
La distribución del caos
MICHEL SERRES
Por fin, el principio. En el principio es el caos (2). Hoy decimos:
el ruido, el ruido de fondo. De dónde queréis que surja el verbo, sino
del ruido. Nuestros antepasados decían: el caos. Ellos estaban
colocados en un mundo y nosotros estamos sumergidos en mares de signos.
A cada uno su desorden, al borde límite de todo orden. Pero no hay
tanta diferencia como se cree. Pantagruel, como nosotros y tantos otros
navegantes, había costeado las islas de Tohu y Bohu antes de ahogarse
en el tumulto y en los clamores del huracán. No se naufraga todos los
días. Ocurre donde el navío pasa en medio de voces insensatas.
Al principio es lo indiferenciable, sobre lo que nadie sabría tener
información. Eso puede llamarse: nube. Un conjunto de puntos, de átomos
o de moléculas, de elementos cualesquiera que sean, cuyo comportamiento
se ignora, nube de bordes no definidos, fluctuantes o fundidos.
Cualquier enjambre de abejas desplazándose caprichosamente, o su sombra
transportada. Un lago de manchas o un banco de nubarrones. Este meteoro
es el modelo de un saber formado poco antes del siglo, con la
desaparición de los sistemas, cuando las grandes poblaciones irrumpían
y se derramaban sobre algunas cabezas. Estuvieron muy cerca de perder
el tiempo en ello: si al principio es la nube, es lo que vuela, aquí
arriba, ahora, después allá, hace un rato, es lo que pasaba, hace poco,
en otro tiempo o antaño, o la masa baja y pesada que ensombrecerá la
nuca de mis sobrinas. Nubes dispersas, siempre ahí, en el lecho
estrellado de los vientos, y que me han hecho perder el tiempo.
Meteoros. Entre una tierra en presunto o deseado orden y el sistema
planetario o solar en equilibrio metaestable, los meteoros, olvidados
por las clases de teoría, dejan ver un suntuoso desorden. La filosofía
miraba el cielo, los eclipses y las elipses, y no decía nunca que las
nubes, a veces, le impedían verlos. O bien trabajaba para cambiar de
orden sobre la tierra y sospechaba de todos los que parecían pensar en
las nubes. Había un orden estable, Copérnico se había ocupado de ello,
revolución de las órbitas, y órdenes que transformar, aquí y en la
historia. En medio, como una excepción, un desorden sin interés. Salvo
para los que no tienen acceso a la teoría, los campesinos, los
marineros y algunos pueblos vagos, hambrientos. Ahora bien, de golpe,
nuevo comienzo, que la visión del mundo, como se dice, se invierta. El
gran desorden lujoso, helo aquí más allá de los límites del nicho, más
allá de lo que se llamaba el sistema del mundo: es el universo; helo
aquí en medio de las cosas de la tierra, en lo íntimo de la materia, de
la vida, de los mensajes. Los meteoros, en desorden aparente, parecían
una excepción rara entre dos órdenes donde las leyes reinaban.
Inversión: los viejos sistemas ordenados, por el contrario, ya no son
más que islas raras sobre un mar que no se para, desde el más pequeño
mundo al más grande; cristal, organismo o planeta, he aquí algunas
cimas, algunos Olimpos, aquí y allá, emergiendo de las nubes, azotados
por los vientos. El orden no es más que una rareza donde el desorden es
lo ordinario. La excepción se convierte en regla y la regla se
convierte en excepción. La nube ya no es sólo el buen tiempo o el mal
tiempo, del que se burlan en el encierro de las escuelas y la
tecnología de las ciudades, sino que está en nosotros y alrededor de
nosotros, en lo browniano de las cosas mismas y la ergodicidad de lo
vivo y de lo histórico, está tan cercana y lejana como se quiera, tan
próxima a mí como mi propio organismo, su mantenimiento, su
reproducción y su voz, tan lejos de mí que puedo verla o medirla,
cuando la bautizo con el nombre de Magallanes (3). No se detiene en los
meteoros, y todo, salvo excepciones, es nube. Todo fluctúa. Esto
fluctúa. Y si hay cosas, cuerpos y mensajes, sentido, estructuras en
orden o incluso sistemas (si lo hay y cuando lo hay; ahora bien, hay,
es así y no puedo remediarlo), ello es sólo bajo la figura de
archipiélagos. He aquí espóradas (4) sembradas sobre el océano abierto,
informe. Lo racional es lacunar, una cresta, una cima, un efecto de
borde. Cualquier ultraestructura que emerge temporalmente del banco
nublado. De manera figurada, el mundo es la excepción de los meteoros.
