La historia del periodismo está
llena de grandes verdades, mentiras vulgares, maquilladas, de actos
verdaderamente heroicos, sacrificios, cumplimiento intachable de la ètica, de
errores involuntarios por falta de investigaciòn 0 de soberbia, de indiferencia,
complicidad e irrespeto por la opiniòn pùblica. En 38 años de profesiòn he
visto eso y un poco màs, en Amèrica latina donde he ejercido, desde Reportero,
Corresponsal, Editor, Director y Freelance, donde mejor me he sentido, porque
allì se repira en profundidad la verdad y la libertad nunca se hace sombra asì
misma. Hoy 13 de noviembre se conmemora el dìa del Periodista en Panamà, el dìa
en que Gaspar Octavio Hernàndez, periodista, poeta, cronista contestario, fue
encontrado muerto sobre su màquina de escribir, en el diario La Estrella de
Panamà. El periodismo ha cambiado 180 grados desde aquellos dìas y lo seguirà
haciendo, pero se repiten los errores sobre la misma piedra, una y mil veces.
La verdad seguirà siendo indivisible de los hechos y de la propia profesiòn,
que se sustenta en ella para ser libre y cumplir a cabalidad con su rol social.
Me sorprende que un periòdico del
nivel, tradiciòn e historial del New York Time, haya incurrido recientemente en
un error que supera la ignorancia. La vìctima inocente es un escritor que ha
ingresado con bombos y platillos al mercado del libro en Estados Unidos, el
chileno Roberto Bolaño, poeta, cuentista y novelista, ya fallecido. Sus dos
mega novelas, Los Detectives Salvajes y 2666, fueron traducidas recientemente y
circuladas en el mercado norteamericano. Mientras el pùblico, sus admiradores,
cìrculos literarios festejan este hecho y reconocimiento històrico de un
novelista latinoamericano, del habla castellana, el diario neoyorkino en una
nota sobre 2666, suscrita por Jonathan Lethem, se informa y afirma que Roberto
Bolaño muriò por su vieja adicciòn a la heroina. The Chilean
exile poet Roberto Bolaño, born in 1953, lived in Mexico, France and Spain
before his death in 2003, at 50, from liver disease traceable to heroin use
years before.
Hasta donde hemos podido
informarnos, Bolaño fumaba mariguana, como cualquier ciudadano, comùn y
corriente. El blogger chileno Antonio Dìaz Oliva, se refiere a este tema y deja
la duda. Bolaño muriò como consecuencia de una afecciòn hepàtica. Es algo
difícil esconder un adicciòn de esa naturaleza y no se trata de una vitamina
que contribuye a la escritura. Se ha abierto una incógnita yel NYT ha lanzado
la primera piedra o se ha tropezado en ella.?
Un relato intitulado, El peor verano
de mi vida, advierte Antonio Dìaz Oliva, quizàs sea el detonante de la nota de
J L, el cual dice asì:
EL PEOR VERANO DE MI VIDA
Playa
ROBERTO BOLAÑO
Dejé la heroína y volví a mi pueblo
y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio
y poca cosa más tenía que hacer salvo levantarme cada mañana y ver la tele y
tratar de dormir por la noche, pero no podía, algo me impedía cerrar los ojos y
descansar, y ésa era mi rutina, hasta que un día ya no pude más y me compré un
trajebaño negro en una tienda del centro del pueblo y me fui a la playa, con el
trajebaño puesto y una toalla y una revista, y puse mi toalla no demasiado
cerca del agua y luego me estiré y estuve un rato pensando si darme un baño o
no dármelo, se me ocurrían muchas razones para hacerlo, pero también se me
ocurrían algunas razones para no hacerlo (los niños que se bañaban en la
orilla, por ejemplo), así que al final se me pasó el tiempo y volví a casa, y a
la mañana siguiente compré una crema de protección solar y me fui a la playa
otra vez, y a eso de las 12 me marché al ambulatorio y me tomé mi dosis de
metadona y saludé a algunas caras conocidas, ningún amigo o amiga, sólo caras
conocidas de la cola de la metadona que se extrañaron de verme en trajebaño,
pero yo como si nada, y luego volví caminando a la playa y esta vez me di el
primer chapuzón e intenté nadar, aunque no pude, pero eso ya fue suficiente
para mí, y al día siguiente volví a la playa y me volví a untar el cuerpo con
protección solar y luego me quedé dormido sobre la arena, y cuando desperté me
