
El hombre de Hielo
Haruki Murakami
Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es
quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de
jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una
butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a
que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de
invierno parecía demorarse a su alrededor.
—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.
En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de
lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo
esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que
padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en
su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían
pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como
piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la
impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un
hombre común y corriente.
No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía
ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier
caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se
localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y
transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los
carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un
cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de
hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse,
enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.
A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra
vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al
comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al
atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo
libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la
oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena
invernal al otro lado de la ventana.
La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no
salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby,
desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia
tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de
los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los
ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí
al hombre de hielo y le hablé.
Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una
buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo
me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el
hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar
con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.
Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido
lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.
—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y
observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas
semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la
atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé
inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa
tenue.
—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad?
Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué
preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y
vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate
caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a
la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión
de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima.
Luego, del hotel.
—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos
insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo
era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por
el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de
hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo,
pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de
mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a
qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían
ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.
—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si
estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la
mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé
—respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te
miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me
puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es
porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra.
El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan
vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin
de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.
Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que
regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin
embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el
hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca
en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.
—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti?
Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te
convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una
bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo
carezco de pasado.
No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé
si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.
El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la
noche oscura.
Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba
tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal
como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de
matrimonio.
Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor
real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un
hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado
mi noción del amor.
Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que
me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes
nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a
nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos
de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que
ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.
Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y
al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más
calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como
el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que
roba la calidez de la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún
amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de
anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo
no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un
pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.
Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo
comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las
más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le
caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados.
Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.
Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo
de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad
imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de
hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el
trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el
hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo.
Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor,
aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo
con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole
congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo—
se almacenaban.
En nuestro matrimonio no había problemas de consideración.
Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener
un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se
mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en
parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra.
Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada
qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco
congeniaba con los vecinos del barrio.
Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por
haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de
nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor
empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones
todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos
distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que
nos separaba.
Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me
quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea
prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era
joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que
dolía no era el tedio sino la repetición.
Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—.
¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo
ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero
saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos
tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se
acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que
se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos
dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en
contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur
porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar
frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un
abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.
Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin
parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la
parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz
fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur.
¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo
me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el
interior de mi cabeza. Luego asentí.
Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber
propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la
impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro
de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la
escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por
completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.
Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y
dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso
me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la
salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué
tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y
ver una corrida de toros o algo así.
Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos
se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado
calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré
los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para
ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede
dar marcha atrás.
La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que
si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar.
Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una
grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me
congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría
consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me
transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que
me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía,
alejándose de ellas.
Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo
durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas
goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del
pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo
entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.
No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo
que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las
aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla,
pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de
un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en
silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que
implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya
estaban decididas.
Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur,
noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas
medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo
dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y
estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró
y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.
El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas.
Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel
que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino
turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había
árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El
erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.
Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado
a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y
platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido
de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en
el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi
marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido,
perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco.
Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme.
Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones.
Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción
de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al
recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno
drenado de color, cercada por mi soledad.
Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis
sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el
mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño.
Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya
no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie.
Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni
media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco,
intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo
permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba
señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había
desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser
cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.
—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y
no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que
quedarnos aquí hasta la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la
cuenta
de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el
inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi
líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería
idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra
nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá
de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.
Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy
lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona
más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi
llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna
parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.
Tokio blues.
Murakami,
Haruki
1
Yo
entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747.
El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos
nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La
fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos
cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos
edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara
al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca. «¡Vaya! ¡Otra vez
en Alemania!», pensé.
Tras
completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de «prohibido fumar» y por
los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una
interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me
conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho
más violenta que de costumbre.
Para que
no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con mis manos y
permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si
me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.
–¿Seguro
que está usted bien?
–Sí,
gracias –dije.
La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una
melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían
el Mar del Norte, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso
de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en
las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.