O, propiamente, lo racional es improbable. La ley, la regla, el orden,
todo lo que así designamos, no son más que improbabilidades, en
estrecha proximidad con lo que no puede ocurrir. Lo racional,
milagroso, rarísimo o excepcional, se adhiere a la inexistencia, tan
cercana como se quiera del cero, de la nada. Lo que existe es el resto,
y como complementario en el crecimiento de lo probable. Lo que existe,
y es una tautología, es lo más probable. Ahora bien, lo más probable es
el desorden. El desorden está casi siempre ahí. Es decir, nube o mar,
tormenta y ruido, mezcla y multitud, caos, tumulto. Lo real no es
racional. O lo es sólo en el extremo límite. En consecuencia, no hay
más ciencia que la de la excepción, de lo raro y del milagro. Sólo hay
saber de las islas, de lo esporádico, y de las ultraestructuras. El
conjunto de nuestras esclavitudes depende del hecho de que siempre ha
habido alguien para hacernos creer que lo real es racional. Y eso es
sin duda el poder. Alguien para hacernos creer que el viaje de Ulises,
de isla en isla, entre tifones, clamores, bonanza, es mítico. La
palabra revolución es impropia para calificar esta novedad, esta
antigua inversión del saber, puesto que es una palabra de orden, este
orden del cosmos que gira lentamente sobre nuestras cabezas, es una
palabra de sistema. No a Tolomeo, no a Copérnico. No, hay tormenta
sobre la vieja ciencia y la vieja filosofía, ráfaga de viento, nube,
meteoro, tsunami, trasgresión, en el sentido de trasgresión de las
aguas (5). Bajo la energía dispersada por el fuego, las antiguas
formaciones culturales se funden como un banco de hielo. Y reconocemos
por todas partes lo arbitrario de las leyes y su carácter improbable. Y
es, como al principio, el diluvio, el diluvio que vuelve a empezar, el
más antiguo o el usual, bajo el caos, un poco antes de que las aguas se
separen. Lo real, en multitud clamorosa, no es racional. Lo racional es
una isla rara emergiendo, por un lapso de tiempo, de la ordinaria
transgresión diluviana, lo real. Isla precisa, exacta, destacada,
rigurosa, aguda, marcada sobre lo indiferenciable.
Al principio es la tormenta. Hacerse a la mar con Pantagruel permite
reconocer en seguida un error de navegación. Tohu y Bohu no son islas,
sino el mismo mar. En este principio, la estrella (6) es ya errónea y
la hidrografía engañosa. Entonces, ¿quién ha diseñado el portulano,
sino aquel que deseaba que el desorden fuera aislable, el ruido local y
momentáneo, como una ínsula, y la ley ordinaria? Aquel que quería que
lo real fuera racional, salvo pequeñas localidades lacunares
recortadas, de las que hay que tener miedo, como de las Sirenas, y de
las cuales hay que apartarse desde la salida. (Y, de repente, sé de
dónde proviene el clamor: de algunos amordazados que sufren en este
presidio,(7) de la multitud de los condenados que no han querido este
racional). El mapa se ha invertido, el orden y el desorden se han
trastocado. La isla es un lago y el mar es un continente.
El orden reina en todas partes, salvo algunos desgarrones: es el
postulado de la antigua ciencia, su dogma primero, el que acaba de
invertirse, el que la trasgresión acaba de cubrir. O bien: hay algunos
archipiélagos en el mar. O bien: toleramos cortes en los continentes.
Era el viejo vagabundeo de la vieja ciencia o su alianza (8) inmemorial
con los viejos sistemas de orden, que nos pone hoy en peligro de muerte
y de destrucción. Hemos trabajado, durante siglos, y en nombre de la
ciencia, para deshacer la colusión del trono y del altar, de los
príncipes y de los sacerdotes. Al hacer balance era menos grave y menos
peligrosa que la del saber, presuntamente objetivo, y el poder armado.