sentía muy descansado, y no me había quemado la espalda ni nada de nada, y así
pasó una semana o tal vez dos semanas, no lo recuerdo, lo único cierto es que
cada día yo estaba más moreno y aunque no hablaba con nadie cada día me sentía
mejor, o diferente, que no es lo mismo pero que en mi caso se le parecía, y un
día apareció en la playa una pareja de viejos, de eso me acuerdo con claridad,
se veía que llevaban mucho tiempo juntos, ella era gorda, o rellenita, y debía
de andar por los 70 años aproximadamente, y él era flaco, o más que flaco, un
esqueleto que caminaba, yo creo que eso fue lo que me llamó la atención, porque
por regla general apenas me fijaba en la gente que iba a la playa, pero en
éstos me fijé y la causa fue la delgadez del tipo, lo vi y me asusté, coño, es
la muerte que viene a por mí, pensé, pero no venía a por mí, sólo era un
matrimonio viejo, él de unos 75 y ella de unos 70, o al revés, y ella parecía
gozar de buena salud, y él hacía pinta de que iba a palmarla en cualquier
momento o de que ése era su último verano, al principio, pasado el primer
susto, me costó alejar mi mirada de la cara del viejo, de su calavera apenas
recubierta por una delgada capa de piel, pero luego me acostumbré a mirarlos
con disimulo, tirado en la arena, bocabajo, con la cara cubierta por los
brazos, o desde el paseo, sentado en un banco frente a la playa, mientras
fingía que me quitaba la arena del cuerpo, y me acuerdo de que la vieja siempre
llegaba a la playa con un parasol bajo cuya sombra se metía presurosa, sin
bañador, aunque a veces la vi con bañador, pero más usualmente con un vestido
de verano, muy amplio, que la hacía parecer menos gorda de lo que era, y bajo
el parasol la vieja se pasaba las horas leyendo, llevaba un libro muy grueso,
mientras el esqueleto que era su marido se tiraba sobre la arena, vestido
únicamente con un trajebaño diminuto, casi un tanga, y absorbía el sol con una
voracidad que a mí me traía recuerdos lejanos, de yonquis disfrutando
inmóviles, de yonquis concentrados en lo que hacían, en lo único que podían
hacer, y entonces a mí me dolía la cabeza y me iba de la playa, comía en el
Paseo Marítimo, una tapa de anchoas y una cerveza, y después me ponía a fumar y
a mirar la playa a través de los ventanales del bar, y luego volvía y allí
seguía el viejo y la vieja, ella debajo de la sombrilla, él expuesto a los
rayos del sol, y entonces, de manera irreflexiva, a mí me daban ganas de llorar
y me metía en el agua y nadaba, y cuando ya me había alejado bastante de la
orilla miraba el sol y me parecía extrañoqueestuviera allí, esa cosa grande y
tan distinta de nosotros, y luego me ponía a nadar hasta la orilla (en dos
ocasiones estuve a punto de ahogarme) y cuando llegaba me dejaba caer junto a
mi toalla y me quedaba mucho rato respirando con dificultad, pero siempre
mirando hacia donde estaban los viejos, y luego tal vez me quedaba dormido
tirado en la arena, y cuando me despertaba la playa ya empezaba a desocuparse,
pero los viejos seguían allí, ella con su novela bajo la sombrilla y él
bocarriba, en la zona sin sombra, con los ojos cerrados y una expresión rara en
su calavera, como si sintiera cada segundo que pasaba y lo disfrutara, aunque
los rayos del sol fueran débiles, aunque el sol ya estuviera al otro lado de
los edificios de la primera línea de mar, al otro lado de las colinas, pero eso
a él parecía no importarle, y entonces, en el momento de despertarme yo lo
miraba y miraba el sol, y a veces sentía en la espalda un ligero dolor, como si
aquella tarde me hubiera quemado más de la cuenta, y luego los miraba a ellos y
luego me levantaba, me ponía la toalla como capa y me iba a sentar en uno de
los bancos del Paseo Marítimo, en donde fingía quitarme la arena que no tenía
de las piernas, y desde allí, desde esa altura, la visión de la pareja era
distinta, me decía a mí mismo que tal vez él no estuviera a punto de morir, me
decía a mí mismo que el tiempo tal vez no existía tal como yo creía que
existía, reflexionaba sobre el tiempo mientras la lejanía del sol alargaba las
