
GOMBROWICZIDAS
GOMBROWICZ Y LOS SKAMANDRITAS
por Juan Carlos Gómez
Los escritores polacos no le habían proporcionado a Polonia ninguna transformación excitante, expresiva y definida. El grupo Skamander estaba constituido por jóvenes agradables pero sin peso, y la vanguardia pergeñaba panfletos grandiosos y revolucionarios concebidos por cabezas provincianas y desesperadas. Polonia se había convertido en un país que soñaba ponerse a la altura de París, entonces, Gombrowicz rompió las relaciones con la gente de su país y con lo que creaban, se dispuso a vivir su propia vida, fuera la que fuese, y a ver con sus propios ojos.
Pasó el tiempo y siempre mantuvo una distancia prudencial. Gombrowicz no se sentaba a la mesa de los Skamandritas en los café legendarios de Ziemianska, de Ips y de Zodiak, él actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba. Boy Zelenski era muy asiduo a esos cafés: –Oiga, dicen que es usted quien reina en el Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros.
"Efectivamente, no los admitía, era profeta y payaso, pero sólo entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores..., a los otros, los honorables, con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, a quienes no podía imponer mi estilo, prefería no tratarlos; me aburrían y sabía que yo también los aburría (...) Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa"
Jan Lechon y Jaroslaw Iwaszkiewicz eran dos miembros distinguidos del grupo de los Skamandritas, vamos a decir entonces algunas palabras sobre ellos.
A pesar de todo Gombrowicz a veces tenía algunos encuentros con los Skamandritas. En una de las tardes del café Ziemianska Gombrowicz tuvo una conversación con el poeta Jan Lechon, un miembro del grupo Skamander: –Ayer lo escuché atacando la ingenuidad judía; –¿Qué quiere decir?; –Verá, es que los judíos y yo somos carne y uña, me he especializado tanto en judeología, que podría escribir sobre ellos un tratado. Quienes no conocen a los judíos piensan que son astutos, perversos refinados, fríos. Pero, en verdad, solamente cuando uno ha comido con ellos un barril de arenques se entera de hasta qué punto son ingenuos. Sin embargo, el caso es que es una ingenuidad ligada a la astucia, así como su romanticismo (ya que son más románticos que Chopin) está ligado a la lucidez; verá, ellos son ingenuamente ladinos y románticamente lúcidos; –No es tanto así; –Oiga, ayer al escuchar cómo los pinchaba, me dije en seguida: vaya, éste les dará una lección, éste sí que ha encontrado su talón de Aquiles.
Gombrowicz se comportaba con frecuencia como una biblioteca dialéctica, si alguna persona estaba a favor de una idea él se ponía en contra, y viceversa. Son muy conocidas las diferencias paradójicas que mantuvo con Jan Lechon: la de los judíos, la del cambio de opinión porque no tenía ninguna..., vamos a examinar una más.
"Nuestros sabios de la escritura, ocupados generalmente en la salvaguarda del idioma polaco, no pudieron cumplir con su papel de asignarle a nuestra literatura el lugar que le correspondía entre las otras, de conferir rango mundial a nuestras obras maestras. Sólo un gran poeta, un maestro de la lengua, podría dar a sus compatriotas una idea acerca del nivel de nuestros poetas, situados a la altura de los más grandes del mundo, convencerles de que nuestra poesía está hecha del mismo metal noble que la de Dante, Racine y Shakespeare"
Son unas palabras que Lechon pronunció en una conferencia que dio en Nueva York para la colonia polaca.
Dice Gombrowicz respecto a estas palabras que justamente ése era el azúcar con el que los polacos se fortalecían desde hacía tiempo.
"Pero me gustaría llegar a ver el momento en que el caballo de la nación agarre con los dientes la dulce mano de los Lechon"
Gombrowicz nos pronunciaba con picardía la palabra Lechon, pues el nombre del poeta se nos asociaba con el cerdo mamón o con el de un joven obeso. Y como una cosa lleva a la otra, las palabras de Lechon me hicieron recordar a una carta que me había escrito la Vaca.
