
Letras Libres (México)
n°22 Octubre del 2000
Muchas veces me ha
ocurrido, en ferias del libro o librerías, que un señor se me acerque con un
libro mío en las manos y me pida una firma, precisando: "Es para mi mujer,
o mi hijita, o mi hermana, o mi madre; ella, o ellas, son grandes lectoras y
les encanta la literatura". Yo le pregunto, de inmediato: "¿Y, usted,
no lo es? ¿No le gusta leer?" La respuesta rara vez falla: "Bueno,
sí, claro que me gusta, pero yo soy una persona muy ocupada, sabe usted".
Sí, lo sé muy bien, porque he oído esa explicación decenas de veces: ese señor,
esos miles de miles de señores iguales a él, tienen tantas cosas importantes,
tantas obligaciones y responsabilidades en la vida, que no pueden desperdiciar
su precioso tiempo pasando horas de horas enfrascados en una novela, un libro
de poemas o un ensayo literario. Según esta extendida concepción, la literatura
es una actividad prescindible, un entretenimiento, seguramente elevado y útil
para el cultivo de la sensibilidad y las maneras, un adorno que pueden
permitirse quienes disponen de mucho tiempo libre para la recreación, y que
habría que filiar entre los deportes, el cine, el bridge o el ajedrez, pero que
puede ser sacrificado sin escrúpulos a la hora de establecer una tabla de
prioridades en los quehaceres y compromisos indispensables de la lucha por la
vida.
Es cierto que la
literatura ha pasado a ser, cada vez más, una actividad femenina: en las
librerías, en las conferencias o recitales de escritores, y, por supuesto, en
los departamentos y facultades universitarios dedicados a las letras, las
faldas derrotan a los pantalones por goleada.
La explicación que se ha
dado es que, en los sectores sociales medios, las mujeres leen más porque trabajan
menos horas que los hombres, y, también, que muchas de ellas tienden a
considerar más justificado que los varones el tiempo dedicado a la fantasía y
la ilusión. Soy un tanto alérgico a estas explicaciones que dividen a hombres y
mujeres en categorías cerradas y que atribuyen a cada sexo virtudes y
deficiencias colectivas, de manera que no suscribo del todo dichas
explicaciones. Pero de lo que no hay duda es que los lectores literarios —hay
muchos lectores, pero de bazofia impresa— son cada vez menos, en general, y
que, dentro de ellos, las mujeres prevalecen. Ocurre en casi todo el mundo. En
España, una reciente encuesta organizada por la SGAE (Sociedad General de Autores Españoles) arrojó
una comprobación alarmante: que la mitad de los ciudadanos de ese país jamás ha
leído un libro. La encuesta reveló, también, que, en la minoría lectora, el
número de mujeres que confiesan leer supera al de los hombres en un 6.2% y la
tendencia es a que la diferencia aumente. Yo me alegro mucho por las mujeres,
claro está, pero lo deploro por los hombres, y por aquellos millones de seres
humanos que, pudiendo leer, han renunciado a hacerlo. No sólo porque no saben
el placer que se pierden, sino, desde una perspectiva menos hedonista, porque
estoy convencido de que una sociedad sin novelas, o en la que la literatura ha
sido relegada, como ciertos vicios inconfesables, a los márgenes de la vida
social y convertida poco menos que en un culto sectario, está condenada a barbarizarse
espiritualmente y a comprometer su libertad.
Me propongo en este texto
formular algunas razones contra la idea de la literatura, en especial de la
novela, como un pasatiempo de lujo, y a favor de considerarla, además de uno de
los más estimulantes y enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad
irremplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y
democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en
las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de
educación como una disciplina básica. Ya sabemos que ocurre lo contrario, que
la literatura tiende a encogerse e, incluso, a desaparecer del currículo escolar
como si se tratara de una enseñanza prescindible.
Vivimos en una era de
especialización del conocimiento, debido al prodigioso desarrollo de la ciencia
y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimentos,
sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en los años venideros. La
especialización trae, sin duda, muchos beneficios, pues ella permite
profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso.
Pero tiene, también, como consecuencia negativa, el ir eliminando esos
denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las
mujeres pueden coexistir, comunicarse y sentirse de alguna manera solidarios.
