Georges Bataille: El Erotismo
Lo prohibido y la transgresión
Capítulo
I
El erotismo en la experiencia interior
El erotismo, aspecto «inmediato» de la experiencia interior, tal como se opone a la sexualidad animal
El erotismo es uno de los aspectos de la vida
interior del hombre. En este punto solemos engañarnos, porque continuamente el
hombre busca fuera un objeto del deseo. Ahora bien, ese objeto responde
a la interioridad del deseo. La elección de un objeto depende siempre de
los gustos personales del sujeto; incluso si se dirige a la mujer que casi
todos elegirían, lo que suele entrar en juego es un aspecto intangible, no una
cualidad objetiva de esa mujer. Esa mujer podría no tener, si no nos afectase
en nuestro ser interior, nada que forzase
En consecuencia, si el erotismo es la actividad
sexual del hombre, es en la medida en que ésta difiere de la sexualidad animal.
La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es cada vez
que no es rudimentaria, cada vez que no es simplemente animal.
Importancia decisiva del paso del animal al hombre
En el paso del animal al hombre —del cual sabemos
bien poca cosa—, se halla la determinación fundamental. Se nos escapan, sin
duda de manera definitiva, todos y cada uno de los acontecimientos correspondientes
a ese paso. Con todo, estamos menos desarmados de lo que parecería de entrada.
Sabemos que los hombres fabricaron herramientas y que las utilizaron a fin de
proveer a su subsistencia; luego —sin duda no se tardó mucho—, para menesteres
superfluos. En una palabra, los hombres se distinguieron de los animales por el
trabajo. Paralelamente se impusieron unas restricciones conocidas bajo
el nombre de interdictos o prohibiciones. Estas prohibiciones se
referían ciertamente y de manera esencial a la actitud para con los muertos. Y
lo probable es que afectaran al mismo tiempo —o hacia el mismo tiempo— a la
actividad sexual. Conocemos la antigüedad de la actitud del hombre para con sus
muertos gracias a los numerosos descubrimientos de osamentas reunidas por sus
contemporáneos. En todo caso, el hombre de Neandertal, que no era del todo un
hombre, que en rigor aún no había alcanzado la postura vertical, y cuyo cráneo
no difería tanto como el nuestro de los antropoides, solía enterrar a sus
muertos. Y seguramente las prohibiciones sexuales no se remontan a esos tiempos
tan remotos. Podemos decir que aparecen en todos los lugares donde se manifestó
la humanidad; pero, en la medida en que debemos atenernos a los datos de la
prehistoria, de ello no existen testimonios tangibles. La sepultura de los
muertos dejó rastros; pero no subsiste nada que nos aporte ni tan siquiera una
indicación sobre las restricciones sexuales de los hombres más antiguos.
Sólo podemos admitir que trabajaban, pues tenemos
sus herramientas. Y, como el trabajo, por lo que parece, engendró lógicamente
la reacción que determina la actitud ante la muerte, es legítimo pensar que eso
repercutió en la prohibición que regula y limita la sexualidad; y también que
el conjunto de las conductas humanas fundamentales
—trabajo, conciencia de la muerte, sexualidad contenida— se
remontan a ese mismo periodo remoto.
Indicios de que se trabajaba aparecen ya en el paleolítico
inferior; la sepultura más antigua que conocemos data del paleolítico
medio. En verdad, se trata de períodos que duraron, según cálculos
actuales, centenares de miles de años: esos interminables milenios corresponden
a la muda a través de la que el hombre se desprendió de su animalidad primera.
Salió de esa muda como trabajador, provisto además de la comprensión de su
propia muerte; y ahí comenzó a deslizarse desde una sexualidad sin vergüenza
hacia la sexualidad vergonzosa de la que se derivó el erotismo. El hombre
propiamente dicho, el que consideramos semejante a nosotros, que aparece hacia
la época de las pinturas rupestres (el paleolítico superior), está
determinado por el conjunto de esos cambios, que se disponen en el plano de
El erotismo, su experiencia interior y su comunicación, vinculados a unos elementos objetivos y a la perspectiva histórica en que esos elementos nos aparecen
Esta manera de hablar del erotismo tiene una
desventaja. Si hago de él la actividad genérica propia del hombre, defino
objetivamente el erotismo. Dejo entonces en un segundo plano, por más interés
que me merezca, el estudio objetivo del erotismo. Mi intención es, al
contrario, tomar en consideración, en el erotismo, un aspecto de la vida interior
o, si se quiere, de la vida religiosa del hombre.