Permanecí en aquel prado hasta que el avión se detuvo y los pasajeros se
desabrocharon los cinturones y empezaron a sacar sus bolsas y chaquetas de los
portaequipajes. Olí la hierba, sentí el viento en la piel, oí el canto de los
pájaros. Corría el otoño de 1969, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.
Volvió a
acercarse la misma azafata de antes, que se sentó a mi lado y me preguntó si me
encontraba mejor.
–Estoy
bien, gracias. De pronto me he sentido triste. Es sólo eso –dije, y sonreí.
–También
a mí me sucede a veces. Le comprendo muy bien –contestó ella. Irguió la cabeza,
se levantó del asiento y me regaló una sonrisa resplandeciente–. Le deseo un
buen viaje. Auf Wiedersehen!
–Auf
Wiedersehen! –repetí.
Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel
prado en sus pequeños detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las
laderas de la montaña, donde una lluvia fina y pertinaz barría el polvo
acumulado durante el verano. Recuerdo las espigas de susuki[1] balanceándose al
compás del viento de octubre, las nubes largas y estrechas coronando las cimas
azules, como congeladas, de las montañas. El cielo estaba tan alto que si
alguien lo miraba fijamente le dolían los ojos. El viento silbaba en el prado,
agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque. Las hojas de las copas
de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro. Era un
ladrido tan tenue y apagado que parecía proceder de otro mundo. No se escuchaba
nada más. Ningún otro sonido llegaba a nuestros oídos. No nos habíamos cruzado
con nadie. La única presencia, dos pájaros rojos que alzaban el vuelo del prado,
como espantados por algo, se dirigían volando hacia el bosque. Mientras
andábamos, Naoko me hablaba de un pozo.
La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas
presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás
hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él en sus
pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco
el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado,
pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en
que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al
final, como un bumerang, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además,
estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación
extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje
que me rodeaba.
Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi
memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, la cresta
de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con
tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría
calcarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está
desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. «¿Adónde hemos ido?»,
pienso. «¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más
valor –ella, mi yo de entonces, nuestro mundo–, ¿adónde ha ido a parar todo
eso?». Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado
sin personajes.
Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su
imagen. Sus manos pequeñas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al
tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía
debajo; el elegante abrigo de piel de camello que solía llevar en invierno; su
costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero
temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz (como si estuviera
hablando en lo alto de una colina barrida por un fuerte viento). Al sobreponer
estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal
vez porque Naoko y yo solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil
es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me
sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez
esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una
centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.
Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando
los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz
de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en
treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual
que las sombras en el crepúsculo. Y puede que pronto su rostro desaparezca
absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está
distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está
distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Y sólo el paisaje,
aquella imagen del prado en octubre, vuelve una vez tras otra en mi mente igual
que la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo,
pertinaz, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy allí! ¡Arriba!
¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento
dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este
eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás.
Con todo, a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida fue
más fuerte, más prolongada que de costumbre. «¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por
eso ahora estoy escribiendo. Soy del tipo de personas que no acaba de
comprender las cosas hasta que las pone por escrito.
¿De qué me estaba hablando ella?
¡Ah, sí! Me hablaba de un pozo. No sé si existía en
realidad. O si era alguna imagen o símbolo que sólo existía en su interior.
Como tantas otras cosas que, en aquellos días inciertos, entretejía su mente.
Sin embargo, después de que Naoko me hablara del pozo, he sido incapaz de
imaginarme el prado sin su existencia. La figura de un pozo que jamás he visto
con mis propios ojos está grabada a fuego en mi mente como una parte
inseparable del paisaje. Puedo describirlo en sus detalles más triviales. Se
encuentra en la linde donde termina el prado y empieza el bosque. Es un gran
agujero negro de un metro de diámetro que se abre en el suelo, oculto
hábilmente entre la hierba. No lo circunda valla alguna, ni tampoco un cercado
de piedra de una altura suficiente. Se trata de un simple agujero abierto en el
suelo. Aquí y allá, las piedras del reborde, expuestas a la lluvia y al viento,
han mudado a un extraño color blancuzco, se han agrietado y han ido
desmoronándose. Unas lagartijas verdes se deslizan entre las grietas. Sé que si
me asomo y miro hacia dentro, no veré nada. Es muy profundo. No puedo imaginar
cuánto. Y está tan oscuro como si en una marmita alguien hubiera cocido todas
las negruras de este mundo.