La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del
conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales de técnicos y
especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información
progresivamente sectorizada y parcial, confinan en aquel particularismo contra
el que nos alertaba el viejísimo refrán: no concentrarse tanto en la rama o la
hoja como para olvidar que ellas son partes de un árbol, y éste, de un bosque.
De tener conciencia cabal
de la existencia del bosque depende en buena medida el sentimiento de
pertenencia que mantiene unido al todo social y le impide desintegrarse en una
miríada de particularismos solipsistas. Y el solipsismo —de pueblos o
individuos— produce paranoias y delirios, esas desfiguraciones de la realidad
que a menudo generan el odio, las guerras y los genocidios. Ciencia y técnica
ya no pueden cumplir aquella función cultural integradora en nuestro tiempo,
precisamente por la infinita riqueza de conocimientos y la rapidez de su
evolución que ha llevado a la especialización y al uso de vocabularios
herméticos.
La literatura, en cambio,
a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras
exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al
cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas
sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias
en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su
horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi,
nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras
que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo
que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que
nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente contra la estupidez de los
prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las orejeras pueblerinas del
sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta
comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad
esencial de hombres y mujeres de todas las geografías yla injusticia que es
establecer entre ellos formas de discriminación, sujeción o explotación. Nada
enseña mejor que las buenas novelas a ver, en las diferencias étnicas y
culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una
manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura es divertirse,
sí; pero también aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la
experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra
integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el
entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia
pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de
verdades contradictorias —como las llamaba Isaiah Berlin— de que está hecha la condición
humana. Ese conocimiento totalizador y en vivo del ser humano, hoy, sólo se
encuentra en la novela. Ni siquiera las otras ramas de las humanidades—como la
filosofía, la psicología, la sociología, la historia o las artes— han podido
preservar esa visión integradora y un discurso asequible al profano, pues, bajo
la irresistible presión de la cancerosa división y subdivisión del
conocimiento, han sucumbido también al mandato de la especialización, a
aislarse en parcelas cada vez más segmentadas y técnicas, cuyas ideas y
lenguajes están fuera del alcance de la mujer y el hombre del común. No es ni
puede ser el caso de la literatura, aunque algunos críticos y teorizadores se
empeñen en convertirla en una ciencia, porque la ficción no existe para
investigar en un área determinada de la experiencia, sino para enriquecer imaginariamente
la vida, la de todos, aquella vida que no puede ser desmembrada, desarticulada,
reducida a esquemas o fórmulas, sin desaparecer. Por eso, Marcel Proust afirmó:
"La verdadera vida, la vida por fin esclarecida y descubierta, la única
vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura". No exageraba,
guiado por el amor a esa vocación que practicó con soberbio talento:
simplemente, quería decir que, gracias a la literatura, la vida se entiende y
se vive mejor, y entender y vivir la vida mejor significa vivirla y compartirla
con los otros.
El vínculo fraterno que
la novela establece entre los seres humanos, obligándolos a dialogar y
haciéndolos conscientes de un fondo común, de formar parte de un mismo linaje
espiritual, trasciende las barreras del tiempo. La literatura nos retrotrae al
pasado y nos hermana con quienes, en épocas idas, fraguaron, gozaron y soñaron
con esos textos que nos legaron y que, ahora, nos hacen gozar y soñar también a
nosotros. Ese sentimiento de pertenencia a la colectividad humana a través del
tiempo y el espacio es el más alto logro de la cultura y nada contribuye tanto
a renovarlo en cada generación como la literatura.
A Borges lo irritaba que
le preguntaran: "¿Para qué sirve la literatura?" Le parecía una
pregunta idiota y respondía: "¡A nadie se le ocurriría preguntarse cuál es
la utilidad del canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo!"
