
HEMINGWAY
Y
Wilfredo Carrizales
Por los fuertes hombros del viejo Francisco corrían apresuradas gotas de un sudor tropical y viscoso. Llevaba consumida la mañana entera empeñado en reparar una avería localizada en el motor de su lancha pesquera. De un momento a otro vendría Hemingway, hediondo a gato y a ron y tabaco habaneros y le ordenaría echarse juntos a la mar y batallar contra las olas en busca de exquisitos peces.
Francisco inspeccionó la inmensidad del cielo y la del mar: ningún rastro de posible turbulencia estaba presente. Rezó una corta oración y haló la cuerda del motor. El conocido rugido le informó que la avería había sido subsanada. Por la playa, un conocido corpachón se acercó cantando una melodía obscena. Hemingway se detenía un breve instante y el contenido de la botella de ron disminuía ostensiblemente.
-¿Estamos listos, Francisco?
-Listos, Papá Hemingway.
La botella fue arrojada al fondo de la lancha, entre los cordeles, los arpones y las redes. Hemingway y Francisco empujaron la lancha hacia el mar, en donde ella flotó, conocedora. Los dos cubrían sus cabezas con sombreros de paja y las gaviotas les chillaban cerca.
Se dirigieron rumbo al sureste: en esa época abundaban grandes peces que merodeaban por los islotes. Francisco era diestro con el arpón. Pronto la lancha se fue llenando de criaturas marinas. Hemingway ya se las imaginaba abrasándose sobre carbones encendidos. Bebió un largo trago de la botella de ron y se la ofreció a Francisco, quien sólo se mojó los labios.
De improviso, una enorme figura pasó por un costado de la lancha. La más descomunal tortuga marina nunca antes vista por ninguno de los dos, nadaba a ras del agua, sin mucha prisa. Hemingway quedó absorto, admirándola. Francisco, sin perder tiempo, le arrojó el arpón con todas sus fuerzas y se lo hundió profundo en el lomo. La tortuga se sumergió, con impetuosidad, hacia las agitadas aguas internas, remolcando tras de sí a Francisco, cuya pierna derecha había quedado enredada por el cordel.
Hemingway ni siquiera pudo lanzar una expresión de asombro. Simplemente quedó paralizado durante algunos minutos, mirando fijamente el punto por donde desaparecieron Francisco y la tortuga arponeada.
La marea alta condujo a la lancha pesquera a su lugar de origen. En su interior brillaban las escamas de los pescados, tocados por una inusual resplandecencia lunar. Hemingway, borracho, pero lúcido, reflexionaba acerca de una posible estética de la muerte sorpresiva y súbita.
Parque Nacional Morrocoy, estado Falcón, Venezuela; 12 de noviembre; 2008.







































Mis saludos Wilfredo
Gracias poe darme el placer de leerte nuevamente.
Siempre
Milagro