Es difícil –y casi siempre innecesario– comparar dos lenguajes artísticos distintos como son la literatura y el cine, aun cuando ambos se enfocan en mayor o menor medida en la descripción de una situación o un escenario. Ahora bien, lo anterior resulta inevitable cuando se trata de llevar a la pantalla Ensayo sobre la ceguera, muy conocida (y venerada) novela de José Saramago. Y es que la película de Fernando Meirelles es buena si uno la imagina como primera revelación para las personas que aún no han leído el libro: la fotografía, el ambiente blanquecino, inquietante, que se ve en cada cambio de encuadre, y la acertada musicalización, dan una idea bastante cercana a esa sensación de incertidumbre que permea durante toda la novela. Ni qué hablar de los escenarios en los que transcurre la historia; exactos para mi gusto.
La película es buena, repito, pero buena a secas. Es decir, creo que no logra transmitir el angustioso vértigo que se va acumulando a la manera de las bolas de nieve, y que tiene su culminación con la muerte de los "malosos" en el incendio del hospital. Las dos horas que dura la película no dan para tanto. Incluso me pareció un poco, cómo decirlo, presurosa. Con una especie de "ansia inexplicable" por llegar al final. Por supuesto, esto no es culpa del cine como medio, cuyas herramientas se pueden aprovechar perfectamente para lograr que dicho vértigo sea semejante al que produce el libro. Pero entonces, ¿cuál es la razón de su resultado apenas por encima de lo mediocre, de ese "buena a secas"? Quizá sea algo que se suele criticar tanto a favor como en contra: la transcripción concienzuda de un lenguaje a otro. Meirelles fue demasiado literal en la adaptación: el mismo principio, la misma cronología, el mismo final que aparecen en la novela de Saramago. Una lectura febril del libro dura entre tres y cuatro días. Así que ni siquiera es necesario explicar el previsible fracaso de una adaptación tan literal. No se alcanzan a sentir los límites del asco y la suciedad humana en los que se hunden los personajes durante el encierro. La brutalidad de la maldad ciega (escasamente interpretada por Gael García Bernal, cuya maldad se disuelve en la bufonería) se queda sólo en estado latente, como un tufillo que se percibe durante una caminata. Las relaciones entre los personajes principales apenas se sugieren en la película, que sobre todo se enfoca en el médico (Mark Ruffalo) y su esposa (Julianne Moore).
En la novela, en cambio, no existe tregua. Es casi como si Saramago hubiera querido poner a prueba los límites morales y sensoriales del lector. En la película, me da la impresión de que Meirelles estaba demasiado preocupado en que pareciera una película del libro de Saramago, antes que una relectura hecha por él mismo. Cosa que curiosamente no le sucedió con la adaptación de la novela de Paulo Lins (Ciudad de Dios), cuyo resultado, desde mi perspectiva, fue más fresco y fulgurante, equiparable sin duda a la misma novela. Acaso la sombra de Saramago pesó de manera fatal en su albedrío como director.
En fin, ya lo dije antes, es algo que se ha criticado a favor y en contra. No faltará quien diga que retrató muy bien el espíritu del libro, merced a la literalidad de su adaptación; y tampoco faltará quien la despedace por su estéril atrevimiento. Para la novela de Saramago esto no tiene la menor importancia. Al contrario, es sólo otra forma de difusión, de la cual, por cierto, hace mucho que no necesita.





