En efecto, si esas cosas bellas están allí y gracias a ellas la vida, aunque
sea por un instante, es menos fea y menos triste, ¿no es mezquino buscarles
justificaciones prácticas? Sin embargo, a diferencia del gorjeo de los pájaros
o el espectáculo del sol hundiéndose en el horizonte, un poema, una novela, no
están simplemente allí, fabricados por el azar o la naturaleza. Son una creación
humana, y es lícito indagar cómo y por qué nacieron, y qué han dado a la
humanidad para que la literatura, cuyos remotos orígenes se confunden con los
de la escritura, haya durado tanto tiempo. Nacieron, como inciertos fantasmas, en
la intimidad de una conciencia, proyectados a ella por las fuerzas conjugadas
del inconsciente, una sensibilidad y unas emociones, a los que, en una lucha a
veces a mansalva con las palabras, el poeta, el narrador, fueron dando silueta,
cuerpo, movimiento, ritmo, armonía, vida. Una vida artificial, hecha de
lenguaje e imaginación, que coexiste con la otra, la real, desde tiempos
inmemoriales, y a la que acuden hombres y mujeres —algunos con frecuencia y
otros de manera esporádica— porque la vida que tienen no les basta, no es capaz
de ofrecerles todo lo que quisieran. La novela no comienza a existir cuando
nace, por obra de un individuo; sólo existe de veras cuando es adoptada por los
otros y pasa a formar parte de la vida social, cuando se torna, gracias a la
lectura, experiencia compartida.
Uno de sus primeros
efectos benéficos ocurre en el plano del lenguaje. Una comunidad sin literatura
escrita se expresa con menos precisión, riqueza de matices y claridad que otra
cuyo principal instrumento de comunicación, la palabra, ha sido cultivado y
perfeccionado gracias a los textos literarios. Una humanidad sin novelas, no
contaminada de literatura, se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y
de afásicos, aquejada de tremendos problemas de comunicación debido a lo basto
y rudimentario de su lenguaje. Esto vale también para los individuos, claro
está. Una persona que no lee, o lee poco, o lee sólo basura, puede hablar mucho
pero dirá siempre pocas cosas, porque dispone de un repertorio mínimo y
deficiente de vocablos para expresarse. No es una limitación sólo verbal; es,
al mismo tiempo, una limitación intelectual y de horizonte imaginario, una indigencia
de pensamientos y de conocimientos, porque las ideas, los conceptos, mediante
los cuales nos apropiamos de la realidad existente y de los secretos de nuestra
condición, no existen disociados de las palabras a través de las cuales los
reconoce y define la conciencia. Se aprende a hablar con corrección,
profundidad, rigor y sutileza gracias a la buena literatura, y sólo gracias a
ella. Ninguna otra disciplina, ni tampoco rama alguna de las artes, puede
sustituir a la literatura en la formación del lenguaje con que se comunican las
personas. Los conocimientos que nos transmiten los manuales científicos y los
tratados técnicos son fundamentales; pero ellos no nos enseñan a dominar las palabras
y a expresarnos con propiedad: al contrario, a menudo están muy mal escritos y
delatan confusión lingüística, porque sus autores, a veces indiscutibles
eminencias en su profesión, son literariamente incultos y no saben servirse del
lenguaje para comunicar los tesoros conceptuales de que son poseedores. Hablar
bien, disponer de un habla rica y diversa, encontrar la expresión adecuada para
cada idea o emoción que se quiere comunicar, significa estar mejor preparado
para pensar, enseñar, aprender, dialogar y, también, para fantasear, soñar,
sentir y emocionarse. De una manera subrepticia, las palabras reverberan en
todos los actos de la vida, aun en aquellos que parecen muy alejados del
lenguaje. Éste, a medida que, gracias a la literatura, evolucionó hasta niveles
elevados de refinamiento y matización, elevó las posibilidades del goce humano,
y, en lo relativo al amor, sublimó los deseos y dio categoría de creación
artística al acto sexual. Sin la literatura, no existiría el erotismo. El amor
y el placer serían más pobres, carecerían de delicadeza y exquisitez, de la
intensidad que alcanzan educados y azuzados por la sensibilidad y las fantasías
literarias. No es exagerado decir que una pareja que ha leído a Garcilaso, a
Petrarca, a Góngora y a Baudelaire ama y goza mejor que otra de analfabetos
semiidiotizados por los culebrones de la televisión. En un mundo aliterario, el
amor y el goce serían indiferenciables de los que sacian a los animales, no
irían más allá de la cruda satisfacción de los instintos elementales: copular y
tragar.
Los medios audiovisuales
tampoco están en condiciones de suplir a la literatura en esta función: la de
enseñar al ser humano a usar con seguridad y talento las riquísimas posibilidades
que encierra la lengua. Por el contrario, los medios audiovisuales tienden,
como es natural, a relegar a las palabras a un segundo plano respecto a las
imágenes, que son su lenguaje primordial, y a constreñir la lengua a su
expresión oral, lo mínimo indispensable y lo más alejada de su vertiente escrita,
que, en la pantalla, pequeña o grande, y en los parlantes, resulta siempre soporífica.