–Es muy, muy profundo –decía Naoko escogiendo
cuidadosamente las palabras. Ella hablaba así a veces: muy despacio, buscando
los términos adecuados–. Es muy profundo. Pero nadie sabe dónde se encuentra.
Claro que está por allí, en algún sitio. Eso es seguro.
Y, con las manos embutidas en los bolsillos de su chaqueta
de tweed, se volvió hacia mí y me sonrió como diciendo: «¡Es verdad!».
–Tiene que ser muy peligroso –comenté–. Hay un pozo muy
hondo por alguna parte. Pero nadie sabe encontrarlo. Si alguien se cae dentro,
está perdido.
–Pues sí, está perdido. ¡Catapún! Y se acabó.
–¿Y eso ocurre?
–Quizás una vez cada dos o tres años. Alguien desaparece
de repente, y por más que lo busquen no lo encuentran. Entonces la gente de por
aquí dice: «Se habrá caído dentro del pozo».
–¡Vaya! No es una muerte muy agradable que digamos.
–¡Oh, no! Es una muerte horrible –dijo Naoko sacudiéndose
con la mano unas briznas de hierba de la chaqueta–. Si te rompes el cuello y te
mueres sin más, todavía, pero si resulta que sólo te tuerces el tobillo, o algo
parecido, estás perdido. Por más que grites, nadie va a oírte, no hay esperanza
alguna de que nadie te encuentre, los ciempiés y las arañas pululan a tu
alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá
dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de
luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo.
–Si lo pienso se me ponen los pelos de punta –dije–.
Alguien tendría que buscarlo y poner un cercado.
–Pero nadie puede encontrarlo. Así que ten cuidado y no te
apartes del camino.
–No temas. No lo haré.
Naoko sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.
–Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué
preocuparte. Aunque andaras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás
te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará
nada.
–¿Jamás?
–Jamás.
–¿Y cómo lo sabes?
–Lo sé. –Naoko asió mi mano con fuerza. Luego siguió
andando un rato en silencio–. Yo estas cosas las sé muy bien. No sé por qué,
pero las siento, y punto. Por ejemplo, ahora que estoy agarrada a ti con
fuerza, no tengo miedo. Nada puede hacerme daño.
–Entonces es fácil. Basta con que estés siempre así –dije.
–¿Eso… lo dices en serio?
–Desde luego.
Naoko se detuvo. Yo también. Ella posó sus manos sobre mis
hombros y se quedó mirándome fijamente. En el fondo de sus pupilas, un líquido
negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral. Las pupilas permanecieron
largo tiempo clavadas en mí. Después se puso de puntillas y acercó su mejilla a
la mía. Fue un gesto tan cálido y dulce que mi corazón dejó de latir por un
instante.
–Gracias –dijo Naoko.
–De nada –contesté.
–Estoy muy contenta de que me digas eso. –Esbozó una sonrisa
triste–. Pero no es posible.
–¿Por qué?
–Porque no puede ser. Porque es horrible. Eso… –empezó a
decir, pero enmudeció y siguió andando en silencio.
Comprendí que debía de darle vueltas a algo, así que, sin
mediar palabra, empecé a andar a su lado en silencio.
–Porque eso… no es bueno. Ni para ti, ni para mí
–prosiguió ella mucho tiempo después.
–¿Y en qué sentido no lo es? –le pregunté en voz baja.