Al tomar el lugar de las religiones la ciencia no ha cambiado de
entorno, está siempre junto al sable, tiende a convertirse en el sable.
Una enciclopedia a la sombra de las espadas. El poder quiere orden, el
saber se lo da. En cada momento de inauguración, de vuelta a empezar,
la ciencia enuncia un teorema de potencia, de mando y de obediencia, de
dominio y de posesión, una palabra de orden. Al comienzo, un
mandato.(9) Por método, una estrategia. La nova scienza no fue nunca,
salvo quizá esa excepción de la que hablo en el próximo libro,(10) esa
gaya scienza que deja esperar la vuelta del orden al desorden. Se
adapta siempre a una estructura de orden, y se introduce fácilmente en
la relación de orden. Y el poder es el orden, esta misma estructura y
esta relación. Es decir, un irreversible, un sentido que nadie, jamás,
sabría volver a subir, un sentido único y un sentido prohibido. Va de
un punto a otro y no vuelve nunca sobre sí. Así, va de un punto a
muchos otros, en invasiones sucesivas. Eso no es todo el orden, es el
mínimo, y ha mejorado mucho después. Pero, a partir de aquí, el punto
de partida ordena y se proyecta: origen, fuente, río arriba, centro,
llamadlo como queráis. Todo viene de él y nada va hacia él. Punto alto
o máximo, punto bajo o fundamento, medio o centralización, lo mismo da.
Por simples procedimientos ópticos, ilusión o teatro de representación,
se puede hacer creer, cuando se reside allí, en una diferencia entre lo
superior y lo central. Es sin embargo la misma estructura, la misma
relación y el mismo punto. La ciencia era el saber de ese punto y el
poder está en ese punto. A partir de ahí las vías son irreversibles,
transitivas y encadenadas. De ahí en primer lugar lo que he llamado
estatuas (11), en equilibrio alrededor de un punto, el mismo. Sistema,
episteme, como understanding, Verstand (12) o sustancia, ¿hablan de
otra cosa que, justamente, de este equilibrio? La episteme, la ciencia,
era encadenamiento, alrededor de un centro, de un conjunto estático.
Encadenamiento por una ley que invade el espacio, sea cual sea la ley.
Ella dibuja una recta, una línea quebrada, un árbol o una red. Esas
extensas rejillas de razones que los geómetras, astrónomos o lógicos
prestaban, siempre sin saberlo, a los príncipes, o que el filósofo daba
al general. Todo ello tan abstracto que vale más contar un cuento. ¿Os
acordáis de la nube? Descarga, llueve, en el lecho se desplaza una ola
limpia. Entonces el lobo ya está ahí para regular la circulación. La
Fontaine y su genio ardiente aclaran a Descartes sin raciocinio pesado
y lento. Hacen comprender a las lavanderas lo que nuestros discursos
teóricos les ocultan. En todo comienzo, instauración o vuelta a
empezar, encontraréis constantemente el orden, estructura y relación.
Salvo en el último momento, salvo ahora que sé, veo, y no puedo
remediarlo, que estamos embarcados, sin embargo, sobre el caos. Y que
el orden allí es raro. La tormenta es tan violenta que no podemos
permitirnos el lujo de un error de navegación. Sí, en la isla-ciencia
figura el puerto, pero está plagada de arrecifes donde estamos a punto
de naufragar cuerpos y bienes.
En los comienzos proliferaban por todas partes las figuras simples de
este desorden. Nube, tormenta, río, arroyo. Por fin la filosofía al
exterior. He aquí las aguas, las aguas informes. El mar y la mezcla.
Una sopa caos donde se mezclan las ciencias y las sales, torbellinos
sobre los que emerge, nueva, Afrodita. Venus turbulenta y sabia que
encontraremos pronto en Lucrecio (13). Caos epicúreo del que emergen
los mundos, en modelo cuasi-estacionario, ondas en torbellinos
metaestables. Todavía encontraremos de nuevo en las desviaciones del
equilibrio (14). Caja negra molecular, horno, entrevistos por Boltzmann
antes de morir junto al mar. Como si hubiera deseado esparcir sus
cenizas, su corrupción numerosa y su descomposición pululante cerca de
los clamores, del caos de los comienzos. Informe acuático y fluyente de
donde, mucho más que de las metáforas, Bergson toma los objetos que
habíamos perdido, mientras Nietzsche indaga con su bastón en la
diseminación vírica de los cuerpos, en las disoluciones practicadas por
una química que imagina superior.(15) El desorden invade los textos y
el mundo, al mismo tiempo. La nube cubre Europa. Y así es. Las grandes
poblaciones se agitaban en Zola (16). Pero en Barbey, esto vuelve a
empezar: es el tumulto de Avranches y la multitud arremolinándose (17).