Decir de una película o un programa que es "literario" es una manera
educada de llamarlo aburrido. Y, por eso, los programas literarios en la radio
o la televisión rara vez conquistan al gran público; que yo sepa, la única
excepción a esta regla ha sido Apostrophes, de Bernard Pivot, en Francia. Ello
me lleva a pensar, también, aunque en esto admito ciertas dudas, que no sólo la
literatura es indispensable para el cabal conocimiento y dominio del lenguaje,
sino que la suerte de las novelas está ligada, en matrimonio indisoluble, a la
del libro, ese producto industrial al que muchos declaran ya obsoleto.
Entre ellos, una persona
tan importante, y a la que la humanidad debe tanto en el dominio de las
comunicaciones, como Bill Gates, el fundador de Microsoft. El señor Gates
estuvo en Madrid hace algunos meses, y visitó la Real Academia Española,
con la que Microsoft ha echado las bases de lo que, ojalá, sea una fecunda
colaboración. Entre otras cosas, Bill Gates aseguró a los académicos que se
ocupará personalmente de que la letra ñ no sea desarraigada nunca de los
ordenadores, promesa que, claro está, nos ha hecho lanzar un suspiro de alivio
a los cuatrocientos millones de hispanohablantes de los cinco continentes a los
que la mutilación de aquella letra esencial en el ciberespacio hubiera creado
problemas babélicos. Ahora bien, inmediatamente después de esta amable concesión
a la lengua española, y entiendo que sin siquiera abandonar el local de la Real Academia, Bill
Gates afirmó en conferencia de prensa que espera no morirse sin haber realizado
su mayor designio. ¿Y cuál es éste? Acabar con el papel, y, por lo tanto, con
los libros, mercancías que a su juicio son ya de un anacronismo pertinaz. El
señor Gates explicó que las pantallas del ordenador están en condiciones de
reemplazar exitosamente al papel en todas las funciones que éste ha asumido
hasta ahora, y que, además de ser menos onerosas, quitar menos espacio y ser
más transportables, las informaciones y la literatura vía pantalla, en lugar de
vía periódicos y libros, tendrán la ventaja ecológica de poner fin a la
devastación de los bosques, cataclismo que por lo visto es consecuencia de la
industria papelera. Las gentes continuarán leyendo, explicó, por supuesto, pero
en las pantallas, y, de este modo, habrá más clorofila en el medio ambiente.
Yo no estaba presente
—conozco estos detalles por la prensa—, pero, si lo hubiera estado, hubiera
abucheado al señor Bill Gates por anunciar allí, sin el menor impudor, su
intención de enviarnos al paro a mí y a tantos de mis colegas, los escribidores
librescos. ¿Puede la pantalla reemplazar al libro en todos los casos, como
afirma el creador de Microsoft? No estoy tan seguro. Lo digo sin desconocer, en
absoluto, la gigantesca revolución que en el campo de las comunicaciones y la información
ha significado el desarrollo de las nuevas técnicas, como Internet, que cada
día me presta una invalorable ayuda en mi propio trabajo. Pero de allí a
admitir que la pantalla electrónica puede suplir al papel en lo que se refiere
a las lecturas literarias, hay un trecho que no alcanzo a franquear.
Simplemente no consigo hacerme a la idea de que la lectura no funcional ni
pragmática, aquella que no busca una información ni una comunicación de
utilidad inmediata, pueda integrarse en la pantalla de un ordenador, al ensueño
y la fruición de la palabra con la misma sensación de intimidad, con la misma
concentración y aislamiento espiritual, con que lo hace a través del libro. Es,
tal vez, un prejuicio, resultante de la falta de práctica, de la ya larga
identificación en mi experiencia de la literatura con los libros de papel,
pero, aunque con mucho gusto navego por el Internet en busca de las noticias
del mundo, no se me ocurriría recurrir a él para leer los poemas de Góngora,
una novela de Onetti o de Calvino o un ensayo de Octavio Paz, porque sé
positivamente que el efecto de esa lectura jamás sería el mismo. Tengo el convencimiento,
que no puedo justificar, de que, con la desaparición del libro, la literatura
recibiría un serio maltrato, acaso mortal. El nombre no desaparecería, por
supuesto; pero probablemente serviría para designar un tipo de textos tan
alejados de lo que ahora entendemos por literatura como lo están los programas
televisivos de cotilleo sobre los famosos del jet-set o El Gran Hermano de las
tragedias de Sófocles y de Shakespeare.