–Eso de que alguien proteja eternamente a alguien… es
imposible. Mira. Suponiendo, ¿eh?, suponiendo que te casaras conmigo… Tú
trabajarías en alguna empresa, ¿no es así? ¿Quién me protegería mientras tú
estuvieses en el trabajo? ¿Y quién me protegería mientras estuvieses de viaje
de negocios? ¿Tengo que estar pegada a ti hasta que me muera? ¿Dónde está la
igualdad? A eso no puede llamarse una relación humana, ¿no te parece? Además,
cualquier día acabarías hartándote de mí. Te preguntarías: «¿Qué es mi vida?
¿Hacer de niñera de esta mujer?». Yo no quiero eso. No resolvería mis
problemas.
–Mis problemas no tienen por qué durar toda la vida. –Posé
mi mano en su espalda–. Algún día acabarán. Y cuando todo haya terminado,
bastará con que reconsideremos el asunto. Bastará con que pensemos qué debemos
hacer a partir de entonces. Y ese día tal vez serás tú quien me ayude a mí. No
tenemos por qué vivir haciendo balance. Si tú ahora me necesitas a mí, me
utilizas sin más. ¿Por qué eres tan terca? Relájate. Estás tensa y por eso te
lo tomas así. Si te relajas, te sentirás más ligera.
–¿Por qué dices eso? –La voz de Naoko sonó muy seca.
Al oírla, comprendí que acababa de pronunciar las palabras
equivocadas.
–¿Por qué? –repitió Naoko con la vista clavada en el
suelo–. Si te relajas, te sientes más ligero, eso también lo sé yo. No hace
ninguna falta que me lo recuerdes. Pero si ahora me relajo me haré pedazos.
Desde hace tiempo he sido incapaz de vivir de otra manera, y todavía lo soy. Si
bajara la guardia, aunque fuera una sola vez, sería incapaz de recomponerme a
mí misma. Me haría pedazos y éstos volarían con un soplo de viento. ¿Cómo puede
ser que no lo entiendas? ¿Cómo puedes decir que cuidarás de mí si no comprendes
eso?
Enmudecí.
–Me siento mucho más perdida de lo que puedas imaginarte.
Perdida entre tinieblas y hielo… Escucha… ¿Por qué te acostaste conmigo aquel
día? ¿Por qué no me dejaste en paz?
Andábamos por un pinar en el más absoluto silencio. En lo
alto de una cuesta había esparcidos los caparazones secos de unas cigarras
muertas a finales del verano, que crujían bajo nuestros pies. Naoko y yo
cruzamos el pinar despacio, con la mirada fija ante nosotros, como quien busca
algo.
–Lo siento –dijo Naoko tomándome del el brazo
cariñosamente. Sacudió varias veces la cabeza–. No pretendía herirte. No hagas
caso de mis palabras, ¿eh? Lo siento muchísimo. Sólo estaba enfadada conmigo
misma.
–Quizás aún no te comprenda –afirmé–. No soy muy
inteligente y me cuesta entender las cosas. Pero, con un poco de tiempo,
llegaré a entenderte. Y entonces no habrá nadie en este mundo que te comprenda
mejor que yo.
Nos detuvimos un momento y aguzamos el oído en el silencio
que nos envolvía. Con la punta del zapato hice rodar los caparazones de las
cigarras y unas piñas, contemplé el cielo a través de las ramas de los pinos.
Naoko permanecía absorta con las manos en los bolsillos, sin mirar nada en
concreto.
–Watanabe, ¿me quieres?
–Claro –respondí.
–¿Puedo pedirte dos favores?
–Incluso tres.
Naoko sacudió la cabeza sonriendo.
–Con dos es suficiente. El primero es que te agradezco que
vengas a verme. Estoy muy contenta y me…, me ayuda mucho. Quizá no lo parezca,
pero es así.
–Volveré a venir –dije–. ¿Y el otro?
–Que te acuerdes de mí. ¿Te acordarás siempre de que he
existido y de que he estado a tu lado?
–Me acordaré siempre.
Ella prosiguió la marcha sin más, en silencio. La luz del
otoño se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre los
hombros de su chaqueta. Volvió a oírse el ladrido del perro, ahora más cercano.