Es la landa caos de los embrujados. Nunca acabaríamos de contar
historias que dicen claramente lo que la ciencia reprime o lo que la
filosofía obscurece. Así pues, en los comienzos, el orden. Esto es tan
antiguo como queramos. Esto puede datar de la aurora negra donde los
primeros discursos intentaban atar los andrajos del espacio, y esto
puede venir de esas cajas negras vertiginosamente integradas en lo
complejo de mi cuerpo, donde ruge un ruido de fondo (18) inextinguible
y de donde surge, excepcionalmente, el lenguaje. Al comienzo es la
distribución. Átomos, puntos u otras cosas cualesquiera. Desorden,
ruido, harapos, tumulto, multitud, landa en pedazos, descomposiciones o
mezclas, horno, caos, caja negra abierta o cerrada, tormenta,
indiferenciable y barullo. En los comienzos son las distribuciones. El
reparto.(19) Lo dado, lo real, no es más que un reparto aleatorio.
Continuo o discreto, no lo sé. El reparto está ahí y eso es todo. Y
nadie lo ha dado ni nadie lo ha distribuido. Está ahí, como la nube,
pasa y no deja de venir. Ya casi lamento la palabra distribución.
Tomadla en un sentido mucho menos ordenado que el usual o que el
científico. En un sentido pre-combinatorio, incluso de pre-conjunto.
Sí, las tribus están dispersas en el espacio y nadie ha sabido nunca
cómo. Hay ya demasiado orden en la distribución de las aguas, del
vapor, del carburante, de la tipografía. Cadenas, clasificaciones, un
plano y bifurcaciones. E incluso demasiado cuando se concibe una
combinación relativa de números, de elementos. Es siempre ya un
pre-orden. Tomad la palabra antes de toda estructura, y la cosa antes
de la definición. Dicho de otro modo, Hermes no es factor. Ni
distributivo. No distribuye los mensajes, ni los divide, ni los
reparte. Y ni siquiera lleva mensaje. Él es el reparto mismo, que pasa
y que está ahí. El mensaje allí es caótico, una nube de letras. Mejor,
de elementos cualesquiera, quizá aún no letras. El hermetismo, dicen,
es el secreto. Ahora bien, este secreto todos lo conocemos a partir de
ahora: es la dispersión. Es realmente en la dispersión donde un secreto
queda mejor guardado. Sobre él, no tenemos información. Hermes, el
ruido, la infradistribución. Lo real en miríadas y en profusión. Que se
arremolina aquí, como su caduceo. Ha perdido la encrucijada y el
intercambiador en beneficio de la turbulencia. Nueva atribución.
1976, un día de primavera.
Traducción: Javier Sáez.
NOTAS DEL TRADUCTOR:
1. Este texto es una traducción del Prefacio escrito por Michel Serres
en su libro Hèrmes IV. La distribution, Minuit, 1977, pp. 9-14.
2. Serres utiliza el término francés “tohu-bohu” (que en castellano
traducimos por caos). Ese término familiar proviene la novela de
Rabelais Horribles y espantables hechos y proezas del famosísimo
Pantagruel (1532); Tohu y Bohu es el nombre de un mar huracanado
(Pantagruel creía que eran los nombres de dos islas). Serres citará más
tarde estas islas como ejemplo de que lo que parecía local (una isla =
el desorden) es en realidad global (finalmente era el mar mismo), y el
juego de palabras entre “tohu-bohu” [caos] y las islas (mar) Tohu y
Bohu se pierde en castellano.
3. Serres se refiere a las Nubes de Magallanes, dos pequeños universos
extragalácticos (La Grande y la Pequeña nube de Magallanes), visibles
en el cielo austral. Son los más próximos a nuestra galaxia, a una
distancia de “sólo” 150.000 años luz.