El erotismo, como dije, es, desde mi punto de vista,
un desequilibrio en el cual el ser se cuestiona a sí mismo, conscientemente. En
cierto sentido, el ser se pierde objetivamente, pero entonces el sujeto se
identifica con el objeto que se pierde. Si hace falta, puedo decir que, en el erotismo,
YO me pierdo. Sin duda no es ésta una situación privilegiada. Pero la pérdida
voluntaria implicada en el erotismo es flagrante: nadie puede dudar de ella. Al
hablar ahora del erotismo, tengo la intención de expresarme sin rodeos en nombre del sujeto,
incluso cuando comienzo introduciendo consideraciones objetivas. Pero debo
subrayar de entrada que, si hablo de los movimientos del erotismo de forma
objetiva, es porque la experiencia interior nunca se da con independencia de
las impresiones objetivas; la hallamos siempre vinculada a tal o cual aspecto,
innegablemente objetivo.
La determinación del erotismo es primitivamente religiosa, y mi obra está más cerca de la «teología» que de la historia erudita de la religión
Insisto en ello: aunque a veces hable el lenguaje de
un hombre de ciencia, siempre es en apariencia. El sabio investigador habla
desde fuera, tal como lo hace un anatomista del cerebro. (Esto no es totalmente
cierto: el historiador de las religiones no puede suprimir la experiencia
interior que tiene o que tuvo de la religión. Pero eso importa poco si él
es capaz de olvidarlo tanto como le es posible o más.) Yo hablo de religión
desde dentro, tal como un teólogo lo hace de teología.
El teólogo, ciertamente, habla de una teología cristiana.
Pero la religión de la que hablo no es, como el cristianismo, una
religión. Es la religión sin duda, pero se define justamente por el
hecho de que, desde el primer momento, no es una religión particular. No hablo
de ritos, ni de dogmas, ni de una comunidad precisos; hablo tan sólo del
problema que toda religión se planteó; y, ese problema, lo tomo por cuenta mía,
tal como lo hace con la teología el teólogo. Pero sin la religión cristiana. Si
no fuera que esa religión lo es a su pesar, hasta me sentiría alejado del
cristianismo. Tan cierto es así que el libro en cuyo encabezamiento defino esta
posición tiene como objeto el erotismo. Cae por su propio peso que nada
en el desarrollo del erotismo es exterior al terreno de la religión; y
justamente el cristianismo, al oponerse al erotismo, ha condenado a la mayoría
de las demás religiones. En un sentido, la religión cristiana es quizá la menos
religiosa.
Quisiera que mi actitud fuese exactamente
comprendida.
Para empezar, he querido la más perfecta ausencia de
supuestos previos. Nada me vincula a ninguna tradición en particular. Así, no
puedo dejar de ver, en el ocultismo o en el esoterismo, unos supuestos que me
interesan en el sentido de que responden a la nostalgia religiosa, pero de los
que con todo me alejo, puesto que implican una creencia dada. Añado que,
fuera de las cristianas, las suposiciones ocultistas son desde mi punto de
vista de lo más molestas, puesto que, como se afirman en un mundo en el que se
imponen los principios de la ciencia, de intento se les dan la espalda. Hacen
así de quien las admite lo mismo que resultaría de un hombre que, entre los
demás hombres, supiera que existe el cálculo, pero se negase a corregir los
errores de sus cuentas. La ciencia no me ciega (deslumbrado, sólo de mala
manera podría responder a sus exigencias) y, del mismo modo, el cálculo no
me perturba. Ya me parece bien que me digan que «dos más dos son cinco»; pero
cuando alguien, con algún fin preciso, echa cuentas conmigo, olvido la
identidad pretendida entre cinco y dos-más-dos. Desde mi punto de vista, nadie
podría plantear el problema de la religión a partir de soluciones
gratuitas que el actual espíritu de rigor recusa. No soy un hombre de
ciencia en el sentido de que hablo de experiencia interior, no de objetos;
pero, en el momento en que hablo de objetos, lo hago como los hombres de
ciencia, con el rigor que es inevitable.
Diré incluso que, las más de las veces, la actitud
religiosa comporta una avidez tan grande de respuestas apresuradas, que la
palabra religión ha adquirido el sentido de una facilidad de
pensamiento; por ello, mis primeras palabras pueden llevar a algún lector no
prevenido a pensar que se trata de una aventura intelectual, y no de un
incesante caminar que, llegado el caso, pone al espíritu más allá, pero
siempre por el camino de la filosofía y de las ciencias, y en busca de
todo lo posible que pueda abrirse.
