
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y SIMONE WEIL
Gombrowicz fue
construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad.
Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte
de escribir mientras se burlaba de la patria, de la política y de la
familia. Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía
la pena ir a alguna parte, quería conquistar.
Simone de Beauvoir nos
recuerda en el comienzo de "¿Para qué la acción?" una conversación
entre Pirro y Cineas; –Primero vamos a someter a Grecia; –¿Y después?;
–Ganaremos África; –¿Y después de África?; –Pasaremos al Asia,
conquistaremos Asia menor, Arabia; –¿Y después?; –Iremos a las Indias;
–¿Y después de las Indias?; –¡Ah, después descansaré!; –¿Por qué no
descansas entonces antes de partir?
Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales.
El
rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que
después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería
descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía el proyecto de Pirro
en una empresa ilógica.
Gombrowicz
no deseaba descansar y aunque quería conquistar no sabía lo que quería
conquistar. Este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la
literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria.
"Oh,
qué propiedad tan genial y generosa de la literatura: esa libertad de
tejer tramas como si se tratara de escoger sendas en el bosque, sin
saber adónde nos llevarán ni qué nos espera (...)"
"Escribir es para
mí sobre todo un juego, no pongo en ello intención, ni plan, ni objeto.
He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema
ideológico. Mi esquema, lo subrayo una vez más, me aparece a posteriori"
La
ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su
obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus
diarios de personalidades sobresalientes utiliza dos procedimientos
contrapuestos: en uno, primero las golpea y después las levanta del
suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las
elogia y después las noquea. Si la ocupación con la personalidad se le
prolonga mucho tiempo reitera el procedimiento, es el caso típico de
Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su
convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que el deseo de ser
el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.
Simone
Weil fue víctima de esos dos procedimientos contrapuestos en la
oportunidad en que Gombrowicz hace algunas reflexiones sobre el
catolicismo.
A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas
relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en
contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo
contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más
desconfianza aún que el propio catolicismo. El cristianismo le ofrece
al hombre una visión coherente y no lo tienta a resolver con su propia
cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general,
produce resultados catastróficos.
En
un principio contrapone el catolicismo superficial de Sienkiewicz al
trágico y profundo catolicismo de Simone Weil con el que se podía
encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura
contemporánea pero, posteriormente, se aleja de Weil y se acerca otra
vez a Sienkiewicz porque, según dice, se había vuelto partidario de la
mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de
los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían
a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la
nariz.
Simone Weil –una judía conversa que ingresó a la Ecole
Normale Superiore con la calificación más alta seguida de Simone de
Beauvoir– se graduó en las carreras de filosofía y de literatura
clásica. Investigadora de la doctrina marxista, sus preocupaciones más
señaladas eran la cuestión social, la pureza y la verdad. Sus
ejercitaciones en la praxis del trabajo fabril y una procesión católica
que presenció en Portugal la llevaron a decir: "Tuve de pronto la
certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los
esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo con
ellos". Participó de la Guerra Civil Española en las columnas
anarquistas, y de la guerra le quedó el horror de la brutalidad y del
desprecio de la verdad. El cristianismo ocupó un lugar preponderante en
sus pensamientos, Camus y Eliot le profesaban una enorme admiración por
su lucidez, honetidad intelectual y desnudez espiritual. Murió muy
joven, a los treinta y cuatro años.
"Siempre
me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan
distintos de los míos (...) No conozco ninguna grandeza, absolutamente
ninguna. Soy un paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes
o hasta el Himalaya. A cada instante mi pluma toca causas supremas y
poderosas, pero si he llegado hasta ellas, ha sido jugueteando...; al
vagabundear como un muchacho me he topado frívolamente con ellas. Una
existencia heroica, como la Simone Weil, me parece de otro planeta. Es
el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, ella
la asume plenamente, es la antítesis de mi deserción. Simone Weil y yo,
uno no podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones
que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos"
Gombrowicz
se estaba enfrentando con la grandeza de una mujer que supo liberar de
su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia
sobrehumana. ¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad
común y corriente se aburre con lo profundo y lo sublime y, por
cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y
la filosofía. ¿Qué es Weil entonces?, una histérica que fastidia y
aburre, una egoísta cuya personalidad inflada y agresiva no sabe ver a
los demás, ni es capaz de verse a sí misma con ojos ajenos.
"¿Es
la carpa metafísica de Simone Weil, cocinada en su propia salsa, la que
debo vivir como una experiencia profunda? (...) Yo exigiría una
grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en
cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una
grandeza tan irresistible arriba como abajo (...) Es una necesidad que
me fue inculcada por el universalismo de mi tiempo, que quiere atraer
al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se
contenta con la aristocracia"





