4. Las Espóradas son un archipiélago griego del mar Egeo. Serres hace
aquí un juego de palabras muy denso con la expresión “sporades
ensemencées” (que hemos traducido por ‘espóradas sembradas’). La
palabra griega “sporá” significa semilla, del verbo “speírein”:
sembrar. De aquí derivan las palabras espora, esporádico, esperma,
disperso y Espóradas, entre otras. Serres ha condensado en una palabra
los diversos aspectos de su reflexión: lo racional como esporádico y
disperso en la imagen de un archipiélago (las islas Espóradas), en un
medio marino, y la vertiente creadora de esta mezcla (semilla,
esperma). El verbo “ensemencer” (sembrar) en realidad repite el sentido
de “sporades” (de ’speírein’, sembrar).
5. En oceanografía, sumersión bajo el mar de una parte del continente o de cualquier territorio emergido.
6. Serres, que además de matemático, físico, filólogo, epistemólogo y
novelista, fue marinero, se refiere aquí a la acción de tomar la
estrella (en francés, faire le point), es decir, tomar la altura del
polo para orientarse en la navegación. Si esta toma está mal hecha
desde el comienzo, el barco se perderá.
7. Serres juega con los dos sentidos de la palabra “bagne”: presidio y
baño, dado que se trata de condenados que están en el mar. Esta palabra
es también sinónimo de galeras y de trabajos forzados.
8. ¿Cómo no evocar aquí la obra de Prigogine y Stengers La nueva
Alianza? Estos dos autores han escrito un brillante ensayo sobre
Serres: “La dynamique, de Leibniz à Lucrèce”, publicado en la revista
Critique en el número monográfico “Michel Serres: interférences et
turbulences”, enero 1979, tomo XXXV, nº 380, Editions Minuit, París,
pp. 35-55.
9. Serres juega con el parecido (que en castellano se pierde) entre las
dos palabras de la frase en francés: “Au commencement, un commandement”.
10. El libro es El pasaje del Noroeste. Hermes V. (publicado en
castellano por la Editorial Debates en 1991), y la excepción es la obra
de Kant La historia natural y la teoría del cielo, que marca la
aparición del Eterno Retorno en cosmogonía (genealogía de un orden; no
confundir con cosmología) científica. Serres ha escrito dos ensayos
sobre este tema, uno en La distribution (”Le retour éternel”, pp.
115-124) y otro en El pasaje del Noroeste (”Où la promenade met en
question les tableaux de l’exposition”, pp. 93-113 de la edición
francesa -Minuit-). La cosmogonía es el camino natural que va de la
distribución al sistema; este itinerario permite a Serres combinar
modelos de orden (sistemas) y de desorden (distribución) a partir del
concepto de homotecia (Mandelbrot). En nuestra opinión, se trata de una
de las reflexiones epistemológicas más potentes y brillantes de las
últimas décadas.
11. Para este tema, ver el libro de Michel Serres Statues, Editions François Bourin, París, 1987.
12. En inglés y en alemán respectivamente, inteligencia, entendimiento.
En efecto, la raíz indoeuropea STA- se refiere a “estar fijo o en pie,
objeto erecto” (ver Emile Benveniste, Origines de la formation des noms
en indoeuropéen, París, 1935, y Noms d’action et noms d’agent en
indo-européen, París, 1975). En griego encontramos el verbo “istánai”
(colocar, poner de pie), y en latín “stare”; en realidad esta raíz
aparece en todas las lenguas indoeuropeas (como por ejemplo en
islandés, en bretón, en armenio o en sánscrito). Serres pone en
relación la vertiente política de esta raíz (que en castellano se
refleja en palabras como Estado, estandarte, estatuto, etc) con la
vertiente científica (episteme, sistema, substancia, estática, etc).
Poder y saber consolidan juntos un punto fijo.
13. En efecto, Lucrecio (98-55 a.JC.) describe en su De Rerum natura
dos caos, el caos a partir del fluir laminar de los elementos y el
caos-nube, fluctuante, browniano. Serres no utiliza las palabras
torbellino y turbulento de forma poética, sino con el rigor de los
modelos matemáticos de Arquímedes, en los que se basa Lucrecio para
diseñar sus dos modelos generales del origen físico de los objetos
naturales. La raíz griega “turba” (de donde proviene turbulencia)
designa una multitud en desorden (medio inicial caótico de donde
surgirá el orden); la raíz “turbo” (de donde viene torbellino) designa
una forma curva o espiral metaestable a partir de un medio de flujo
laminar (medio inicial ordenado que acabará en caos). Para esta
cuestión, ver la obra de Serres La naissance de la physique dans le
texte de Lucrèce, Minuit, 1977, pp. 9-83.