De todas maneras, todo el mundo reconocerá que ni la
filosofía ni las ciencias pueden pretender tomar en consideración el problema
planteado por la aspiración religiosa. Pero también todo el mundo reconocerá
que, en las condiciones que se han dado, hasta ahora esta aspiración no ha
podido traducirse más que en formas alteradas. Nunca pudo la humanidad buscar
lo que la religión busca desde siempre, a no ser en un mundo en el que
su búsqueda dependía de causas dudosas y sometidas, si no ya al movimiento de
unos deseos materiales, sí a unas pasiones circunstanciales: la humanidad podía
combatir esos deseos y esas pasiones, podía también servirlos, pero no podía
serles indiferente. La búsqueda que la religión comenzó —y prosiguió— no debe
ser liberada de las vicisitudes históricas en menor medida de lo que lo está la
investigación científica. No es que el hombre no dependiera enteramente de esas
vicisitudes, pero eso es cierto para el pasado. Llega un momento, sin duda
precario, en que, con la ayuda de la suerte, ya no debemos esperar la decisión
de otros (en forma de un dogma) antes de adquirir la experiencia que queremos.
Hasta el momento, podemos comunicar libremente el resultado de esa experiencia.
En este sentido, puedo preocuparme por la
religión, no como el profesor que hace historia, que habla por ejemplo del brahmán
como de una cosa más entre otras, sino como el propio brahmán. Y sin
embargo yo no soy brahmán, ni cualquier otra cosa; debo proseguir una
experiencia solitaria, sin tradición, sin rito y sin nada que me guíe; pero sin
nada que me estorbe tampoco. En mi libro doy expresión a una experiencia, y
ello sin apelar a nada en particular, con sólo el cuidado de comunicar la experiencia
interior —es decir, desde mi punto de vista, la experiencia religiosa— por
fuera de toda religión definida.
Así, mi investigación, fundamentada esencialmente en
la experiencia interior, difiere desde su origen del trabajo del
historiador de las religiones, del etnógrafo o del sociólogo. Sin duda se
planteó la cuestión de saber si era posible para estos últimos orientarse a través
de los datos que elaboraban independientemente de una experiencia interior, en
parte común con la de sus contemporáneos y en parte también, hasta cierto
punto, experiencia personal aunque modificada por el contacto con el mundo que
constituía el objeto de sus estudios. Ahora bien, en el caso de estos
investigadores, podemos casi proponer como principio que cuanto menos entra
en juego su experiencia —cuanto más discreta es ésta—, tanto mayor es la
autenticidad de su trabajo. No digo: cuanto menor es su experiencia, sino cuanto
menos entra en juego. En efecto, estoy convencido de la ventaja que tiene
para un historiador una experiencia profunda; ahora bien, si la tiene, y puesto
que la tiene, lo mejor es que se esfuerce en olvidarla y en considerar los hechos
desde fuera. No puede olvidarla del todo, no puede reducir enteramente el
conocimiento de los hechos al que le viene dado desde fuera —y más vale así—,
pero lo ideal es que esta experiencia desempeñe un papel a pesar suyo, y
en la medida en que esa fuente de conocimiento es irreductible, en la medida en
que hablar de religión sin una referencia interior a la experiencia que tenemos
de ella produciría trabajos sin vida, una acumulación de materia inerte
presentada en un desorden ininteligible.
En contrapartida, si considero los hechos
personalmente y a la luz de la experiencia que tengo de ellos, sé lo que dejo
atrás: abandono la objetividad de la ciencia. Para comenzar —ya lo dije—, no
puedo prohibirme arbitrariamente el conocimiento que me aporta el método
impersonal: mi experiencia supone siempre el conocimiento de los objetos que
pone en juego (son, en el erotismo al menos, los cuerpos; en la religión, las
formas estabilizadas sin las cuales la práctica religiosa común no
podría existir). Esos cuerpos sólo nos son dados en la perspectiva en la que
históricamente adquirieron el sentido que tienen (su valor erótico). No podemos
separar la experiencia que tenemos de ellos de esas formas objetivas y de su
aspecto exterior, ni tampoco de su aparición histórica. En el plano del
erotismo, las modificaciones del propio cuerpo, que responden a los movimientos
vivos que nos remueven interiormente, están relacionadas con los aspectos
seductores y sorprendentes de los cuerpos sexuados.
