¡OH,
SUSAN!
Susan acaba de llegar.
Descarga su mochila de nylon sobre el piso de tierra de la casa de Isabel. Tres
niñas la observan con curiosidad, Isabel trata de modelar una sonrisa aunque
sus ojos no pueden ocultar la vergüenza de ofrecer a la recién llegada un lugar
tan humilde para vivir durante la semana que la gringa planea estar con ellas.
Susan sonríe también; para
ganarse la confianza de la familia se pone en cuclillas y saluda a las tres
pequeñas, les extiende una mano mientras con la otra busca en su mochila unos chocolates
“Hershey’s” que ha traído para la ocasión. Las niñas, ante tan fastuoso regalo,
sonríen con tímido entusiasmo.
-
¿A ver niñas, cómo se dice? – les reclama Isabel.
-
¡Graaaaciaaassss! - corean las cuatro.
-
¡Oh, no, no, no, de nada! - responde Susan mientras se
incorpora.
Isabel la conduce a su
habitación, el mejor catre para la visitante, la mejor almohada, los mejores
tendidos de cama. Flores de verdad en un florerito plástico sobre una mesa
pequeña. El piso de tierra recién barrido y humedecido para aplacar el polvo.
Isabel se ha esmerado en preparar esta habitación, sabe que le dejará la jugosa
suma de 50 dólares por una semana. Así que ha levantado una pared con plástico
estampado y ha fabricado una especie de puerta-cortina con un trozo de manta
pintada con letras gigantes, en la cual se alcanza a leer: “VOTE PO…”. Además
Isabel ha desocupado su propio ropero de dos cuerpos; su ropa y la de sus hijas
la ha metido provisionalmente en cajas de cartón, el ropero lo ha puesto en la
habitación de Susan, un mueble de madera, con espejo incorporado, provisto de
cerradura su depósito principal. Inconscientemente Susan recuerda su cómoda
habitación allá en Gettysburg y no puede evitar una contracción furiosa de su
estómago de voluntaria de la iglesia Luterarana. Sacando fuerzas de flaqueza
logra esbozar una mueca que pretende ser sonrisa. El cuarto es oscuro, huele a
húmedo, el hirviente techo de cinc se puede tocar con la punta de los dedos
sólo estirando el brazo. Una bujía amarilla pende de un cable, Isabel le enseña
a la gringa lo fácil que resulta encender o apagar la luz enroscando o
desenroscando la bujía.
-
La dejo sola para que acomode sus cosas.
-
Okey, muchas gracias doña Isabel.
Susan tira su equipaje sobre
el catre, abre las puertas de los dos depósitos del ropero, abre su
mochila y procede a acomodar sus cosas:
pantalones, camisetas y gorras, predominantemente en colores caqui; botas de
cuero, un pote gigante de protector solar en crema, champú y rinse, jabones
antibacteriales, desodorante en barra, talco antihongos, cremas antialérgicas,
loción repelente contra zancudos, tapaojos para dormir, ropa interior de
algodón, pasta dental, enjuague bucal, cepillo dental de baterías, un pequeño
botiquín provisto de medicamentos propios para tratar enfermedades tropicales,
una bolsa de caramelos para regalar, toallas sanitarias, papel higiénico,
chinelas nuevas, un par de mullidas e inmaculadas toallas, gotas para los ojos,
para los oídos, un estuche con diversos instrumentos metálicos para el cuido de
manos y pies, una navaja multiusos y un Nuevo Testamento pequeño de color azul
oscuro.
Seguidamente desenrolla su
saco de dormir y lo tiende sobre el catre, saca su teléfono celular, le conecta
los audífonos, y se refugia en su colección de música selecta mientras
reflexiona en el lío en que se ha venido a meter por andar dándoselas de
cristiana entre la feligresía luterana de su pueblo.
Isabel por su parte limpia de
nuevo el mantel plástico que cubre la mesita de la cocina, presurosa reacomoda
el juego nuevo de salero y azucarero, el porta servilletas, los vasos nuevos de
vidrio, estampados con estrellitas de colores; verifica que el porta cubiertos
plástico esté bien tapado para que no lo pateen las moscas ni las cucarachas. Repasa
el suelo de la cocina con la escoba, revisa el arroz, remueve los frijoles,
empuja los tizones entre el fogón, le da los últimos retoques a los trastes que
cuelgan de la pared de ladrillo y se dirige, nerviosa, a la habitación de Susan
para preguntarle si le gustan los frijoles fritos y si conoce o le gustaría
probar la tortilla de maíz.
