto sí que lo podemos hacer!
Dus, agrónomo, terrateniente, cazador, deportista, amante de los caballos y de los galgos.
Entre él y los otros existía una total disonancia. No tiene miedo del dolor en sí como Gombrowicz. No busca una justicia universal como el católico o el comunista. Existe entre seres de carne y hueso, rechaza las abstracciones, en el fondo de su alma no sabe qué es la igualdad, es un amo. Quiere muchísimo a ese perro, para él una criatura próxima, que conoce, por Step está dispuesto a cualquier sacrificio, pero no quiere conocerlo todo, quiere permanecer en el círculo limitado de sus sentimientos.
Quiere a Step con amor de amo, lo quería porque el perro lo adoraba, y el quería en el perro su adoración canina, un sentimiento aristocrático nacido de la superioridad absoluta del hombre, toda la naturaleza tiene que servirle para que él distribuya las gracias entre los seres inferiores.
El rey absoluto inclinado sobre el perro fue el más acorde con la naturaleza, y si el perro hubiera podido comprender lo hubiera comprendido a él y no a los otros. Con la dulzura de una madre dolorosa él también votó: –Esperemos, quizás no se muera. Un amo feroz que prolonga la tortura de Step con el fin de salvar al perro para sí mismo.
"Esta escena, como extraída de un drama, no estaría tan llena de tensión ni sería tan crítica, si no fuera por el estertor y los ojos del perro, que no se apartaban de nosotros"






