Otra razón para dar a la
novela una plaza importante en la vida de las naciones es que, sin ella, el
espíritu crítico, motor del cambio histórico y el mejor valedor de su libertad
con que cuentan los pueblos, sufriría una merma irremediable. Porque toda buena
literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos. En todo gran
texto de ficción, y sin que muchas veces lo hayan querido sus autores, alienta
una predisposición sediciosa.
La literatura no dice
nada a los seres humanos satisfechos con su suerte, a quienes colma la vida tal
como la viven. Ella es alimento de espíritus indóciles y propagadora de
inconformidad, un refugio para aquel al que sobra o falta algo, en la vida,
para no ser infeliz, para no sentirse incompleto, sin realizar en sus
aspiraciones. Salir a cabalgar junto al escuálido Rocinante y su desbaratado
jinete por los descampados de La
Mancha, recorrer los mares en pos de la ballena blanca con el
capitán Ahab, tragarnos el arsénico con Emma Bovary o convertirnos en un insecto
con Gregorio Samsa, es una manera astuta que hemos inventado a fin de desagraviarnos
a nosotros mismos de las ofensas e imposiciones de esa vida injusta que nos
obliga a ser siempre los mismos, cuando quisiéramos ser muchos, tantos como
requerirían para aplacárselos incandescentes deseos de que estamos poseídos.
La novela sólo apacigua
momentáneamente esa insatisfacción vital, pero, en ese milagroso intervalo, en
esa suspensión provisional de la vida en que nos sume la ilusión literaria —que
parece arrancarnos de la cronología y de la historia y convertirnos en
ciudadanos de una patria sin tiempo, inmortal— somos otros. Más intensos, más
ricos, más complejos, más felices, más lúcidos, que en la constreñida rutina de
nuestra vida real. Cuando, cerrado el libro, abandonada la ficción, regresamos
a aquélla y la cotejamos con el esplendoroso territorio que acabamos de dejar,
qué decepción nos espera. Es decir, esta tremenda comprobación: que la vida soñada
de la novela es mejor —más bella y más diversa, más comprensible y perfecta—
que aquella que vivimos cuando estamos despiertos, una vida doblegada por las
limitaciones y servidumbres de nuestra condición. En este sentido, la buena
literatura es siempre —aunque no lo pretenda ni lo advierta— sediciosa,
insumisa, revoltosa: un desafío a lo que existe. La literatura nos permite
vivir en un mundo cuyas leyes transgreden las leyes inflexibles por las que
transcurre nuestra vida real, emancipados de la cárcel del espacio y del
tiempo, en la impunidad para el exceso y dueños de una soberanía que no conoce
límites. ¿Cómo no quedaríamos defraudados, luego de leer La guerra y la paz o
En busca del tiempo perdido, al volver a este mundo de pequeñeces sin cuento,
de fronteras y prohibiciones que nos acechan por doquier y que, a cada paso,
corrompen nuestras ilusiones?
Esa es, acaso, más
incluso que la de mantener la continuidad de la cultura y la de enriquecer el
lenguaje, la mejor contribución de la literatura al progreso humano: recordarnos
(sin proponérselo en la mayoría de los casos) que el mundo está mal hecho, que
mienten quienes pretenden lo contrario —por ejemplo, los poderes que lo
gobiernan—, y que podría estar mejor, más cerca de los mundos que nuestra
imaginación y nuestro verbo son capaces de inventar.
Una sociedad democrática
y libre necesita ciudadanos responsables y críticos, conscientes de la
necesidad de someter continuamente a examen el mundo en que vivimos para tratar
de acercarlo —empresa siempre quimérica— a aquel en que quisiéramos vivir;
pero, gracias a su terquedad en alcanzar aquel sueño inalcanzable —casar la
realidad con los deseos— ha nacido y avanzado la civilización, y llevado al ser
humano a derrotar a muchos —no a todos, por supuesto— demonios que lo
avasallaban. Y no existe mejor fermento de insatisfacción frente a lo existente
que la buena literatura.
