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de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

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TIEMPO ANTES Y TIEMPO DESPUÉS

Enviado por Corresponsal cinosargo el 08/11/2008 a las 10:46
Corresponsal cinosargo

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TIEMPO ANTES Y TIEMPO DESPUÉS

(Time before and time after. T. S. Eliot)

Rolando Gabrielli

A

gitado por las propias, turbias, y a veces cristalinas aguas que lo presidieron, el siglo XX, emblemático por sus guerras y avances científico-técnicos, finiquita su tiempo real inventado por el hombre y sus calendarios de sol, agua, fuego, arena, de ruedas, digital.

Instrumentos de su propio tiempo, ficciones en verdad, porque Heráclito nos fijó la medida en el río y en nosotros mismos, que no cesamos de cambiar.

El tiempo presente y el tiempo pasado/Están tal vez ambos presentes en el tiempo futuro/.Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado./Si todo tiempo es eternamente presente/Todo tiempo es irredimible, nos ratifica a su manera, el poeta inglés T. S. Eliot.

Ya casi cae el último segundo, el instante fugaz, el ligero grano en el reloj de arena de la centuria, donde la Historia contribuye con su muda mueca y pareciera decirnos, seguimos, a galope, aunque algunos hablemos en el desierto.

Es nuestro siglo de alguna y muchas maneras, con actores brillantes y de desplazamientos ligeros, en el cine mudo de la historia cotidiana, leve en su retórica y pasajeros nosotros, siempre en tránsito, elásticos como los sueños y promesas incumplidas.

Siglo de papel, de plástico, carey, de acero, cemento y hormigón, ensamblado una y mil veces, constructor de quimeras e infiernos dantescos, donde el cañón y la palabra no se dieron tregua.

¿Quién retrocede ante el abismo, me pregunto, con los pies aun en la tierra, cuando la memoria se concentra en un chips, duende de todas las posibles velocidades?

Un siglo, 100 años, 10 décadas, 20 quinquenios, 36 mil 500 días, 876 mil horas, 532 millones 560 mil minutos, 315 millones 360 mil segundos...tiempo es el que mide todo, severo, riguroso, implacable, viste y desviste a la Historia, arrodilla a cada uno de los misterios, y al Hombre le impone un juego de azares y le cubre con un velo la ruta principal que le conduce a su última avenida del brazo de Virgilio.

¿Filosofía?. No. Ardemos en un mismo fuego.

No tengo o no hay tiempo se dice vulgarmente, a veces de vicio, pero es una realidad, porque es lo más escaso al llegar al 2000, —sin contar lo mal que se distribuye, ocupa o el destino intrascendente que algunos le dan a sus horas. El tiempo es un recurso limitado, el naufragio en el cual todos, sin excepción, viviremos desde que nacimos, porque es nuestra condición sine qua nom, inevitable de simples mortales con aspiraciones aun alejadas de la realidad.

Ayer se fue; mañana no ha llegado; /hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue, y un será, y un es cansado, nos lo recuerda el poeta español Francisco de Quevedo.

Sucede que me canso de ser hombre, dijo Pablo Neruda, en una de sus Residencias en la Tierra, y a ese pesimismo circunstancial, existencial, sumémosles las horas felices, tiempos y realidades de estos y otros tiempos.

Administrar el tiempo es una idea de tiempos inmemoriales, pero hoy resulta una ley inexorable del mercado, esa deidad de un millón de cabezas, cuya capital es el capitalismo salvaje y que agita las conciencias hipnotizadas ante las vitrinas del dulce encanto del despilfarro y la fantasía que se evapora en su propia quimera.

El hombre inventa su propio tiempo, ya no cósmico, solar o el que le dona la naturaleza, nos dice el pensador alemán Ernst Junger, en su texto: El Libro del reloj de arena. Sin duda, el nuevo tiempo lo encadena a su vertiginosidad, de alguna manera nos advierte, el filósofo germano.

Talas cuanto tienes—inclusive el tiempo— y verás actuar a la naturaleza, viva, frenética, desbordante, sin contemplaciones, simplemente en defensa propia. Luego sabrás cuanto te queda.

TATE es la sigla de nuestros tiempos, que lo han inventado casi todo: Tirar, Archivar, Tratar y Enviar, porque vivimos en la jaula circular de la velocidad, un mundo en tiempo récord, que compite con lo inalcanzable y lamentablemente, disocia entre lo humano y la naturaleza e intenta romper ese cronometrado reloj de la convivencia con el ecosistema. Ratón de sus propios experimentos, el hombre se muerde su cola, larga como la noche de sus sueños y pesadillas. Hiroshima, Nagasaki, Viet nam, las Revoluciones de 1910, México, 17 Rusia, Cuba, 1959; América Latina y su siglo de dictaduras, Africa desangrada, el terror del terrorismo sin fronteras. La violencia es un clisé, pero no pasa de moda.

Es también el tiempo del exilio, de la vida seca, de las almas muertas, dijo Albert Camus, y advirtió: durante milenios, el mundo ha sido muy semejante a esas pinturas del Renacimiento italiano, en las que sobre las frías losas unos hombres son torturados, mientras que otros miran a otra parte con la más perfecta de las indiferencias.

Vertiginoso/raudo/acelerado/veloz/alado/impetuoso/presuroso/resuelto/apresurado/huidizo/ como el tiempo que contienen sus alas, 1999 toca la polvorienta superficie de Marte, acariciada por la ciencia ficción durante décadas. Por fin un planeta rojo, sin necesidad de muros, ideologías, etiquetas, aprehensiones y guerras, por ahora.

Siglo de papelillo en materia de Derechos Humanos, avaro en libertades y próspero en esperanzas, egoísta, miserable de vicio, clasista, y ahora huérfano de ética, moral y solidaridad.