No solamente estos datos precisos, que nos llegan de
todos lados, podrían oponerse a la experiencia interior que responde a
ellos, sino que la ayudan a salir de lo fortuito que es propio de
Las condiciones de una experiencia interior impersonal: la experiencia contradictoria de lo prohibido y de la transgresión
Sea como fuere, hemos de oponer netamente el estudio
que se extiende lo menos posible en el sentido de la experiencia, al
que se adentra en ella resueltamente. Hay que decir además que, si el primero
no hubiese tenido lugar ya antes, el segundo permanecería condenado a la
gratuidad que nos es familiar. Finalmente, es seguro que una condición que hoy
nos parece insuficiente se da desde hace muy poco.
Tanto si se trataba de erotismo o, más generalmente,
de religión, su experiencia interior lúcida era imposible en una época
en que no se evidenciaba el juego de contrapeso entre lo prohibido y la
transgresión, juego que ordena la posibilidad de ambos. Y además no basta saber
que este juego existe. El conocimiento del erotismo, o de la religión, requiere
una experiencia personal, igual y contradictoria, de lo prohibido y de la
transgresión.
Esta doble experiencia no se suele dar. Las imágenes
eróticas, o religiosas, introducen esencialmente, en unos, los comportamientos
de la prohibición, en otros, unos comportamientos contrarios. Los primeros son
tradicionales. Los segundos son comunes en sí mismos, al menos bajo la forma de
un pretendido retorno a la naturaleza, a la cual se oponía
Para comenzar, debemos decirnos de nuestros
sentimientos que tienden a dar un sesgo personal a nuestros puntos de vista.
Pero esta dificultad es general; me parece que es
relativamente simple tomar en consideración en qué coincide mi experiencia
interior con la de los demás, y por qué me hace comunicarme con
ellos. Habitualmente esto no se admite, pero el carácter vago y general de mi
proposición me impide insistir en ella. Paso a otra cosa. Los obstáculos que se
oponen a la comunicación de la experiencia me parecen de otra
naturaleza; obedecen a la prohibición que la fundamenta y a la
duplicidad de la que hablo, la que proviene de conciliar aquello que por principio
es inconciliable: el respeto a la ley y su violación, la prohibición y la
transgresión.
Una de dos: o bien la prohibición entra en juego, y
a partir de ahí no tiene lugar la experiencia, o acaso sólo tiene un
lugar furtivo, permanece fuera del campo de la conciencia; o bien lo prohibido
no entra en juego: éste es, de ambos casos, el más desfavorable. Para la
ciencia, la prohibición no suele estar justificada; es patológica, proviene de
la neurosis. Es conocida, pues, desde fuera: aun cuando tenemos de ella
una experiencia personal, vemos en ella un mecanismo exterior intruso en
nuestra conciencia. Esta manera de ver no suprime la experiencia, sino que le
da un sentido menor. Por este mismo hecho, lo prohibido y la transgresión, si
son descritos, lo son como objetos, y lo son por el historiador; o por el
psiquiatra (o el psicoanalista).
El erotismo, tal como la inteligencia lo toma en
consideración como cosa, es, con el mismo título que lo es la religión, una
cosa, un objeto monstruoso. El erotismo y la religión se nos cierran en la
medida en que no los situamos resueltamente en el plano de la experiencia interior.
Los situamos en el plano de las cosas, las que conocemos desde
fuera, si cedemos, aunque sea sin saberlo, a
Si la prohibición entra en juego plenamente, es
difícil. La prohibición fue por adelantado algo conveniente para la ciencia:
alejaba su objeto —lo prohibido— de nuestra conciencia, arrebataba al mismo
tiempo de nuestra conciencia —al menos a la conciencia clara— el movimiento de
pavor cuya consecuencia era
Quienes ignoran, o sólo experimentan furtivamente,
los sentimientos de la angustia, de la náusea, del horror comunes a las
jovencitas del siglo pasado, no son susceptibles de esa experiencia; pero lo
mismo sucede con quienes están limitados por esos mismos sentimientos. Esos
sentimientos no tienen nada de enfermizo; pero son, en la vida de un hombre, lo
mismo que la crisálida para el animal completo. La experiencia interior del
hombre se da en el instante en que, rompiendo la crisálida, toma conciencia de
desgarrarse él mismo, y no la resistencia que se le opondría desde fuera. La
superación de la conciencia objetiva, limitada por las paredes de la crisálida,
está vinculada a esa transformación.







































