
Por José Martínez Fernández
Era de regular estatura, tenía la voz marcada por la claridad y la firmeza. Creía en la revolución de los setenta. Para las muchachas parecía un actor de cine. Para los amigos un muchacho muy firme en sus convicciones. Dejó un solo libro. Un día de comienzos de los setenta se quitó la vida.
Se llamaba Francisco Melo Santos. Tenía más-menos veinte años cuando llegó a Arica a realizar una serie de recitales de su poesía. En una ocasión debíamos compartir espacio, pero no recuerdo porqué el recital se suspendió.
Se hizo muy amigo también de Nana Gutiérrez, la gran antipoeta del norte chileno, la admirada por Parra y Neruda.
Francisco Melo solía firmar, a veces sólo como Franko Melo. Tenía un solo libro publicado: “A tiempo y fuego”. Lo publicó en 1970. Sería el único testimonio, junto a algunos poemas sueltos, publicados en diarios y revistas, que darían cuenta de su vida.
Sobre él hay muy poco material biográfico.
“A tiempo y fuego” sería su único libro.
A comienzos de los setenta seguiría el rumbo de su maestro y amigo: Pablo de Rokha, a quien admiraba con la misma o mayor efusividad que León Felipe. Francisco Melo se suicidó a los veinticuatro años.
La noticia ocupó algunos espacios de la prensa chilena.
Era comienzos de los setenta. Gobernaba Allende.
El libro de Francisco Melo Santos estaba dedicado, entre otros, a Luciano Cruz, a Carmen Lazo y otros personajes míticos de la izquierda chilena.
El título de su libro era decidor.
Partidario acérrimo de la vía insurreccional, Melo Santos juzgaba a la izquierda tradicional y atacaba a la reacción derechista y en especial a la fascista.
Sé que vivió muchas miserias materiales. Quizás ellas lo guiaron al suicidio. ¿Por qué ello en un período social en que se suponían los cambios y los apoyos a los hombres más comprometidos e inteligentes?
Francisco Melo era ambas cosas.
Por ello, al morir, Luis Sánchez Latorre (el célebre Filebo), desde “Las Últimas Noticias”, apuntó sus dardos a una izquierda poco solidaria con uno de los suyos.
Quizás Luis Sánchez Latorre tenía razón.
En este país en que solemos hablar de tanta solidaridad, a veces ella no pasa de ser una palabra.
Tras su muerte, en un programa radial de literatura, Nana Gutiérrez le hizo un homenaje.
Aunque casi olvidado, he querido, con esta crónica, recordarle a los chilenos que existió un poeta que se fue, por mano propia (se eliminó con gas) a los veinticuatro años y que dejó un libro, un solo libro: “A tiempo y fuego”.
Un libro escrito para su época –los setenta-, un libro que está lleno de utopías.







































Francisco Melo Santos