Para formar ciudadanos
críticos e independientes, difíciles de manipular, en permanente movilización
espiritual y con una imaginación siempre en ascuas, nada como las buenas
novelas.
Ahora bien, llamar
sediciosa a la literatura porque las bellas ficciones desarrollan en los
lectores una conciencia alerta respecto de las imperfecciones del mundo real no
significa, claro está, como creen las iglesias y los gobiernos que establecen
censuras para atenuar o anular su carga subversiva, que los textos literarios
provoquen inmediatas conmociones sociales o aceleren las revoluciones. Entramos
aquí en un terreno resbaladizo, subjetivo, en el que conviene moverse con
prudencia.
Los efectos
sociopolíticos de un poema, de un drama o de una novela son inverificables
porque ellos no se dan casi nunca de manera colectiva, sino individual, lo que
quiere decir que varían enormemente de una a otra persona. Por ello es difícil,
para no decir imposible, establecer pautas precisas. De otro lado, muchas veces
estos efectos, cuando resultan evidentes en el ámbito colectivo, pueden tener
poco que ver con la calidad estética del texto que los produce. Por ejemplo,
una mediocre novela, La cabaña del tío Tom, de Harriet Elizabeth Beecher Stowe,
parece haber desempeñado un papel importantísimo en la toma de conciencia
social en Estados Unidos sobre los horrores de la esclavitud. Pero que estos
efectos sean difíciles de identificar no implica que no existan. Sino que ellos
se dan, de manera indirecta y múltiple, a través de las conductas y acciones de
los ciudadanos cuya personalidad las novelas contribuyeron a modelar.
La buena literatura, a la
vez que apacigua momentáneamente la insatisfacción humana, la incrementa, y,
desarrollando una sensibilidad inconformista ante la vida, hace a los seres
humanos más aptos para la infelicidad. Vivir insatisfecho, en pugna contra la
existencia, es empeñarse en buscar tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro,
condenarse, en cierta forma, a librar esas batallas que libraba el coronel Aureliano
Buendía, de Cien años de soledad, sabiendo que las perdería todas. Esto es
probablemente cierto; pero también lo es que, sin la insatisfacción y la
rebeldía contra la mediocridad y la sordidez de la vida, los seres humanos
viviríamos todavía en un estado primitivo, la historia se hubiera estancado, no
habría nacido el individuo, ni la ciencia ni la tecnología hubieran despegado,
ni los derechos humanos serían reconocidos, ni la libertad existiría, pues
todos ellos son criaturas nacidas a partir de actos de insumisión contra una
vida percibida como insuficiente e intolerable. Para este espíritu que desacata
la vida tal como es, y busca, con la insensatez de un Alonso Quijano (cuya locura,
recordemos, nació de leer novelas de caballerías), materializar el sueño, lo
imposible, la literatura ha servido de formidable combustible.
Hagamos un esfuerzo de
reconstrucción histórica fantástica, imaginando un mundo sin literatura, una
humanidad que no hubiera leído novelas. En aquella civilización ágrafa, de
léxico liliputense, en la que prevalecerían acaso sobre las palabras los
gruñidos y la gesticulación simiesca, no existirían ciertos adjetivos formados
a partir de las creaciones literarias: quijotesco, kafkiano, pantagruélico,
rocambolesco, orwelliano, sádico y masoquista, entre muchos otros. Habría
locos, víctimas de paranoias y delirios de persecución, y gentes de apetitos descomunales
y excesos desaforados, y bípedos que gozarían recibiendo o infligiendo dolor,
ciertamente. Pero no habríamos aprendido a ver detrás de esas conductas
excesivas, en entredicho con la supuesta normalidad, aspectos esenciales de la
condición humana, es decir, de nosotros mismos, algo que sólo el talento
creador de Cervantes, de Kafka, de Rabelais, de Sade o de Sacher-Masoch nos
reveló. Cuando apareció el Quijote, los primeros lectores se mofaban de ese
iluso extravagante, igual que lo hacían los demás personajes de la novela.
