POEMAS SUELTOS
Textos y fotos: Wilfredo Carrizales
1
Yo quise agotarte
y tener un cruce contigo:
tú eras el allí.
Oí bajo tu blanca blusa
los tañidos que provenían
desde el fondo.
Lo maravilloso
no fue tanto escucharlos
como cerrar los ojos
para que nos ganase
el ronco temblor.
El sol
dejó de salir por el este
y los tontos
buscaban en vano
una explicación.
Ellos decían
que lo maravilloso
se arrollaba en sus
pantalones.
La trampa fue tendida
en la telaraña de la
noche
y la fascinación
tornó en viejos
a los avezados jóvenes
que rehuían las penas.
2
La luna busca su destino
con la diferencia de un
día
fabricado por ella.
La miseria toca
y da mordiscos en la
tierra.
Me escuece
el nuevo borbotear
de indignos cielos
azules.
Urjo a seres anónimos
a que inunden sus ojos
con la bruma de los
recuerdos.
Halo a octubre
(no a junio, por
desgracia)
y monto en el tren
con lluvia y pipas de
girasol.
No me importa
si en el cielo
no se despliega
ningún arco iris:
sudo y eso me basta
para colorear el infinito.
3
Ella deseaba recordarme
y yo la deseaba sin
recordarla.
Por la ventana me
gritaba:
“¿Es esto lo que tú
quieres
que yo convierta en
estúpida canción?”
Mi alma rebotaba en su
caja
y yo me levantaba
con el tiempo de las
acciones.
No lograba obtener
suficiente coraje de
gamberro
para mandarla al
infierno.
Yo apenas recordaba
que ella pugnaba por
mirarme
mientras mis pantalones
se desplazaban sin
vergüenza
por el dormitorio que sucumbía.
4
Los ángeles celebraban
en su isla de egolatría
el fin de los tiempos
sin límite y sin
vacilación.
En su onanismo
ellos soñaban conmigo
e inventaban un tema
para el amor deslastrado.
Los brochazos de los
ángeles
creaban una melodía
mágica
y en un lugar que se
aquietaba para dos
los amantes copulaban
cual mariposas tardías.
De los diálogos con los
ángeles
obtuve un lenguaje
universal
y la pulpa de los bambúes
suavizando la ansiedad de vivir.
5
La cosecha trajo
canciones
y danzas al interior del
vino.
(El otoño se presentía
enchufado
a una pasión en el sur
centrada).
La última llamada
llegó de muy lejos,
del lugar donde los botes
colman las auroras con
anzuelos.
Los acontecimientos pasan
y van
reflejándose en el fulgor
de los cuchillos
como un himno
de piedras y descosidos vidrios.
6
Mi bella concubina daña
su campo
y luego reniega y
desespera
del farallón que ha
formado.
Ella agrede su campo
y lo rebasa y lo suplanta
y así será en el futuro.
(Ya me duelen los codos
y no puedo quitarme los
alones
que me aportó el azar).
Toda ella se ama
sobre sus camas de papel
donde se alisan los
corazones
con pobres celosías.
Lo completivo de las
pequeñas rutas
a todos nos ahuyenta
y la soledad rehace
el equilibrio de las
formas
encima de las nubes.
7
El hotel golpeó nuestros
sueños
y nos convirtió en
extranjeros.
Aquel poblado no aceptaba
seres de extraña
nombradía.
Por ciertas señales
nosotros supimos
que los sueños habían
sido
abatidos y su misión
en el hotel lucía
frustrada.
Lo peor de todo fue
el espantajo de la
ilusión
y los habanos y el vino
que en corto tiempo
se disiparon entre las almohadas.
8
De paso por el mundo
iba solo y acompañado
también.
Por allí gozaba
de los días lluviosos
y asustaba a los perros
y sacaba a las viejas
de sus sueños morbosos.
Lo remaldecían
y si lo hubiesen
capturado
ahora andaría sin piel.
Se amaba
con una única razón
y así su vida
se deslizaba feliz
a través de sombras y canciones.
9
Enarca las cejas y canta
el recluso:
su camino está bloqueado
ahora
y por más que cave en las
paredes
no encuentra el nombre de
la salida.
Grises nubes se mueven
sobre su gorra
y él piensa en los
pétalos de su mujer.
En sueños traga ágatas y
rubíes
y su rostro le brilla
con los múltiples
pecados.
El recluso desecha
flautas y guitarras:
no las necesita para
encontrarse el alma.
Su canción no depende
de la movilidad del humo
del cigarro
para desgajarse y
mezclarse
con los pedazos de la
esperanza.
Entre pausas
el recluso taconea la
madera
y un maullido de gato le
llega
desde los cercanos pinos que envejecen.
10
Claro que no era pecado
yacer con ella y decírselo
al marido:
el pobre idiota sólo
tenía
frutas podridas en la
cabeza.
Más de una vez la seguí
a través del fuerte olor
de las ostras
y al llegar al puerto
la tumbaba sobre un bote
y la hacía gorjear con mi
carnada.
Me estrujaba la barba
con jaspeado jabón.
La sentaba encima de mis
piernas
y le escribía poemas de
amor
entre los hombros
desnudos.
De pronto se paraba
con un gran chisporroteo
y mordía mi vieja gorra
de cuero.
Me pedía dulces melodías
y yo no lograba
componerlas.
Después me lanzaba a la
cara
las falsías del amor
y yo no sabía vivir con
ellas
y me perdía cual una
hormiga en una caja
y abrochaba mis pestañas sin consuelo.
Peking, otoño de 2008







































poemas de wilfredo carrizales
hay que estar atentos con este poeta. Te sube a su hombro y te pasea por su mundo de sueños. De pronto, sin darte cuenta, te deja ver fragmentos de realidad. Es mi amigo.