sombras de los edificios, y luego me iba a casa y me daba una ducha y miraba mi
espalda roja, una espalda que no parecía mía sino de otro tipo, un tipo al que
aún tardaría muchos años en conocer, y luego encendía la tele y veía programas
que no entendía en absoluto, hasta que me quedaba dormido en el sillón, y al
día siguiente vuelta a lo mismo, la playa, el ambulatorio, otra vez la playa,
los viejos, una rutina que a veces interrumpía la aparición de otros seres que
aparecían en la playa, una mujer, por ejemplo, que siempre estaba de pie, que
jamás se recostaba en la arena, que iba vestida con la parte de abajo de un
biquini y con una camiseta azul, y que cuando entraba en el mar sólo se mojaba
hasta las rodillas, y que leía un libro, como la vieja, pero esta mujer lo leía
de pie, y a veces se agachaba, aunque de una manera muy rara, y cogía una
botella de pepsi de litro y medio y bebía, de pie, claro, y luego dejaba la
botella sobre la toalla, que no sé para qué la había traído si no se tendía
nunca sobre ella y tampoco se metía en el agua, y a veces esta mujer me daba
miedo, me parecía excesivamente rara, pero la mayoría de las veces sólo me daba
pena, y también vi otras cosas extrañas, en la playa siempre pasan cosas así,
tal vez porque es el único sitio en donde todos estamos medio desnudos, pero
que no tenían demasiada importancia, una vez creí ver a un ex yonqui como yo,
mientras caminaba por la orilla, sentado en un montículo de arena con un niño
de meses sobre las piernas, y otra vez vi a unas chicas rusas, tres chicas
rusas, que probablemente eran putas y que hablaban, las tres, por un teléfono
móvil y se reían, pero la verdad es que lo que más me interesaba era la pareja
de viejos, en parte porque tenía la impresión de que el viejo se iba a morir en
cualquier instante, y cuando pensaba esto, o cuando me daba cuenta de que
estaba pensando esto, el resultado era que se me ocurrían ideas disparatadas,
como que tras la muerte del viejo iba a ocurrir un maremoto, el pueblo
destruido por una ola gigantesca, o como que iba a ponerse a temblar, un
terremoto de gran magnitud que haría desaparecer el pueblo entero en medio de
una ola de polvo, y cuando pensaba lo que acabo de decir ocultaba la cabeza
entre las manos y me ponía a llorar, y mientras lloraba soñaba (o imaginaba)
que era de noche, digamos las tres de la mañana, y que yo salía de mi casa y me
iba a la playa, y en la playa encontraba al viejo tendido sobre la arena, y en
el cielo, junto a lasotrasestrellas, pero más cerca de la Tierra que las otras
estrellas, brillaba un sol negro, un enorme sol negro y silencioso, y yo bajaba
a la playa y me tendía también sobre la arena, las dos únicas personas en la
playa éramos el viejo y yo, y cuando volvía a abrir los ojos me daba cuenta de
que las putas rusas y la chica que siempre estaba de pie y el ex yonqui con el
niño en brazos me contemplaban con curiosidad, preguntándose acaso quién podía
ser aquel tipo tan raro, el tipo que tenía los hombros y la espalda quemados, y
hasta la vieja me observaba desde la frescura de su sombrilla, interrumpida la
lectura de su libro interminable por unos segundos, preguntándose tal vez quién
era aquel joven que lloraba en silencio, un joven de 35 años que no tenía nada,
pero que estaba recobrando la voluntad y el valor y que sabía que aún iba a
vivir un tiempo más.







































Ay, casi me da un soponcio
Por la reconchesupico, qué relato más poderoso, cabrón e inspirado. Bolaño tenía todo el derecho del mundo para pasarse al resto por la raja. Bolaño, hermoso hijo de puta! Es bello que haya muerto tan joven: irremediablemente, uno se pregunta qué alturas habría alcanzado si hubiera vivido 15 años más. Da escalofríos.
Desatte.,
Tito M.
P.D.: Poco y nada importa el error o descubrimiento del NYT. La obra de Bolaño es tan grandiosa que la causa de su muerte no pasa de ser un dato meramente anecdótico. Aunque, eso sí, la hipótesis de la heroína es un condimento nada despreciable en cualquier biografía de artista.