Ahora sabemos que el empeño del Caballero de la Triste Figura en ver
gigantes donde hay molinos y hacer todos los disparates que hace es la más alta
forma de la generosidad, una manera de protestar contra las miserias de este
mundo y de intentar cambiarlo. Las nociones mismas de ideal y de idealismo, tan
impregnadas de una valencia moral positiva, no serían lo que son —es decir,
valores diáfanos y respetables— sin haberse encarnado en aquel personaje de
novela con la fuerza persuasiva que le dio el genio de Cervantes. Y lo mismo podría
decirse de ese pequeño quijote pragmático y con faldas que fue Emma Bovary —el
bovarismo no existiría, claro está—, que luchó también con ardor por vivir esa
vida esplendorosa, de pasiones y lujo, que conoció por las novelas, y que se
quemó en ese fuego como la mariposa que se acerca demasiado a la llama.
Como las de Cervantes y
Flaubert, las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez
que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de
fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra
condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano.
Decir "borgeano" es inmediatamente despegar de la rutinaria realidad
racional y acceder a una fantástica, una rigurosa y elegante construcción
mental, casi siempre laberíntica, impregnada de referencias y alusiones
librescas, cuya singularidad no nos es, sin embargo, extraña, porque en ella reconocemos
recónditas apetencias y verdades íntimas de nuestra personalidad que sólo
gracias a las creaciones literarias de un Jorge Luis Borges tomaron forma. El
adjetivo kafkiano viene naturalmente a nuestra mente, como el fogonazo de una
de esas antiguas cámaras fotográficas con brazo de acordeón, cada vez que nos
sentimos amenazados, como individuos inermes, por esas maquinarias opresoras y
destructivas que tanto dolor, abusos e injusticias han causado en el mundo
moderno: los regímenes autoritarios, los partidos verticales, las iglesias
intolerantes, las burocracias asfixiantes. Sin los cuentos y novelas de ese
atormentado judío de Praga que escribía en alemán y vivió siempre al acecho, no
hubiéramos sido capaces de entender con la lucidez que hoy es posible hacerlo
el sentimiento de indefensión y de impotencia del individuo aislado, o de las
minorías discriminadas y perseguidas, ante los poderes omnímodos que pueden
pulverizarlos y borrarlos sin que los verdugos tengan siquiera que mostrar las
caras.
El adjetivo orwelliano,
primo hermano de kafkiano, alude a la angustia opresiva y a la sensación de
absurdidad extrema que generan las dictaduras totalitarias del siglo veinte,
las más refinadas, crueles y absolutas de la historia, en su control de los
actos, las psicologías y hasta los sueños de los miembros de una sociedad. En
sus novelas más célebres, Animal Farm y 1984, George Orwell describió, con
tintes helados y pesadillescos, una humanidad sometida al control de Big
Brother, un amo absoluto que, mediante la eficiente combinación de terror y
moderna tecnología, ha eliminado la libertad, la espontaneidad y la igualdad
—en ese mundo algunos son "más iguales que los demás"— y convertido
la sociedad en una colmena de autómatas humanos, programados ni más ni menos
que como los robots. No sólo las conductas obedecen a los designios del poder; también
el lenguaje, el Newspeak, ha sido depurado de toda coloración individualista,
de toda invención y matización subjetiva, transformado en sartas de tópicos y
clisés impersonales, lo que refrenda la servidumbre de los individuos al
sistema. ¿Pero, acaso tiene sentido hablar todavía de "individuos" en
relación con esos seres sin soberanía, ni vida propia, en esos miembros de un rebaño
manipulados desde la cuna hasta la tumba por el poder de la pesadilla orwelliana?
Es verdad que la profecía siniestra de 1984 no se materializó en la historia
real, y que, como había ocurrido con los totalitarismos fascista y nazi, el
comunismo totalitario desapareció en la
URSS y comenzó a deteriorarse luego en China y en esos anacronismos
que son todavía Cuba y Corea del Norte. Pero el vocablo orwelliano sigue ahí,
vigente, como recordatorio de una de las experiencias político-sociales más
devastadoras sufridas por la civilización, y que las novelas y ensayos de
George Orwell nos ayudaron a entender en sus mecanismos más recónditos.
De donde resulta que la
irrealidad y las mentiras de la literatura son también un precioso vehículo
para el conocimiento de verdades recónditas de la realidad humana. Estas
verdades no son siempre halagüeñas, a veces el semblante que se delinea en el
espejo que las novelas y poemas nos ofrecen de nosotros mismos es el de un
monstruo.
