
GOMBROWICZIDAS
GOMBROWICZ, MILOSZ Y MITKIEWICZ
por Juan Carlos Gómez
"El mundo es un absurdo y
una monstruosidad para nuestra necesidad utópica de sentido, de
justicia y de amor. He aquí una idea simple. Incuestionable. No hagáis
de mí un demonio barato. Yo estaré siempre del lado del orden humano (e
incluso del lado de Dios, aunque no creo en él) hasta el final de mis
días; y aún después de muerto"
Según parece el Este siempre se ha
regido por el principio de que no existe el término medio, de modo que
sus hombres de letras o son de una terrible profundidad o de una
terrible superficialidad. Sin embargo, siempre dentro del Este, a los
polacos hay que añadirles un marbete más. En efecto, por su situación
geográfica intermedia Polonia es una poco la caricatura tanto del Este
como del Oeste. El Este polaco es un Este que muere en contacto con
Occidente, y viceversa, así que aquí hay algo que empieza a fallar.
Gombrowicz
toma el caso de Milosz para analizar este asunto polaco. Milosz
pertenece, dice Gombrowicz, a este tipo de autores cuya vida personal
les dicta la obra. La mayor parte de su literatura está relacionada con
su historia personal y la historia de su tiempo.
Se
fue convirtiendo poco a poco en el informante oficial del Este para los
escritores del Oeste. Esta actividad lo colocó en un terreno en el que,
para cuidar su prestigio, intentó ser más profundo que los ingleses y
que los franceses, y para cuidar el rendimiento de sus temas, tuvo que
recurrir con frecuencia a la grandeza y al terror. Gombrowicz terminó
por ubicar a Milosz, no como al guardián de un verdadero misterio, sino
como a un borrachín más de la gran taberna polaca.
El cuño literario
y existencial de Gombrowicz se mueve entre la templanza religiosa de
Milosz y el demonismo metafísico de Witkiewicz; de ambos fue amigo
aunque en épocas diferentes.
A Witkiewicz lo veía a menudo en su
juventud, antes de la guerra, pero tenía que utilizar alta diplomacia
para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la
suya. Sin embargo, Witkacy también le tenía paciencia a él. Gombrowicz,
que conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba
dispuesto a romper las relaciones en cualquier momento, así que no le
importaba que para diferenciarse de Witkacy tuviera que insistir en la
representación del papel de un terrateniente snob.
"Cuando
Witkacy se deleitaba a su manera, demoníaca, con la perfecta necedad
del señor X, yo preguntaba: –¿No es ese señor pariente de los condes
Plater? Él me contemplaba con una mirada apagada y contestaba
pesadamente: –No sé si es pariente de los Plater"
Witkacy se daba
cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito
de tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a
un verdadero idiota.
Witkiewicz se rodeaba de este conjunto
de imbéciles mediocres para que lo adoraran.
"Jamás
he visto con más nitidez cómo en Polonia, la superioridad y la
inferioridad no son capaces de convivir normalmente, sino que se hunden
mutuamente en la farsa"
En Francia un universitario puede conversar
de igual a igual con alguien que sólo sabe leer y escribir, y ambos
pueden encontrar un terreno común para comunicarse libremente. Y un
francés puede hablar de la grandeza de otro hombre sin rebajarse a sí
mismo. En Polonia, según parece, no ocurre lo mismo.
Hay que decir,
no obstante, que este hombre endemoniado luchaba contra el fanatismo
nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra la misión
de Polonia "Semper fidelis" en los confines de Europa. Despreciaba a
los intelectuales polacos mediocres.
"Qué despreciable es el
intelectual medio polaco. Prefiero a la gentuza de altos vuelos, o
simplemente a la espiral humana, en la que se esconde todo el
implacable y maléfico futuro de los estratos sociales de la humanidad,
ya en completo desuso. Nuestro horizonte literario está dominado por la
charlatanería barata y por los bajos instintos aduladores destinados a
un público viciado desde hace años por constantes caricias"
El
elemento que lo hace a Witkacy tan familiar a nuestro presente es el
demonismo, un demonismo al que Gombrowicz califica de monstruosidad. Su
objetivismo inhumano se transformó en algo escandalosamente humano, se
transformó en cinismo. El cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual.
