
Las vanguardias nacen frente a la consumación del arte, su propósito está en
reponer la posibilidad de hacer el camino desde el origen: lo nuevo. Cada vez
el arte se vuelve más de lo mismo, una correlación tautológica de estigmas que
se repiten en un campo reducido que, necesariamente, debe renovarse. La
importancia de la vanguardia reside en que es la encargada (a manera de
catalizador) de inventar nuevas formas y prácticas que devuelvan al arte la
facilidad de factura que tuvo en un comienzo, su ansia demoledora, la violencia
regeneradora inherente al artista: “el vanguardista crea un procedimiento
propio, un modo individual de recomenzar desde cero el trabajo del arte” (en
las palabras de César Aira).
El problema radica en que no existe una real necesidad de hacer o de producir una obra, ya que “se sabe cómo hacerla” o, dicho de otra forma, el molde, ya está dado. Lo que le queda al artista es crear sin pretensiones, ni innovaciones equívocas, ni falsa lucidez robada, sino sólo a través de la experimentación como vía de conocimiento para entender o vislumbrar la obra dentro de la obra, para devolverle al proceso de la creación un carácter frenético, lúdico, multi-direccional, motorizado desde la acción, despreocupado de los resultados: como un autómata hurgando entre símbolos huecos. En estos términos, la obra sólo debe crearse –no pensarse- para configurar la existencia de un arte vanguardista.
El arte concebido desde la experimentación tiene sólo
resultados en el accidente: digamos que la obra final (o su fantasma) está
siempre orbitando las soluciones que le da el artista a la disposición de los
objetos u a otras motivaciones surgidas en el proceso creativo… en otras
palabras, la obra final es el epifenómeno de la obra final. Bajo esta noción de
“experimentación” se percibe la incuestionable importancia de Duchamp en el
arte contemporáneo. Marcel Duchamp fue uno de los primeros artistas que
concibió al objeto en un contexto como obra de arte, o más bien, logró que la
obra reflejase un contexto determinado (generalmente situándola en un
des-contexto) desde una mirada crítica y, sobretodo, irrisoria, ante el
fetichismo del arte y sus académicos (recordemos fue uno de los fundadores del Collège de 'pataphysique, evidente burla al Collége de France).
Los procedimientos experimentales, fueron una consecuencia frente a la
sensación de que “todo estaba hecho”, las reglas del juego, regidas por
estructuras determinadas, ya las sabía: queda el arte combinatorio de las jugadas.
Todo arte poético está basado en combinaciones y regurgitaciones, cada época
juega con sus propias reglas, se inventa sus propias reglas; la trampa, la
carta bajo la manga, la excepción a la regla, la renovación de la regla, marcan
la transición y, el arte, tiene necesidad de ella, el arte QUIERE ser
transgredido.
La obra de arte, desde Duchamp, arma una relación
directa entre objeto y sujeto, más aún, el objeto está armado de una especie de
conciencia, no requiere de nada más que de sí mismo: es una maquina
autosuficiente, es decir, el objeto, la obra, se independiza, provocando una
desautomatización en el receptor, dejándolo tras la vitrina, fuera del gran
vidrio. La obra de arte es el objeto en sí mismo, está en él cuando ES y
ESTÁ en él, y está en él cuando no ES ni ESTÁ en él: reside en el contorno y en
la fisura; en lo figurativo, en lo no figurativo y en lo intuido: lo infraleve.
Gracias a Duchamp (y a otros varios Trascendentes
Sátrapas) vemos que más allá de buscar un sentido en la imagen, debemos
regocijarnos en el “sinsentido” que siempre la genera (él mismo dijo, muchas
veces, respecto a sus Ready – Made: "esto que he hecho ni sé lo que
es, pero está lleno de significado"). Se busca el
significado escondido en la obra de arte, hasta que se toma conciencia de que
no se está buscando nada, nos damos cuenta de que no existe un significado puro
o último en la obra, si no que la obra es sólo un significado superado por el
símbolo, que es, justamente, todo lo que no se ha dicho.
La obra de Duchamp ha encausado al arte en un camino sostenido hacia lo invisible, bucea las realidades suplementarias a la nuestra: donde están las cosas no están las cosas y donde no están TAMPOCO… la sabiduría del ‘patafísico.
María Paz Lundin
Francisco Ide
Colegio Patafisico de Chile
Acusamos recibo de este artículo de Francisco Ide, recomendamos su sitio: http://colegiodepatafisica.blogspot.com/






