Ocurre cuando leemos las
horripilantes carnicerías sexuales fantaseadas por el divino marqués, o las
tétricas dilaceraciones y sacrificios que pueblan los libros malditos de un
Sacher-Masoch o un Bataille. A veces, el espectáculo es tan ofensivo y feroz
que resulta irresistible. Y, sin embargo, lo peor de esas páginas no es la
sangre, la humillación y las abyectas torturas y retorcimientos que las
afiebran; es descubrir que esa violencia y desmesura no nos son ajenas, que
están lastradas de humanidad, que esos monstruos ávidos de transgresión y
exceso se agazapan en lo más íntimo de nuestro ser y que, desde las sombras que
habitan, aguardan una ocasión propicia para manifestarse, para imponer su ley
de los deseos en libertad, que acabaría con la racionalidad, la convivencia y
acaso la existencia. No la ciencia, sino la literatura, ha sido la primera en bucear
las simas del fenómeno humano y descubrir el escalofriante potencial
destructivo y autodestructor que también lo conforma. Así pues, un mundo sin
novelas sería en parte ciego sobre esos fondos terribles donde a menudo yacen
las motivaciones de las conductas y los comportamientos inusitados, y, por lo
mismo, tan injusto contra el que es distinto, como aquel que, en un pasado no
tan remoto, creía a los zurdos, a los gafos y a los gagos poseídos por el
demonio, y seguiría practicando tal vez, como hasta no hace mucho tiempo
ciertas tribus amazónicas, el perfeccionismo atroz de ahogar en los ríos a los
recién nacidos con defectos físicos.
Incivil, bárbaro,
huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, negado para la
pasión y el erotismo, el mundo sin novelas de esta pesadilla que trato de
delinear tendría, como su rasgo principal, el conformismo, el sometimiento
generalizado de los seres humanos a lo establecido. También en este sentido
sería un mundo animal. Los instintos básicos decidirían las rutinas cotidianas
de una vida lastrada por la lucha por la supervivencia, el miedo a lo
desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, en la que no habría
cabida para el espíritu y en la que, a la monotonía aplastadora del vivir, acompañaría
como sombra siniestra el pesimismo, la sensación de que la vida humana es lo
que tenía que ser y que así será siempre, y que nada ni nadie podrá cambiarlo.
Cuando se imagina un
mundo así, hay la tendencia a identificarlo de inmediato con lo primitivo y el
taparrabos, con las pequeñas comunidades mágico-religiosas que viven al margen
de la modernidad en América Latina, Oceanía y África. La verdad es que el
formidable desarrollo de los medios audiovisuales en nuestra época, que, de un
lado, han revolucionado las comunicaciones haciéndonos a todos los hombres y
mujeres del planeta copartícipes de la actualidad y, de otro, monopolizan cada
vez más el tiempo que los seres vivientes dedican al ocio y a la diversión arrebatándoselo
ala lectura, permite concebir, como un posible escenario histórico del futuro
mediato, una sociedad modernísima, erizada de ordenadores, pantallas y
parlantes, y sin libros, o, mejor dicho, en la que los libros —la literatura—
habrían pasado a ser lo que la alquimia en la era de la física: una curiosidad
anacrónica, practicada en las catacumbas de la civilización mediática por unas
minorías neuróticas. Ese mundo cibernético, me temo mucho, a pesar de su
prosperidad y poderío, de sus altos niveles de vida y de sus hazañas
científicas, sería profundamente incivilizado, aletargado, sin espíritu, una
resignada humanidad de robots que habrían abdicado de la libertad.
Desde luego que es más
que improbable que esta tremendista perspectiva se llegue jamás a concretar. La
historia no está escrita, no hay un destino preestablecido que haya decidido
por nosotros lo que vamos a ser. Depende enteramente de nuestra visión y
voluntad que aquella macabra utopía se realice o eclipse. Si queremos evitar
que con las novelas desaparezca, o quede arrinconada en el desván de las cosas inservibles,
esa fuente motivadora de la imaginación y la insatisfacción, que nos refina la sensibilidad
y enseña a hablar con elocuencia y rigor, y nos hace más libres y de vidas más
ricas e intensas, hay que actuar. Hay que leer los buenos libros, e incitar y
enseñar a leer a los que vienen detrás —en las familias y en las aulas, en los
medios y en todas las instancias de la vida común— como un quehacer
imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás. –
— Madrid, 23 de febrero
de 2000
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