Susan, debidamente entrenada
con anticipación en Gettysburg por un misionero con experiencia, le dice que
sí, que muchas gracias. Se levanta con dificultad del hueco del catre, busca su
cámara digital y sale de su habitación dispuesta a iniciar el registro
fotográfico de esta exótica aventura. Se dirige al patio, le toma fotos al
cerdo amarrado, a los perros flacos, a las gallinas que la observan con
curiosidad; pregunta amablemente por el servicio higiénico, Isabel petrificada
le señala la letrina al fondo del solar. Una vez adentro del cuartucho, Susan
traga grueso ante la pestilencia, con gran temor desenfunda sus nalgas rosadas
dirigiéndolas hacia aquel hoyo que parece salido de una película de terror.
Zumban moscas y mosquitos en la boca del excusado; venciendo la repugnancia que
le enrojece y congestiona el rostro, la gringa se acurruca a medias y,
cuidándose de no rozar siquiera su esmerado culo con el cemento curtido del
excusado, deja salir un minúsculo chorro de orín y un diminuto, atemorizado e
inodoro trozo de mierda. Acto seguido sale despavorida del lugar, escondida
detrás una sonrisa escuálida se dirige a su cuarto, saca el jabón actibacterial
y corre a la pila de agua donde se lava las manos con suma meticulosidad y
abundante espuma.
Las hijas de Isabel se han
quedado observándola con insistencia y curiosidad, ella les sonríe, las niñas
tratan de esconderse una detrás de otra, Isabel las reprende, no sólo por tímidas
sino porque ya se han ensuciado, ya se han despeinado y ya tienen de nuevo el
vestido, la cara y las manos negras de tierra.
-
¡Oh, no se preocupe doña Isabel, son unas niñas
lindas!
-
Gracias doña Susan, pero es que… ¡viera cómo cuesta
que se mantengan limpias!
-
¿Puedo tomarles una fotografía?
-
¡Hay doña Susan, qué vergüenza!... ¡Vayan niñas a
lavarse y peinarse, les voy a buscar unos vestidos limpios para cambiarlas!
Mientras la
familia se prepara para la foto, Susan se dedica a sonreír y saludar, agitando
la mano, a todo el vecindario que la observa:: unos desde sus patios, otros
desde las puertas o ventanillas de sus casas, otros desde la calle, otros desde
la esquina de la pulpería mientras comentan y sonríen. Para disimular la
incomodidad, Susan se aferra al botón disparador de su cámara digital y toma
foto tras foto con desesperación.
Isabel y sus tres
hijas salen de nuevo, limpias y recién peinadas. Susan busca el mejor lugar, la
mejor luz, les pide que se coloquen delante de un florecido palo de veranera.
La familia rígida ante el ojo de la cámara, las sonrisas artificiales, tensas,
Isabel atrás de sus hijas, extendiendo sus brazos sobre ellas; las niñas
juntas, casi amontonadas, con los brazos caidos, sin saber qué hacer con ellos,
ni con sus caras, ni con sus ojos; sólo la certeza de estar juntas enfrentando
aquel artefacto monstruoso que capturará sus almas, su tiempo, sus mejores
vestidos y semblantes.
-
¡A ver…sonrían…uno…dos…treeees…essssooo…!
Una vez terminada la
ceremonia, Susan retrocede la memoria de su cámara y pone de nuevo la imagen
recién captada en la pantalla, se dirige orgullosa hacia Isabel y sus hijas y
les muestra la fotografía. Todas sonríen como cavernícolas, Susan les pide
posar para una foto más, la familia no dice que no; al fin y al cabo cincuenta
dólares no llegan todos los días.
Daniel Pulido, Noviembre 13 del 2008.
Daniel Pulido Ortíz (Bogotá,1956), resido en Nicaragua desde 1984. He publicado tres libritos de cuentos: "CRO-NICAS PARA LA EDAD DEL HAMBRE" (2000), "Cuentos para leer en Familia" (2005) y "Asuntos del Barrio" (2007). El cuento que les envio es inédito.






