Siglo de grandes Utopías, y los profetas no estuvieron tan desacertados como pareciera, y quisiéramos ahora enmendar la Historia o ponerle punto final a este camino de esperanzas y desesperanzas, viaje accidentado en el hilo del tiempo humano, tras la caída de uno de los muros. Y para referirnos a una muy cuestionada profecía, podemos citar a Marx, quien dijo que el capitalismo no evolucionaría sino hacia la concentración. Hoy tenemos a su hija natural, la globalización. Otras, en cambio, dan risa: Thomas Watson, presidente de la IBM en 1943, dijo creer que en el mundo sólo existía mercado para unas 5 computadoras. Sobre el teclado de una de ellas, me despido de este siglo XX, que viaja en desenfrenada carrera por acortar distancias y manipular el tiempo, aunque el tiempo es cada día más fiel asimismo.

Siglo kafkiano, manco, rengo, tuerto, vanidoso, hostil, usurero, y por momentos brillante, luces que aparecen y desaparecen como el cometa Halley, pero su estela queda casi perfumada, en el volátil espacio de cada uno. Días que son infancia, primavera y verano, fruta jugosa, una estación en Antilhue, siempre al sur, la memoria sobre el mar, los volcanes, el agua fría sobre el Río Claro, el Cajón del Maipo sin prisa alguna, una ventana sin fronteras, más allá del cristal, el espejo, nuestro rostro y los que se borrarán cada día, como al inicio de una imagen en el primer día de clase. La mesa servida por la bondadosa madre un domingo de ocio junto a las uvas recién cortadas del parrón.

Estoy escuchando en una radio a galena en una esquina del sur, el paso del Sputnik, mientras miro las estrellas, y sabemos que estamos en la punta del iceberg de un siglo que sólo observa el futuro, como una bola de cristal que no cesa de abrir los ojos un poco más allá, del otro lado de los que estamos acá.

Qué tiempos, veríamos pisar al hombre la Luna, y prepararse para conquistar no sólo otros planetas, sino al propio hombre en la Tierra.

¡La Tierra no es un planeta cualquiera!, lo dijo convencido y algo de asombro El Principito De Antoine de Saint-Exupery, y en 1943, la describió así: Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, por supuesto, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos, trescientos once millones de vanidosos, es decir, unos dos mil millones de personas mayores.

Avanzamos, retrocedemos, nuevas enfermedades, medicinas y cirugías revolucionarias. El SIDA hace estragos y se detiene sobre la conciencia de la especie. ¿Quién nos pone aprueba?. ¿Quién corre la cerca, nos llena los pies de arena y nos levanta un muro, una y otra vez?

Dios bendiga las islas precavidas, dijo Kipling, donde nunca llegan los mandamientos.

Hay objetos de este siglo, convertidos en instrumentos eternos, cuya temporalidad pareciera no existir, como el walkman, el tractor, el avión, la computadora, el diván, la TV, la radio portátil. Signos inequívocos del paso del siglo XX, porque su uso cotidiano nos traslada a nuestro tiempo.

Somos parte y pertenecemos al mundo moderno, la modernidad

iniciada en momentos en que el tiempo deja de ser medido por los llamados relojes elementales y comienza a serlo por el reloj de ruedas, nos recuerda Junger. El reloj de ruedas—precisa el pensador alemán— es algo creado por el espíritu y es un tiempo abstracto, no el de las estrellas, ni de la tierra, nada cósmico.

Panamá ha tenido su tiempo canalero, cronometrado en su siglo de existencia republicana, en el reloj preciso de su Historia nacional, bautismo y punto de partida, origen exacto: 1903, desenlace perentorio: mediodía del dos mil.

Un eslabón cae de la cintura de las Américas, otro anillo se ata a alguna cadena. Hay un tiempo para crecer, sembrar y cosechar, un tiempo que no tiene tiempo, pero que apresura el paso. Un tiempo que acude raudo a recibirnos en su propia estación.

Es verano en Panamá, el sol ligero y la naciente brisa, comienzan a abrirse paso en medio de aguaceros no propios de su estación.

En la memoria de mi siglo, pienso en mis antepasados de Gubbio, cuando exiliaron al divino Dante Alighieri en 1302, en los catalanes y andaluces, (Romanos, judíos, moros) en la patria íntima y despojada, Chile, donde las estrellas son solitarias y el rojo es la inevitable sangre derramada de un millón de copihues, diáspora de todas las flores en el fatídico septiembre de la negra primavera de los setenta. Pienso, en mi hija Paulina nacida un 7 de septiembre de 1977 en Panamá, bajo la sombra de un nuevo espíritu para su identidad.

Este es nuestro tiempo, estos son nuestros pasos, conformémonos por ahora, —donde nada es exacto—, que el siglo XX con la maravilla de la fotografía le ha quitado el maquillaje a la Historia y la realidad se ha hecho más transparente.

En la Torre de Babel construida en dos milenios, nuestro tiempo cristiano, en el gigantesco mar del desacuerdo universal, —donde una y otra vez el hombre es su propio lobo hambriento de hombre—asoman algunos acuerdos generales, y entre ellos, que sin imperativos morales no se reafirmará la condición humana y la especie seguirá entre la incertidumbre y la zozobra.

Abramos nuestra puerta al tercer milenio, es mucho o poco tiempo el que nos queda, no lo sabemos, y si el bosque se dejará ver entre tan pocos árboles.

Las sandalias del siglo XXI le pertenecen a toda la humanidad.

 

Panamá, Villa De Las Fuentes, 28 de diciembre de 1999
EPILOGO:viejas palabras para un mismo tiempo


http://rolandogabrielli.blogspot.com

 

 

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