14. En francés, “écarts à l’equilibre”, fenómeno físico que indica la
desviación mínima que se produce por azar en un medio laminar perfecto
y que dará lugar al torbellino. Equivale al concepto de clinamen (ver
el ensayo de Serres sobre Lucrecio ya citado).
15. Aquí Serres hace referencia a uno de los capítulos de su libro La
distribution, “L’Antéchrist: une chimie des sensations et des idées”
(pp. 173-193), donde muestra que la crítica de Nietzsche al
cristianismo en términos de corrupción remite ingenuamente a un estado
previo de pureza. El artículo es sorprendente entre otras cosas porque
consigue desarrollar una química de las representaciones y de los
sentimientos morales, estéticos y religiosos.
16. Para esta cuestión, ver el libro de Michel Serres Feux et signaux
de brume. Zola, Grasset, París, 1975, donde pone de manifiesto la
relación entre la física y la literatura del siglo XIX.
17. Se refiere al escritor francés Jules Barbey d’Aurevilly
(1808-1889), que en sus textos recogió la sublevación de los “pies
descalzos” en Avranches en 1639.
18. Para la cuestión del ruido de fondo y las relaciones entre la
teoría de la información y la termodinámica, ver en Serres, La
distribution, el capítulo “Origine du langage”, pp. 257-272. Ver
también H. Atlan L’organisation biologique y la théorie de
l’information (Hermann, 1972) y Journal of Theoretical Biology, 1974.
19. Serres juega aquí con las palabras francesas ‘la donne’ (acción de
dar las cartas, repartirlas) y ‘le donné’ (lo dado). El primer término
indica el componente aleatorio de todo comienzo. Como en castellano no
hay una palabra que indique la acción de dar cartas, hemos traducido
‘la donne’ por ‘el reparto’.
BIBLIOGRAFÍA DE MICHEL SERRES:
En castellano:
- Historia de las ciencias, Ed. Cátedra, Madrid, 1991.
- El contrato natural, Ed. Pretextos, Valencia, 1991.
- El pasaje del Noroeste. Hermes V, Ed. Debate, Madrid, 1991.
En francés:
La mayor parte de la obra de Serres está sin traducir al castellano;
por ello damos aquí una relación de los títulos originales (exceptuando
los citados más arriba):
- Le Système de Leibniz et ses modèles mathématiques, 2 volúmenes, P.U.F., 1968. Reeditado en un volumen en 1982.
- Hermès I. La communication, Minuit, 1969.
- Hermès II. L’interférence, Minuit, 1974.
- Jouvences sur Jules Verne, Minuit, 1974.
- Feux et signaux de brume. Zola, Grasset, 1975.
- Esthétiques sur Carpaccio, Hermann, 1975. Reeditado en Livre de Poche, 1983.
- Auguste Comte. Leçons de philosophie positive, Hermann, 1975.
- Hermès IV. La distribution, Minuit, 1977.
- La Naissance de la physique dans le texte de Lucrèce. Fleuves et turbulences, Minuit, 1977.
- Le Parasite, Grasset, 1980.
- Genèse, Grasset, 1982.
- Rome. Le livre des fondations, Grasset, 1983.
- Détachement, Flammarion, 1983.
- Les cinq sens, Grasset, 1985.
- L’hermaphrodite, Flammarion, 1987.
- Statues, François Bourin, 1987.
- Éclaircissements. Entretiens avec Bruno Latour, François Bourin, 1991.
- Le Tiers-Instruit, François Bourin, 1991. También en Folio Essais nº 199.
- Atlas
- Gels, 1977 (fuera del mercado).
Para una relación de sus artículos y colaboraciones en obras
colectivas, ver la revista Critique, Minuit, nº 380, enero 1979, pp.
122-125.






