Naoko subió un ligero promontorio parecido a una colina pequeña, salió del
pinar y bajó la suave pendiente a paso ligero. Yo la seguía dos o tres pasos
detrás de ella.
–Ven. El pozo puede estar por aquí cerca –le advertí a sus
espaldas.
Naoko se detuvo, me sonrió y me tomó del brazo. Recorrimos
el resto del camino el uno junto al otro.
–¿No me olvidarás jamás? –me preguntó en un susurro.
–Jamás te olvidaré. No podría hacerlo.
Pero lo cierto es que mi memoria se ha ido alejando de
aquel prado y son ya muchas las cosas que he olvidado. Al escribir así,
resiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible. ¿No
estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una
especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van
acumulándose y convirtiéndose en lodo?
Esto es cuanto puedo conseguir por ahora: asir con fuerza
dentro de mi pecho unos recuerdos incompletos que ya han palidecido y siguen
palideciendo a cada instante que pasa, y escribir estas líneas con la
desesperación de un hombre que va chupándose la médula de los huesos. Ésta es la
única forma de mantener la promesa que le hice a Naoko.
Tiempo atrás, cuando todavía era joven y mis recuerdos
eran mucho más nítidos que ahora, intenté escribir varias veces sobre Naoko.
Pero entonces fui incapaz de escribir una sola línea. Era consciente de que una
vez brotara la primera frase, las restantes fluirían espontáneamente, pero ésta
jamás brotó. Todo era demasiado nítido, y yo nunca supe cómo moldearlo. El mapa
más detallado puede no servirnos en algunas ocasiones por esta misma razón. Pero
ahora lo sé. En definitiva –así lo creo–, lo único que puedo verter en este
receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos
imperfectos. Y cuanto más ha ido palideciendo el recuerdo de Naoko, más capaz
he sido de comprenderla. Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por
supuesto, ella intuía que mi memoria iría borrándose algún día. Por eso me lo
pidió: «No me olvides nunca. Recuerda que he existido».
Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable.
Porque Naoko jamás me amó.
[1] Una especie de gramíneas. (N. de la T.)
Feliz navidad,
hombre oveja
(fragmento)
Haruki Murakami
" El Hombre Oveja hizo como le decían, y cuando quiso
darse cuenta ya había alzado el vuelo la Señora Cuerva de Mar. Como era la
primera vez que volaba, el Hombre Oveja tenía miedo y se aferraba al cuello con
todas sus fuerzas. Desde el cielo podía verse el mar, el bosque, las
colinas,... El verde del bosque y el azul profundo del mar se extendían hasta
el infinito, y entre ellos había como un cinturón de arenas blancas. Era una
vista preciosa.
(...)
Cuando abrió los ojos, el Hombre Oveja se encontró en su
cama, en la habitación de siempre. Al principio pensó que todo había sido un
sueño, pero sabía muy bien que no era así. Tenía un chichón en la cabeza, el
trasero de su traje de oveja estaba sucio, y en la habitación, en vez de su
viejo piano, estaba el piano blanco en forma de oveja. Todo había ocurrido de
verdad. Por la ventana podía ver la nieve, que se acumulaba en las ramas de los
árboles, en el buzón, en el cercado....Esa tarde el Hombre Oveja fue a visitar
al Profesor Oveja a su casa en las afueras de la ciudad, pero donde había
estado la casa ya no había más que un descampado. Ni los arbustos, ni el llamador,
ni las columnas y baldosas con forma de oveja... Todo había desaparecido. -Ya
no volveré a ver a ninguno de ellos-, pensó el Hombre Oveja. -Ni a los dos
Tornillos, ni a las gemelas 208 y 209, ni a la Señora Cuerva de Mar, ni a Poca
Cosa, ni al Profesor, ni al Reverendísimo Señor Oveja.- Al pensar esto,
lágrimas brotaron de los ojos del Hombre Oveja. Habia llegado a quererlos
tanto. "






































