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I
Los ángeles lloran el tiempo perdido
y los Dioses - tan tristes - sólo saben de la hermosura
cuando cae sobre las piedras
el ímprobo útero que la repudia.
Los ángeles lloran el tiempo perdido:
dalias nacen de sus sollozos, plegarias vanas
cuerdas jactanciosas, melodías impertinentes
que el cielo desprecia
II
Durmiente, este jardín se te parece:
sus pájaros,
el boscaje donde se adereza el tiempo,
su música,
que es la agonía de mis labios heridos de canto.
Mendiga: ¿vives en él?
Triste me recorres: remota y profunda,
bucólico verbo que embelesado se dice verso,
belleza que el musgo cubre y esconde.
Egregia mía: el silencio es mi mejor poema.
XIII
Descenderán los años por estos torrentes,
jacarandeando por la penumbra los aromas,
la infancia que hemos (re)encantado en nuestras ciénagas;
embriagados mitigaremos las muertes, en los patios
dichosos Ícaros ajados de aguaceros nos dirán que son ángeles
y encontraremos la vastedad de sus ojos en el aljibe,
en los aderezos con que el verbo viste sus desgracias,
su azogue de sueño que se enclaustra en sus llantos,
(¿que será de sus rebeliones encanecidas
en el osario del corazón de los amantes?)
Descenderán los años por estos torrentes,
y el viento: llamará desgajando los oleos del pórtico,
entonces los jardines serán inciensos,
entonces el silencio cantará su odio a la boca que lo desflora.
Hermana de mis abismos
Los goznes de mi garganta cantan
a tus exequias hermosas: tersa piel opalina
cubierta con halo de musgo, gusanos y flores.
Durmiendo sobre el perjurio de mis años
como ninfa triste sobre acequias salobres
con tus glorias derruidas.
Amanece y es tarde.
El mar retorna a sus oscuridades
el claro fragor de las arenas.
Amanece y es tarde.
El idilio de los labios guarda su sórdido secreto.
Amanece y es tarde.
En el beleño se empolla la niebla que oculta el jardín.
“Toda mi fuga y mi tránsito,
ahí se precipita mi gozo,
por esa luz que venero y me naufraga,
por la brizna que nos cae de un cielo
que me ha ungido malhadado,
por estas visiones y cautiverios
donde derramo mis nochevelas
plenas de plegarias y blasfemias”
¿Que sientes oculta en estas procesiones,
perdida entre los alabastros
que me cierran el camino a tu memoria,
entre mustios caracoles de corazas perennes
circunvalando en espiral el secreto de los árboles
en esa edad de tierra donde rasguñas y te desfloras?
Abandonados ceñiremos los despojos,
llamados al candor imposible de los años caídos,
mi niña muerta, siempre solos y desterrados.
Pero el sol guardará nuestros peregrinajes,
el amado cuento que florece
en la boca de los muertos.
Recuerda:
he apresado sus olvidos
para celebrar nuestras lágrimas.
Recuerda:
Somos del viento y este polvo lacerado.
“Espérame en otras noches,
en tus manos rojas vanas flores
manchadas de efluvios de luna
que gotean en los cristales,
ese malsano resplandor en el atrio de la niebla
que nos aleja del bosque y las palabras
por las que hemos vivido”
Breve es el aroma doliente de tus labios
para ajar el silencio,
para recorrer los pórticos
donde el sol bruñe los túmulos rotos
que llamaremos recuerdos.
Furtiva inocencia, alegría,
cristales rotos, sucia sentina de palabras.
¿Me abandonas en estos páramos,
con sus desvencijadas cruces y frutos podridos,
con el cálamo herido de los alhelíes
inundando las bóvedas con sus perfumes moribundos?
Seremos otros
cuando bebamos las linfas del sueño,
en la premura de viajes sobre nubes de azafrán,
tras el espejo con nuestros cantos silenciados,
vaciados de hechizos, aljófar mío, ya sin reyno.
Errante irás por estos sueños,
iluminada por mis odios.
Herida en mis profundidades,
te acunaré en mis silencios.
¿Me remansarás, hermana mía,
cuando devastado mendigue tus mieles?
Dulce será la caída
y seremos (al fin) el oscuro catafalco
que se erigirá para nuestros olvidos,
la pútrida belleza de los derrotados.






