A las monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del
sexo le agregó otra monstruosidad más: el absurdo. Impotente y
desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de
convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para
vengarse de los hombres.
"Finalmente llega a la monstruosidad
metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío metafísico que nos arranca de
lo cotidiano, colocando a la naturaleza humana en contacto inmediato
con su insondable misterio. Por otra parte, esta metafísica no eleva al
hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser
fantástico por su deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al
abismo de su propia persona. El frío sadismo con el que este autor
trata los productos de su imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un
segundo. La metafísica es para él una orgía, en la que se abandona con
el enfurecimiento de un loco"
Gombrowicz
era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres
mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold
Gombrowicz. Sin embargo, ninguno de los tres tenía un sentimiento
marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo horizonte era
bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca.
Bruno
Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros:
Stanislaw Ignacy Witkiewicz. De ese modo esos tres hombres que trataban
de orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una
gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el mundo,
se encontraban por fin juntos. Si dejamos un poco de lado el entusiasmo
de Bruno por Gombrowicz se podría decir que el escepticismo y la
frialdad reinó siempre entre ellos. Gombrowicz no creía en el arte de
Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era demasiado hijo de mamá y
no esperaba de él nada extraordinario.
Desde
el primer encuentro lo cansó y lo aburrió, se atormentaba a sí mismo y
a los demás con una actuación teatral incesante para sorprender y
centrar la atención de los demás en él. Sus defectos eran también los
de Gombrowicz que los observaba en Witkacy como en un espejo
deformante, monstruoso y de proporciones apocalípticas.
Cuando le
mostró su "museo de los horrores" en el que lucía la lengua seca de un
recién nacido Gombrowicz lo detuvo con una actitud de hidalgo polaco:
–¡Pero no nos enseñe cosas semejantes! ¡Eso es incorrecto! Fue el
instinto de conservación, Gombrowicz sabía que si no se le oponía de
inmediato, lo iba a dominar e incluir en su séquito.
A
pesar de los antagonismos y animosidades de los tres mosqueteros tenían
en común el deseo de sobrepasar los límites del provincianismo polaco y
salir a aguas más abiertas respirando el aire de Europa y del mundo, al
contrario de los ases locales que eran cien veces más polacos.
Conocían
el valor de la originalidad en una medida universal más que local, y
abordaban el arte formados en técnicas y conceptos extranjeros de
vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos.
Renunciaron a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e
incisivos, más severos y dramáticos.
La inteligencia y la
intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas pero exageraba su actitud
de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría, su
incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo una
abstracción era irritante y lo convirtió en un hombre seco y farsante.
Witkacy,
el demonio, acabó consigo de una manera demoníaca. Huyendo de los
bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque.
Witkiewicz
no creía en la casualidad. Se creyó un profeta. Cuando comenzó la
guerra intentó entrar como oficial de la reserva, pero a causa de su
edad, no recibió la orden de movilización. En diciembre de 1939, al
conocer que el Ejército Rojo había invadido Varsovia, salió de su casa
en busca de un buen árbol a cuyo pie matarse. Una hora después encontró
una encina. Comenzó a inyectarse una droga para que la sangre le
circulara más rápido y la perdiera de prisa, y luego ingirió luminal.
Se hizo un tajo en el brazo con una hoja de afeitar. Lo encontraron al
otro día. Las bellotas de la encina seguían cayendo sobre su cuerpo.
Stanislaw
Ignacy Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los tiene
el diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy para distinguirse de su
padre, Stanislaw Witkiewicz, pintor y escritor como él.
"La derrota
que sufrió Witkacy era inteligente: el demonismo se convirtió para él
en un juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida,
como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la
forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus
colecciones porno-macabras (...)"
"Lo que se destaca en él es la
impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación, que no
era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte
europeo, sino también la expresión de nuestra impotencia ante la
suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro
judío, en las casas sin retrete. Los polacos de esta generación ya
percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible,
pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima
y cuyas ponzoñas los envenenaban"







































