
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y BRUNO SCHULZ
Zofia Nalkowska en
Varsovia, tanto como Victoria Ocampo en Buenos Aires, fueron damas que
convirtieron a sus casas en verdaderos centros culturales para el
desarrollo de la vida literaria. Gombrowicz conoció a Bruno Schulz en
la casa de Zofia, después de la publicación de "Las tiendas de color
canela". Ese modesto maestro, un ser indefenso al que todo el mundo le
daba palmaditas en la espalda para animarlo, fue consagrado en la casa
de Nalkowska. Schulz estaba deslumbrado: –Me pidió que le leyera las
primeras páginas, después se detuvo y me rogó que le dejara el
manuscrito para terminar de leerlo ella sola. Es una mujer maravillosa.
A la tarde de ese mismo día Nalkowska exclamó: –Es la revelación más
sensacional de nuestra producción novelística. Mañana mismo iré a la
editorial para que publique el libro.
Bruno Schulz descubre en
Gombrowicz a un hombre que está desmontando la posición aislada y
privilegiada atribuida a los fenómenos psíquicos para destruir el mito
de su divinidad, y que al mismo tiempo está poniendo al descubierto una
genealogía zoológica escabrosa y poco reluciente que repudia toda
vanidad.
"Mientras
bajo la capa de las formas oficiales rendimos homenaje a unos valores
elevados y sublimes, nuestra verdadera vida transcurre a hurtadillas y
sin sanciones venidas desde arriba en una esfera sórdida, y la energía
emocional puesta en ella es cien veces más poderosa de la que dispone
la endeble capa de la oficialidad"
El día que Bruno Schulz le
reprochó amargamente que no estaba a la altura de lo que había escrito
en "Ferdydurke" Gombrowicz vio con claridad que la obra había empezado
a vivir su propia vida.
La obra existía en otra parte y poco
podía hacer por Gombrowicz. Se dio cuenta que entre "Ferdydurke" y él
ocurría exactamente lo mismo que les había acontecido en las páginas
del libro a sus personajes. La obra, metamorfoseada en cultura volaba
libremente a plena luz del día mientras Gombrowicz se hallaba en un
pozo.
Schulz
fue el artista más eximio de todos los que Gombrowicz conoció en
Varsovia y digno de contarse en el círculo de la más alta aristocracia
intelectual y artística de Europa, pero su talante de maestro amilanado
y provinciano malogró hasta cierto punto su aceptación universal y se
quedó en lo que siempre fue: un príncipe de incógnito.
Nadie le
demostró a Gombrowicz una amistad tan generosa como la de Bruno ni lo
apoyó con tanto fervor desde el mismo comienzo de la relación en el que
empezó a prodigarle alabanzas extraordinarias, un poco porque prefería
admirar a ser admirado, y otro poco porque en su alma provinciana vivía
el deseo del lujo y de la gloria.
Esa actitud de segundo
violín no podía ocultar, sin embargo, una concentración apasionada,
trágica y ardorosa que lo identificaba con su destino, de modo que sus
afirmaciones modestas adquirían grandes dimensiones, y esto se veía con
mucha claridad en las frases majestuosas y espléndidas de su escritura
poética desbordante de metáforas y de una forma irónicamente barroca.
Pero
en la medida que Gombrowicz lo conoció fue descubriendo que su prosa
era demasiado metafórica y que no podía hacerse cargo del mundo pues no
era capaz de asimilarlo. Schulz elaboró una forma profunda pero
estrecha y no pudo salir de esa problemática limitada porque su estilo
y sus concepciones no eran originales, seguía las huellas de Kafka a
quien lo unía la sangre semita.
Si bien se mostraba creativo
en más de un punto, la visión del mundo del checo fecundó su universo,
y esto le puso límites a su alcance en el mundo a pesar de que era
admirado en Francia e Inglaterra.
La cuestión central para
Gombrowicz era la forma, pero él trataba de destruirla y de ensanchar
el campo de acción de su literatura para poder abarcar cada vez más
fenómenos, mientras que Schulz se cerraba en su forma como si fuera una
fortaleza o una prisión.
El
maravilloso altruismo de Bruno se mostró en todo su esplendor cuando
apareció "Ferdydurke" y llegó a Varsovia. El amilanado y taciturno
Schulz pronunció una conferencia en la Unión de Escritores en la que
comunicó a todos los artistas reunidos allí que acababa de levantarse
un sol que hacía palidecer a todas las estrellas.
Y, sin
embargo, Schulz estaba debutando junto a Gombrowicz, y el carácter de
sus creaciones los hacía rivales, y era diez años mayor que él. Tanto
altruismo no se encuentra con frecuencia entre los escritores.
Bruno
llevó a Gombrowicz a la casa de Stanislaw Ignacy Witkiewicz, el más
loco de los tres mosqueteros, de ese modo esos hombres que trataban de
orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una
gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el mundo,
se encontraban por fin juntos.
Schulz
se encerraba en sus perversiones y en su arte como en una torre de
marfil porque sentía demasiado respeto por el arte y no se animaba a
tratarlo desde arriba, entonces, la forma que había elaborado lo limitó
al punto de que no se atrevió a asomar la nariz fuera de ella.
De
los defectos de Gombrowicz venimos hablando frecuentemente, baste decir
aquí que todo su trabajo interior consistía en esquivar esos defectos y
escribía luchando contra su indolencia.
"De entrada quiero soltar
una indecencia irritante y de mal gusto: Bruno me adoraba y yo no lo
adoraba a él (...) Sería mucho más delicado de mi parte si en este
recuerdo sobre mi amigo difunto no me colocara delante de él (...) Me
apresuro a preveniros que conozco esta regla tanto en su aspecto
mundano como en el moral. Pero ¿no ha dicho el príncipe Ypsilanti que
quienes saben que no se debe comer pescado con cuchillo pueden comer
pescado con cuchillo?"
Eran
dos conspiradores: Schulz hablaba del código ilegal y de la vía
secundaria de la realidad, Gombrowicz de hacer estallar la situación y
de desacreditar la forma. Ambos hablaban de la subcultura, de la
belleza incompleta y de la pacotilla.
"Mi naturaleza jamás me
permitió acercarme a Schulz más que con recelo; desconfiaba de él y de
su arte. ¿Acaso leí alguna vez, honestamente, desde el principio hasta
el final alguno de sus relatos? No, me aburrían. Así pues, todo lo que
tenía que decirle tenía que decírselo con prudencia para que no se
percatara del vacío que lo acechaba, incluso en mi propio caso"
Schulz se daba cuenta de todo esto. Una tarde estaban conversando frente al monumento a Chopin.
"Witold,
aunque nuestros géneros estén emparentados por la ironía, el escapismo
sarcástico y el gusto por jugar a la gallina ciega, a pesar de eso, mi
lugar en el mapa se encuentra a cien millas del tuyo y, es más, tu voz
para llegar a mí tiene que rebotar en un tercer elemento, no hay entre
nosotros una línea telefónica directa"
Schulz
se daba cuenta de que Gombrowicz no se había tomado la molestia de leer
a fondo lo que escribía, pero era discreto y no lo interrogaba
demasiado a sabiendas de que no aprobaría el examen.
"Pero Bruno
quizás sabía, igual que yo, que las obras de arte de altos vuelos
apenas se leen, que funcionan de manera distinta en la cultura, tal vez
por su sola presencia (...) Y en cuanto a la admiración, ¿qué nos podía
importar todo esto a nosotros si los dos éramos totalmente quiméricos?"






