"Entendí que tienes un gran suceso en la esfera de 'Tworczosc'. Muy bien, pero no construyas demasiado sobre esto, porque 'Tworczosc' es una sociedad respetable pero bastante cerrada y apegada a las viejas tradiciones (después de Iwaszkiewicz) homoeróticas. Tengo miedo de que te tomen, casualmente, en tanto que amigo de Gombrowicz, como uno de ellos (...) Yo estimo mucho a Kalicki y lo valoro por todas sus publicaciones sobre Gombrowicz pero el dulce que te dan en esa redacción para mi gusto es demasiado dulce. Acuérdate de la frase de Gombrowicz en el primer tomo del 'Diario': 'Pero me gustaría llegar a ver el momento en que el caballo de la nación agarre con los dientes la dulce mano de los Lechon' (o de los Bereza –elegí el que prefieras)"
Quien ha decidido ocupar una parte de su vida escribiendo debe empezar a tomar apuntes o a escribir un diario para alcanzar sus objetivos y no malograrse.
Jaroslaw Iwaszkiewicz, amigo de Gombrowicz, escritor y creador de la revista "Twórczosc", a propósito de una comida que había tenido con Paul Valery registró en su diario : –¡Qué conversación inolvidable!–, pero sólo anotó lo que habían comido, nada más. Años más tarde se lamentaba porque no se acordaba de nada de lo que habían hablado durante esas dos horas. Yo no anoté nada de lo que hablé con Gombrowicz en los cafés durante ocho años, pero no me quejo.
Como Gombrowicz andaba buscando un editor para sus cuentos, Tadeusz Breza lo invitó a un desayuno con Jaroslaw Iwaszkiewicz, un miembro connotado del grupo Skamander, y con Grydzewski, redactor de Wiadomosci Literackie, una publicación que era el centro de la revolución cultural que llevaban adelante los Skamandritas, la que, junto a otras revoluciones de la postguerra, transformaban poco a poco los gustos y las costumbres polacos.
Al redactor nunca le perdonó aquel desayuno, lo consideraba un arrogante obtuso con tono de comandante que se daba aires en una revista masónica y liberal. Una tarde, Grydzewski lo llamó a su casa, Gombrowicz demoró en atender el teléfono: –¿Por qué hay que esperarlo tanto?; –Disculpe, he estado en el water– esto se lo dijo vocalizando lentamente cada palabra para que juntara rabia.
"Hoy me unen a Iwaszkiewicz relaciones amistosas, y es difícil olvidar que él fue el primer lector de "El casamiento", y que su reacción entusiasta me dio ánimos cuando me encontraba casi hundido en aquel desierto argentino... eso es una cosa, y otra cosa es que aquel desayuno no resultó logrado"
Iwaszkiewicz sostenía en aquel desayuno una conversación con Breza limitada al juego de palabras y a las bromas.
¿Qué son estos papelotes?; –Eso... nada... son míos. Eran los textos mecanografiados de los cuentos de Gombrowicz a los que Iwaszkiewicz trataba con un aire de desconsideración. Este encuentro terminó por helarlo completamente y le quitó las ganas de acercarse a los Skamandritas.
Con Iwaszkiewicz las cosas fueron distintas, poco antes de venir a la Argentina ya le pedía consejos, por ejemplo para ver cómo podía resolver la historia de terror que había introducido en esa novela policial que hoy conocemos con el nombre de "Los hechizados", no sabía cómo terminarla. Iwaszkiewicz, igual que Breza, también lo asistió a Gombrowicz en Polonia y a lo lejos, cuando Gombrowicz ya estaba con nosotros.
"Por mi parte, yo admiraba su talento, sobre todo después de haber leído ‘Ferdydurke’. Durante la guerra, esa novela se convirtió en la lectura favorita de mis hijas, las ferdydurkistas, que fundaron el Círculo de Auténtica Inteligencia y nombraron a Gombrowicz su presidente honorario. Inventaron también una especie de culto con el ritual apropiado. Cuando después de la guerra, me nombraron director de Nowiny Literackie, le escribí a Gombrowicz en Buenos Aires, pidiéndole que colaborara. Me mandó ‘Carta a los ferdydurkistas’, publicada en el número seis de la revista. Me prometió también otros textos, pero no pasamos de ahí. Después me mandó ‘El casamiento’, pero no pude colocarlo en ningún sitio. Nadie lo quiso publicar"






































